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¿Sabe cuál fue el caso que condujo a la abolición de la tortura judicial en Francia, primero, y en Europa después?
El suplicio de Jean Calas, que fue torturado en público, en un grabado de la época; a la derecha una imagen del protagonista de una caso que hizo historia. Wikipedia.
Divulgación

¿Sabe cuál fue el caso que condujo a la abolición de la tortura judicial en Francia, primero, y en Europa después?

Carlos Berbell
18 junio, 2017

Toulouse, sur de Francia. Jean Calas, un padre de familia de 64 años, protestante, de religión, que tenía un pequeño comercio, se encontró, la noche del 13 al 14 de octubre de 1761, a su hijo primogénito, Marc-Antoine, colgando de una soga, en la puerta del almacén, situado en la trasera de la casa.

Se había suicidado.

Para evitar el escándalo, cortaron la soga y dejaron en el suelo al cadáver. Después, avisaron a las autoridades, a las que les contaron que el joven había sido víctima de un asesinato.

En aquellos tiempos el suicidio estaba castigado de forma muy severa por la ley. La persona que se había quitado la vida no sólo no podía ser enterrada en tierra consagada sino que si el tribunal declaraba al muerto “culpable” -sí, se hacían juicios para esto-, el cadáver podía ser desenterrado, arrastrado por las calles, colgado por los pies y finalmente arrojado a un vertedero de basura.

La policía “no compró” la idea del asesinato y detuvo a Calas, a su mujer, a su hijo menor, Pierre, a una sirvienta y a una visita, y los acusó a todos de ese mismo crimen.

¿Y el móvil?

Porque el joven Marc-Antoine quería hacerse católico.

Todo cuadraba.

Un tribunal local -recordemos que era 1762; todavía quedaban 27 años hasta la revolución francesa, era el absolutismo- condenó al padre y a la madre a muerte, con la aplicación de la tortura previa, denominaba “tormento preliminar”, que tenía como fin hacerles hablar para que delataran al resto de sus cómplices.

Sin embargo, tras un recurso de apelación, el Parlamento de Toulouse anuló la sentencia de muerte a la madre y ordenó que sólo se aplicara a Calas, quien debía morir descoyuntado en la rueda.

Un suplicido supervisado judicialmente

En este procedimiento de “tormento preliminar” a Calas le ataron las muñezas fuertemente “a una barra situada detrás. Un sistema de manivelas y poleas tiraba incesantmente de sus brazos hacia arriba, mientras una pesa de hierro impedía que sus pies se movieran”, cuenta Lynn Hunt en su libro “La invención de los derechos humanos”.

“Calas se negó a dar nombres después de dos aplicaciones del suplicio, y entonces fue atado a un banco y obligado a beber varias jarras de agua mientras le mantenían la boca abierta por medio de dos bastoncillos. Se dice que cuando volvieron a presionarle para que revelase el nombre de sus cómplices, respondió: ‘donde no hay crimen, no puede haber cómplices'”, añade Hunt.

La muerte no se produjo rápidamente, porque no se pretendía eso.

El descoyuntamiento en la rueda se componía de dos etapas; estaba reservado para hombres culpables de homicidio o de asaltos.

En la primera etapa, el verdugo ataba al condenado a una aspa y le aplastaba sistemáticamente los huesos de los antebrazos, los muslos y los brazos, descargando dos fuertes golpes sobre cada una de las partes del cuerpo, por medio de un cabrestante atado a un dogal que rodeaba el cuello del condenado.

Un ayudante, situado debajo del cadalso le dislocaba seguidamente las vértebras cervicales, tirando violentamente del dogal.

Al mismo tiempo, el verdugo empleaba una barra de hierro, con a que le asestaba tres fuertes golpes en el abdomen.

A continuación, bajaba el cuerpo descoyuntado y lo ataba, con las extremidades dobladas hacia atrás de forma terriblemente dolorosa, a una rueda de carruaje colocada en el exremo superior de un poste, a tres metros de altura.

Calas pasó por todo esto, pero el tribunal le concedió, mediante una orden secreta, la “gracia” de morir estrangulado tras dos horas de suplicio, antes de que su cuerpo fuera atado a la rueda.

Ni que decir tiene que el modesto comerciante clamó por su inocencia hasta el final.

La misma sentencia condenó al destierro a Pierre, otro de los hijos de Jean Calas, ordenó que se encerrara en un convento a sus dos hermanas y confiscó los bienes de la familia.

El poder de la palabra escrita

El caso Calas atrajo la atención pública poco después, merced a François-Marie Arouet, más conocido por la historia como Voltaire, abogado francés, historiador, filósofo y uno de los enciclopedistas, junto con Diderot, D’Alembert, Rousseau y Montesquieu, que fueron la base ideológica de la revolución francesa de 1789.

Voltaire se volcó en este asunto. Recaudó dinero para la familia Calas, escribió cartas a las autoridades, en nombre de los familiares, en las que relataba la verdad de los hechos, y publicó un libro basado en el caso que tituló “Tratado sobre la tolerancia con ocasión de la muerte de Jean Calas”, en el que utilizó, por primera vez en la historia el concepto de “derecho humano”.

El fundamento de su argumentación era que la intolerancia no podía ser un derecho humano.

El abogado enciclopedista atacó el fanatismo y la intolerancia religiosa, en ese caso, católica, que había llevado a la policía y a los jueces a la conclusión de que Calas había matado a su hijo.

“No se entiende cómo, siguiendo ese principio [el derecho humano], un hombre podría decir a otro: Cree lo que yo creo y no lo que tú puedes creer o perecerás’. Es lo que se dice en Portugal, en España, en Goa [países tristemente célebres por sus inquisiciones]”.

El culto calvinista en público había sido prohibido en Francia desde 1685, por lo que las autoridades no tuvieron que hacer ningun esfuerzo para creer que Calas había matado a su hijo con el fin de  impedir su conversión al catolicismo.

El sistema de justicia, en tela de juicio

Voltaire, en sus ataques, comenzó a desplazar el foco de sus esfuerzos sobre el propio sistema de justicia penal imperante, especialmente en lo relativo al uso de la tortura y la crueldad. Hasta el punto en el que incluyó en su Diccionario Filosófico, publicado en 1764, una referencia a esta práctica bárbara.

El caso Calas provocó un movimiento en toda Europa y en las colonias americanas en contra del uso de la tortura judicial. Fue abolida en Prusia, en Suecia, Austria y Bohemia.

La monarquía francesa la suprimió para arrancar confesiones de culpablidad antes de dictarse sentencia en 1780. En Gran Bretaña se suspendió la procesión pública y se introdujo el uso regular de un tablado, con lo que se garantizaba que las ejeuciones en la horca fueran más rápidas y “humanitarias”.

En 1789 el gobierno revolucionario francés renunció a todas las formas de tortura judicial y en 1792 introdujo la guillotina, cuyo objeto era uniformizar el cumplimiento de la pena de muerte y ejecutarla de un modo tan indoloro como fuera posible.

Carlos Berbell

Carlos Berbell

Carlos Berbell es periodista, consultor internacional y escritor. Está especializado en el campo de la justicia y la investigación criminal y en comunicación institucional. Es director de Confilegal.com.

@cberbell


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