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María Cristina de Borbón, viuda de Fernando VII, una Reina regente que se casó en secreto y tuvo ocho hijos

El Rey Fernando VII, tío carnal de su cuarta mujer, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, se casó con ésta cuando él tenía 45 años y ella 23; la Reina regente luego se casó en secreto con un oficial de la guardia real, Agustín Fernando Muñoz.
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La Reina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias fue una mujer con suerte. Fue la cuarta esposa del Rey Fernando VII, un hombre famoso por sus excesos en los placeres de la carne y por el tamaño de su miembro viril, del cual se escribió que era de proporciones descomunales.

Tenía, cuando se casó con su tío carnal (era hija de María Isabel de Borbón, hermana de Fernando VII), en 1829, 23 años.

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Éll había cumplido 45, pero aparentaban ser muchos más por el abuso que el monarca había hecho de su organismo.

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María Cristina era, además de religiosa y muy bella, bastante inteligente y culta. Sabía que se había casado con Fernando VII -uno de los borbones más feos y zafios de la historia; bajo, de mirada desconfiada, nariz grande y labios pequeños- para darle descendencia.

Cuatro meses después se quedó embarazada.

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Fernando VII y María Cristina paseando por los jardines del palacio de Aranjuez, en 1830. Óleo de Luis Cruz y Ríos, 498 x 710 cm. Museo de Bellas Artes de Asturias.

María Cristina dio a luz dos hijas –Isabel, que después se convertiría en la Reina Isabel II, y la infanta Luisa Fernanda– de su unión con Fernando VII, quien moriría en 1833 de sus muchos achaques, a los 49 años.

La princesa de Asturias, Isabel, tenía, cuando eso ocurrió, tan solo tres años, por lo que María Cristina asumió la Regencia hasta su mayoría de edad.

La viuda de Fernando VII tenía 27 años y estaba en la flor de la vida.

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SE REPITE LA MISMA HISTORIA DE GODOY Y LA REINA MARIA LUISA

Con María Cristina la historia se volvió a repetir casi de la misma forma que cincuenta y cinco años antes, con su suegra, la reina María Luisa y Manuel de Godoy.

La Reina regente se dirigía en coche cubierto hacia el palacio de La Granja, no muy lejos de Segovia, cuando con el traqueteo del viaje se le reventó una vena pequeña de la nariz y comenzó a sangrar.

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El oficial al mando de la escolta, Agustín Fernando Muñoz, se percató del problema y le ofreció un pañuelo para que bloqueara la hemorragia.

Al devolvérselo la regente, con su agradecimiento, el oficial hizo un gesto que desbocó el corazón de la solitaria mujer: lo besó y se lo guardó en el lado del corazón, bajo su guerrera.

María Cristina se enamoró sin remedio del guapo jinete, pero tenía un gran problema: era católica practicante y para ella era impensable mantener relaciones sexuales con el oficial sin antes pasar por la vicaría. No podía, sin embargo, casarse porque si lo hacía dejaba automáticamente de ser reina regente y su hija perdería sus posibilidades de ocupar algún día el trono de España.

Su cuñado, Carlos María Isidro, había puesto en pie de guerra a sus partidarios reclamando para sí la aplicación de la Ley Sálica, que discriminaba a las mujeres en favor de los hombres a la hora de acceder al trono.

Fernando VII había muerto sin descendencia masculina y, por lo tanto, interpretaba él, era su derecho convertirse en rey, si no fuera porque el fallecido monarca había derogado mediante la promulgación de la Pragmática Sanción de 1830.

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¿EL TRONO O EL AMOR? LAS DOS COSAS

La Reina regente tenía que elegir. O el trono o el amor. No había más remedio. Porque no se le permitiría casarse con un oficial y que éste pasara a ser el rey regente consorte.

Eligió las dos. El absolutismo permitía que estas cosas no se conocieran de forma pública y general y fueran posibles.

Ajeno a la disyuntiva, el enamorado oficial, hijo de un estanquero de Cuenca, se vio dos meses después asaltado por la reina regente con dos inesperadas preguntas: “¿Me quiere?” y “¿Está usted dispuesto a casarse conmigo?”. 

Azorado, desorientado y halagado, Muñoz pronunció un “Sí” lo más convincente que pudo a ambas preguntas.

Pocos días después, la pareja se casaba secretamente en el Palacio Real ante un sacerdote y en presencia de dos testigos de confianza.

No fue un secreto fácil de guardar.

El círculo que rodeaba a la regente detectó el cambio de hábitos de María Cristina. Era imposible que una mujer de una moral tan estricta  y del tal religiosidad ayuntase con un hombre por una urgencia irresistible de la carne.

AL GUAPO JINETE SE LE PUSO EL MOTE DE «FERNANDO VIII»

La sospecha se hizo rumor y al clandestino esposo se le puso el mote de Fernando VIII.

Tres años más tarde quedaría confirmada la sospecha, cuando el destituido presidente del Gobierno, el radical Juan Alvarez Mendizabal, se alzó en armas contra la regente el 12 de agosto de 1836, capitaneando a un grupo de sargentos, cuando esta se hallaba en el palacio de La Granja.

Mendizabal exigió a la reina regente que se restituyera la Constitución de 1812, liberal, y que cesara al Gobierno.

María Cristina resistió con toda firmeza…, hasta que Mendizabal cogió a su esposo y poniendo un cuchillo en su yugular, amenazó con asesinarlo ante sus ojos si no se doblegaba a sus pretensiones. Era su talón de Aquiles.

María Cristina se rindió a la presión.

TUVO OCHO HIJOS: «NUESTRA REINA ES UNA SEÑORA CASADA EN SECRETO Y EMBARAZADA EN PÚBLICO»

Las circunstancias, sin embargo, pronto cambiarían. Y al giro liberal siguió otro giro conservador.

Mal que bien, la reina regente se mantuvo en el trono mientras su cuerpo engordaba y adelgazaba por períodos de nueve meses.

Ocho hijos llegaron a tener Agustín Fernando Muñoz, quien se convirtió con el tiempo en primer duque de Riánsares, grande de España, primer marqués de San Agustín y primer duque de Montmorot Par de Francia, y María Cristina.

Ocho hijos que enviaban lejos, a París, para su cría y educación.

Los embarazos hicieron que el secreto fuera del dominio público.

Por eso en la calle se decía que “nuestra reina es una señora casada en secreto y embarazada en público”.

Los acontecimientos bélicos cambiarían este estado de cosas.

La victoria del general Baldomero Espartero sobre los carlistas en 1839 rompió el equilibrio precario sobre el que se asentaba la vida de la familia oculta de la Reina regente.

Recibido en Madrid en loor de multitudes, Espartero se hizo con una copia del documento que unía en matrimonio a Fernando Muñoz y a María Cristina y le hizo chantaje:

O se marchaba, asumiendo él mismo la regencia, o lo hacía público, para escarnio suyo.

María Cristina renunció a su puesto y puso rumbo al exilio de París -seguida muy de cerca de Fernando Muñoz-, donde estaba establecida su numerosa prole.

Espartero, con el fin de asegurarse el poder y para conjurar cualquier tipo de maniobra oscura de la depuesta Reina regente, hizo público el secreto poco después.

EL MATRIMONIO SECRETO NO ERA VÁLIDO

La pareja, desde entonces, hizo vida de matrimonio. Instalados en el palacio de la Malmaison, de su propiedad, comenzaron a disfrutar abiertamente de su nueva vida. El problema es que no eran matrimonio, como habían pensado. Sus hijos, por ende, eran ilegítimos.

La Iglesia, supieron entonces, no había reconocido su boda al no haberse cumplidos las condiciones básicas, esto es, tener el permiso correspondiente de los párrocos respectivos para que la ceremonia pudiera celebrarse fuera de sus parroquias.

A María Cristina, siempre religiosa, casi le dio un patatús.

Sin quererlo había vivido “en pecado” con el hombre que creía su marido, al igual que hiciera su suegra, María Luisa de Parma, con su valido, Manuel de Godoy. 

La exReina regente apeló directamente al Papa.

Movió poderosas influencias para obtener un dictamen positivo que les devolviera a la legalidad; se gastaron una fortuna para conseguirlo.

Finalmente, lo lograrían, aunque antes tuvieron que cumplir una penitencia, que no deja de ser curiosa: prohibido tener relaciones sexuales durante tres meses.

El matrimonio entre María Cristina de Borbón y el ex guardia de Corps, Fernando Muñoz, duraría cuarenta años.

Durante el reinado de su hija, Isabel II, la pareja se dedicó al lucrativo negocio del tráfico de influencias, poniendo especial hincapié en los negocios ferroviarios, que entonces comenzaban en España.

Muñoz moriría en 1873; María Cristina, en 1878.

Su epitafio histórico dice que fueron un matrimonio feliz.