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¿Cuál era el papel del “abogado del diablo” en la Iglesia católica?

Ed Harris, en la película "El tercer milagro", asume el papel de un abogado del diablo.
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El advocatus diaboli,  abogado del diablo en latín, o también llamado promotor de la fe era un cargo ejercido generalmente por un clérigo doctorado en derecho canónigo, encargado, como si fuera un fiscal, de rebatir las pruebas en los procesos de beatificación o canonización anteriores a Juan Pablo II.

Unos procesos mucho más largos, complicados y garantistas que los actuales, donde la carga de la prueba era fundamental a la hora de elevar a los altares a beatos y santos de ambos sexos.

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Cuestionar los testimonios, los supuestos milagros, investigar a los testigos y dejar fuera de toda duda las afirmaciones acerca del santo  hasta en sus más mínimos aspectos mundanos e incluso aplicando pruebas científicas, era la ingrata tarea de este sacerdote que tenía que superar la animadversión de los lugareños en unas épocas en que todos los países, ciudades y pueblos querían tener su santo propio, sus milagros y su culto.

En los primeros tiempos de la Iglesia, el culto de un santo local era promulgado sin más por la autoridad del obispo de la diócesis correspondiente,  hasta que el Papa Alejandro III emitió una bula en 1170 reservando todas las canonizaciones a la Santa Sede.

Este fue el comienzo del proceso de canonización “moderno” como lo conocemos ahora.

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Esta bula coincidió con el movimiento canonista de los siglos XI-XIII,  una revolución mayoritariamente legal en el gobierno de la Iglesia, que se embarcó en el difícil pero importante proceso de racionalizar su administración, armonizando los principios legales generales en un monumental proceso de recopilación y codificación de siglos de práctica legal. Encabezado por hombres como los canonistas Anselmo de Lucca (c. 1083), Roland Bandinelli (más tarde Alejandro III) y el más famoso Graciano (c. 1150), compilador de las Decretales o Cartas Pontificias, el subsiguiente resurgimiento en el estudio del derecho canónico fue iniciado por discípulos de estos hombres, conocidos como los decretistas.

BUSCANDO UNA BASE LEGAL

El movimiento duró hasta mediados del siglo XIII y se caracterizó por el deseo de aplicar normas legales regularizadas a cada aspecto del gobierno de la Iglesia.

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Por lo tanto, el desarrollo del procedimiento de canonización en este momento reflejaba un deseo de alejarla del sentimiento popular y dirigirla hacia una base firme y legal que otorgara más credibilidad al proceso, garantizando la integridad de la fe. La canonización puede así definirse como la ley aplicada a la santificación.

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La reforma protestante impulsó otro cambio y durante la contrarreforma católica, la Iglesia pareció admitir que, dada la alfabetización de la época y el aumento de los avances en la ciencia, la medicina y otros conocimientos, era apropiado un examen más minucioso de las vidas y los hechos de los supuestos santos.

En consecuencia, en 1587, el Papa Sixto V creó la oficina del Promotor Fidei (Promotor de la Fe, vulgo abogado del diablo), que adoptó muchas de las prácticas procesales que ya habían surgido en las canonizaciones medievales y las centró en un solo individuo.

También Morris West, en su obra “El abogado del diablo”, aborda la temática del certificador de milagros en la Iglesia católica.

PRECIOSOS A LOS OJOS DEL SEÑOR

El poder confiado al abogado del diablo fue enorme; en 1708, se convirtió en el funcionario más importante de la Sagrada Congregación de Ritos.

Su trabajo consistía en examinar todo lo relacionado con la vida y los hechos de los aspirantes a  beatos o santos.

La Enciclopedia Católica de 1913 resume así su papel: “Es  su deber sugerir explicaciones naturales para los supuestos milagros, e incluso presentar motivos humanos y egoístas por hechos que se han considerado virtudes heroicas… Su deber le exige que prepare por escrito todos los argumentos posibles, incluso los más leves, contra la subida a los honores del altar. El interés y el honor de la Iglesia se preocupan por evitar que alguien reciba los honores que a su muerte no se hayan demostrado jurídicamente haber sido “preciosos a los ojos del Señor “.

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Además de la estricta línea de investigación, también se requerían cuatro milagros para la canonización, lo que significaba que las mismas eran eventos raros; de 1900 a 1978 sólo fueron canonizados 98 santos, sin punto de comparación con las 500 canonizaciones posteriores a 1978.

Instaurado formalmente por el Papa Sixto V en 1587, la oficina del abogado del diablo formó posteriormente parte de la Congregación para las Causas de los Santos, encargándose durante muchos siglos de defender la autenticidad de las virtudes del aquellos propuestos como modelo a imitar por el pueblo católico, con el objetivo final de alcanzar la vida en santidad.

JUAN PABLO II  ELIMINÓ EL CARGO

El Papa Juan Pablo II eliminó este cargo en 1983 cuando fueron revisados los procedimientos de canonización, simplificando más el proceso.

Sigue existiendo una figura llamada Promotor de la Justicia y entre sus responsabilidades está presidir las reuniones de teólogos y preparar los informes de la reunión.

Por lo tanto, es más una especie de secretario y su rol está más matizado.

Por supuesto, siguen habiendo normas y revisiones para declarar a alguien beato o santo, pero más concisas y precisas.

Además, no tiene derecho de veto y, a diferencia del abogado del diablo, no presenta sus objeciones y quejas contra los candidatos a la santidad.

En su lugar, elabora un informe de sus hallazgos para su evaluación en la reunión durante la cual los representantes de la iglesia discuten si una persona debe ser santa o no.

Fundamentalmente la naturaleza de la prueba del proceso de canonización ha sido abolida.

En lugar de que un candidato esté siendo juzgado y tenga que enfrentar acusaciones por parte del abogado del diablo como el “fiscal” de la Iglesia, el procedimiento ahora toma la forma de una reunión del comité donde los expertos presentan informes.

Los problemas evidentes con la vida de un candidato o los supuestos milagros todavía se tienen en cuenta, pero el aspecto inquisitorial del procedimiento ya no existe.

Tanto Juan XXIII como Juan Pablo I tuvieron que seguir el protocolo de los certificadores de milagros establecido para que pudieran convertirse en santos.

LITERATURA Y CINE

La Congregación para las Causas de los Santos ahora es más un comité que reúne testimonios favorables de los candidatos y emite informes sobre ellos.

La exigencia de milagros también se ha reducido de cuatro a dos, lo que asimismo reduce la carga de la prueba en favor del candidato.

Pese a la desaparición de esta figura como tal, permanece sin embargo en el habla coloquial la expresión abogado del diablo como alguien que argumenta a la contra por motivos incluso espurios, simplemente por incordiar, o bien llevado por un deseo honesto de llegar a la verdad.

Es un término que se aplica por extensión a personas que defienden una posición en la que no necesariamente creen, o a quienes presentan un argumento contra una posición en la que sí creen. Este proceso permite comprobar la calidad del argumento original e identificar las debilidades de su defensa.

Cuando se habla sobre un defensor del diablo, probablemente piensen en alguien que está tomando una posición alternativa a la norma, o una con la que no están personalmente de acuerdo por el bien del argumento.

O recuerdan la novela de título homónimo de Morris West, en la que el abogado del diablo desmonta los supuestos milagros de un aspirante a santo para luego experimentar en carne propia un verdadero milagro.

Pero nada que ver, aparte del nombre, con la película de 1997 “The Devil’s Advocate” (El abogado del diablo), protagonizada por Al Pacino y Keanu Reeves, en la que éste último trabaja para un despacho de abogados propiedad de Satanás.