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Opinión | El abogado que no quería jubilarse

Un abogado con 35 años de ejercicio explica por qué no quiere jubilarse y cómo la inteligencia artificial permite prolongar su carrera profesional.

21/09/2026 03:09

De pronto me ha venido a la cabeza una imagen: yo mismo recogiendo el diploma de mis veinticinco años de ejercicio en el Hotel Alfonso XIII de Sevilla, el día de nuestra patrona, la Inmaculada Concepción, en la comida que el Colegio de Abogados celebra después de la santa misa.

Han pasado ya diez años desde aquella mañana. Hoy llevo 35 años ejerciendo y, si echo cuentas, me quedan otros quince —unos meses menos— para alcanzar los 50 años de profesión y la placa de oro que los acompaña. Tengo 62 años.

Llegaría a esa fecha con 77. Y lo digo sin rodeos: me gustaría no jubilarme nunca.

Como el primer día

Se lo digo a mis alumnos y a los compañeros y compañeras que hacen prácticas en mi bufete: cada mañana, al levantarme, me siento tan abogado como el primer día.

Como aquel día en que fui a mi primer juicio penal con mi traje azul recién estrenado, camisa blanca, corbata negra, zapatos negros de cordones y el maletín en la mano derecha.

Tengo siempre a la vista aquellos comienzos en los juzgados y en la Audiencia Provincial de Sevilla, de la mano de mi maestro, Fernando, que me dio la oportunidad de formarme en su despacho de una manera tan intensa que aquello fue el mejor máster que he podido hacer.

Sin olvidar el curso de práctica forense de entonces, ni el curso de práctica jurídica que volví a cursar a los 10 u 11 años de ejercicio en el Instituto de Ciencias del Derecho —civil general, penal general y derecho de familia— y que me vino muy bien para afianzarme, porque con la abogacía ya en las manos se aprovechan las clases de otro modo.

Durante unos 20 o 25 años ejercí en esas tres ramas; después, el 95 por ciento de mis asuntos han sido penales, aunque de vez en cuando uno acepta un caso de otra jurisdicción sencillamente porque le gusta. Y lo sigo haciendo.

Recoger los frutos

Pero junto a ese sentimiento del primer día hay otro. Después de tantos años de ejercicio —y tengo que reconocer que trabajando demasiadas horas, llegando a casa a las 11 o a las 12 de la noche, cenando a deshora o, como se dice ahora, practicando sin querer el ayuno intermitente—, creo que es justo que ese aprendizaje, esa experiencia, esos clientes satisfechos y esos colegas, profesores de universidad, jueces y médicos que te recomiendan, den sus frutos.

Recojamos los frutos. No para dormirnos en los laureles, ni para aplicarnos aquello de «cría fama y échate a dormir», sino porque llega un momento —y es exactamente el que yo siento ahora— en que uno tiene más ganas de trabajar que nunca, pero de trabajar como le gusta.

Y trabajar como a uno le gusta significa no aceptar todos los casos. Admitir solo los clientes y los asuntos con los que uno se encuentra cómodo.

Y, por supuesto, pedir los honorarios que justamente nos hemos ganado: no solo con los 5 años de la licenciatura en Derecho y con todos los cursos de posgrado que hemos realizado —en mi caso, también el doctorado en Derecho Penal—, sino sobre todo con la intensidad con la que hemos ejercido durante estos 7 lustros.

Las razones para no colgar la toga

Hay varias razones por las que no quiero jubilarme nunca o, en todo caso, por las que quiero llegar por lo menos a los 80.

Confieso que la primera que se me ocurre no es la más lógica: quiero esa placa de oro de los 50 años. Podría pensarse que, una vez recogida, cerraría el despacho; que unos años antes dejaría poco a poco de aceptar asuntos nuevos, terminaría tranquilamente y sin prisa los comenzados y delegaría el resto en mis compañeros y compañeras de despacho y en mis hijos, que han estudiado Derecho —uno de ellos va a comenzar ya a ejercer tras el Máster de Abogacía y mi hija está realizando el suyo—.

Pero me conozco bien.

No dejaría de aceptar casos. Y entonces, sin darme cuenta, en 3 años más se plantarían los 80, una cifra redonda en la que uno podría perfectamente pensar en colgar la toga.

Conozco compañeros que a los cincuenta y muchos, o a los sesenta, han decidido dejar de visitar los tribunales. En mi caso nunca será así.

Podré estar a mil kilómetros de mi despacho y de mi casa, pero seguiré ejerciendo. Precisamente hoy me lo han vuelto a recordar unos alumnos con los que cada año viajo a Manhattan para asistir a juicios en directo, visitar tribunales, la Universidad de Columbia y algunas de las grandes firmas de élite, como DLA Piper, antes de seguir hacia Washington, la Casa Blanca y el Capitolio.

Desde allí —o desde la cuarta planta de Senate House, en la Universidad de Londres, con su magnífica biblioteca de doble y casi triple altura y aquellos ventanales— uno puede seguir ejerciendo como abogado.

Los clientes nuevos, de toda España e incluso del extranjero, tienen su consulta por videollamada o por una simple llamada telefónica, que algunos prefieren.

Este mismo agosto he estado fuera de Sevilla con el bufete abierto, en contacto permanente con el magnífico equipo de abogados y administrativos que tengo, dedicando algún tiempo cada día —no todo el día, que para eso son las vacaciones— a repasar el estado de los asuntos, las novedades y las noticias que me llegan de mi equipo.

Dos pantallas de inteligencia artificial

Todo esto lo permiten las nuevas tecnologías y los avances científicos, incluida la inteligencia artificial, que en el último año me ha hecho llenar dos pantallas completas de aplicaciones en el móvil.

Y lo recomiendo a todo el mundo: no se queden con las dos o cinco más conocidas; exploren, sumérjanse en este maravilloso mundo, porque cada día aporta algo distinto.

Ya sé que hay quien dice que con tres o cuatro —incluso de pago— las tenemos todas, pero cada una es distinta de las demás y ofrece ventajas, servicios y experiencias que no dan las otras.

Algunos dirán que estarían mejor jugando al golf, viendo Netflix todo el día o leyendo. Yo, por supuesto, sigo leyendo en papel, a pesar de que paso demasiado tiempo ante la pantalla, ya sea la del móvil —con doble pantalla, para no quedarme ciego— o la del portátil.

Pero sería una decisión nefasta desaprovechar los avances que tenemos delante y esa nueva forma de trabajar del abogado.

Ocurrió lo mismo cuando accedimos a las bases de datos de jurisprudencia y legislación y dejamos atrás aquellos voluminosos tomos que casi había que mirar con lupa, o aquellas extensas monografías en las que nos gastábamos un dineral para preparar los casos con calidad, con excelencia y con la mejor fundamentación, y que han llenado, en mi caso, las bibliotecas del despacho y de casa con miles de volúmenes.

De la inteligencia artificial diré lo que todos ustedes ya conocen: la mayoría de las herramientas son fiables, por mucho que algunos hablen de alucinaciones constantes.

Yo creo que no es así. Es cierto que en muchos casos hay que comprobar que la fuente es fidedigna, pero determinados modelos de lenguaje, cuando funcionan correctamente, difícilmente cometen un error importante.

Y, en todo caso, para eso estamos nosotros: para revisar la última versión de cualquier escrito, dictamen o informe y asegurarnos de que no hay ninguna alteración que pudiera acarrearnos una responsabilidad civil, penal, colegial o administrativa.

Un egoísmo bien entendido

También he pensado no jubilarme, lo confieso, por egoísmo. Porque me lo paso bien. Porque, como decía antes, puedo permitirme el lujo de elegir a los clientes con los que me siento cómodo trabajando, que son agradecidos y que no hacen un uso abusivo del WhatsApp, del correo, de la llamada o de la petición de cita.

Y porque elijo los casos que me satisfacen: cuanto más difíciles y complejos, más me animo y más me entusiasmo al llevarlos.

Aunque uno tenga ya cierta edad, si se cuida, tiene buena salud y hace deporte, puede seguir. Mis dos actividades deportivas principales son las caminatas diarias y mis carreras de footing —o jogging, que todavía lo llamo así—.

Y resulta que esa caminata de dos o tres horas al día me sirve también para trabajar. Con un smartphone, unos buenos AirPods, la batería cargada y otra portátil por si acaso, uno puede pasar tres o cuatro horas grabando la preparación de un juicio, de un caso o de un dictamen, que después transcribe tranquilamente; puede hacer las llamadas pendientes; puede atender, en definitiva, su bufete móvil. Y, sobre todo, puede reflexionar, meditar y volcar las conclusiones que el camino siempre hace aflorar.

Podemos seguir ejerciendo como abogados, pero no como cuando empezamos. En mi caso, desde las ocho de la mañana o antes hasta las diez o las once de la noche, sin apenas tiempo para comer, con los teléfonos, el fax, los primeros correos electrónicos, las notificaciones a la antigua e incluso, antes del ordenador, la máquina de escribir eléctrica.

Hoy podemos aprovechar las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial, delegar nuestras tareas, al menos parcialmente, en los compañeros y administrativos en quienes confiamos y, de ese modo, ser felices siendo abogados.

No nos jubilemos. Gocemos del cielo azul intenso, del azul del mar, de la montaña, de la ciudad, de viajar con frecuencia, de las bibliotecas. Y no encerrados entre las cuatro paredes del despacho ni recorriendo cada día los mismos juzgados, porque eso desanima.

Un horizonte optimista

De hecho, mañana lunes viajo a Madrid hasta el jueves, porque tengo allí varios asuntos que resolver, y en pocas semanas volveré a Londres.

No solo por el inglés, sino para investigar en Senate House, ahora que estoy actualizando mi tesis doctoral sobre el blanqueo de capitales, un análisis teórico-práctico desde la perspectiva del abogado defensor.

Siempre hay un horizonte optimista y maravilloso delante de nosotros, que nos permite alternar y respetar tanto el ocio como el trabajo.

Un trabajo menos intenso, sin la paliza de los primeros años —de lunes a viernes de siete de la mañana a once de la noche y, al menos en mi caso, muchos sábados y domingos—, manteniendo la actividad profesional con esa delegación inteligente en los compañeros, en los administrativos y, en parte, también en la inteligencia artificial.

Permitamos que nuestros clientes aprovechen y se beneficien de unos conocimientos de varias décadas, de aquello que nos enseñaron en la Facultad de Derecho, de aquello por lo que sentimos nuestra vocación y por lo que hoy somos abogados como lo fuimos el primer día, abogados hasta la médula.

Cambiemos la perspectiva. Entremos en una nueva dimensión. Porque debemos pensar, y desear, que cuando recibamos la placa de oro de los cincuenta años de ejercicio lleguemos con buena salud y del mejor de los modos, para permitirnos disfrutar de una época dorada que nos hemos merecido.

Y por eso mismo habremos llegado a ese momento culminante que es la cima de la abogacía.

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