El mito griego es atemporal, lo que supone que sus enseñanzas pueden ser utilizadas en cualquier momento por muchos años que hayan transcurrido desde su aparición, tal es el caso del llamado “el mito de “Procusto” (también conocido como “el lecho de Procusto y “el síndrome de Procusto») que en estos momentos tiene pleno encaje en la actual coyuntura sociopolítica española.
Quién fue “Procusto”
Damastes, apodado “Procusto” era un Titán hijo del dios Poseidón, que residía en la península Ática, concretamente en Eleusys, a unos 20 kilómetros al norte de Atenas donde ejercía la actividad de posadero, ofreciendo refugio en la Hospedería que regentaba a los viajeros que iban camino de Atenas, a los que agasajaba cordialmente con ricas viandas y abundante vino.
Sin embargo, su engañosa hospitalidad escondía un juego macabro y criminal, pues cuando estos huéspedes, vencidos por el sueño, se retiran a dormir, “Procusto” visitaba las habitaciones y, minuciosamente, comprobaba que todos sus huéspedes encajaran con precisión milimétrica en la cama.
De no ser así, si el viajero era demasiado alto y sobresalía de la cama, le amputaba las piernas o la cabeza para ajustarlo y si era demasiado bajo, lo estiraba sus miembros hasta que alcanzara la medida exacta, llegando a descoyuntarlo.
Estas prácticas criminales finalizaron cuando el héroe Teseo, rey de Atenas, capturó a “Procusto” y le dio muerte aplicándole su propio castigo. Es así, como surgió el mito que ha quedado para siempre como una expresión proverbial para referirse a quienes pretenden acomodar la realidad a la mezquindad de sus intereses particulares, en vez de ajustar sus intereses a los hechos objetivos de esa realidad.
“Procusto” en la coyuntura sociopolítica actual
El mito de “Procusto” es una metáfora utilizada en la psicología, la sociología, la política etc., para describir la tendencia a forzar la realidad de las ideas para que encajen en un molde predeterminado, destruyendo la diversidad.
En concreto, en el entorno público, se manifiesta como el rechazo frontal al pensamiento libre, lo que genera la polarización afectiva e ideológica.
Los partidos políticos, los algoritmos de las redes sociales y los bloques identitarios se han convertido en los tiempos actuales en el nuevo «lecho de Procusto», por cuanto que exigen que el ciudadano cercene su propio sentido crítico para encajar perfectamente en los moldes ideológicos preestablecidos (hay que medir exactamente lo que mida el dogma del grupo de pertenencia) lo que genera muros infranqueables que imposibilitan un mínimo espacio de entendimiento.
Quienes actúan como “Procusto” manifiestan algunas de las siguientes características: la hostilidad hacia la excelencia (“síndrome de Procusto”), que se pone de manifiesto especialmente en los entornos laborales; se refiere a aquellos individuos que, por miedo o inseguridad, boicotean, desprecian o limitan a quienes sobresalen o tienen más talento que ellos; el dogmatismo ideológico, como ese vicio de la persona que prefiere retorcer los datos objetivos de la realidad antes que cambiar su propia teoría, cerrando la posibilidad de llegar a entender el punto de vista ajeno, por último, la uniformización social a través de sistemas colectivos que anulan las individualidades, empobreciendo el pluralismo. Es la intolerancia al que piensa diferente y la obsesión por uniformar los relatos lo que conforma el “lecho de Procusto”.
Y es que cuando ocurre un acontecimiento social del tipo que sea, los hechos objetivos que lo sustentan no importan; se descontextualizan los datos (se descoyuntan o se recortan) para que justifiquen ese relato previo de que «los míos son los buenos y los otros son los malos”. Es decir, que el debate de las ideas no se adapta a la realidad, sino que se exige a la realidad que se adapte al relato.
Cómo matar a “Procusto” en la realidad actual
En la era de la sobreinformación más brutal a la que podemos tener acceso por las redes sociales, donde la IA nos hace dudar constantemente entre lo que es verdad y lo que es mentira, el «lecho de Procusto» es nuestra propia y particular visión del mundo.
Ya no adaptamos nuestras teorías a los hechos del entorno; estiramos o cortamos la realidad cotidiana para que encaje a la fuerza en nuestros prejuicios.
Para neutralizar esta metáfora de“Procusto” que representa la intolerancia a la diferencia, existen algunas estrategias, tales como: diversificar las fuentes de información, siguiendo a analistas o medios de comunicación con perspectivas opuestas a la propia, no para confrontar, sino para entender su lógica; la interrupción algorítmica en la redes sociales, que evita que la plataforma te encasille en un «molde» ideológico único y siempre te dé respuesta a lo que quieres escuchar, lo que se consigue buscando contenidos en estas redes sociales que contradiga los propios gustos e ideologías y, por último, la llamada prueba de la falsación, lo que supone que en lugar de buscar varios argumentos que demuestren que tenemos razón, hay que intentar buscar, aunque solo sea un argumento, que demuestre que estamos equivocados, si no lo encontramos, puede que nuestra postura sea acertada.
A modo de resumen
Romper el molde de “Procusto” requiere aprender a tolerar la incomodidad de la diversidad y consiste en entender que una sociedad moderna no es una cama fija donde todos debemos encajar a la fuerza, sino un espacio común que debe adaptarse para que quepan todos sus miembros.
No hay que adaptar el individuo a la cama, sino la cama al individuo, es decir, que no hay que acomodar la realidad a nuestra propia estrechez de miras, sino ajustar nuestros intereses a esa realidad.
Y a la vista de esa realidad es evidente que “Procusto” sigue vivo entre nosotros y, aparentemente, goza de muy buena salud.