La dirección de Freshfields Bruckhaus Deringer, una de las firmas del llamado Magic Circle británico, trabaja en un plan para segregar su unidad de inteligencia artificial, Freshfields Lab, en una sociedad independiente con capacidad para captar inversión externa e incluso salir a Bolsa.
Así se desprende de una cadena de correos electrónicos internos cuya existencia adelantó el Financial Times y que posteriormente difundió el portal británico RollOnFriday.
Según RollOnFriday, la cadena de mensajes no estaba destinada a circular. El portal sostiene que Alan Mason, global managing partner del despacho, la reenvió por error durante el fin de semana a la lista de distribución que agrupa a todo el personal de la firma, lo que provocó su propagación fuera del despacho.
Freshfields no se ha pronunciado públicamente, por el momento, sobre el contenido de los correos ni sobre el alcance del proyecto.
La metedura de pata sucedió el pasado viernes
El intercambio arranca el pasado viernes. Alan Mason escribía, con toda discreción corporativa, a Ethan Klingsberg, codirector de la práctica de Corporate y M&A en Estados Unidos, contándole que estaba dedicando “mucho trabajo” a convertir “nuestro negocio de IA en una entidad jurídica separada en la que podamos dar entrada a inversores externos o sacar a Bolsa”.
La respuesta de Klingsberg puso cifras a la ambición. Según el abogado, si las compañías de IA jurídica como Harvey y Legora se valoran entre 25 y 40 veces sus ingresos, una escisión de Freshfields valdría “probablemente miles de millones”.
Para lograrlo, escribió Klingsberg, el proyecto necesitaría capital de “inversores sofisticados que sean respetados por el resto de la comunidad inversora por su liderazgo”. A continuación añadió que eso “probablemente” dejaba fuera el “dinero soberano de Oriente Medio”.
Un plan en manos de la cúpula
Mason trasladó después la idea a un socio en Alemania. En ese mensaje sostenía que existe un impulso creciente dentro del despacho “para hacer algo en este terreno” y, aunque admitía que podían apoyarse en un grupo reducido de socios, encargaba al llamado Frontier Leadership Group la elaboración de un plan.
El esquema prevé que la nueva sociedad reparta sus beneficios “de manera fiscalmente eficiente” tanto con los socios de Freshfields como con el negocio de servicios jurídicos del despacho.
Como referencia, Klingsberg cita el caso de otra escisión tecnológica que, según sus palabras, recibe abundante financiación y ha destinado parte de esas ganancias a mantener contentos a sus empleados. Los correos difundidos no identifican a esa compañía.
En cuanto al mercado objetivo, Klingsberg señala a las asesorías jurídicas de las grandes corporaciones y llega a afirmar: “¡Somos mejores que Harvey y Legora!”.
Contexto: la carrera por la IA jurídica
Freshfields Lab es la unidad de innovación y legal tech del despacho, que ha venido aportando soluciones tecnológicas en grandes operaciones de la firma. La iniciativa ahora conocida supondría un salto cualitativo: pasar de una herramienta interna al servicio de los clientes a un negocio autónomo con valoración propia.
El movimiento llega en plena efervescencia del sector. Harvey y Legora, las dos plataformas que Klingsberg toma como referencia, se han consolidado como las grandes apuestas del capital riesgo en IA aplicada al Derecho, con valoraciones muy superiores a las habituales en el negocio tradicional de la abogacía.
La operación plantea, además, interrogantes de fondo para una firma de abogados: la compatibilidad de una sociedad con socios capitalistas externos con las normas profesionales de las jurisdicciones donde opera Freshfields, la gestión de posibles conflictos de interés y el tratamiento de la información confidencial de clientes con la que se entrenan o alimentan estas herramientas. Ninguna de estas cuestiones aparece abordada en los correos difundidos.
Mason, con base en Nueva York y San Francisco, forma parte del equipo de dirección global de la firma junto a la senior partner Georgia Dawson y a Rick van Aerssen, y ha liderado en los últimos años la expansión de Freshfields en Estados Unidos.
Disculpas públicas
La reacción del despacho fue inmediata. En un comunicado difundido después, Freshfields sostuvo que el comentario “no refleja la posición ni las convicciones de la firma ni de quienes participaban en ese intercambio de correos”.
“Pedimos disculpas sin reservas por un comentario realizado sobre los inversores soberanos de Oriente Medio […] y lamentamos sinceramente la ofensa causada”, señaló la firma.
El texto insiste en el valor que el despacho concede a la región: “Tenemos a nuestros clientes de todo Oriente Medio en la más alta consideración y valoramos profundamente las relaciones duraderas y la confianza que hemos construido allí”.
Freshfields afirma además sentir “un enorme respeto por el liderazgo y el impacto global” de esos clientes y se declara “firmemente comprometido” con la región.
El comunicado no explica si el episodio tendrá consecuencias internas para alguno de los implicados.
Mucho en juego en el Golfo
Lo que está en juego explica la rapidez de la respuesta. Freshfields tiene oficinas en Dubái, Abu Dabi, Baréin y Riad, y en los últimos años ha participado en operaciones relevantes en la región, algunas con gobiernos como contraparte.
La propia firma presume en su web de ser “la opción de confianza para el Gobierno y el sector privado en los Emiratos Árabes Unidos desde hace décadas”. Allí cuenta con dos oficinas y medio centenar de profesionales.
Los fondos soberanos del Golfo figuran además entre los inversores más activos del mundo en tecnología e inteligencia artificial. Por eso el comentario de Klingsberg resulta especialmente delicado: descartaba como socios potenciales del nuevo negocio a actores que, al mismo tiempo, son clientes del despacho.