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Opinión | La piscina: La de Roosevelt la pagaron lectores; Nixon la tapó y, 56 años después, alguien quiere destaparla

Jorge Carrera analiza la propuesta de Trump de recuperar la piscina de la Casa Blanca y implicaciones para la libertad de prensa y la democracia.

23/10/2026 03:10

«Todo el equipo de la piscina se ha conservado y está almacenado, por si un futuro presidente quiere volver a poner a la prensa fuera» — Richard Nixon, al inaugurar la nueva sala de prensa de la Casa Blanca, 2 de abril de 1970.

En inglés, una misma palabra nombra dos cosas que en la Casa Blanca han terminado por confundirse. Pool es la piscina. Pool es también el grupo reducido de periodistas que, por turnos, acompaña al presidente allí donde va y comparte con el resto lo que ve y oye. En poco más de tres semanas, la Administración Trump se ha ocupado de ambas cosas.

El 27 de septiembre, ya de noche, el presidente publicó en Truth Social dos imágenes enfrentadas: la sala de prensa James S. Brady, rotulada «Fake News, Before», y una piscina cubierta ribeteada de dorados, rotulada «FDR Pool, After».

Nueve días antes había prohibido la entrada en la Casa Blanca a CNN, MS NOW y Politico. El 10 de octubre se supo que el Departamento de Justicia investigaba por una posible infracción de la legislación antimonopolio a las cinco cadenas del pool televisivo —ABC, CBS, CNN, NBC y la propia Fox News—, que habían suspendido durante unos días la cobertura en solidaridad con la colega expulsada.

Y el 20 de octubre The New York Times informó de que lo de la piscina no fue una ocurrencia nocturna: el presidente lo ha planteado a sus colaboradores en más de una ocasión. Su director de Comunicación, Steven Cheung, no lo desmintió. Se limitó a decir que «todas las opciones siguen sobre la mesa».

La metáfora es irresistible: ahogar las voces incómodas. Tiene incluso pedigrí. Cuando la sala se inauguró, en 1970, en Washington circulaba la broma de que el portavoz de Nixon, Ron Ziegler, guardaba bajo el atril un botón secreto capaz de abrir el suelo y arrojar a los reporteros al agua.

Pero la metáfora no es exacta, y conviene decirlo antes de que otro lo haga. Nadie se propone ahogar a nadie.

Lo que se baraja es más modesto y, precisamente por eso, más eficaz: alejar a la prensa. Sacarla del edificio, realojarla en una dependencia vecina, apartarla unos metros del centro del poder. Y unos metros, en política como en un juicio, pueden ser toda la distancia que separa al testigo presencial del testigo de referencia.

Una historia que se mide en metros

La presencia de la prensa en la Casa Blanca puede contarse en metros, y cada mudanza revela lo que cada presidente pensaba de ella.

En 1895, William Price, reportero del Evening Star, se apostó ante la verja para abordar a quienes salían de ver al presidente Cleveland, y pronto otros le imitaron. Cuenta la leyenda —y es leyenda, aunque se repita como historia— que un día de lluvia de 1902 Theodore Roosevelt se apiadó de aquellos hombres empapados y mandó reservarles un cuarto en el edificio de oficinas que acababa de levantar junto a la residencia, el que hoy conocemos como ala Oeste.

Fuera o no por la lluvia, el resultado es el mismo: la prensa pasó de la verja al interior. Un reportero a la intemperie informa de lo que adivina; uno sentado dentro, de lo que ve.

Tres décadas más tarde llegó la piscina. Se construyó en 1933, en la terraza que comunica la residencia con el ala Oeste, para Franklin D. Roosevelt, a quien la poliomielitis había privado del uso de las piernas y que encontraba en el agua su terapia.

No la pagó el Tesoro. La pagaron, mediante una colecta impulsada por el New York Daily News, los lectores de un periódico. Conviene retener el dato, porque el resto de la historia lo convierte en ironía.

En 1969, Richard Nixon decidió cubrirla. Adujo, con su franqueza particular, que en sus primeros ocho meses solo la había usado cuatro veces, y que la prensa, cada vez más numerosa y cada vez más televisiva, ya no cabía donde estaba.

La obra costó 574.000 dólares, cifra que encareció una exigencia del propio presidente: que nada impidiera devolver el espacio a su uso original. El 2 de abril de 1970, al entregar las nuevas instalaciones, recibió a los periodistas con un «están ustedes en la parte honda de la piscina» y les hizo saber que todo el equipo quedaba almacenado por si algún sucesor quería volver a ponerlos fuera.

Según la Columbia Journalism Review, el traslado tenía además una ventaja que no figuró en el discurso: alejaba a los reporteros de las visitas oficiales. Nixon, que nunca sintió simpatía por la prensa, le dio una casa mejor, pero un poco más apartada.

Su sucesor estuvo a punto de estrenar la cláusula. Gerald Ford, nadador de toda la vida, echó de menos la piscina desde el primer día, y en agosto de 1974, según documentos de su Administración conocidos años después, se llegó a estudiar el traslado de la prensa para reabrirla.

Lo frenó el coste, en plena inflación, y Ford se conformó al año siguiente con una piscina al aire libre en el jardín sur, pagada con donativos.

En 2006, cuando la sala cerró para una reforma, el portavoz Tony Snow despidió a los periodistas dándoles la bienvenida a la última rueda de prensa antes de bautizar la próxima piscina de la Casa Blanca. Nadie lo tomó en serio: el propio Bush acudió ese día a prometerles una sala renovada.

La tentación, por tanto, no es nueva. Lo nuevo es el rótulo.

Lo que el espacio tiene de verdad

Hay que conceder a la Casa Blanca lo que es de la Casa Blanca, y en esto quien suscribe puede hablar con algún conocimiento de causa. Quien ha vivido durante años en la Roma contemporánea y ha tenido la suerte de conocer una parte de las dependencias de la Casa Blanca sabe que el ala Oeste es bastante más estrecha de lo que la televisión deja adivinar: pasillos angostos, despachos de altos cargos que en muchos ministerios europeos pasarían por modestos.

La sala de prensa tiene 49 asientos para un cuerpo de periodistas que no ha dejado de crecer. La cuestión del espacio no es, ni mucho menos, una cuestión menor ni una excusa inventada.

Ya la invocaba el Proyecto 2025, el programa de gobierno elaborado en torno a la Heritage Foundation, y ya la invocó en enero de 2017 el jefe de Gabinete entrante, Reince Priebus, cuando defendió llevar las ruedas de prensa al edificio de al lado con un argumento de apariencia impecable: si caben más periodistas, ¿no es eso mejor?

Hay un argumento aún más fuerte, y llega de Europa. En Berlín, las ruedas de prensa del Gobierno federal no se celebran en la Cancillería. Las organiza la Bundespressekonferenz, una asociación privada que agrupa a más de 900 periodistas y que, tres veces por semana, invita a su propia sede al portavoz del Gobierno y a los de los ministerios para que respondan a sus preguntas.

Modera un periodista elegido por sus colegas, no un funcionario. El poder alemán no tiene a la prensa en casa: es él quien acude, como invitado, a casa de la prensa. Y nadie sostendría por ello que Alemania sea una democracia menos transparente que Estados Unidos. La distancia, por sí sola, no es el problema.

Bien mirado, sin embargo, el ejemplo berlinés ilumina justo lo contrario de lo que parece. Lo que importa no es cuántos metros separan al periodista del gobernante, sino quién es el anfitrión y quién guarda la llave.

En Berlín, el portavoz es un invitado al que se interroga sin pedirle permiso. En el Washington que se proyecta, la prensa sería un inquilino desahuciado, realojado en el edificio que el propietario elija y en las condiciones que el propietario fije. Y el propietario no ha ocultado el motivo.

Ya en enero de 2017, mientras Priebus hablaba de metros cuadrados, un alto cargo del equipo de transición explicaba a Esquire, con menos diplomacia, que la prensa era «el partido de la oposición» y que la quería fuera del edificio.

El 11 de agosto de 2025, cuando un reportero de una cadena afín le preguntó si, ya que iba a construir un gran salón de baile, podía construir también una gran sala de prensa, el presidente respondió entre risas que no quería que los periodistas estuvieran cómodos.

Algo más de dos meses después, demolió el ala Este entera para levantar ese salón. Quien derriba un ala completa para tener dónde bailar no puede alegar con mucha convicción que le falta sitio para quien pregunta.

Las delicias del señor

Washington es, a su manera, la Roma de nuestro tiempo, y no solo por los frontones y las columnatas con que quiso vestirse desde su fundación. Por eso la escena admite una lectura romana. Tras el incendio del año 64, Nerón se hizo construir sobre las ruinas de la ciudad la Domus Aurea, un palacio desmesurado con jardines, bosques y, en el valle que se abría a sus pies, un gran estanque artificial.

Muerto Nerón, los Flavios desecaron el estanque y levantaron en su lugar el anfiteatro que hoy llamamos Coliseo. Marcial lo celebró en un epigrama del Liber de spectaculis con un verso que es casi un programa político: Roma ha sido devuelta a sí misma, y lo que eran delicias del señor son ahora delicias del pueblo, deliciae populi, quae fuerant domini.

Era propaganda flavia, desde luego. Pero la propaganda dice mucho de lo que el poder cree que debe aparentar, y los Flavios creyeron que les convenía aparecer devolviendo al público lo que el tirano se había reservado.

Diecinueve siglos después, fue Richard Nixon —de todos los presidentes posibles, precisamente él— quien repitió sin proponérselo el gesto flavio: cubrió la piscina del señor para instalar encima a los testigos del público.

No lo hizo por afecto a la prensa, sino por necesidad. Pero durante más de medio siglo, el lugar donde un presidente nadaba ha sido el lugar donde un presidente responde. Lo que ahora se baraja es el verso de Marcial leído al revés: que lo que fueron delicias del pueblo vuelvan a serlo del señor.

Y que lo sean con ornamentos dorados que nada tienen que ver con la piscina terapéutica de un presidente que nadaba para sobrellevar la parálisis. La inversión simbólica difícilmente podría ser más completa.

Los lectores de un periódico pagaron la piscina; la piscina se convirtió en la casa de los periódicos; y la casa de los periódicos debe volver a ser piscina porque los periódicos, se nos dice, publican noticias falsas.

La involución tiene forma de reforma

Sería un error tomar todo esto por una extravagancia. Lo significativo es la técnica, que no tiene nada de extravagante. No se ha clausurado ningún periódico ni se ha secuestrado ninguna edición.

Lo que se ha hecho es retirar unos pases, que es un acto administrativo; abrir una investigación de competencia, que es un procedimiento reglado; y proyectar una obra, que es una reforma.

Cada pieza, por separado, tiene apariencia de normalidad. Juntas componen otra cosa. Cuando escribí en septiembre sobre la doctrina del «privilegio» con que la Casa Blanca justificó la expulsión de tres medios, la pregunta era quién entra.

Ahora la pregunta es dónde se queda quien entra, y qué le ocurre si decide, junto con otros, dejar de grabar.

La investigación antimonopolio es la pieza más depurada. La Sherman Act se aprobó en 1890 para domar a los grandes trusts del ferrocarril y del petróleo.

El Departamento de Justicia la invoca ahora porque cinco cadenas competidoras, entre ellas Fox News, que difícilmente pasa por enemiga del presidente, decidieron a la vez dejar de grabar durante unos días en solidaridad con una colega vetada.

Según su portavoz, los boicots colectivos entre competidores pueden infringir la ley. Es una tesis que algún tribunal tendrá que examinar, y no es este el lugar para resolverla. Pero el mensaje no necesita sentencia para producir efecto.

La próxima redacción que se plantee no cubrir un acto en protesta por el trato dado a otra sabrá que antes debe calcular cuánto cuesta contestar a un requerimiento del Departamento de Justicia.

«Lo que amenaza hoy a nuestras democracias no es tanto el derrumbe como la transformación silenciosa de sus instituciones».

Conviene registrar también, por honestidad, lo que sigue funcionando. El 13 de octubre, el juez federal Timothy Kelly, nombrado por el propio Trump, mantuvo cautelarmente el acceso de los tres medios vetados por apreciar que probablemente se habían vulnerado su libertad de expresión y su derecho a un procedimiento debido.

Los tribunales siguen ahí, y no es poco. Pero un sistema que necesita que un juez corrija lo que el Ejecutivo anuncia una noche en una red social resiste, sí, aunque no puede decirse que esté sano.

El problema es que Estados Unidos no es un país cualquiera, ni lo que hace se queda en casa. Durante décadas, la imagen del presidente norteamericano en su atril, interrumpido por periodistas que no le debían nada, fue un argumento a favor de la democracia más persuasivo que muchos discursos.

En un mundo en el que las democracias están en franco retroceso, no deja de ser preocupante que una de las que han marcado la pauta durante tantas décadas sea ahora, precisamente, la que parece empeñarse en marcar la pauta de la involución.

Reporteros Sin Fronteras situó a Estados Unidos en 2026 en el puesto 64 de su índice de libertad de prensa, siete por debajo del año anterior, entre Botsuana y Panamá.

La misma organización constataba que la media mundial había caído a su nivel más bajo en veinticinco años y que el indicador que más se había deteriorado era el jurídico: no la violencia contra los periodistas, sino las normas y los procedimientos que se emplean contra ellos.

Es exactamente el instrumental que se está ensayando en Washington, con la diferencia de que, cuando lo ensaya Washington, otros toman nota. Vuelvo así, por otro camino, a lo que sostuve en «Los mismos nombres»: lo que amenaza hoy a nuestras democracias no es tanto el derrumbe como la transformación silenciosa de sus instituciones.

Vacía, pero intacta

Debajo de la sala Brady, la piscina sigue ahí. Vacía, pero intacta, accesible por una trampilla, con sus azulejos y su forma original, tal como Nixon ordenó conservarla. Durante 56 años ha sido una curiosidad histórica y una broma recurrente de los portavoces. Ahora resulta ser otra cosa: la prueba de que las democracias, incluso las más antiguas, no rellenan sus piscinas. Se limitan a ponerles un suelo encima y a confiar en que nadie quiera levantarlo.

El mundo político y social atraviesa cambios de un calado que probablemente solo podremos medir dentro de unos pocos años, quizá cuando ya resulte tarde para discutirlos.

Muchos no llegarán con estruendo, sino con planos de obra, requerimientos de documentos y portavoces que aseguran que todas las opciones siguen sobre la mesa.

Nixon, que algo sabía de la prensa, dejó dicha en 1970 la cláusula exacta: por si un futuro presidente quiere volver a ponerla fuera. Nunca hizo falta ahogar a nadie. Bastaba con conservar el equipo.

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