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Opinión | La Iglesia en penumbra

Luis Romero regresa a Castilblanco de los Arroyos y evoca su infancia como monaguillo, entre recuerdos vivos y una iglesia que habita sus sueños.

27/10/2026 04:10

El jueves me levanté a las seis en Jerez de la Frontera. Tercera sesión de un juicio que aún no ha terminado: sala hasta casi las tres, regreso a Sevilla, una ducha apresurada y otra vez la carretera, ahora hacia Castilblanco de los Arroyos. A las ocho se celebraba la misa de difuntos por mi tía María del Carmen. Hay días en que uno pasa del estrado al banco de una iglesia sin tiempo de quitarse la toga por dentro.

Dejé el coche en lo alto de mi calle y bajé andando hacia la plaza. Finales de octubre, un día entre semana, y el pueblo vacío: solo me crucé con una persona y con un coche.

Parecía de madrugada. Era el pueblo que tantas veces he soñado, de noche y sin nadie, yo solo recorriendo sus calles. Ahora que escribo mi biografía, cada esquina me devuelve una página.

La infancia entre las paredes de la iglesia

Llegué cuando la misa comenzaba y me senté en el primer banco, junto a mis primos. Esa iglesia, pegada a mi casa, es para mí mucho más que un templo.

A ella venía con mi tía desde los seis años; en ella fui monaguillo hasta los once con don Francisco, aquel párroco al que el pueblo no ha olvidado. Domingos, fiestas de guardar, el Corpus, las hermandades: la infancia entera cabe entre esas paredes blancas.

Oficiaba don Manuel, y yo, sin proponérmelo, lo miraba con los ojos de aquel niño vestido de rojo y blanco, atento a cada gesto, a cada palabra. Es un sacerdote de verdad, de los que sienten lo que celebran y saben transmitirlo.

Habló de mi tía, a la que acompañó y animó hasta el último día, y confesó que para él había sido como una abuela. Pensé que Castilblanco tiene hoy a uno de los mejores curas que han pasado por su parroquia.

Mis ojos, sin embargo, volvían una y otra vez al retablo, todo él oro tallado. En lo alto, el Crucificado; bajo él, en la hornacina central, el Cristo Salvador, con su manto rojo, una mano alzada en bendición y el mundo sostenido en la otra.

A ambos lados, los lienzos oscuros de los apóstoles y las columnas salomónicas, retorcidas como la vid que las abraza, subiendo hacia la bóveda. En la comunión vi pasar a una mujer que me resultó familiar: aquella muchacha rubia, muy guapa, de catorce o quince años, cuando yo tenía diecisiete. Comulgó y regresó a su sitio recogida, ajena a todo. El tiempo también se sienta en los bancos.

Al terminar llegaron los abrazos y los pésames, familiares y amigos a los que hacía años que no veía. Me quedé en la puerta con primos y sobrinos, como tantas veces de niño a la salida de misa. Cuando la plaza se vació, le dije a mi prima: «Quiero saludar a don Manuel».

La mirada del monaguillo y el regreso a los sueños

Entramos por la puertecita de la derecha. La iglesia estaba en penumbra, apenas unas luces de emergencia y el altar adivinándose al fondo. No había nadie. Hay un silencio que solo existe en los templos vacíos, un silencio que no es ausencia sino espera.

Avanzamos por la nave y, al llegar a los escalones de mármol, la iglesia volvió a ser mía. Me vi sentado a la derecha del altar, tocando la campanilla, leyendo el Evangelio, acercando las vinajeras y el paño, arrodillado junto al sagrario. Allí aprendí cómo se construye una misa, cómo se sostiene un rito.

«¡Don Manuel!», llamó mi prima. Y él salió de la oscuridad de la sacristía, como si la penumbra lo hubiera guardado para nosotros. Le di la enhorabuena y le conté que fui monaguillo de don Francisco. «Un grande», me dijo, aunque no pudo conocerlo: apenas tendrá cuarenta años. «Qué suerte tuvo usted». Le prometí volver con más tiempo.

De regreso hacia la puerta miré a la izquierda, hacia el coro. En mis sueños siempre lo sitúo frente a la entrada, y no: está a un lado. Lo que sí es exacto es la perspectiva.

Sueño la iglesia desde el altar, mirando hacia los bancos, porque esa era la mirada del monaguillo. Hice fotos al entrar y al salir. Al verlas después, me estremecí: eran mis sueños.

Fuera me esperaba otro reencuentro: un amigo que acababa de perder a su único hermano, con solo cincuenta años. Nieto de un amigo de mi abuelo, hijo de amigos de mis padres; en los pueblos, el afecto también se hereda.

Nos abrazamos y acabamos hablando de Londres, donde él vivió dos años y medio y yo estudié cuatro meses que nunca he dejado de repetir. Se nos unió un primo que vivió allí muchos años, el mismo al que mi padre me pidió que llamara y nunca llamé. Tres londinenses en una esquina de Castilblanco.

Subí solo la cuesta, como la subía de niño el hijo del médico, por calles iluminadas y vacías, con el primer frío del otoño. En el camino de vuelta a Sevilla no me acompañó el juicio, sino aquella iglesia en penumbra. A veces no hace falta dormir para entrar en los sueños. Basta con volver a casa.

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