Portada / Firmas

Opinión | El veto en la gorra

El veto de Trump frente a un Congreso demócrata: lo que la nueva mayoría puede y no puede hacer sobre la guerra con Irán. Analiza Jorge Carrera.

04/11/2026 08:11

«Creo que la gente está de acuerdo con lo que hago en Irán, pero probablemente no estaba dispuesta a asumir la consecuencia a corto plazo de pagar más por la gasolina». Donald Trump, entrevista en Fox News, noche electoral del 3 al 4 de noviembre de 2026.

Cuarenta años exactos separan dos 3 de noviembre. El de 1986, una revista libanesa de escasa difusión, Ash-Shiraa, publicó que la Administración Reagan vendía armas en secreto a Irán.

Al día siguiente, los estadounidenses acudieron a las urnas de mitad de mandato y devolvieron el Senado a los demócratas: 8 escaños de ganancia neta y una mayoría de 55 a 45.

El 3 de noviembre de 2026 no ha necesitado ninguna exclusiva sobre Irán. La guerra que Washington emprendió en febrero llevaba ocho meses en los informativos y en el precio del combustible.

Esta vez los demócratas no se han conformado con una cámara: las han recuperado las dos.

El mapa importa menos por la magnitud que por los lugares.

Texas ha elegido a un senador demócrata, James Talarico, frente a Ken Paxton. Kansas, Iowa, Ohio, Carolina del Norte y Carolina del Sur han cambiado de color en el Senado.

En Maine, Susan Collins, la republicana que sobrevivía a todas las olas, ha caído ante un candidato demócrata elegido a última hora.

Según la revista Time, es sólo la quinta vez desde la Segunda Guerra Mundial que un partido arrebata ambas cámaras en unas elecciones de mitad de mandato. Cuando se escriben estas líneas, la Associated Press ya ha proyectado el Senado y las principales cadenas dan también por ganada la Cámara de Representantes. El recuento de escaños sigue abierto, pero ya no está en juego quién manda.

La reacción del presidente ha tenido dos tiempos.

En el primero, una cortesía insólita en él: ha felicitado a los demócratas, ha declarado a The New York Times que acepta los resultados sin reservas y ha admitido que la guerra con Irán pesó en la derrota.

En el segundo, una imagen publicada en Truth Social: la gorra roja que ha identificado a su movimiento desde 2016, pero donde debería leerse «Make America Great Again» aparece una sola palabra, VETO. El gesto tiene más contenido jurídico que la felicitación. Anuncia exactamente qué instrumento piensa usar durante los dos años que le quedan.

Y, como se verá, indica sin quererlo cuál no va a necesitar.

Lo que se ha votado

El argumento contrario merece exponerse con toda su fuerza. Las elecciones de mitad de mandato castigan casi siempre al partido del presidente: ha ocurrido en veinte de las veintidós celebradas desde 1938, y las dos excepciones respondieron a circunstancias extraordinarias.

El elector estadounidense vota con el bolsillo, no con el atlas, y leer en sus papeletas un veredicto sobre política exterior sería proyectar sobre Ohio las preocupaciones de Bruselas. Según este razonamiento, Trump habría perdido aunque Irán no existiera.

La premisa es correcta y la conclusión, no. Es cierto que el elector ha votado con el bolsillo. Pero esta vez el bolsillo y el atlas coincidían. La guerra no llegó al votante como cuestión de no proliferación, sino como factura.

Lo ha reconocido el propio presidente con una franqueza poco habitual: la gente, dice, aprueba lo que hace en Irán, pero no estaba dispuesta a pagar la gasolina. La distinción parece un consuelo, y es en realidad una advertencia.

Si Trump cree que no le han castigado por la guerra, sino por su precio, la conclusión que puede extraer no es detenerla, sino terminarla deprisa. Y en una guerra, terminar deprisa puede significar escalar.

Un alto cargo de la Casa Blanca ha pronosticado que el precio del combustible bajará cuando se resuelva el conflicto, y que quienes han votado demócrata lo lamentarán.

En Washington se especula abiertamente con la reanudación de operaciones a gran escala contra Teherán. Según la agencia ANI, el presidente lo ha resumido a su modo: la guerra terminará cuando él diga que ha terminado.

Una encuesta de Politico de octubre sugería ya que ni siquiera el fin de la guerra habría cambiado el voto de la mayoría: el coste político estaba incurrido. Un presidente que ya ha pagado el precio electoral de una guerra puede concluir que tiene poco que perder continuándola, o que ya no le compensa prolongarla.

El resultado no decide cuál de las dos lecturas prevalecerá; sólo le libera de la cautela que imponía la cita con las urnas.

Lo que el Congreso puede, y lo que no

Conviene no confundir una mayoría con un mando. Los demócratas tendrán, a partir del 3 de enero de 2027, el control de las dos cámaras. No tendrán los dos tercios necesarios para superar un veto, ni de lejos.

Cada ley que aprueben para limitar la guerra, levantar aranceles o condicionar la política hacia Rusia irá a la mesa del presidente, y la gorra ya ha anunciado lo que le espera.

La Resolución sobre Poderes de Guerra de 1973 ofrece un freno más limitado de lo que su nombre promete. Su mecanismo automático obliga a retirar las fuerzas sesenta días después del informe al Congreso si este no ha autorizado la operación, pero su aplicación es controvertida: los sucesivos Ejecutivos han discutido su alcance y han negado que determinadas operaciones constituyan «hostilidades» en el sentido de la ley.

Para la retirada ordenada expresamente por el Congreso, desde que el Tribunal Supremo invalidó el veto legislativo en INS v. Chadha (1983), la doctrina mayoritaria entiende que hace falta una resolución conjunta, y las resoluciones conjuntas también se vetan.

El poder del bolsillo es real, pero lento: se ejerce partida a partida, y el primer examen, la prórroga presupuestaria que vence el 11 de diciembre, lo resolverá la mayoría saliente.

Quedan dos armas que no pasan por el veto.

La primera es el Senado como filtro de nombramientos: los nombramientos sujetos a confirmación —una remodelación del Gobierno tras la derrota, los embajadores, los relevos en el Pentágono o en el Departamento de Estado— pasarán desde enero por comisiones presididas por demócratas, aunque las coberturas interinas permitan sortear parte de ese filtro durante un tiempo.

La segunda es la investigación.

Aquí el precedente de 1986 deja de ser una coincidencia de calendario. El Congreso que salió de aquellas urnas no derrotó a Reagan con una ley. Lo hizo con una sala: las comisiones conjuntas presididas por el senador Inouye y el representante Hamilton, retransmitidas durante el verano de 1987, que convirtieron una operación encubierta en un relato público.

El arma de una mayoría opositora frente a un presidente con veto no es la norma que no podrá imponer, sino la investigación que no podrá vetar. Las cartas complementarias del acuerdo nuclear con Riad, que siguen clasificadas, son un candidato evidente. Incluso donde el procedimiento favorece al Ejecutivo, una comisión hostil puede transformar cada documento reservado en una citación.

Pero 1987 enseña también lo contrario. El Reagan debilitado por el Irán-Contra fue el mismo que en diciembre de ese año firmó con Gorbachov el tratado INF, aprobado por el Senado en mayo de 1988 por 93 votos contra 5.

El presidente acorralado en casa encontró fuera el espacio que dentro se le negaba. El European Council on Foreign Relations advertía, antes de la votación, de que un Trump contenido por el Congreso podría buscar en la política exterior las victorias que se le nieguen en el interior. La historia no garantiza esa conducta, pero ofrece motivos para tomarla en serio.

Sesenta días

Entre el 4 de noviembre y el 3 de enero, el Congreso saliente conserva su mayoría republicana. Son sesenta días en los que el presidente sabe ya lo que perderá y todavía no lo ha perdido. Cualquier decisión difícil de revertir tiene un incentivo evidente para adoptarse antes de esa fecha.

Irán es el primer candidato. No es el único. Esta columna sostuvo en septiembre, a propósito de Cuba, que la ventana operativa que dejaban entrever los sondeos de unidades de la Reserva se situaba entre mediados de diciembre y mediados de enero.

Aquella era una hipótesis sobre un escenario contemplado en Washington, no una decisión acreditada, y debe seguir leyéndose así. Pero el resultado electoral no la debilita. La refuerza: la ventana coincide ahora con el último tramo de un Congreso amigo.

En Israel, el gobierno sigue en funciones tras las elecciones del 27 de octubre. Ha perdido, en Washington, a un Congreso al que nunca le faltaron votos para su causa, y el próximo podría pedirle cuentas que el anterior no pidió.

En Riad, el acuerdo nuclear negociado a cambio de acercarse a los Acuerdos de Abraham afrontará una revisión parlamentaria menos complaciente, aunque el procedimiento siga dejando la última palabra al presidente.

Lecturas desde fuera

Teherán ha sido de los primeros en interpretar el resultado. El presidente del Parlamento iraní, Mohammad Bagher Ghalibaf, ha proclamado que los estadounidenses han dicho no a la guerra, y ha advertido de que, si su Gobierno desoye esa voluntad, la respuesta iraní será una pesadilla.

La lectura de Teherán es que el tiempo juega a su favor y que basta con resistir. La de Washington puede ser que el tiempo juega en contra y que hay que acabar antes. Dos adversarios que sacan del mismo dato conclusiones opuestas sobre la prisa forman la combinación más peligrosa de las posibles.

En Moscú el cálculo es más sereno, y no por ello más tranquilizador. El Kremlin puede esperar a 2028 o cobrar un acuerdo a un presidente que necesita un éxito.

El nuevo Congreso podrá endurecer sanciones y presionar por la ayuda a Ucrania. Pero el mecanismo de la OTAN por el que los aliados compran armamento estadounidense para Kiev depende de que Washington lo ponga a disposición, y la negociación con Rusia sigue siendo competencia del Ejecutivo. Una mayoría parlamentaria puede encarecer un mal acuerdo; no puede impedir que se firme.

Europa haría mal en confundir alivio con cambio. Los aranceles descansan en habilitaciones que el Ejecutivo ya tiene, y ninguna mayoría demócrata los derogará sin un veto de por medio. Las comisiones de Comercio y Exteriores podrán convertirse en tribunas para los aliados, y eso no es poco.

Pero la necesidad europea de defenderse por sí misma no nació con Trump ni morirá con su derrota parlamentaria. Las elecciones han cambiado quién preside las comisiones en Washington. No han cambiado lo que Europa gasta, produce ni decide por su cuenta.

La gorra

Vuelvo a la imagen de la noche electoral. El veto es un arma defensiva: protege lo existente frente a leyes nuevas. Dentro de las fronteras, Trump la necesitará cada semana. Fuera de ellas, le hará falta con menos frecuencia.

Una guerra puede reanudarse sin una ley nueva y un arancel puede elevarse por proclamación con las habilitaciones vigentes. Los electores han dado a la oposición los instrumentos que obligan al presidente a negociar, a justificarse y a responder; no le han quitado los que le permiten actuar primero.

En 1986, la noticia sobre Irán llegó la víspera y el castigo, al día siguiente. En 2026, el castigo ha llegado con la guerra todavía en curso, y el castigado ha anunciado que la terminará cuando él lo diga. La gorra promete vetar. El peligro está en lo que todavía puede hacer sin necesitar el consentimiento de la nueva mayoría.

Noticias relacionadas