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Ante notario: la Sagrada Familia ya es la iglesia más alta del mundo

Un notario da fe de la culminación de la Torre de Jesucristo: la Sagrada Familia ya es, con 172,5 metros, la iglesia más alta del mundo.

12/06/2026 03:06

Hay actos jurídicos que nacen para resolver un conflicto. Otros, para cerrar un negocio. Y luego están los que existen por una razón distinta, casi solemne: dejar constancia. Decirle al futuro «esto pasó, y pasó así».

De estos últimos va la escritura firmada el pasado 10 de junio en la sacristía de la Sagrada Familia.

El escenario no admite competencia. El Templo Expiatorio, en pleno centenario de la muerte de Antoni Gaudí. Y, en mitad de ese marco, un gesto que une lo sagrado y lo notarial: la firma de un documento público que protocoliza la finalización de la Torre de Jesucristo, su bendición por Su Santidad el Papa León XIV y el estado actual de las obras.

172,5 metros. La iglesia más alta del planeta

La cifra es el corazón del documento. Con la culminación de la Torre de Jesucristo —172,5 metros de altura—, la Sagrada Familia se convierte en la iglesia más alta del mundo. La escritura recoge esa inauguración, la bendición pontificia y la misa solemne celebrada en ella.

Pero lo que aquí interesa no es solo la arquitectura. Es el instrumento jurídico elegido para fijar el momento.

Quién firma, quién da fe

La nómina de comparecientes tiene su propio peso. La escritura fue firmada por el Papa León XIV y por el cardenal Juan José Omella, arzobispo de Barcelona. Y fue autorizada por el decano del Colegio Notarial de Cataluña, José Alberto Marín, que dio fe de los hechos.

Ahí está la clave de todo el ejercicio. El notario no asiste como invitado de honor. Asiste como lo que es: garante de la autenticidad y la veracidad de lo ocurrido.

Su firma no adorna el acto; lo dota de fehaciencia jurídica. Convierte un acontecimiento en un hecho documentado, oponible, imborrable.

El propio texto lo explica sin pudor. La escritura nace, dice, de la voluntad de dejar constancia pública y solemne del estado de ejecución de las obras, para que las generaciones futuras puedan conocer, con plena fehaciencia jurídica, las circunstancias en que se culminó la Torre de Jesucristo.

Un hilo que se remonta a 1882

Y aquí la historia se vuelve circular, casi literaria. El documento no queda suelto. Se vincula expresamente al acta de colocación de la primera piedra del templo, firmada en 1882 y conservada en el Archivo Histórico de Protocolos de Barcelona del Colegio Notarial de Cataluña.

144 años separan ambos protocolos. Uno abre la obra; el otro corona su elemento más alto. Dos escrituras públicas como paréntesis de un templo que ha tardado casi siglo y medio en alzar su torre central.

No es casualidad que un facsímil de aquella escritura fundacional fuese, precisamente, uno de los obsequios que el presidente de la Generalitat, Salvador Illa, entregó al Papa el 9 de junio.

La escritura pública como memoria

Más allá de la efeméride, el caso ilustra algo que el día a día tiende a olvidar: para qué sirve, en su forma más elevada, una escritura pública.

No solo para comprar un piso o constituir una sociedad. También para preservar la memoria histórica con el sello de máxima solemnidad que ofrece el ordenamiento.

El documento lo deja dicho con una frase que merece ser citada. Los comparecientes reconocen y declaran que la finalización de la Torre de Jesucristo es un hecho de importancia excepcional para la humanidad, la Iglesia Católica, para España, para Cataluña y para Barcelona; y ven en la firma del instrumento la expresión más solemne que les permite el ordenamiento jurídico para testimoniar ante la Historia que han estado presentes en este momento irrepetible.

Asistieron, además, autoridades de Barcelona, Cataluña y España, junto a representantes eclesiásticos, institucionales y académicos.

Quedará el edificio, claro. La torre se ve desde media ciudad. Pero también quedará el papel: una escritura que, dentro de cien o doscientos años, le dirá a quien la consulte exactamente qué ocurrió aquel 10 de junio. Y quién estuvo allí para certificarlo.

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