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Opinión | «Perdiendo el juicio», en Netflix: ¿Por qué las producciones de abogados y de juicios españoles pinchan en los detalles?

Análisis jurídico de "Perdiendo el juicio": los errores legales de la serie de Netflix, del jurado en los asesinatos al escudo de la toga de la jueza.

28/06/2026 03:06

El Tribunal Constitucional ha establecido su doctrina sobre la información que publicamos los periodistas. Dice que la noticia tiene que ser de interés público, veraz y no contener términos ofensivos.

Para las series de televisión, como «Perdiendo el juicio», ahora en Netflix, un drama legal, o «thriller legal», como lo definen al otro lado del charco Atlántico, debía regir las mismas normas.

Porque esta serie de 10 capítulos y media de duración de 50 minutos cada uno de ellos, «pincha», precisamente, en esos detalles que restan credibilidad al producto, la veracidad.

Vaya por delante que soy un adicto a este tipo de producciones y que los actores principales, Elena Rivera, Manu Baqueiro y Miquel Fernández –todos ellos en papeles de abogados– me gustan mucho.

Elena Rivera, que empezó a ser conocida a través de «Cuentamé» o «Inés del alma mía», Manu Baqueiro en «Amar en para siempre» o Miquel Fernández, por sus múltiples trabajos en cine y televisión.

Miquel Fernández, además, ganó la sexta edición de «Tu cara me suena», el programa de imitaciones de Antena 3 Televisión, en el que también participó Manu Baqueiro, en su decimosegunda edición. Son dos actores, por lo tanto, cuidados por la cadena.

Elena Rivera hace el papel de Amanda Torres, una brillante joven abogada que trabaja junto a su marido y socio, César (Miquel Fernández) en un despacho puntero. Su carrera va viento en popa hasta que, durante un juicio, sufre un episodio de trastorno obsesivo compulsivo (TOC), que trastoca su vida.

Un TOC que le impide tocar a otras personas o ser tocada por ellas. Lo que me recuerda el personaje de Adrian Monk, un investigador privado, construido explícitamente sobre un TOC severo, con múltiples obsesiones y compulsiones, como el orden, que interfieren de forma clara en su vida diaria.

Influencia gringa

Después de haber visto la serie me queda la completa seguridad de que los guionistas han bebido de las series estadounidenses. La estructura, el ritmo…, el tempo. Y es lógico, los gringos bordan este género. Los españoles conocemos mejor el sistema judicial norteamericano, basado en el «common law» que el español.

Esto es, precisamente, lo que les ha pasado a los guionistas de «Perdiendo el juicio», Javier Holgado, Susana López Rubio y Jaime Olías. Se han creído, en materia judicial, que la justicia española es una hermana gemela de la estadounidense.

¿Por qué lo digo? Porque adolece de veracidad en materia judicial. Uno de los casos que se enjuician en la trama –no voy a decir qué importancia tiene para no reventar la historia– es un asesinato.

Los asesinatos en España son enjuiciados por la Ley Orgánica del Tribunal Popular. En estos casos el tribunal está formado por un magistrado profesional y 9 ciudadanos –más 2 suplentes–. Es una adaptación del sistema estadounidense, aunque allí el número de jurados es de 12.

Y no hay vuelta de hoja. Un magistrado en solitario, como ocurre en la serie, no puede juzgar este delito en España. No es competente. Dicho en términos claros: es imposible.

En estos juicios de asesinatos, además, el papel del Ministerio Fiscal es predominante. En el de la serie es un invitado de piedra en una esquina. No es posible.

Se sabe que es el fiscal porque en su toga lleva puñetas. Nada más. Toda la trama se carga sobre la acusación particular, que representa a los familiares del fallecido, y la defensa.

Otra «gringolada»

Otro gran error, que certifica que en esta serie se ha bebido de «gringolandia», es la disposición de la Sala. La magistrada, a la que da vida la gran actriz María Pujalte («Los misterios de Laura», «Periodistas» y un sin fin de trabajos), tiene su mesa por encima de las de las partes, acusación y defensa.

Todos los profesionales del mundo legal tienen grabada en su memoria el artículo 187 de la Ley Orgánica del Poder Judicial. Este artículo dice que el tribunal el Ministerio Fiscal, los abogados y el letrado de la Administración de Justicia se sitúan “en estrados” y que todos ellos se sentarán a la misma altura, reforzando la idea de igualdad y dignidad de las funciones procesales.

La disposición física representada es, por lo tanto, otra «gringolada».

Por último, otro detalle que me chirría: el escudo de la juez o magistrada. Es un error que cometen repetidamente las producciones televisivas o cinematográficas españolas y que denota una clara falta de asesoramiento legal.

El sistema judicial español está compuesto de tres categorías: juez, magistrado y magistrado del Tribunal Supremo. La primera categoría, la de juez, se distingue porque el escudo que llevan es de color plateado y el término «juez» debajo del escudo. Y no lleva puñetas o bocamangas.

En la segunda categoría, la de magistrado, el escudo es de color dorado y suele poner «Magistrado» al pie del escudo nacional. Por supuesto, lleva las consiguientes puñetas.

El escudo de la tercera categoría, la de magistrado del Tribunal Supremo, es también de color dorado y al pie del escudo pone eso, precisamente, «Magistrado del Tribunal Supremo», con las puñetas obligatorias.

La toga forense de la magistrada Pujalte lleva un escudo de juez, plateado, y puñetas en las bocamangas en su toga forense. No es correcto. Desde el punto de vista legal le sienta como a un santo dos pistolas.

No voy a decir, por otra parte, que no es correcto que la magistrada haga uso del típico mazo de los juicios estadounidenses.

En la tradición española lo que manda es el mazo, si bien ha dejado de ser prácticamente utilizado.

Sin embargo, puedo entender que el personaje de la magistrada sea un excéntrico y utilice el mazo porque le gusta. Lo que no está prohibido está permitido, dice uno de los principios generales del derecho.

Podría seguir añadiendo incongruencias y situaciones que no suceden en la realidad pero mi objetivo no es echar por tierra el valor de la serie.

Al contrario, la estructura narrativa de «Perdiendo el juicio» está muy bien. Pero habría podido estar mejor si una parte pequeña del presupuesto empleado hubiera sido invertida en que los guionistas hubieran podido disponer de un abogado o un juez para que les hubiera asesorado durante la elaboración de los textos.

El producto, en ese caso, habría sido perfecto.

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