Al principio sólo eran un hombre y una mujer desconocidos besándose de un modo apasionado en un banco de Central Park, en Nueva York.
Una escena vulgar en el mejor sentido de la palabra: dos adultos, un parque y unos minutos de intimidad en mitad de Nueva York.
Entonces llegó un «influencer tiktoker» conocido como Jay Guapõ.
Sacó el teléfono, empezó a grabarlos y, armado con esa «autoridad moral» que proporciona una cuenta en TikTok, les increpó: «Buscad una habitación. Hay niños alrededor».
El hombre se levantó e intentó apartar la cámara. La mujer pidió al intruso que dejara de grabar. Pero ya era tarde. El vídeo estaba hecho y su autor tenía lo que buscaba: contenido.
Después lo subió a las redes sociales.
Y se montó la marimorena.
El vídeo acumuló más de dos millones de reproducciones.
Los desconocidos dejaron de serlo. Los detectives digitales compararon rostros, fotografías corporativas y perfiles profesionales hasta ponerles nombre, apellidos, edad, empleo y currículum.
Eran dos abogados de una importante firma neoyorquina
El hombre era Nathaniel D. Cullerton, de 45 años, socio de Wachtell, Lipton, Rosen & Katz, uno de los bufetes más prestigiosos de Estados Unidos.
La mujer, Kelsey A. Borenzweig, de 29 años, asociada del mismo departamento de Litigación.
Él ocupa una posición superior dentro de la firma; ella es una empleada más joven.
Según el Daily Mail –porque la cosa desembocó en la prensa de papel–, Cullerton está casado con Moira Penza, de 42 años, quien también es socia de otro importante bufete de Nueva York.
La pareja contrajo matrimonio en febrero de 2016 y compró conjuntamente un lujoso apartamento en régimen de cooperativa en el Upper East Side por 2,3 millones de dólares.
Por su parte, Borenzweig mantuvo hasta hace poco una relación con un funcionario judicial de 35 años, según el mismo periódico. Varias capturas de sus redes sociales mostraban una fotografía de perfil en la que aparecía abrazada a él.
Sin embargo, una fuente explicó posteriormente al mismo diario que la pareja había roto recientemente.
El asunto reunía todos los ingredientes que alimentan la hoguera contemporánea: sexo, diferencia de edad, jerarquía profesional y un despacho multimillonario.
Sólo faltaba Elon Musk. Y también estaba allí, aunque fuera indirectamente.
Porque Cullerton y Borenzweig habían formado parte del equipo jurídico que defendió a OpenAI y Sam Altman en el litigio promovido por el magnate, quien había demandado por 150.000 millones de dólares a los dueños de ChatGPT.
El bufete venció. Un jurado consideró que las pretensiones de Musk habían sido presentadas fuera de plazo.
Dos abogados capaces de sobrevivir a una batalla judicial contra uno de los hombres más poderosos del mundo se vieron derrotados, al menos en el terreno de la reputación, por un desconocido con teléfono móvil.
Especulaciones y más especulaciones
Como es lógico, inmediatamente comenzaron las especulaciones. Que si eran amantes. Que si él estaba casado. Que si ella tenía pareja. Que si era una relación consentida, que si el beso demostraba una infidelidad...
Nadie sabía realmente qué tipo de relación mantenían, cuándo había comenzado ni cuál era la situación sentimental de cada uno. Daba igual. En las redes, la falta de información nunca ha impedido dictar sentencia.
Al contrario: la imaginación trabaja mejor cuando los hechos estorban poco.
Cabe preguntarse qué revela este episodio. Si estamos ante una sociedad enferma de exhibicionismo y vigilancia o, sencillamente, ante una sociedad pacata que todavía se escandaliza cuando dos adultos se besan.
Quizá las dos cosas.
El puritanismo no ha desaparecido en Estados Unidos. Sólo se ha comprado un teléfono móvil y ha cambiado el púlpito por TikTok.
Antes era la vecina (o el vecino) cotilla —la vieja del visillo en versión estadounidense, que popularizó José Mota— quien vigilaba detrás de las cortinas, consumida por la vida ajena porque la propia no daba para gran cosa.
Ahora es el influencer de guardia –Jay Guapõ, en este caso– quien «apatrulla», que diría Torrente, los parques, móvil en ristre, buscando desconocidos a los que humillar para alimentar el algoritmo y arañar unos cuantos clics.
Una cosa es analizar las posibles implicaciones laborales de una relación entre un socio y una asociada. Es una cuestión legítima.
Era un imbécil grabando con un móvil
Otra muy distinta es organizar un juicio sumarísimo sobre dos adultos a partir a partir de unos segundos de vídeo, una colección de rumores y la bilis de miles de desconocidos reconvertidos en fiscales de alcoba.
Porque la escena verdaderamente obscena no es la de dos personas adultas besándose en un parque público.
Es la de un iimbécil que se acerca, las graba sin permiso, las increpa desde una supuesta superioridad moral y ofrece después su intimidad al circo digital.
Todo ello, por supuesto, disfrazado de preocupación por los niños. Los niños, ese comodín que cualquier cretino invoca cuando necesita justificar su intromisión en la vida ajena.
Los guardianes de la moral reprocharon a la pareja que no buscara una habitación. Quizá sea un buen consejo.
Pero más urgente sería que algunos buscaran educación, pudor y una vida propia. Aunque para eso, claro, no existe todavía ninguna aplicación.