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Opinión | La mesa o el menú: La coalición de democracias medianas ya tiene arquitecto; le falta el socio que más la necesita

Jorge Carrera analiza la respuesta de Canadá frente a Trump y reclama a Europa y España liderar una coalición de potencias medias.

27/08/2026 01:08

«Los hombres solo aceptan el cambio en la necesidad, y solo ven la necesidad en la crisis» — Jean Monnet, «Mémoires», 1976.

La escena tiene la textura exacta de la época.

Domingo 23 de agosto, la una y seis de la madrugada en Washington. El presidente de Estados Unidos publica en su red social: «¡¡¡Canadá quiere los beneficios de ser un Estado, sin serlo!!!».

La víspera habían entrado en vigor aranceles del 50% sobre unos 20.000 millones de dólares en productos canadienses, después de que las negociaciones comerciales saltaran por los aires el viernes; la lista de bienes gravados incluye el vino, el cemento y, con esa puntería simbólica que a veces gasta la historia, los palos de hockey.

El lunes llegó la subida de apuesta: un 50% adicional sobre automóviles, componentes y acero canadienses a partir del año próximo, acompañado del diagnóstico de brocha gorda de la casa: Canadá lleva años, escribió el presidente, «desplumando a Estados Unidos».

Ottawa ha anunciado que replicará dólar por dólar; el primer ministro de Ontario, Doug Ford, amenaza con cortar la electricidad y los minerales críticos que su provincia exporta al sur; y todo ello sucede, no por casualidad, con las elecciones legislativas de noviembre en el horizonte.

Pero el dato que conviene no dejar pasar no está en los porcentajes, sino en la sintaxis del mensaje de la 1:06. La frase no habla de déficits, ni de fentanilo, ni de barreras comerciales.

Habla de estatalidad. Cuando un presidente reprocha a un país soberano querer los beneficios de ser un Estado sin serlo, no está negociando aranceles: está discutiendo la existencia misma de su interlocutor.

Y esa discusión tiene, desde hace año y medio, una respuesta encima de la mesa. La formuló el hombre que aparece al otro lado de todas estas fotos: Mark Carney.

Esta columna va de por qué esa respuesta es la más seria que se ha dado hasta la fecha al mundo que viene, y de por qué Europa —y España dentro de ella— sigue sin darse por aludida.

Canadá como ensayo general

Recordemos el expediente, porque la memoria es corta y el expediente es largo.

Trump inauguró su segundo mandato tratando a Canadá no como un aliado sino como una adquisición pendiente: durante meses se refirió al vecino como el «estado 51» y a su entonces primer ministro como el «gobernador Trudeau».

Siguieron los aranceles generales de febrero de 2025, los gravámenes sectoriales sobre acero, aluminio y automóviles, la carta de julio de 2025 elevando el castigo al 35%, y ahora el 50% de agosto tras la ruptura de las negociaciones.

Cada escalón se justificó con un motivo distinto —el fentanilo, el déficit, los lácteos, los agricultores— y todos los motivos compartían una característica: ninguno resistía diez minutos de contraste con los datos.

Cuando las razones cambian y el castigo permanece, la conclusión analítica es obligada: el castigo es el objetivo, y las razones, el decorado.

Y aquí está lo que convierte a Canadá en algo más que un pleito bilateral. No hay en el planeta un aliado más integrado con Estados Unidos: comparten la frontera no fortificada más larga del mundo, un mando conjunto de defensa aeroespacial —NORAD— que lleva casi siete décadas vigilando el mismo cielo, y una imbricación industrial tan profunda que las piezas de un automóvil cruzan la frontera varias veces antes de que el vehículo exista.

Si ese aliado —miembro del G7, contribuyente de sangre en las dos guerras mundiales y en Corea— recibe este trato, el mensaje que reciben todos los demás no es un incidente: es una doctrina.

Canadá funciona como ensayo general de la relación que Washington reserva a cualquier socio que no pueda o no quiera defenderse.

Los europeos que aún crean que su turno no llegará harían bien en repasar la lista de agravios que se imputan a Ottawa: casi todos son intercambiables con los que se imputan a Bruselas.

La respuesta que ya existe

La respuesta canadiense tiene fecha de nacimiento: 27 de marzo de 2025. Aquel día, con los primeros aranceles al automóvil recién anunciados, un primer ministro que llevaba 13 días en el cargo compareció en Ottawa y pronunció el certificado de defunción más sobrio que se recuerda de una relación de 80 años: «la vieja relación que teníamos con Estados Unidos ha terminado», dijo, refiriéndose a la basada en la integración creciente de las economías y en la cooperación militar estrecha.

Y añadió el corolario: Estados Unidos «ya no es un socio fiable». Ni un adjetivo de más, ni un aspaviento: un banquero central comunicando que el activo de referencia ha dejado de serlo.

Lo que vino después es lo que distingue a Carney de la legión de dirigentes que han pronunciado frases parecidas para consumo doméstico: se puso a ejecutarla.

En Davos, el 20 de enero de este año, elevó el diagnóstico a doctrina: el mundo vive «una ruptura, no una transición»; las grandes potencias han convertido la integración económica en arma, los aranceles en palanca y las cadenas de suministro en vulnerabilidad explotable; y las potencias medias —esa categoría a la que pertenecen Canadá, Japón, Australia, Corea y, aunque le cueste asumirlo, cada Estado europeo por separado— solo tienen dos opciones: coaligarse o aceptar lo que se les ofrezca.

La fórmula que ha convertido en bandera cabe en una línea: quien no está en la mesa, está en el menú. Los lectores de estas páginas la reconocerán: es la misma aritmética que apliqué a Europa a propósito de la cumbre del G2 en Pekín.

Y de la doctrina, a la contabilidad.

En marzo, ante el Instituto Lowy de Sídney, Carney pudo presentar un balance que ningún dirigente europeo puede exhibir: una veintena de acuerdos económicos y de seguridad firmados en once meses en cuatro continentes.

Canadá ha suscrito con la Unión Europea una asociación económica y de seguridad que Ottawa describe como la más completa firmada por Bruselas con un país no miembro; ha sido el primer Estado externo a la Unión en incorporarse a SAFE, el programa europeo de compras conjuntas de defensa; impulsa un puente comercial entre el Tratado Transpacífico y la propia UE que crearía un espacio de 1.500 millones de consumidores; promueve clubes de compradores de minerales críticos anclados en el G7 para escapar del cuello de botella chino del refinado; y ha tejido con Australia y la India una iniciativa trilateral de inteligencia artificial cuyo propósito confeso es que las potencias medias no acaben eligiendo entre «hegemones e hiperescaladores».

En su gira asiática de marzo elevó además la relación con Japón a asociación estratégica integral, convirtiéndose en el primer líder extranjero recibido por la primera ministra Takaichi.

El razonamiento que sostiene todo el edificio lo expuso en Sídney con franqueza de manual: cuando una potencia media negocia a solas con un hegemón, «negocia desde la debilidad», acepta lo que se le ofrece y compite con las demás por ser la más acomodaticia. Eso, concluyó, no es soberanía.

Se dirá que es mucho comunicado y poca división acorazada, y la objeción tendría gracia si no la formulara precisamente el continente que lleva década y media redactando comunicados sobre su autonomía estratégica.

Escribí a propósito del pacto de La Meca que tres potencias medias musulmanas habían construido en meses lo que Bruselas no ha construido en 30 años.

Anóteselo ahora el reverso democrático: otra potencia media, esta vez del G7, está levantando en meses la arquitectura de diversificación que Europa proclama y aplaza. La diferencia no es de recursos —la economía de la Unión multiplica varias veces la canadiense—: es de decisión.

Las objeciones serias (y por qué no bastan)

El proyecto de Carney tiene críticos serios, y conviene escucharlos. Desde Foreign Policy se ha advertido que un club de potencias medias aceleraría la fragmentación del orden internacional en órdenes rivales y haría el mundo más peligroso, no menos.

El Atlantic Council habla directamente de espejismo: las potencias medias tienen intereses demasiado heterogéneos para institucionalizar nada duradero y seguirán cubriéndose con ambos hegemones a la vez; otros analistas añaden que la dispersión de los medianos durante la guerra de Irán ya ilustró esa fragilidad.

Ambas objeciones contienen verdad, y ninguna toca la línea de flotación.

La primera confunde el diagnóstico con la causa. El orden internacional no corre el riesgo de fragmentarse por culpa de los medianos: se está fragmentando por decisión de su propio arquitecto, que se ha retirado de sus instituciones, tarifa a sus aliados y discute de madrugada la estatalidad de sus vecinos.

Reprochar a los demás que se organicen ante ese hecho es reprochar al asegurado que contrate una segunda póliza cuando la primera ha dejado de cubrir los siniestros; y ya expliqué, a propósito de La Meca, que eso es exactamente lo que hacen los asegurados racionales.

La segunda objeción es más sólida, pero prueba menos de lo que cree: la heterogeneidad de intereses es el estado natural de toda coalición en formación, incluida la que firmó el Tratado de Washington en 1949 con el Portugal de Salazar dentro.

Lo relevante no es si los medianos coinciden en todo, sino si comparten lo suficiente para actuar juntos asunto por asunto —minerales, defensa, comercio, inteligencia artificial—, que es precisamente la geometría variable que Carney propone y, a la vista del balance, practica.

Y hay una tercera cuestión que los críticos anglosajones suelen orillar y que para el lector de estas páginas es la decisiva.

Una coalición de potencias medias democráticas no sería un BRICS de talla mediana, y la diferencia no es de escala sino de premisa. Sostuve hace unos días que el test que separa el pluralismo del epitafio de los derechos es si el individuo puede invocarlos frente a su propio Estado ante un juez que el Estado no controle.

Los BRICS construyen expresamente su club para blindarse de ese test; la coalición que Carney esboza estaría formada, casi por definición, por los países que lo aprueban: Canadá, Japón, Australia, Corea, los europeos, más las democracias del Sur global que quieran sumarse asunto por asunto.

Dicho de otro modo: sería el único vehículo colectivo disponible para la premisa de 1948 en un mundo donde su antiguo garante ha presentado la dimisión.

No es un club contra Estados Unidos; es un club para el día en que Estados Unidos vuelva, y un seguro para todos los días en que no esté.

El sitio vacío

¿Y Europa? Europa observa la construcción de Carney con la simpatía distraída de quien mira trabajar a un vecino laborioso.

Le firma acuerdos cuando se los trae redactados, le abre SAFE, le sonríe en las cumbres. Lo que no hace es lo único que importaría: asumir que el proyecto canadiense es la versión ejecutiva de su propia autonomía estratégica y ponerle detrás la masa que solo ella tiene.

Porque esa es la paradoja: la coalición de los medianos tiene arquitecto, planos y obra empezada, pero le falta el socio capitalista, y el socio capitalista natural —el mayor mercado único del planeta, la única potencia sometida voluntariamente a tribunales supranacionales— lleva año y medio deliberando si baja a la obra.

El puente entre el Transpacífico y la Unión está literalmente sobre la mesa de Bruselas; los clubes de minerales, esperando; la ventana, abierta.

Y España. Pocas veces un país ha encarnado tan exactamente la categoría de potencia media democrática: cuarta economía del euro, tropas desplegadas del Báltico a Turquía, sin masa para dictar términos y con demasiada entidad para resignarse al menú.

Este verano, además, España ha recibido su propia lección sobre lo que cuesta negociar en soledad frente a un vecino respaldado por el hegemón: la escribí a propósito de Ceuta y no hace falta repetirla.

Un país así no debería mirar la coalición de los medianos como espectador: debería ser su agitador dentro de la Unión —empujando el puente transpacífico, los clubes de compradores, la mutualización de las compras de defensa— por puro y estricto interés nacional.

Que la propuesta más seria para defender el mundo que a España le conviene la esté haciendo Ottawa y no Madrid dice mucho de Ottawa. Lo que dice de Madrid lo dejo a la consideración del lector.

Lo que falta por ver

Nuestro vaticinio es doble.

Primero: Trump no aflojará con Canadá antes de noviembre, porque la bronca no es el medio sino el mensaje: las legislativas se disputan en el terreno de la economía y necesita un culpable exterior a mano. Ottawa, que lo sabe, tampoco cederá: Carney ha hecho de la resistencia la premisa misma de su mandato, y cada semana de escalada suma socios silenciosos a la coalición que propone.

Segundo: la coalición de los medianos acabará existiendo, con una arquitectura u otra, porque la necesidad que la empuja no depende de ningún resultado electoral americano: ningún socio volverá a fiarlo todo a la palabra de Washington, gane quien gane en 2028. La única incógnita es si Europa llegará de fundadora o de solicitante tardía; y si España empuja desde dentro o espera instrucciones.

Monnet, que levantó sobre una crisis la construcción política más original del siglo XX, dejó escrita la mecánica en la frase que encabeza esta columna: los hombres solo aceptan el cambio en la necesidad, y solo ven la necesidad en la crisis. La crisis lleva año y medio publicándose de madrugada, en mayúsculas y con triple exclamación.

La necesidad la ha deletreado un primer ministro canadiense en Davos, en Sídney y en una veintena de tratados. Solo queda pendiente la vista; y la ceguera, a estas alturas, ya no es un diagnóstico: es una elección.

La mesa está puesta desde enero. El menú, también.

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