Diez joyas. De setenta y dos. Y en esas diez se esconde el 90,3 % de todo el valor
Hay cifras que, por sí solas, cuentan una historia. Y luego están las que la gritan.
Diez piezas. Apenas 10, de las 72 que los peritos de Ansorena desplegaron sobre la mesa para tasar una por una.
En ese puñado se concentra el 90,3 % del valor de toda la colección incautada. Léase despacio, porque el dato lo merece: 1.195.000 euros de un total de 1.323.915 euros.
El resto —relojes, sortijas de andar por casa, pendientes, pulseras, collares menores— se reparte las migajas. Apenas 130.000 euros entre sesenta y dos objetos.
Calderilla, en términos relativos, frente al núcleo duro de la colección.

El dato emerge del informe pericial incorporado a la nueva pieza separada que ha abierto el magistrado José Luis Calama Teixeira, instructor de la causa que afecta al expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, a raíz del registro practicado el pasado 19 de mayo.
Y deja una fotografía nítida: el patrimonio joyero intervenido no es un inventario disperso. Es un vértice. Una cúspide muy estrecha sostenida por una base ancha y, comparativamente, modesta.
Tres collares. Más de medio millón de euros.
Si uno quiere entender dónde late el corazón económico de esta colección, no hace falta ir muy lejos. Tres collares. Eso es todo.
Tres piezas que, sumadas, alcanzan los 653.000 euros: el 49,3 % de absolutamente todo lo intervenido. La mitad de la colección colgada de tres gargantillas.
La reina indiscutible es un collar de oro blanco de 18 quilates con dos esmeraldas naturales de Zambia y unos treinta quilates de diamantes talla brillante. Tasación: 278.000 euros. Una sola pieza que vale más que las setenta y una restantes pueden costar juntas en buena parte de los tramos.
Detrás, a cierta distancia pero sin perderle la cara, un segundo collar —de nuevo oro blanco— con trece zafiros tailandeses y cuarenta quilates de diamantes: 220.000 euros.
Y cierra el podio un tercero con cinco rubíes naturales y 35 quilates de diamantes, valorado en 155.000 euros.
Tres collares. Más de medio millón.
Esmeraldas zambianas, zafiros de Tailandia, rubíes naturales: el catálogo del lujo
El resto del grupo de cabeza no rompe el patrón; lo confirma. Gemas naturales de gran tamaño, abrazadas por monturas generosas de diamantes.
Una sortija con una esmeralda de Zambia de trece quilates. Pendientes con esmeraldas naturales.
Una pulsera de zafiros, otra de rubíes, un juego de pendientes con zafiros, varias piezas más de alta joyería en oro blanco de 18 quilates.
El denominador común salta a la vista: piedra preciosa de calibre y de calidad certificada —esmeralda zambiana, zafiro tailandés, rubí natural—, escoltada por diamantes con grados de pureza y color que solo se ven en la gama más alta del mercado.
Nada de bisutería. Nada de capricho menor. Alta joyería en estado puro.

Y ahí, precisamente, está la pregunta que importa.
Porque la magnitud económica no es un dato decorativo. Es, justamente, lo que ha llevado al instructor a tirar del hilo.
En el auto dictado el pasado 12 de junio, el magistrado de la Audiencia Nacional José Luis Calama considera necesario determinar el origen de las joyas, cómo fueron adquiridas y si existe documentación que acredite su trazabilidad económica, además del cumplimiento de las correspondientes obligaciones fiscales y aduaneras.
La resolución es prudente —conviene subrayarlo— y no afirma que haya irregularidad alguna en la compra de las piezas. Pero sostiene, con lógica difícil de rebatir, que un patrimonio de esta envergadura justifica abrir nuevas diligencias para esclarecer de dónde salió.
De dónde, cómo y con qué papeles. Esa es, en esencia, la línea de investigación que ahora se abre.
Una concentración que va más allá del Código Penal
Dejemos a un lado, por un instante, lo que la causa pueda o no acabar deparando en clave penal. Hay un dato puramente patrimonial que merece detenerse en él, al margen de togas y autos.
Por cada cien euros atribuidos al conjunto de las joyas intervenidas, más de noventa corresponden a solo diez piezas. Diez.
Una concentración de valor tan extrema que resulta casi anómala: un reducidísimo grupo de collares, pulseras, pendientes y sortijas que constituye, por sí mismo, el verdadero esqueleto económico de toda la colección que Ansorena ha tenido sobre la mesa.
Setenta y dos joyas. Pero la historia, como casi siempre, la cuentan unas pocas.