Portada / Divulgación

136 años antes de que naciera Estados Unidos, Ceuta ya era española

La historia de Ceuta: de enclave portugués a ciudad española tras jurar fidelidad a Felipe IV en 1640 y resistir el Gran Sitio durante 33 años.

01/08/2026 03:08

Cuando el 4 de julio de 1776 un grupo de colonos reunidos en Filadelfia proclamó el nacimiento de los Estados Unidos de América, Ceuta llevaba ya 136 años bajo la Corona española y 108 desde que un tratado internacional lo hubiera certificado por escrito.

La ciudad que hoy discute presupuestos con Madrid y vigila el Estrecho como Ciudad Autónoma ya era española cuando Washington era todavía un plano sobre un papel.

Y sin embargo —esta es la parte que suele olvidarse— Ceuta no nació española. Nació portuguesa.

Y siguió siéndolo durante siglo y medio, hasta que un día decidió, ella sola, cambiar de bando.

El palo de Pedro de Meneses

Todo empieza el 21 de agosto de 1415, cuando una flota portuguesa al mando del rey Juan I de Portugal toma la ciudad al sultanato benimerí de Fez.

En la expedición viajan sus hijos, entre ellos un joven infante llamado Enrique, al que la historia recordará como el Navegante: en las murallas de Ceuta se curte el príncipe que después empujará a Portugal hacia el Atlántico y hacia el mito de los descubrimientos.

Al frente de la plaza conquistada queda Pedro de Meneses, primer gobernador portugués, del que la tradición recoge una frase que resume el espíritu de la ciudad-fortaleza que Ceuta será durante siglos: cuando el rey le pregunta con qué tropas piensa defenderla, Meneses responde, con cierta autosuficiencia, que «con este palo me basto para defender Ceuta de todos sus enemigos».

Ceuta será portuguesa durante 165 años. Puerto de corsarios, plaza de armas contra los reinos norteafricanos, escenario de derrotas como la del rey Sebastián en la batalla de los Tres Reyes en 1578. Nada en su primer siglo y medio de historia europea la señala como destino español.

El giro de 1580: una unión, no una conquista

El cambio llega por la vía dinástica, no por las armas. En 1580, tras una crisis sucesoria en Lisboa, Felipe II reúne bajo su cabeza las coronas de España y Portugal.

Nace la Unión Ibérica, y con ella, Ceuta pasa a depender de un rey que es también rey de España, aunque formalmente sigue perteneciendo a la Corona portuguesa.

Son 60 años de convivencia bajo un mismo cetro que dejarán, en el día a día ceutí, una huella más profunda de lo que el papel oficial reconoce: guarniciones mixtas, comercio con Andalucía, gobernadores cada vez más castellanizados.

Bajo el reinado de Felipe II Portugal pasó a formar parte de la monarquía hispánica y con él, Ceuta.

1640: el año en que Ceuta decidió sola

El 1 de diciembre de 1640, el duque de Braganza es aclamado rey de Portugal con el nombre de Juan IV. Estalla la Guerra de Restauración y, una a una, las plazas portuguesas —también las de ultramar— se pasan al nuevo monarca.

Todas menos Ceuta.

La escena tiene su propia tensión dramática. El gobernador de la plaza, Francisco de Almeida, es partidario de Juan IV. La guarnición está formada por tropas lusitanas.

Y aun así, el pueblo de Ceuta —descontento, además, con la política del valido español conde-duque de Olivares, lo que descarta cualquier lectura de entusiasmo ciego hacia Madrid— opta por no seguir a Lisboa. Los ceutíes juran fidelidad a Felipe IV ante el corregidor de Gibraltar.

Aquí conviene un apunte de precisión, porque el relato popular suele añadir un matiz que no resiste del todo el contraste documental: la idea de que aquella fidelidad se decidió en un referéndum o plebiscito.

Fuentes divulgativas e incluso algunas de opinión hablan de una votación «libre, voluntaria y democrática». Pero no hay constancia documental de una consulta en la que participara el conjunto de la población —entonces unos 2.000 habitantes, según las estimaciones más citadas por la historiografía local— tal y como exigiría un plebiscito en sentido estricto.

Lo que sí está documentado es un pronunciamiento de las autoridades, la nobleza local, el clero y buena parte de la guarnición, que se alzaron contra su propio gobernador y juraron fidelidad a Felipe IV: una decisión institucional y mayoritaria, pero no una consulta popular en el sentido moderno del término, y desde luego no unánime, como prueba que el propio Almeida y su facción se mantuvieran leales a Lisboa hasta ser depuestos.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre un único motivo. Y conviene decirlo así, sin forzar una causa limpia donde en realidad hay varias entrelazadas.

Una hipótesis apunta a la dependencia alimentaria de la plaza: Ceuta se abastecía con más regularidad desde Algeciras, Tarifa y Cádiz que desde una metrópoli portuguesa que la tenía descuidada.

Otra señala una progresiva castellanización previa, con gobernadores y tropas cada vez más ligados a Castilla ya antes de 1640.

Y hay una tercera, casi de comedia de errores: los enviados portugueses que debían comunicar oficialmente el cambio de gobernador fueron apresados, de modo que Ceuta nunca llegó a recibir, en regla, la orden de pasarse a Braganza.

Lo cierto, lo verificable, es el resultado: Ceuta se queda sola, sin el resto de plazas portuguesas del Estrecho —Tánger cambiará de bando en 1643— y decide sostenerse por sí misma del lado de Castilla.

Felipe IV no tarda en pagar esa lealtad. El 5 de febrero de 1641 nombra gobernador de Ceuta al primer castellano en ese cargo, Juan Fernández de Córdoba, marqués de Miranda de Anta y caballero de la Orden de Santiago, que sustituye a Almeida y decreta un perdón general para la ciudad.

A Ceuta se le concede el título de Muy Noble y Muy Leal, y años después el de Fidelísima.

En 1644 sus habitantes reciben la ciudadanía castellana. Y la Corona demuestra que la fidelidad se sostiene también con trigo: solo en 1647 destina 225.562 reales y medio de vellón al abastecimiento de grano, a los que suma 102.225 reales de plata —moneda distinta, de mayor valor, reservada al pago de las tropas— y en 1648 otros 40.607 reales de plata en socorros extraordinarios.

Son partidas en monedas distintas que conviene no sumar como si fueran una sola cifra —el vellón para el pan, la plata para la guerra—, pero ambas cuentan la misma historia: la de una plaza sitiada por tierra y aislada de Lisboa que dependía por entero de esa ayuda para no morir de hambre.

Un asedio de 33 años como prueba de fuego

La lealtad de 1640 se paga cara. Entre 1694 y 1727, Ceuta resiste el llamado Gran Sitio, uno de los asedios más largos de la historia militar europea: 33 años de cerco intermitente por parte del sultanato alauí, sin que la plaza caiga.

Es, en cierto modo, la prueba de que aquella decisión de 1640 no fue un gesto simbólico: España sostuvo la plaza con hombres, barcos y suministros durante más de tres décadas de guerra, y Ceuta aguantó del lado español.

Ceuta soportó un asedio de 33 años por parte del sultanato alauí, que no logró sus objetivos.

1668: la firma que cierra el círculo

La guerra entre España y Portugal por la Restauración termina el 13 de febrero de 1668 con el Tratado de Lisboa.

Su artículo segundo ordena devolver a cada reino las plazas ocupadas durante el conflicto, con una sola excepción expresa: Ceuta permanece en poder del rey de Castilla.

Portugal reconoce, por escrito y ante la diplomacia europea, lo que la ciudad ya había decidido veintiocho años antes por su cuenta.

Es la fecha que los tratados internacionales recogen como el nacimiento jurídico de la Ceuta española; la de 1640 es, si se quiere, su partida de nacimiento sentimental.

De presidio a Ciudad Autónoma

Durante los tres siglos siguientes, Ceuta vive como plaza de soberanía y presidio militar, hasta que la Constitución de 1978 abre la puerta a un encaje institucional propio: la Ley Orgánica 1/1995 aprueba su Estatuto de Autonomía y la convierte en Ciudad Autónoma, con competencias singulares dentro del Estado.

Antes de 1415, además, Ceuta tampoco había sido nunca, en sentido estricto, marroquí. La ciudad cambió de manos entre taifas, almorávides y almohades, y en su última etapa musulmana, entre 1386 y 1415, perteneció al sultanato benimerí de Fez, la dinastía a la que Portugal se la arrebató aquel agosto.

El Reino de Marruecos tal como hoy se entiende —el sultanato unificado bajo la dinastía alauí— no se consolida hasta mediados del siglo XVII, décadas después de que Ceuta jurara fidelidad a Felipe IV: cuando la ciudad se hizo española, el actual Estado marroquí todavía no existía como tal.

Dicho con números: han pasado 611 años desde que Ceuta dejó de estar bajo dominio benimerí, la última potencia norteafricana que la gobernó antes de la llegada portuguesa.

Marruecos no comparte este relato. Desde su independencia en 1956, Rabat reclama Ceuta y Melilla como territorios pendientes de descolonización, una posición que España rechaza invocando precisamente esta secuencia histórica y jurídica: una soberanía anterior, dice Madrid, a la existencia del propio Estado marroquí en sus fronteras actuales.

Es una controversia diplomática viva, y conviene dejar constancia de que existe, aunque no sea el objeto central de esta crónica.

Antes de España, Portugal y Marruecos: las columnas de Hércules

Y sin embargo, todo lo anterior —benimerines, portugueses, Felipe IV, Rabat— es historia reciente si se mira con la perspectiva adecuada. Antes de que existieran España y Portugal, antes incluso de que Roma extendiera su dominio por el Mediterráneo, Ceuta ya ocupaba un lugar en la imaginación de los pueblos antiguos.

Su primera historia no se escribe con tratados ni con gobernadores, sino con mito: la de las Columnas de Hércules.

Cuenta la mitología clásica que Hércules llegó hasta el extremo occidental del Mediterráneo durante el décimo de sus doce trabajos, el que le obligaba a apoderarse del ganado del gigante Gerión.

Al toparse con una cordillera que le cerraba el paso, el héroe la habría partido en dos a fuerza de músculo, abriendo el estrecho que unió para siempre el Mediterráneo con el Atlántico.

De aquel gesto quedaron dos promontorios.

Uno, Calpe, en la orilla europea, identificado hoy con el Peñón de Gibraltar. El otro, Monte Abyla o Abila, en la orilla africana.

Escultura de Hércules erigida en Ceuta. El héroe mitológico abre con sus manos un estrecho en el Mediterráneo. Y levanta dos columnas. A un lado Gibraltar –la montaña de Calpe– y al otro Monte Abyla –Ceuta–, que marcaban el límite hasta el que podían navegar los marineros.

Para griegos y romanos, aquellas dos elevaciones no eran un simple accidente geográfico. Marcaban el final del mundo conocido y advertían al navegante de lo que le esperaba si se atrevía a cruzarlas: tormentas, monstruos, un océano que ningún mapa se molestaba en dibujar.

De esa frontera nació la expresión latina Non plus ultra —no hay nada más allá—, que siglos más tarde Carlos I convertiría en Plus Ultra, el lema con el que la Monarquía Hispánica anunció al mundo que sí había algo más allá, y que pensaba llegar hasta allí.

Mucho antes de ser ciudad romana, portuguesa o española, Ceuta ya era Abyla: la columna africana de un mito que, junto a Gibraltar, sostenía simbólicamente los límites del mundo conocido. Puerta, atalaya y frontera entre dos continentes, dos mares y dos mundos, muchos siglos antes de que nadie se planteara, siquiera, a quién pertenecía.

Queda, de fondo, la imagen de una ciudad que fue frontera del mundo para griegos y romanos, plaza disputada entre taifas y benimerines, colonia portuguesa, y que en 1640 tuvo la ocasión de simplemente dejarse llevar por la corriente —como hicieron casi todas las plazas portuguesas— y en su lugar decidió, sola, sitiada y mal abastecida, jugársela por Castilla.

Casi cuatro siglos después, sigue ahí: en el mismo lugar exacto donde, según la leyenda, Hércules separó dos mundos con sus propias manos.

Noticias relacionadas