Diecisiete de septiembre de 1497. Ese día desembarca en Melilla una expedición al mando de Pedro de Estopiñán, por encargo del duque de Medina Sidonia. No llegan solo soldados. Llegan también marineros, carpinteros, albañiles: la mano de obra que va a tener que levantar, piedra a piedra, una ciudad arruinada por años de guerra.
Desde entonces, España no se ha ido.
Puesto en perspectiva, el dato impresiona. Cuando las trece colonias británicas proclaman la independencia de Estados Unidos, el 4 de julio de 1776, Melilla lleva ya 278 años, nueve meses y 17 días bajo soberanía española.
Por el trono han pasado, mientras tanto, los Reyes Católicos, Juana I, Carlos V, Felipe II, Felipe III, Felipe IV, Carlos II, Felipe V, Luis I, Fernando VI y Carlos III. La bandera española llevaba casi tres siglos ondeando sobre sus murallas.
Sin embargo, la historia de Melilla no arranca en 1497, claro. Su posición —costa norteafricana, justo en las rutas del Mediterráneo— atrajo primero a los fenicios. Fundaron allí Rusaddir, entre los siglos VII y VI a.C. Luego llegaron cartagineses. Romanos. Vándalos. Bizantinos. Distintos poderes musulmanes, unos detrás de otros.
A finales del siglo XV la vieja medina está en decadencia. Las luchas entre Fez y Tremecén han deteriorado sus defensas y vaciado buena parte de la ciudad.
Al otro lado del mar, mientras tanto, la Corona de Castilla acaba de cerrar la Reconquista —Granada cae en enero de 1492— y empieza a mirar hacia el litoral africano, de donde parten los ataques que sufre la costa andaluza.

Un contador al mando de una operación logística
Estopiñán no es un aventurero cualquiera que reúne una flotilla por su cuenta. Es contador, hombre de confianza de Juan Alonso Pérez de Guzmán, el duque de Medina Sidonia.
Y un contador del siglo XV no se limita a llevar cuentas: organiza recursos, paga hombres, consigue barcos, calcula provisiones. La toma de Melilla es una operación militar. Pero es, sobre todo, una empresa logística de una envergadura enorme.
La armada zarpa de Sanlúcar de Barrameda. Las fuentes sitúan la ocupación en septiembre de 1497, aunque algunos historiadores matizan algo importante: el día 17 —la fecha que se celebra oficialmente— no está respaldado con total exactitud por la documentación conservada.
En los barcos viaja gente que va a tener que hacer habitable la posición. Armas, alimentos, herramientas, madera, cal: todo lo necesario para reparar unas defensas que llevan años cayéndose a pedazos.
Muchos de esos hombres no van a librar una batalla y volver a casa. Van a quedarse.
Levantar una ciudad detrás de las murallas
No hay resistencia militar organizada. La vieja ciudad está prácticamente abandonada, así que se evita un enfrentamiento sangriento. Pero eso no resuelve el problema de fondo. Ocupar unas ruinas es relativamente fácil. Sostenerlas, no.
Los primeros españoles se instalan dentro de la fortificación medieval y dedican sus primeras semanas a lo esencial: asegurar el recinto, emplazar la artillería, reparar murallas.
A finales de mayo o comienzos de junio de 1498, el veedor real Luis Méndez de Figueredo inspecciona la plaza y confirma que ya dispone de artillería y de medios para defenderse.
El 14 de abril de ese mismo año, los Reyes Católicos formalizan la tenencia de Melilla al duque de Medina Sidonia. La Corona pone los fondos y controla que se cumpla lo pactado.
La casa ducal se ocupa de la defensa, la guarnición, el abastecimiento.
Así arranca una convivencia administrativa que va a durar casi seis décadas.
Los nombres que no llegaron hasta nosotros
La historia recuerda a Estopiñán, sí. Pero la continuidad española de Melilla dependió, en realidad, de cientos de personas cuyos nombres apenas han sobrevivido: marineros que cruzaban desde la península con provisiones, artilleros que dormían junto a sus piezas, albañiles reparando una y otra vez los mismos boquetes en la muralla, religiosos, y las primeras familias que aceptaron vivir rodeadas por un territorio hostil.
La vida cotidiana era durísima. Melilla dependía del mar para casi todo —un temporal, un barco que se retrasaba, y llegaba la escasez—. Y estaba el miedo, también: un ruido en mitad de la noche podía anunciar un ataque; una enfermedad, extenderse sin control en una población pequeña y encerrada.
Aquella gente no pensaba en soberanía en el sentido que le damos hoy. Defendían una plaza del rey y del duque. Trataban, simplemente, de sobrevivir. Y con ese gesto tan poco épico convirtieron una ocupación militar en algo permanente.
De los Medina Sidonia a la Corona
Entre 1497 y 1556, la Casa de Medina Sidonia administró Melilla bajo soberanía castellana, con el gobierno inmediato confiado al linaje ducal.
El sistema, sin embargo, se fue encareciendo. Mantener la guarnición, pagar salarios, transportar alimentos, reparar fortificaciones: todo costaba dinero, y los desacuerdos sobre quién pagaba qué fueron constantes.
En 1556 —reinando ya Felipe II, tras la abdicación de su padre— los Medina Sidonia renuncian a la administración de la plaza. La Corona asume el gobierno directo.
Y aquí conviene ser precisos: no hubo interrupción de soberanía entre una fecha y otra, sino un simple cambio en la forma de administrar y financiar la ciudad.
La presencia castellana arranca en 1497. La administración directa de la Corona se consolida en 1556. Son dos cosas distintas.
La frontera medida por un cañón
Durante siglos, Melilla fue poco más que una fortaleza encerrada en sus propias murallas, sometida a asedios recurrentes.
El más duro llegó entre 1774 y 1775, cuando el sultán Mohamed III intentó tomarla: meses de bombardeo, de aislamiento, de militares y civiles compartiendo refugio y miedo hasta que el asedio terminó sin que la ciudad cayera.
Resulta curioso —y lo es— que ese ataque se produjera solo un año antes de la independencia estadounidense.
Mientras los colonos norteamericanos se preparaban para romper con Gran Bretaña, en Melilla acababan de defender una ciudad que ya llevaba casi 279 años vinculada a España.
Los límites actuales tardaron mucho más en fijarse: el convenio hispano-marroquí de 1859, el Tratado de Wad-Ras de 1860, el acta de demarcación de 1862.
La tradición cuenta que la frontera se determinó por el alcance de un disparo del cañón El Caminante, desde el fuerte de Victoria Grande. Leyenda aparte, fueron esos tratados los que fijaron el territorio de forma oficial.
Melilla no fue Protectorado
Aquí hay una precisión jurídica que conviene no pasar por alto: Melilla era española siglos antes de que España y Francia establecieran sus protectorados sobre Marruecos, en 1912.
No la adquirió como consecuencia de aquel régimen. No formó parte de él, ni jurídica ni administrativamente.
Por eso, cuando Marruecos recuperó la independencia en 1956 y España liquidó su administración sobre la zona norte del Protectorado, Melilla siguió siendo territorio español.
Su situación jurídica, desde el origen, era otra. Entre la ocupación de 1497 y la creación del Protectorado en 1912 median 415 años.
Casi el doble de lo que ha durado, hasta hoy, la propia independencia de Estados Unidos.
Una vinculación de cinco siglos
En 1995, la Ley Orgánica 2/1995 le dio a Melilla su actual régimen de autogobierno. El Estatuto de Autonomía no deja lugar a dudas: la ciudad «como parte integrante de la Nación española y dentro de su indisoluble unidad, accede a su régimen de autogobierno».
La norma no inauguró esa pertenencia. Simplemente le dio forma jurídica contemporánea a un vínculo que ya sumaba más de cinco siglos.
Melilla era española antes de que existieran Estados Unidos, Italia o Alemania como Estados modernos. Antes de la Revolución francesa. Antes de que buena parte del mapa político actual tuviera la forma que tiene hoy.
Pero esa continuidad no se explica solo con tratados, reyes y fechas grabadas en un BOE.
Se explica con las historias pequeñas: las de quienes repararon murallas de noche, hicieron guardia con miedo, esperaron la llegada de un barco de aprovisionamiento y decidieron, sin más, construir allí su vida. Fueron ellos —más que cualquier tratado— quienes hicieron que aquella expedición de 1497 no se quedara en una incursión pasajera.
Este verano, Estados Unidos ha cumplido 250 años. Melilla lleva siendo española 529. Más del doble de tiempo que lleva existiendo el país que acaba de celebrar su aniversario redondo.
