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Opinión | El avión del Vnukovo: La última vez que un director de la CIA voló a Moscú, hubo guerra

Viajes de la CIA y el Vaticano a Moscú, misiles para Kiev y sabotajes en Europa: señales de una peligrosa preguerra con Rusia.

29/08/2026 03:08

«Los protagonistas de 1914 eran sonámbulos: vigilantes pero ciegos, atormentados por sus sueños, ajenos a la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo» Christopher Clark, «Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914», 2012.

El martes 25 de agosto, un avión de transporte del Gobierno de Estados Unidos despegó de la base conjunta de Andrews, a las afueras de Washington, y aterrizó en el aeropuerto moscovita de Vnukovo.

Nadie lo anunció: lo delataron los rastreadores civiles de vuelos, esa forma de contraespionaje doméstico al alcance de cualquier aficionado con conexión a internet.

A bordo viajaba John Ratcliffe, director de la CIA. El Kremlin confirmó al día siguiente, por boca de Dmitri Peskov, que Ratcliffe se había reunido con sus homólogos de los servicios rusos; que Putin no le recibió, aunque fue «inmediatamente informado de todo»; y que era prematuro aventurar si el viaje sacaría la relación bilateral de su «profunda crisis».

Ni Washington anunció la visita ni Moscú reveló su contenido. Con media Europa en la playa, la noticia duró un titular.

Conviene detenerse en ella, porque los aviones de los espías son uno de los termómetros más fiables de una época.

La última vez que un director de la CIA voló a Moscú fue a principios de noviembre de 2021: William Burns, enviado por la Casa Blanca para advertir al Kremlin de que Washington conocía sus planes sobre Ucrania y de lo que costaría ejecutarlos.

Poco más de cien días después, los tanques cruzaron la frontera.

Un precedente no es una profecía, y quien escriba lo contrario hace astrología, no análisis. Pero el viaje de Ratcliffe no ha llegado solo.

En las mismas tres semanas, Londres ha entregado a Kiev los planos de su misil de crucero más celosamente guardado, y en el aeropuerto de Leipzig ha aparecido —tres veces— el explosivo militar de una guerra que oficialmente no existe.

Tres indicios de agosto. Un mes en el que como dijimos en una reciente columna, siempre pasan cosas relevantes.

El canal de los espías: lo que no cabe en una llamada

Cuando los embajadores se quedan sin lenguaje, hablan los espías.

Es una constante de todas las guerras frías: el canal de inteligencia es la última línea que las potencias nunca cortan, precisamente porque no compromete a nadie y porque permite decir lo que ningún comunicado puede recoger.

Ratcliffe mantiene desde el año pasado contacto telefónico regular con Serguéi Naryshkin, el jefe del espionaje exterior ruso.

Lo nuevo no es que hablen: es el desplazamiento físico. Nadie cruza medio mundo en un avión militar, con la guerra de Ucrania en su quinto año y las negociaciones de paz encalladas, para decir lo que cabe en una llamada cifrada.

Hay además un detalle, revelado por la CBS, que ordena todos los demás: antes del viaje, Washington comunicó a Kiev que una delegación de alto nivel viajaría a Moscú y le pidió suspender los ataques en profundidad sobre territorio ruso hasta que la delegación hubiera salido del país.

Cortesía operativa, se dirá, y es verdad. Pero también jerarquía: quien pide al aliado que deje de disparar mientras conversa con el enemigo del aliado está dibujando la mesa de la posguerra, y en ese dibujo Kiev no sostiene el lápiz.

He escrito en estas páginas que en el mundo que viene se está en la mesa o en el menú; Ucrania acaba de comprobar en qué carta figura, y Europa —que se enteró del viaje por los rastreadores de vuelos, como todo el mundo— haría mal en creerse comensal por antigüedad.

Y el avión de Andrews no traía al único visitante ilustre de la semana.

«Cuando el canal más nuevo, el de los espías, y el más viejo, el de la Iglesia, convergen sobre la misma ciudad en la misma semana —y ambos por última vez en vísperas de la última guerra—, la coincidencia deja de ser anécdota: todo el mundo se está posicionando para un desenlace, sea cual sea».

El 24 de agosto —mientras Burnham aterrizaba en Kiev— llegaba a Moscú monseñor Paul Gallagher, el «ministro de Exteriores» de la Santa Sede, para cuatro días de reuniones con Lavrov y con Yuri Ushakov, el consejero de política exterior de Putin.

El arzobispo Paul Gallagher, secretario para las Relaciones con los Estados y las Organizaciones Internacionales del Vaticano, visitó la capital rusa entre el 24 y el 28 de agosto pasado. Foto: Vatican News.

Es el primer viaje de un diplomático vaticano de alto rango a Rusia desde el inicio de la invasión, y la fecha de su visita anterior debería erizar la piel de cualquier archivero: noviembre de 2021, el mismo mes en que Burns hacía su última escala moscovita.

Junto a Lavrov, Gallagher dijo que cada día de guerra «crea nuevas víctimas» y hace «cada vez más difícil la reconciliación futura», y que es «urgente y necesario» poner fin al conflicto.

La diplomacia pontificia es el canal de reserva más antiguo de Occidente, y su doctrina —la neutralidad activa, no romper jamás el contacto con ninguna de las partes— la convierte en un instrumento que solo se saca del cajón cuando los instrumentos ordinarios han dejado de bastar.

Cuando el canal más nuevo, el de los espías, y el más viejo, el de la Iglesia, convergen sobre la misma ciudad en la misma semana —y ambos por última vez en vísperas de la última guerra—, la coincidencia deja de ser anécdota: todo el mundo se está posicionando para un desenlace, sea cual sea.

La honestidad obliga a registrar la otra cara del canal, porque la tiene.

Estos mismos conductos han evitado catástrofes: fue Burns quien voló a Ankara en noviembre de 2022 para advertir a Naryshkin, cara a cara, contra el empleo de armas nucleares en Ucrania, y son estas agencias las que han cosido los canjes de presos de los últimos años.

El canal de los espías es ambivalente por diseño: sirve igual para desactivar una guerra que para prepararla, y a veces para las dos cosas en la misma semana.

Lo inquietante no es que exista. Es que se haya activado en su modalidad más solemne —el avión, no el teléfono— justo en la quincena en que todo lo demás se movía.

Los planos del Storm Shadow: lo que no se puede devolver

Porque todo lo demás se movía.

El 24 de agosto, trigésimo quinto aniversario de la independencia ucraniana, el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, eligió Kiev para su primer viaje exterior y anunció allí la decisión que Zelenski llevaba meses reclamando: la autorización para que MBDA desclasifique la documentación técnica de los componentes británicos del misil de crucero Storm Shadow/SCALP, de modo que Ucrania pueda fabricarlo en su propio territorio.

Misil crucero Storm Shadow/SCALP británico; el secreto de su construcción ha sido entregado por el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, al presidente Zelenski. Foto: RAF Museum.

Empresas británicas y francesas ayudarán a montar las líneas de producción, con la esperanza de tenerlas operativas antes de fin de año.

El mismo día, la presidenta de la Comisión anunciaba otro paquete europeo: en torno a 6,000 millones de euros en defensa antiaérea, radares y munición. Bruselas puso el cheque; Londres puso algo más difícil de imprimir.

La distinción merece un párrafo, porque en ella está el salto cualitativo.

Donar misiles es un acto administrable: se cuentan, se racionan, se condicionan, y quien los dona conserva la llave del arsenal. Transferir la tecnología de producción es un acto de otra naturaleza: los misiles se agotan; los planos no se devuelven.

Ucrania ya había demostrado lo que sabe hacer sola: su Flamingo, de fabricación propia y 3.000 kilómetros de alcance, debutó en combate el año pasado y este mes ha alcanzado instalaciones a 900 kilómetros de la frontera.

Lo que Londres añade no es alcance, que ya lo había: es autonomía.

A partir del día en que la primera línea de montaje funcione, ninguna capital occidental podrá volver a cerrar el grifo de las armas de largo alcance, porque el grifo estará en Ucrania.

Hay decisiones que se toman precisamente para no poder revocarlas, y esa irrevocabilidad deliberada es en sí misma un mensaje: Londres se ata las manos para que Moscú sepa que ya nadie puede desatárselas.

Para el jurista, el bocado está en la reacción rusa.

Peskov acusó al Reino Unido de «echar leña al fuego» y de «participar en la guerra». La tentación es despacharlo como propaganda, y algo de eso hay. Pero conviene tomarse en serio las palabras, porque constituyen una calificación jurídica y no un exabrupto.

El viejo derecho de la neutralidad —el de los convenios de La Haya de 1907— se escribió para Estados que no querían ser arrastrados a las guerras ajenas; desde 2022, el suministro masivo de armas a Ucrania ha estirado la figura intermedia de la no beligerancia hasta dejarla irreconocible, y la doctrina discute desde entonces dónde empieza la cobeligerancia: si en la entrega del arma, en la designación del blanco o en la integración industrial.

Transferir a un beligerante la capacidad de producir el arma es subir otro peldaño de esa escalera, y quien califica el peldaño desde Moscú no es un profesor: es el portavoz de quien decide represalias.

Escribí hace unas semanas que el artículo 5 ha dejado de ser una cláusula para convertirse en un género; añádase que la cobeligerancia lleva el mismo camino: cada cual redacta ya la suya, y la redacción rusa no se publica en revistas académicas.

Semtex sobre Leipzig: el test ha terminado

Escribí en mayo, a propósito del dron ruso caído sobre la localidad rumana de Galati, que aquello no era una amenaza militar sino un test de umbral: Rusia erosionando la línea que separa la paz de la guerra hasta que nadie supiera ya dónde está. Agosto ha traído la corrección del examen.

En la noche del 4 al 5, un dron cargado de Semtex y provisto de detonador voló deliberadamente —las cámaras lo registraron, según ha publicado Die Zeit— contra el ala de un carguero Antonov ucraniano estacionado en el aeropuerto de Leipzig/Halle, junto al depósito de combustible; el aparato, según la prensa alemana, había transportado munición desde Francia con destino a Ucrania.

El explosivo no estalló por puro azar mecánico: rebotó contra el ala, se desprendió y quedó en tierra, donde cuatro horas después lo encontró —pisándolo— un conductor de autobús del aeropuerto.

Aquella misma noche, un carguero 757 obligado a frustrar su aterrizaje colisionó en el aire con un segundo dron. El 25 de agosto apareció el tercero, junto a un presunto explosivo de uso militar. Y Leipzig/Halle no es un aeropuerto cualquiera: es uno de los nudos del puente aéreo estratégico con el que la Alianza mueve material pesado.

El ministro del Interior alemán habló de un «nuevo escenario de amenaza» y de profesionales operando por cuenta de potencias extranjeras; la inteligencia estadounidense, según el Wall Street Journal, atribuye la operación a Rusia; y el rastro de ADN hallado en el dron conduce, según Bild y Die Zeit, a Lituania, y coincide con el de un ataque anterior: el paquete incendiario que ardió en julio de 2024 en el centro logístico de DHL del propio Leipzig, y que solo no explotó en pleno vuelo porque el avión que debía transportarlo se retrasó. La campaña de los paquetes de 2024 fue, se ve ahora, el ensayo general.

Y Leipzig no está solo: el 10 de agosto, una explosión arrasó un almacén de EMCO, uno de los mayores fabricantes búlgaros de munición del 155 para Ucrania, cuyo propietario ya sobrevivió a un envenenamiento en 2015; el 13 ardió la planta de KNDS en Colleferro, junto a Roma; el 15 fue incendiado en Tallin un edificio de Milrem Robotics, proveedor de vehículos no tripulados del ejército ucraniano, con tres ciudadanos letones detenidos; y Francia denuncia un ciberataque ruso.

El Informe de Seguridad de Múnich de este año contabiliza en torno a 150 incidentes híbridos sospechosos de origen ruso en países de la UE y la OTAN entre 2022 y 2025.

El método, descrito por la inteligencia occidental al Telegraph, es de manual: oficiales del GRU contactan por Telegram con intermediarios de bandas criminales locales, que reparten los encargos entre ejecutores pagados en criptomoneda y que a menudo ignoran para quién trabajan; cada golpe se calibra cuidadosamente por debajo del umbral que obligaría a la OTAN a debatir su artículo 5; y los gobiernos golpeados —Italia y Bulgaria evitan pronunciar la palabra Rusia— reciben un incentivo para mirar hacia otro lado, que es exactamente la discordia que la operación busca sembrar.

Todo eso ya lo sabíamos. Lo que agosto añade es el cambio de fase: en Galati, el dron llevaba un mensaje; en Leipzig llevaba Semtex. Ya no se trata de medir el umbral. Se trata de usarlo.

La objeción honesta (y por qué no consuela)

Concedamos ahora la palabra a la lectura contraria, que existe y es seria. Cada uno de los tres indicios admite el signo inverso.

¿El avión? Los espías vuelan precisamente para evitar guerras: el propio canal Burns–Naryshkin desactivó en 2022 la amenaza nuclear más grave del conflicto.

¿Los planos? La transferencia tecnológica es disuasión, no escalada: se arma al vecino hasta los dientes para no tener que combatir uno mismo, y un agresor que sabe que su víctima fabricará misiles indefinidamente tiene un motivo más para firmar la paz.

¿El sabotaje? Es el arma de quien no puede permitirse la guerra abierta: quien quema almacenes con delincuentes de alquiler está confesando, en el mismo gesto, que no se atreve con nada mayor.

Tres lecturas tranquilizadoras, coherentes, defendidas por gente solvente. Les concedo su fuerza entera.

Y sin embargo no consuelan, por una razón que no está en ninguno de los tres indicios sino en su simultaneidad. Ambas lecturas —la alarmante y la tranquilizadora— son ciertas a la vez, y esa coexistencia tiene un nombre en la historia militar: preguerra.

En la zona gris, el agresor administra la ambigüedad y los demás la padecen. En la preguerra, la ambigüedad se agota y todos los actores, sin excepción, empiezan a comportarse como si la guerra pudiera venir: los espías vuelan, los planos cambian de manos, las fábricas arden, los presupuestos se reescriben, y cada cual llama disuasión a su parte del movimiento.

Clark documentó que los hombres de 1914 no querían la guerra: querían posiciones ventajosas para el caso de que llegara, y de la suma de aquellas prudencias salió la catástrofe.

Añádase la variable que ordena el calendario y que he señalado otras veces: la asimetría temporal. Rusia opera con una economía de guerra consolidada y un horizonte político sin elecciones; Europa rearma a velocidad de legislatura y de trámite presupuestario. Cuando dos relojes corren a ritmos distintos, la fecha del encuentro no la elige el más lento.

Lo que llevaba el avión

Nuestro vaticinio es doble.

Primero: los sabotajes no se detendrán; subirán un peldaño —la primera víctima mortal, la primera infraestructura civil crítica fuera de servicio— y la respuesta europea repetirá su liturgia: comunicado, investigación, otro tramo de muro antidrones, y la discusión sobre si aquello activa alguna cláusula se aplazará, como se aplaza todo lo que la Alianza prefiere no mirar de frente.

Segundo: el canal de Vnukovo producirá fruto antes de fin de año, y el fruto tendrá esta forma: un armazón de acuerdo sobre Ucrania negociado entre Washington y Moscú y presentado a Kiev y a los europeos para su firma, no para su discusión.

Ese día Europa descubrirá el precio exacto de no haber tenido silla propia: haber pagado la guerra sin ser necesaria para la paz.

En noviembre de 2021, el avión de Andrews llevó a Moscú una advertencia, y la advertencia no impidió nada.

El de la semana pasada aterrizó en Vnukovo, pasó el día y despegó sin que nadie, fuera de dos capitales, sepa qué llevaba a bordo: si el aviso que desactiva una guerra o el borrador que la administra.

Clark llamó sonámbulos a los hombres de 1914: vigilantes pero ciegos. Nosotros tenemos la vista intacta y los indicios publicados, fechados y confirmados. Si esta vez la guerra llega, no podremos alegar que caminábamos dormidos. Caminábamos leyendo el periódico.

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