Opinión | El tejado de Galati: Un dron, dos heridos leves y la pregunta que Europa no quiere formular: ¿dónde empieza hoy la guerra?

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, explica lo que nadie ve, lo evidente: El dron de Rusia sobre la localidad rumana de Galati revela una crisis de credibilidad en la OTAN: la disuasión depende menos de los drones que de la confianza en el Artículo 5. Foto: Generada digitalmente.

30 / 05 / 2026 05:41

«Paix impossible, guerre improbable» – Raymond Aron, «Le Grand Schisme», 1948.

La noche del 28 al 29 de mayo, un objeto cruzó el Danubio y se estrelló contra el tejado de un edificio de viviendas en el sur de Galati. Ardió. Dos vecinos resultaron heridos leves. Un helicóptero de la Fuerza Aérea rumana y un equipo de desactivación de explosivos acudieron a recoger los restos y evaluar los daños.

Hasta aquí, el parte de un suceso menor. Salvo por tres detalles: el objeto era un dron militar ruso, Galati está en Rumanía, y Rumanía es la OTAN. Por primera vez, uno de estos aparatos no se ha limitado a sobrevolar el territorio de la Alianza. Ha impactado contra la casa de alguien.

Conviene resistir desde el primer momento las dos tentaciones simétricas. La primera es la del titular en mayúsculas: «Rusia ataca a la OTAN».

No lo sabemos, y casi con seguridad no es eso. Galati se asienta sobre el Danubio, enfrente de Izmail —el mayor puerto fluvial ucraniano, blanco recurrente de Moscú—, que esa misma noche estaba siendo batido por una oleada de drones.

Lo más verosímil es que el aparato fuera uno desviado de aquel enjambre, no un proyectil dirigido contra suelo aliado.

La segunda tentación es la contraria: el encogimiento de hombros. Dos heridos leves, mala suerte, daño colateral de una guerra ajena. También es falsa. Porque lo decisivo del tejado de Galati no es la intención —que no podemos verificar— sino la indeterminación. Y la indeterminación, en estrategia, no es un accidente. Es un método.

La zona gris no es un fallo del sistema: es la doctrina

Hay un género de agresión que se diseña precisamente para no parecerlo.

No busca cruzar el umbral que obligaría al adversario a responder; busca rozarlo, una y otra vez, hasta que el umbral mismo se vuelve borroso.

El estratega Thomas Schelling lo formuló hace 60 años con una expresión que sigue siendo el manual de instrucciones de cuanto ocurre en la frontera oriental: la disuasión eficaz no es la amenaza de destrucción segura, sino la amenaza que deja algo librado al azar.

Quien introduce el azar en la ecuación traslada al otro la carga insoportable de decidir si esto, ahora, es ya la guerra.

Eso es exactamente lo que hace un dron que se estrella contra un tejado civil sin que nadie pueda probar que iba dirigido allí. Si Rumanía responde con contundencia, escala un incidente que quizá fue un error de navegación.

Si no responde, normaliza que caigan drones rusos sobre las casas de sus ciudadanos. Cada incursión, tomada de una en una, queda por debajo del listón del «ataque armado».

Sumadas, dibujan una erosión sistemática de la línea que separa la paz de la guerra. No es casual que el repertorio se haya ampliado del sobrevuelo al impacto: cada peldaño tantea la respuesta del defensor y, si no la encuentra, se convierte en el nuevo suelo desde el que pisar el siguiente.

Un patrón con nombre, fechas y geografía

Galati no es un episodio aislado, y leerlo así sería el primer error analítico.

Forma parte de una secuencia que arranca con fuerza en septiembre de 2025, cuando alrededor de diecinueve drones rusos penetraron en el espacio aéreo polaco en una sola noche; varios fueron derribados, una vivienda resultó dañada y Varsovia invocó el Artículo 4 del Tratado de Washington, el de las consultas.

La OTAN respondió lanzando la operación Eastern Sentry, un dispositivo multinacional —cazas daneses, franceses, alemanes, italianos, británicos, españoles— para blindar el flanco que va del mar del Norte al mar Negro.

Días después, tres cazas MiG-31 rusos entraron doce minutos en cielo estonio: Tallin invocó también el Artículo 4.

Rumanía, por su parte, llevaba para entonces once incursiones contabilizadas.

En Letonia, la disputa sobre las defensas antidrón llegó a tumbar al Gobierno.

En Dinamarca, los aeropuertos cerraron por aparatos no identificados.

Pero el dato más revelador de la serie no son las incursiones: es la incoherencia de las respuestas.

El Artículo 4 se invoca unas veces sí y otras no, sin criterio visible. Estonia lo activó por doce minutos de sobrevuelo tras haber tolerado en silencio decenas de violaciones previas; Noruega registró intrusiones en su norte y no convocó a nadie.

Esa aritmética errática tiene un coste que ningún caza repara: una disuasión que reacciona de forma imprevisible no disuade, invita.

El adversario aprende dónde está el límite real —que casi nunca coincide con el límite declarado— y juega en el margen que le dejamos.

La garantía atlántica funcionaba precisamente cuando nadie se atrevía a poner a prueba si era real, recuerda Jorge Carrera.

Por qué nadie menciona el Artículo 5 (y por qué eso lo explica todo)

Llama la atención que, ante un dron ruso impactando en una vivienda de un país miembro, nadie pronuncie las dos palabras que el ciudadano esperaría: defensa colectiva.

La razón es jurídica antes que política, y conviene recordarla porque desmonta buena parte del ruido. El Artículo 5 no es un automatismo.

No se dispara solo.

Exige que el Consejo del Atlántico Norte determine, por consenso, que se ha producido un «ataque armado» en el sentido del Tratado. Un dron probablemente extraviado que causa dos heridos leves no alcanza ese umbral, y Moscú lo sabe con precisión de relojero.

Y conviene precisar el matiz jurídico, porque en él se esconde toda la trampa. Que ha habido violación no se discute. El Artículo 1 de la Convención de Chicago de 1944 reconoce a cada Estado soberanía plena y exclusiva sobre el espacio aéreo situado sobre su territorio; la intrusión de un aparato militar extranjero la infringe sin atenuante posible, sea o no deliberada, porque la soberanía no depende de las intenciones del intruso.

El derecho internacional, pues, da a Rumanía toda la razón: su espacio fue violado. Lo que el derecho no le da es el escalón siguiente. Una violación de soberanía no es, por sí sola, un «ataque armado».

«No existe hoy en el mundo tecnología capaz de levantar un muro antidrón rentable, y la obsesión defensiva ignora la lógica elemental de que la mejor defensa es dañar al arquero, no perseguir cada flecha».

Entre lo uno y lo otro media exactamente el espacio en el que Rusia ha decidido instalarse: ilegal, sí; casus belli, no.

Es la grieta perfecta, y está abierta de par en par.

Lo he sostenido antes en estas páginas a propósito de otros escenarios: el Artículo 5 nunca fue una cláusula que se ejecuta a sí misma, sino una voluntad política vestida de norma jurídica.

Su fuerza no reside en la literalidad del articulado, sino en la convicción —de aliados y adversarios— de que esa voluntad existe y se activará llegado el caso. Y aquí está el verdadero hallazgo de la guerra gris: no hace falta vencer al Artículo 5 en el campo de batalla.

Basta con permanecer indefinidamente por debajo del nivel que obligaría a invocarlo, erosionando entretanto, gota a gota, la credibilidad de que algún día se invocará. Lo que se pone a prueba en Galati no es la cláusula. Es la voluntad.

El muro equivocado

La respuesta europea a esta secuencia ha sido, hasta ahora, tecnológica y arquitectónica. Bruselas impulsa un «muro antidrones» y una Eastern Flank Watch que integraría detección, guerra electrónica y defensa aérea a lo largo de la frontera oriental, con capacidad inicial prevista para finales de 2026 y plena operatividad años después.

La Comisión ha llegado a comprometer miles de millones para una alianza de drones con Ucrania. Sobre el papel, todo razonable. En la práctica, se construye una muralla contra el síntoma mientras la enfermedad sigue su curso.

El problema es, antes que nada, económico, y es de una crudeza casi cómica. Derribar un dron de tres mil euros con un misil interceptor de un millón, o haciendo despegar una pareja de F-16, es ganar la batalla y perder la guerra del coste.

«La disuasión, recordémoslo, no es una propiedad de los arsenales. Es un estado mental del adversario. No disuade quien puede, sino aquel de quien el otro cree que actuará. Y por eso la pregunta de verdad importante no se formula en Bucarest ni en Bruselas, sino en el Kremlin, y reza así: ¿sigue creyendo Moscú que Estados Unidos honrará el Artículo 5?».

Quien defiende se arruina; quien ataca apenas gasta. Como vienen advirtiendo desde hace meses los analistas de la RAND y del European Leadership Network, no existe hoy en el mundo tecnología capaz de levantar un muro antidrón rentable, y la obsesión defensiva ignora la lógica elemental de que la mejor defensa es dañar al arquero, no perseguir cada flecha. Una barrera del Ártico al mar Negro no disuade a quien lanza los drones: solo encarece, indefinidamente, el privilegio de recibirlos.

Y hay una segunda objeción, que ya he formulado y que esta crisis vuelve a confirmar.

Ese muro mira al este, siempre al este. Es, una vez más, una arquitectura de seguridad pensada para Suwałki y Tallin, que España y el sur cofinancian mientras sus propias amenazas —el Sahel, el Magreb, el Mediterráneo, la presión migratoria, la dependencia energética— quedan fuera del plano.

No es un reproche a Rumanía, que sufre la guerra en su propio tejado. Es una constatación: la disuasión europea sigue teniendo una sola brújula, y no apunta al mediodía.

El verdadero centro de gravedad no está en Galati, sino en Washington

La disuasión, recordémoslo, no es una propiedad de los arsenales. Es un estado mental del adversario. No disuade quien puede, sino aquel de quien el otro cree que actuará. Y por eso la pregunta de verdad importante no se formula en Bucarest ni en Bruselas, sino en el Kremlin, y reza así: ¿sigue creyendo Moscú que Estados Unidos honrará el Artículo 5?

El hecho mismo de que esa pregunta esté hoy abierta —de que sea siquiera discutible— constituye ya, en sí, una derrota. Porque la garantía atlántica funcionaba precisamente cuando nadie se atrevía a poner a prueba si era real.

Aquí es donde el dron de Galati deja de ser una noticia rumana para convertirse en un espejo europeo.

La Administración Trump ha convertido la garantía de defensa colectiva en mercancía negociable: condicionada al gasto, al comercio, a la docilidad del aliado.

No hace falta que Washington rompa el Tratado para vaciarlo; basta con que el adversario dude de que lo cumplirá.

Y esa duda, sembrada desde dentro, es el mejor regalo que la disuasión occidental podía hacerle a Moscú. Rusia no necesita derrotar a la OTAN. Le basta con que la OTAN no esté segura de sí misma.

Nuestro vaticinio es que ni Galati ni los incidentes que vendrán —porque vendrán— provocarán una respuesta aliada contundente.

Se invocará, quizá, el Artículo 4. Se reforzará Eastern Sentry. Se anunciará otro tramo de muro. Y la frontera oriental seguirá viviendo en ese limbo deliberado donde no hay paz pero tampoco guerra declarada. La única salida verdadera no es tecnológica: es de credibilidad.

Y la credibilidad, cuando no se puede alquilar en Washington, hay que fabricarla en casa. Una Europa atlantista pero no vasalla no es una preferencia ideológica mía; a estas alturas es una necesidad aritmética.

Construir disuasión propia no para romper con Estados Unidos, sino porque una garantía que uno no controla no es una garantía: es una esperanza. Y las esperanzas, en la frontera, no derriban drones.

Los dos heridos de Galati se recuperarán. El tejado se reparará. Lo que no se repara con tanta facilidad es el descubrimiento que ese impacto deja al aire: que la línea entre la paz y la guerra ya no discurre por una frontera que alguien dibuja, sino por un umbral que otro mueve a voluntad.

Aron lo llamó paz imposible, guerra improbable, y creyó describir un equilibrio. La novedad de 2026 es que quien decide cuál de las dos vivimos —si la paz que no llega o la guerra que no se declara— ya no está en Bruselas ni en Washington.

Está en el Kremlin, y lo hace de un dron en un dron.

Opinión | CDL: Los jueces españoles ya cuentan con la ‘anti-suit injunction’ y probablemente muchos aún no lo saben (I)

Opinión | Por qué Trump no puede expulsar a España de la OTAN, qué puede hacer en su lugar y qué alternativas se abren en Madrid

Opinión | El discurso del Rey de Inglaterra en el Capitolio: Lo que la Casa Blanca debería haber entendido

Opinión | China, Rusia e Irán, el Eje que Trump no supo ver

Opinión | Turquía en la lista: Cómo Israel fabrica su próximo enemigo y por qué esta vez puede tener razón

Opinión | Por qué una salida estadounidense de la OTAN podría ser la mejor noticia para Europa

Lo último en Firmas

Marcos Molinero

Opinión | De aquellos Morocho(s), estos lodos

Policía UDEF en Ferraz

Opinión | La historia vuelve a repetirse: nuevos registros en la sede federal del PSOE, en Madrid

Zapatero(4)

Opinión | Zapatero: ¿lobista o delincuente?

cita previa citaprevitis

Opinión | La «citaprevitis», enfermedad de la Administración

Presunción de imparcialidad2

Opinión | Presunción de imparcialidad