Opinión | La victoria fea: Balance de una guerra –la de Ucrania– que nadie acierta

Jorge Carrera, abogado, exmagistrados, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y consultor internacional, explica que la guerra de Ucrania entra en una fase de incertidumbre: análisis de los relatos enfrentados, las cifras y el verdadero estado del conflicto.

7 / 07 / 2026 05:38

«La guerra es el reino de la incertidumbre: tres cuartas partes de aquello sobre lo que se basa la acción están envueltas en una niebla de mayor o menor incertidumbre» Carl von Clausewitz, De la guerra, Libro I.

La madrugada del 2 de julio, Kiev sufrió el ataque ruso más mortífero contra la capital en lo que va de año: al menos 31 muertos.

Cuatro días después, en la madrugada del lunes 6 de julio, cuando esta columna se cerraba, la escena se repetía: oleadas de misiles y drones, una docena larga de víctimas, edificios residenciales derrumbados y los 29 misiles balísticos lanzados alcanzando todos sus objetivos ante unas defensas ucranianas exhaustas de interceptores.

Sobre la magnitud de los golpes hay poca discusión. Sobre su naturaleza, casi toda.

El Ministerio de Defensa ruso asegura que atacó fábricas de armamento; la administración militar de Kiev responde que eran edificios residenciales, lugares donde la gente dormía.

Para el relato dominante en las capitales occidentales se trata de la enésima campaña de castigo contra la población civil de una capital europea. Para John Mearsheimer, que comentaba el primero de esos bombardeos en una entrevista con Glenn Diesen del 3 de julio, es exactamente lo contrario: un ataque dirigido contra objetivos militares e industriales, coherente con la práctica rusa anterior, cuya lectura como terror indiscriminado revelaría más sobre quien la formula que sobre quien lanzó los misiles. La misma noche, el mismo cielo, dos guerras distintas.

Ese desdoblamiento —y no la línea del frente— es hoy la noticia más importante del conflicto. Cuatro años y medio después de la invasión, la guerra de Ucrania ha entrado en una fase en la que los contendientes intelectuales ya no discrepan sobre qué debería hacerse: discrepan sobre qué está ocurriendo.

No comparten el diagnóstico, no comparten el mapa y, como veremos, ni siquiera comparten el recuento de los muertos. Conviene, pues, detenerse y hacer balance.

orque el lector tiene derecho a saber una cosa antes que ninguna otra: en el concurso de pronósticos que esta guerra ha convocado desde febrero de 2022, todavía no ha cobrado nadie.

Los profetas derrotados

Repasemos la lista de vaticinios fallidos, que es larga y bipartidista.

En 2022 se nos anunció que las sanciones convertirían el rublo en escombros y que la economía rusa se desplomaría en meses; resistió, se reorientó hacia Asia y financió la maquinaria bélica, aunque hoy acumule inflación, escasez de mano de obra y un déficit creciente.

Desde el otro lado se nos anunció que Kiev caería en días; no cayó. En 2023, la contraofensiva ucraniana iba a partir el frente sur y llegar al mar de Azov; se estrelló contra los campos minados.

En 2024 y 2025, voces cada vez más numerosas anunciaron el desplome inminente del ejército ucraniano por falta de hombres y de munición; el desplome, como el ogro del cuento, siempre está a punto de llegar y nunca llega.

¿Y qué hay, mientras tanto, sobre el terreno? Hechos brutos que casi nadie discute: Rusia ocupa algo más del 19% del territorio ucraniano, incluyendo Crimea y las zonas del Donbás que ya controlaba antes de 2022; ha tomado prácticamente toda la región de Lugansk y, a comienzos de este año, en torno al 83% de la de Donetsk.

Pokrovsk, convertida durante meses en uno de los grandes símbolos de la guerra de desgaste, fue proclamada capturada por Moscú en diciembre de 2025, aunque Kiev lo negó durante semanas; a comienzos de 2026, las fuentes abiertas ya la daban prácticamente por perdida.

Y sin embargo, en junio de 2026 la línea del frente quedó prácticamente congelada. Cuatro años y medio de la mayor guerra europea desde 1945 se resumen así: una potencia nuclear que no consigue doblegar a su vecino, un país invadido que no consigue expulsar al invasor, y un coste humano que cada bando cifra como le conviene.

Ningún profeta de desenlace rápido, en ninguna dirección, ha acertado. Esa constatación, humillante para el gremio de los opinadores, entre los que me hallo, es el punto de partida honesto de cualquier balance.

La apisonadora, según Chicago

Empecemos por la voz más influyente y más discutida del momento: John Mearsheimer, a quien ya acudimos en estas páginas cuando la guerra de Irán y que sigue siendo la referencia del realismo estructural.

Sus posiciones más recientes están en una entrevista del 3 de julio con Glenn Diesen y en un artículo de junio en su Substack cuyo título no deja lugar a la ambigüedad: Ukraine Is Doomed to Lose the War —Ucrania está condenada a perder la guerra—.

Su tesis de fondo no ha cambiado desde 2014, pero la ha afinado con la coyuntura. Advirtamos desde ahora lo que el propio rigor exige advertir: son sus opiniones, sostenidas desde una escuela teórica concreta, y resultan intensamente contestadas.

Sobre el terreno, Mearsheimer sostiene que Rusia avanza bien, aunque como una apisonadora que se mueve muy despacio, y que está próxima a completar la conquista del Donbás.

Su pronóstico es literal: Ucrania está condenada y Rusia acabará obteniendo lo que él llama una victoria «fea»ugly victory—.

Y añade un matiz revelador: solo una victoria rusa inequívoca en el campo de batalla, que complete el Donbás y avance sobre Zaporiyia y Jersón, disipará lo que él considera un relato occidental falso sobre el curso de la guerra. Es decir: el propio Mearsheimer admite que su lectura no puede probarse con los datos disponibles; necesita que el desenlace la pruebe.

Sobre la escalada, afirma que no hay duda alguna de que la OTAN está profundamente implicada en la guerra —inteligencia, drones, planificación— e interpreta la declaración del G7 de Évian, del 17 de junio —que prometía más defensa aérea, interceptores y capacidades de largo alcance para Ucrania—, como una señal de apoyo occidental a la campaña ucraniana de ataques profundos contra Rusia, con un Trump que parece reincorporarse al expediente ucraniano.

Sobre el riesgo de que Moscú golpee directamente a Europa —el argumento que su colega de tertulia Serguéi Karagánov lleva años agitando—, su lectura es más fría: Rusia no lo hará de inmediato, porque repele razonablemente bien los ataques de drones y cree que le va bien en el frente, lo que reduce sus incentivos; aunque eso podría cambiar si la presión occidental se volviera insostenible.

Y sobre el marco general, insiste en su idea de siempre: unas élites occidentales convencidas de que Putin es el diablo y de que la guerra con Rusia es inevitable, que han tratado a Ucrania como ariete contra Moscú, atrapadas todas las partes en un clásico dilema de seguridad en espiral del que, hoy por hoy, no ve salida.

Los otros mapas

El deber del balance obliga a poner enfrente la versión más fuerte del argumento contrario, y esta vez el argumento contrario llega armado de datos, no de indignación.

El 1 de julio, dos días antes de la entrevista de Mearsheimer, el CSIS de Washington publicó su informe actualizado sobre los costes de la guerra, firmado por Seth Jones y Riley McCabe.

Sus cifras dibujan un mapa incompatible con el de Chicago: Rusia habría sufrido aproximadamente 1,4 millones de bajas —muertos, heridos y desaparecidos— y hasta 450.000 muertos desde febrero de 2022; sus pérdidas mensuales, por encima de las 30.000 bajas, habrían superado en 2026 su capacidad de reclutamiento, en torno a 27.000 hombres al mes; y, sobre todo, Rusia habría perdido la iniciativa militar.

n abril y mayo de 2026 las fuerzas rusas cedieron más terreno del que ganaron —unos 400 kilómetros cuadrados netos, sus primeras pérdidas mensuales netas desde agosto de 2024— y la ratio de bajas se habría disparado hasta casi 8 rusas por cada ucraniana, cortesía de la campaña ucraniana de drones dotados de inteligencia artificial.

El Institute for the Study of War añade la aritmética del estancamiento: el avance ruso medio ha caído de unos 405 kilómetros cuadrados mensuales en 2025 a unos 15 en lo que va de 2026. Hasta Putin, apunta el CSIS, recortó drásticamente su desfile de la Victoria en mayo por temor a los ataques ucranianos de largo alcance.

A este mapa se suma la crítica de fondo sobre las causas. En su debate con Mearsheimer en Democracy Now, Matt Duss le replicó que las ambiciones de Putin eran mucho mayores de lo que el profesor admite, invocando las propias palabras del presidente ruso en 2021 sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos y el intento de tomar Kiev en febrero de 2022, que resumió con una frase que merece perdurar: aquellos soldados rusos no aterrizaron a las puertas de Kiev «para ir de acampada».

Otros críticos van más lejos y sostienen que el marco de Mearsheimer, centrado en la expansión de la OTAN, desplaza la responsabilidad de la agresión desde Moscú hacia Occidente, y que por eso los medios prorrusos lo amplifican con tanto entusiasmo.

Pero el dato más elocuente para calibrar la posición del profesor de Chicago no viene de sus adversarios occidentales, sino de su propio flanco.

El 5 de julio, Gilbert Doctorow —analista residente en Bruselas, nada sospechoso de atlantismo— publicó una réplica expresa a esa misma entrevista con Diesen.

Y meses antes, uno de los blogueros militares prorrusos más seguidos, Yuri Podolyaka, expresaba en Telegram sus dudas sobre si las fuerzas rusas podrían revertir una situación de campo de batalla que él mismo calificaba de desfavorable.

Cuando ni los halcones de Moscú compran entera la tesis de la apisonadora, la prudencia analítica aconseja, como mínimo, suspender el veredicto.

El pleito de los muertos

Queda el argumento más reciente y más elaborado de Mearsheimer, y el que más debería inquietarnos, porque no versa sobre la guerra sino sobre nuestra capacidad de conocerla.

El profesor cuestiona frontalmente las cifras de bajas del CSIS difundidas por la prensa norteamericana —los 450.000 muertos rusos frente a los entre 100.000 y 140.000 ucranianos—.

Ese ratio le parece sencillamente increíble dada la abrumadora superioridad rusa en artillería y bombas guiadas durante la mayor parte de la guerra, y estima que las pérdidas ucranianas reales rondarían el millón de muertos en combate.

Y remata con una analogía envenenada: los recuentos occidentales serían el equivalente contemporáneo de los body counts de Vietnam, aquella contabilidad de cadáveres enemigos que el Pentágono inflaba cada semana para demostrar una victoria que no llegó jamás.

La analogía es poderosa. El problema es que corta en las dos direcciones, y Mearsheimer no parece dispuesto a aplicarla simétricamente. Porque si los números occidentales merecen la sospecha de Vietnam, los números del otro lado la merecen multiplicada: la inteligencia ucraniana afirma, sobre supuestos documentos rusos, que Moscú acumula más de 1,3 millones de bajas; Zelenski, en cambio, solo ha reconocido 55.000 muertos propios, una cifra que casi nadie considera completa; y Rusia, sencillamente, no publica nada.

Todos cuentan los muertos del enemigo con generosidad y los propios con avaricia. Es la regla más vieja de la propaganda de guerra, y ningún bando de esta guerra —ni ningún bando del debate sobre esta guerra— está exento de ella.

El fenómeno tiene un precedente que conviene recordar, porque afecta precisamente al Estado que hoy guarda silencio sobre sus bajas.

La Unión Soviética tardó casi medio siglo en contar los muertos de su Gran Guerra Patria: Stalin fijó en 1946 la cifra oficial en unos siete millones; Jruschov habló después de veinte; solo en 1990, con Gorbachov, se reconocieron en torno a veintisiete millones, casi cuatro veces la cifra inicial. Y aquello ocurrió con una guerra ganada, celebrada y mitificada; calcúlese lo que cabe esperar de una guerra en curso que ninguno de los dos contendientes puede permitirse perder también en la contabilidad.

Mientras tanto, los satélites comerciales cuentan tumbas, los proyectos independientes cuentan esquelas, los gobiernos cuentan lo que les conviene, y entre el medio millón y el millón de muertos de diferencia según la fuente cabe, entera, la verdad de esta guerra.

Clausewitz llamaba niebla a la incertidumbre que padece el que combate. Lo nuestro es distinto y es peor: una niebla administrada, fabricada industrialmente por ambos contendientes y consumida con entusiasmo por públicos que ya han elegido bando. La primera conquista consolidada de esta guerra no está en el Donbás: es la imposibilidad de conocerla.

El único desenlace compatible con todos los mapas

¿Dónde queda entonces el balance? Nuestro juicio, expuesto con las cautelas que este artículo ha ido acumulando, es el siguiente. En términos estáticos, la ventaja es rusa y es real: Moscú ocupa una quinta parte de Ucrania, y no existe hoy escenario militar verosímil en el que Kiev recupere ese territorio por la fuerza.

En términos dinámicos, la ventaja está genuinamente disputada: los datos disponibles —con toda la niebla que arrastran— sugieren que la apisonadora se ha ralentizado hasta casi detenerse y que su coste por kilómetro se ha vuelto ruinoso, pero también que Ucrania carece de los hombres y de los medios para convertir la resistencia en reconquista. Y en términos de voluntad, ambos regímenes pueden sostener la guerra más tiempo del que sus sociedades quisieran y más del que la paciencia de sus valedores externos garantiza.

La semana en que se cierra esta columna lo ilustra con simetría casi didáctica: los ataques ucranianos de largo alcance contra refinerías han provocado escasez de combustible en Rusia, y Moscú responde explotando el déficit mundial de interceptores Patriot —cada mes se producen menos en todo el mundo, admite Kiev, de los que Rusia dispara contra Ucrania en ese mismo periodo—, en vísperas de una cumbre de la OTAN en Ankara a la que Zelenski llega pidiendo, otra vez, defensa aérea.

De ese triple empate se deduce algo que casi nunca se dice: la expresión más útil que Mearsheimer ha acuñado no es su pronóstico, sino su adjetivo. Victoria fea.

Porque una victoria fea no es simplemente una victoria cara: es la que no resuelve el problema que la guerra pretendía resolver.

Si Rusia consuma la conquista del Donbás, habrá ganado un territorio arrasado, una frontera militarizada de mil kilómetros con un vecino irreconciliable, una OTAN ampliada y rearmada, y un millón largo de bajas por un botín que en 2021 podía haber obtenido, en buena medida, negociando.

Si Ucrania consigue congelar el frente y sobrevivir como Estado soberano orientado a Occidente, habrá salvado lo esencial al precio de una generación diezmada, un quinto del país amputado y una reconstrucción cifrada en cientos de miles de millones. Ninguno de los dos desenlaces restaura nada, legitima nada ni cierra nada. En eso, y quizá solo en eso, todos los mapas coinciden.

Los profetas del desenlace rápido llevan cuatro años y medio equivocándose por la misma razón: buscaban un ganador donde el conflicto solo estaba fabricando perdedores de distinta categoría.

En Ucrania ya sabemos cómo se llamará lo que viene: victoria fea. Lo único que la niebla mantiene todavía en disputa es el nombre del vencedor.

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