Opinión | Un Rafale en Nörvenich: La disuasión europea ya tiene imagen; le sigue faltando instrumento

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y analista internacional, explica el alcance y los límites del acercamiento nuclear entre Francia y Alemania.

30 / 07 / 2026 05:38

«Esta cooperación franco-alemana se sumará a la disuasión nuclear de la OTAN y a sus acuerdos de reparto nuclear, sin sustituirlos» — Declaración conjunta del presidente Macron y el canciller Merz, 2 de marzo de 2026.

El 17 de julio, en la base aérea de Nörvenich, a poco más de 30 kilómetros de Colonia, un Rafale francés con capacidad nuclear apareció estacionado junto a un Eurofighter alemán. Era la primera vez que ocurría.

La víspera, cazas franceses habían repostado en vuelo acompañados por Eurofighters de la Luftwaffe, en lo que ambos gobiernos presentaron como el pórtico simbólico de su cooperación nuclear.

Aquel mismo día se reunió allí el Consejo Franco-Alemán de Defensa y Seguridad, y Emmanuel Macron habló del papel de vanguardia que corresponde a Alemania en la disuasión europea.

Friedrich Merz anunció que fuerzas convencionales alemanas participarán antes de fin de año en un ejercicio nuclear francés. La fotografía es impecable.

Cuando una fotografía es tan buena, el jurista siente la vieja tentación de pedir los papeles. No por deformación profesional —aunque también—, sino porque en materia de disuasión la única pregunta que importa no es qué se ha enseñado, sino qué se ha comprometido. Y el compromiso, si existe, consta en alguna parte.

Consta. Se firmó el 2 de marzo de este año, ocupa cuatro párrafos y está publicado en la página del Elíseo. Dice, entre otras cosas, casi exactamente lo contrario de lo que la rueda de prensa de julio dejó entender.

Cuatro párrafos leídos despacio

La declaración conjunta de Macron y Merz crea un grupo director nuclear de alto nivel que funcionará como marco bilateral de diálogo doctrinal y de coordinación estratégica, incluidas las consultas sobre la combinación adecuada de capacidades convencionales, de defensa antimisiles y nucleares francesas.

Enumera después los primeros pasos concretos: participación convencional alemana en ejercicios nucleares franceses, visitas conjuntas a instalaciones estratégicas y desarrollo de capacidades convencionales con socios europeos.

Añade el propósito de mejorar la gestión de la escalada por debajo del umbral nuclear en tres ámbitos —alerta temprana, defensa aérea y ataque profundo de precisión—. Hasta aquí, la lectura confirma la crónica.

El tercer párrafo es otra cosa.

Allí se afirma que la cooperación descansa sobre el entendimiento compartido de que la dimensión nuclear de la disuasión sigue siendo piedra angular de la seguridad europea «apoyándose en la disuasión extendida estadounidense, incluidas las armas nucleares norteamericanas desplegadas en Europa», y en las fuerzas estratégicas independientes de Francia y del Reino Unido.

Y a continuación, por si quedaba margen para la interpretación creativa, precisa que esta cooperación franco-alemana «se sumará a la disuasión nuclear de la OTAN y a sus acuerdos de reparto nuclear, sin sustituirlos».

Cierra el cuarto párrafo comprometiendo especial atención a la coordinación con Estados Unidos, el Reino Unido, los demás aliados y la propia OTAN.

Conviene medir lo que eso significa. El documento que buena parte de la prensa europea saludó como el primer paso hacia una disuasión propia declara por escrito, en su párrafo central, que se apoya en el paraguas americano.

No lo insinúa ni lo tolera como realidad transitoria: lo escribe como fundamento. Y después promete coordinarse con Washington. Un texto no es un discurso, y esa es precisamente su virtud incómoda: no puede permitirse la ambigüedad de la que vive la política.

Un artículo que no dice lo que se le hace decir

La declaración se abre invocando el espíritu de la asociación establecida en el artículo 4 del Tratado de Aquisgrán. Merece la pena ir a verlo, porque es el único anclaje normativo de toda la operación.

El Tratado de Aquisgrán sobre cooperación e integración franco-alemanas lo firmaron Macron y Angela Merkel el 22 de enero de 2019, en el quincuagésimo sexto aniversario del Tratado del Elíseo, y entró en vigor un año después.

Su artículo 4 contiene una auténtica cláusula de defensa mutua: ambos Estados se prestarán «asistencia y ayuda por todos los medios a su alcance, incluida la fuerza militar, en caso de ataque armado contra sus territorios».

El mismo artículo crea, en su apartado cuarto, el Consejo Franco-Alemán de Defensa y Seguridad como órgano de dirección política: el que se reunió en Nörvenich. Hasta ahí, la invocación es correcta.

El problema es lo que el artículo 4 no contiene. No menciona el arma nuclear. Ni una vez. Y arranca declarando que ambos países actúan a la luz de sus obligaciones derivadas del artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte y del artículo 42.7 del Tratado de la Unión Europea.

Sostuve en estas páginas, hace unos meses, que el 42.7 es en su tenor literal más exigente que el artículo 5 atlántico y que lleva 15 años dormido. Aquisgrán no lo despierta: lo cita. Y citar una obligación ajena no es contraer una propia.

El resultado es que el único instrumento jurídico que ampara la cooperación nuclear franco-alemana es una cláusula convencional de asistencia mutua que guarda silencio sobre lo nuclear y se remite a dos tratados anteriores.

Todo lo demás —el grupo director, el calendario de ejercicios, las visitas a instalaciones, el propio concepto de disuasión avanzada— vive en el terreno del acuerdo político no normativo. Es mucho para una fotografía y poco para una garantía.

La lección de Atenas

Que nadie tome esto por purismo formalista. La historia de la disuasión extendida es, precisamente, la historia de cuánto cuesta convertir una promesa en un procedimiento.

En la reunión ministerial de Atenas de 1962, Estados Unidos aceptó consultar al Consejo del Atlántico Norte antes de emplear armas nucleares «si el tiempo lo permitía».

La cautela dice más que el compromiso. A los aliados europeos no les bastó, y con razón: una consulta condicionada a que haya tiempo, en un escenario en el que por definición no lo habrá, es una cortesía, no una garantía. Siguieron cuatro años de negociación tenaz.

El 14 de diciembre de 1966, el Comité de Planes de Defensa aceptó la recomendación del comité especial de ministros de Defensa presidido por Robert McNamara y creó dos órganos permanentes: el Comité de Asuntos de Defensa Nuclear, abierto a todos los miembros, y subordinado a él el Grupo de Planes Nucleares, con siete asientos, cuatro de ellos permanentes —Estados Unidos, Reino Unido, Italia y la República Federal de Alemania— y tres rotatorios.

El Grupo se reunió por primera vez a nivel de ministros de Defensa en Washington, los días 6 y 7 de abril de 1967. Desde entonces, ahí es donde se discute de verdad la doctrina nuclear aliada.

Y aquí hay un dato que ordena por sí solo el artículo entero. De todos los aliados, uno y solo uno ha optado por no sentarse jamás en ese Grupo: Francia. No participó cuando se creó, no participó durante la Guerra Fría, no se incorporó cuando Nicolas Sarkozy devolvió al país a la estructura militar integrada en 2009 y no participa hoy.

El Reino Unido, que también tiene arsenal propio, sí. Francia, no.

La coherencia francesa es intachable y lleva sesenta años sostenida: la disuasión no se comparte porque compartirla la disuelve.

Sobre esa premisa se construyeron la fuerza propia y la ausencia del planeamiento aliado. Lo que París ofrece ahora a Berlín es una mesa de diálogo doctrinal cuyo equivalente atlántico ella misma ha declinado durante seis décadas.

El mejor argumento del otro lado

Sería cómodo cerrar aquí, y sería injusto, porque quienes celebran lo de Nörvenich tienen dos argumentos serios.

El primero es histórico. Las instituciones siguen a la práctica y no al revés.

El artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte tampoco menciona el arma nuclear, y el Grupo de Planes Nucleares no nació de una cláusula sino de cuatro años de ejercicios, fricciones y desconfianza acumulada. Juzgar el andamiaje franco-alemán por su falta de instrumento a los cinco meses de existir es juzgar 1962 con el rasero de 1967.

Los repostajes en vuelo y las visitas conjuntas a instalaciones estratégicas son exactamente el tipo de rutina de la que después nacen los procedimientos.

El segundo argumento es jurídico, y es el bueno. París no puede ofrecer decisión compartida aunque quisiera, porque en Francia la decisión nuclear corresponde al presidente de la República y a nadie más.

Y no por costumbre constitucional difusa, sino por norma escrita y trazable: el decreto 64-46, de 14 de enero de 1964, ya disponía que el mando de las fuerzas aéreas estratégicas ejecutaba las operaciones «por orden de empleo dada por el presidente de la República»; aquel decreto fue derogado por el 96-520, de 12 de junio de 1996, que extendió la regla al conjunto de los componentes nucleares; y todo ello acabó codificado en el Código de la Defensa. Detrás están los artículos 5 y 15 de la Constitución de 1958, que hacen del presidente el garante de la independencia nacional y el jefe de los ejércitos.

De modo que el presidente francés no puede prometer a Berlín un voto que su propio ordenamiento no le autoriza a repartir. La estrechez de la oferta no es tacañería: es derecho interno. Y quien reprocha a Macron que no ofrezca más le está pidiendo, sin saberlo, que reforme la Quinta República.

El argumento es bueno y hay que concederlo entero. Tiene, sin embargo, un límite.

El Grupo de Planes Nucleares no nació porque los aliados confiaran más unos en otros, sino porque desconfiaban lo bastante como para exigir un procedimiento por escrito. Las instituciones no se depositan por sedimentación de ejercicios: aparecen cuando alguien formula la pregunta incómoda y exige que la respuesta conste. Alemania, por ahora, no la ha formulado.

Lo que Berlín recibe y lo que no

El contenido real del ofrecimiento está descrito sin eufemismos por sus propios promotores.

Bajo la doctrina de disuasión avanzada, a la que se han sumado ya nueve países desde Noruega hasta Grecia, la soberanía sobre las armas y toda decisión relativa a su empleo permanecen en París; a los aliados les corresponden tareas convencionales, y cabe que cazas franceses operen desde bases de otros países europeos.

Macron lo formuló en Nörvenich con notable exactitud: se trata de explicar algunos aspectos del funcionamiento francés, compartir determinadas prácticas reservadas, ofrecer ejercicios conjuntos y generar confianza entre equipos, expertos y militares. Todo cierto. Nada de ello es un voto.

Compárese con lo que Alemania ya tenía. Aloja bombas nucleares estadounidenses en su territorio y opera aviones de doble capacidad que solo puede emplear si lo autoriza el presidente de Estados Unidos, en el mismo régimen que Bélgica, Países Bajos, Italia y Turquía. Berlín pasa así de no tener la llave de un arsenal a no tener la llave de dos.

Merz fue escrupuloso al advertir que lo nuevo complementa el reparto nuclear atlántico y no lo sustituye. Tiene toda la razón, y en esa razón está el problema: un complemento no resuelve una dependencia, la diversifica.

Hay además un dato que rara vez acompaña a las crónicas entusiastas. Al anunciar en marzo la disuasión avanzada, Macron anunció también que Francia aumentaría su arsenal nuclear.

Lo que se está construyendo, por tanto, no es un régimen compartido de armas existentes, sino un rearme soberano con invitados. La diferencia no es de matiz, y encaja mal con el relato de una Europa que se emancipa: emanciparse es adquirir capacidad de decidir, no cambiar de sala de espera.

Escribí en estas páginas, hace unas semanas, la autopsia del FCAS, el caza europeo que se estrelló sin haber llegado a volar, derribado por una disputa industrial que París y Berlín no supieron arbitrar.

El encuentro de Nörvenich fue la primera cita de alto nivel entre ambos gobiernos desde aquel derrumbe. Que la reconciliación se escenificara en el terreno nuclear —el único donde Francia no tiene que compartir absolutamente nada— dice bastante sobre qué se estaba curando allí.

El precio de una escena

Nada de lo anterior convierte el 17 de julio en un gesto vacío.

Los símbolos importan, y en disuasión importan más que en casi ningún otro terreno, porque la credibilidad es en buena medida una construcción escénica: un adversario que ve volar juntos a franceses y alemanes calcula distinto que uno que no los ve. Europa necesita esa escena, y lleva demasiados años sin producir ninguna.

Pero la escena solo funciona mientras el adversario crea que detrás hay un procedimiento. Ahí está la asimetría que ningún repostaje en vuelo corrige. Detrás del paraguas americano, con todas sus grietas y todo el descrédito que su titular actual le ha infligido, hay 60 años de comités, directrices, planeamiento conjunto y una silla con el nombre de Alemania escrito encima.

Detrás del ofrecimiento francés hay un grupo de trabajo, un calendario de ejercicios y una declaración de cuatro párrafos que promete coordinarse con Washington.

El Rafale de Nörvenich estuvo alojado temporalmente. Era una visita, no un despliegue. Volvió a Francia, como estaba previsto desde el principio. Y con él volvió lo único que en ningún momento llegó a cruzar la frontera: la decisión.

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