«Ya hay un español que quiere / vivir y a vivir empieza, / entre una España que muere / y otra España que bosteza» — Antonio Machado, «Proverbios y cantares», LIII, Campos de Castilla (1912).
Pocos versos se han citado tanto y leído tan poco. Cada vez que el país se parte en dos, y el país se parte en dos con una regularidad que ya resulta sospechosa, alguien rescata la estrofa final del poema LIII de los «Proverbios y cantares» de Machado: «Españolito que vienes / al mundo, te guarde Dios. / Una de las dos Españas / ha de helarte el corazón».
Y la cita cumple su función de siempre: bandos, trincheras, el guerracivilismo como destino y la política como prolongación de la guerra por otros medios.
Pero el poema no empieza ahí. Empieza cuatro versos antes, y esos cuatro versos dicen otra cosa. Las dos Españas de Machado no son la izquierda y la derecha, sino «una España que muere / y otra España que bosteza».
Y entre ambas, antes del lamento, el poeta coloca a un tercero que casi nadie recuerda: «un español que quiere / vivir y a vivir empieza».
Quien dude del sentido del bostezo no tiene más que retroceder tres proverbios, hasta el L, donde Machado formula el diagnóstico como una consulta médica: «—Nuestro español bosteza. / ¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío? / Doctor, ¿tendrá el estómago vacío? / —El vacío es más bien en la cabeza».
Me interesa ese tercer personaje. Durante más de un siglo lo hemos dejado fuera de la cita porque estorbaba al relato de la guerra entre bandos, que es el único que la política española sabe recitar de memoria.
Y sin embargo es el único que importa ahora, porque la fractura que empieza a abrirse en la España de este final de etapa no pasa por los partidos. Pasa entre quien aspira a estar asegurado y quien se atreve a arriesgar.
Y por primera vez en mucho tiempo hay motivos para pensar que una parte significativa de la juventud mira hacia el lado del que quiere vivir.

La España que bosteza
Conviene empezar por una advertencia, porque la tesis se presta a la caricatura y la caricatura sería injusta. Quien firma estas líneas pasó treinta y ocho años en la carrera judicial y no tiene la menor intención de escupir hacia arriba.
La función pública bien entendida es una de las pocas cosas que distinguen a un Estado de una finca, y el país necesita buenos jueces, buenos inspectores, buenos médicos y buenos maestros con la misma urgencia de siempre.
El bostezo de Machado no era el de ningún oficio, y tampoco lo es ahora. No bosteza el juez con mil asuntos sobre la mesa, ni la médica que dobla guardias, ni el inspector que se lleva el expediente a casa: esos son, a su manera, españoles que quieren vivir, y lo saben mejor que nadie quienes han trabajado a su lado.
El problema no es el funcionario. El problema es un país que ha convertido la plaza en la única forma respetable de la ambición.
La España que bosteza no es un colectivo, sino un clima. Es la resignación de una sociedad que ha dejado de esperar gran cosa de sí misma y ha decidido, con toda lógica, asegurarse lo poco que cree posible.
Está en los padres que aconsejan opositar no por vocación sino por miedo, en los gobiernos que ofrecen seguridad como único producto político, en las leyes que tratan cualquier iniciativa como un riesgo que hay que autorizar.
Es la cultura de la renta garantizada en todas sus variantes: la prórroga, la subvención, la pensión como único plan de ahorro, el precio fijado por decreto.
Una cultura, por decirlo con una palabra castiza que no admite traducción amable, carrinclona: satisfecha con poco, recelosa de quien aspira a más y convencida de que lo sensato es no moverse.
Los números describen bien hacia dónde ha empujado el Estado en los últimos años. Según la Encuesta de Población Activa, los asalariados del sector público eran 3.117.800 en el segundo trimestre de 2018 y 3.646.900 en el mismo trimestre de 2026: más de medio millón en ocho años.
En paralelo, el trabajo por cuenta propia retrocede. En el último año ha perdido del orden de cien mil ocupados, y solo entre abril y junio de 2026 los empleadores, es decir, los autónomos que contratan a otros, disminuyeron en 42.500.
El presidente de la federación de autónomos ATA, Lorenzo Amor, lo resumió con una fórmula de parte, pero difícil de rebatir: una buena encuesta para el empleo, mala para los autónomos y pésima para quienes generan empleo.
Una sociedad que empuja a sus mejores cabezas hacia un único destino, por noble que sea, no se empobrece de golpe. Se empobrece como se empobrecen las familias que viven de rentas: sin darse cuenta, con buenos modales y generación tras generación, hasta que un día descubren que la finca ya no da.
El español que quiere vivir
Y sin embargo, algo se mueve. No en los boletines oficiales ni en los discursos, donde el emprendedor sigue apareciendo como figura decorativa de campaña, sino en lo que dicen los propios jóvenes.
El XI Informe Young Business Talents, difundido en marzo de 2026, preguntó a los estudiantes que participan en esa competición de simulación empresarial qué querían ser.
El 34,5% respondió que quería crear su propia empresa, el 19% eligió ser funcionario y apenas un 12,5% trabajar como asalariado en una empresa ajena; un 33,9% todavía no lo tiene claro.
La muestra tiene un sesgo evidente, porque quien se apunta a un juego de empresas ya siente cierta curiosidad por ellas. Pero incluso con esa cautela, que la respuesta más elegida sea crear algo propio no es un dato menor.
Tampoco es una rareza de las regiones más prósperas. En una encuesta realizada en cuatro provincias andaluzas, Sevilla, Cádiz, Córdoba y Huelva, a 3.197 estudiantes de entre 15 y 18 años, el Informe E-2026 de la Fundación Cámara de Comercio de Sevilla sigue situando la función pública en cabeza, con un 43,4%.
Pero emprender es ya la segunda opción, con un 33,2%, por delante de trabajar para una empresa ajena, y casi la mitad de esos estudiantes dice tener alguna idea de negocio o contemplar la posibilidad de emprender al acabar su formación. La plaza sigue ganando, pero ya no gana sola.
Y hay señales de que no todo se queda en intención. El Informe GEM España 2025-2026 sitúa la tasa de actividad emprendedora, que mide a quienes están al frente de negocios de menos de tres años y medio, en el 7,8%, seis décimas más que el año anterior, y la intención de emprender en los próximos tres años en el 13,8%, con un salto de 2,6 puntos.
En 2025 se constituyeron 127.533 sociedades mercantiles, la cifra más alta en casi dos décadas, y julio de 2026 cerró con 11.150 nuevas sociedades, el mejor mes de julio de toda la serie estadística.
Pero lo más revelador no está en las cifras, sino en los motivos. Cuando se pregunta a esos jóvenes por qué quieren emprender, no hablan de necesidad ni de falta de alternativas. Hablan de dedicarse a lo que les gusta, de ser su propio jefe y de disponer de su tiempo sin depender de un horario de oficina.
Es el lenguaje de quien quiere vivir, no de quien se resigna a sobrevivir. Y es exactamente el lenguaje que la política española no ha aprendido a hablar, porque lleva décadas ofreciendo seguridad como si fuera el único bien que un ciudadano puede desear.
Esa España nueva tiene además un rostro que el debate público prefiere no mirar. Según el mismo informe GEM, la tasa de actividad emprendedora de la población de origen extranjero alcanza el 13,8%, casi el doble de la media nacional, y su intención de emprender llega al 27%. Quienes llegaron con menos seguridades que nadie son, por eso mismo, quienes menos esperan que alguien se las proporcione. La España que quiere vivir la están levantando también quienes eligieron venir a vivir en ella.
Las objeciones, en serio
Sería deshonesto quedarse aquí, porque las objeciones existen y merecen formularse con toda su fuerza. La primera es obvia: una encuesta de intenciones no es una empresa. Decir a los diecisiete años que uno quiere montar su negocio cuesta poco, y la vida se encarga de enfriar muchos entusiasmos.
La segunda es más incómoda: los datos duros no acompañan del todo. El censo de trabajadores por cuenta propia baja, el capital medio con el que se constituyen las nuevas sociedades cayó en julio un 5,6% interanual, hasta 41.669 euros, y las disoluciones subieron un 9,1%. Buena parte de las sociedades que nacen son vehículos modestos, no el germen de una industria.
La tercera objeción es de fondo y no admite desdén. En el informe GEM 2024-2025, España fue el país con menor percepción de oportunidades para emprender de los 51 analizados, y en la edición siguiente su contexto emprendedor obtiene un 4,4 sobre 10, en la mitad inferior de las economías comparadas.
En un país así, el joven que se encierra cuatro años a preparar una oposición no es un cobarde ni un perezoso. Está leyendo correctamente las señales que le envían el mercado de la vivienda, el sistema fiscal y la propia Administración. Reprochárselo sería tan injusto como inútil.
Y, sin embargo, las tres objeciones apuntan en la misma dirección que la tesis, no en la contraria. Si la intención de emprender sube mientras el censo de autónomos baja, la distancia entre ambas curvas no mide la timidez de los jóvenes; mide la altura del muro que otros levantan delante de ellos.
Si tantos jóvenes quieren arriesgar en un país que suspende en condiciones para hacerlo, el mérito es doble, y la responsabilidad de quien legisla, también.
La juventud está haciendo su parte a contracorriente de los incentivos. Lo que falta es que alguien cambie los incentivos.
Lo que le toca a la próxima etapa
Esta legislatura se acaba, y con ella algo más que una mayoría parlamentaria. Se agota un modo de gobernar que ha hecho del Estado el primer empleador, el primer asegurador y el árbitro de casi todo, y que ha medido su éxito por el número de personas que dependen de él.
No es una deriva exclusiva de este Gobierno, porque tiene raíces largas y cómplices de todos los colores, pero sí es este Gobierno el que la ha llevado más lejos. Quien tome las riendas de la próxima etapa heredará un país cansado, endeudado y escéptico. Heredará también, y es lo que quiero subrayar, muchos jóvenes que no han tirado la toalla.
A esa generación no hay que fabricarle un ecosistema, ni organizarle ferias, ni ofrecerle una línea de ayudas con un formulario de cuarenta páginas.
El emprendedor pide menos de lo que se cree, y lo que pide es más difícil de dar porque obliga al Estado a contenerse: normas que no cambien cada semestre, una fiscalidad que no grave el primer euro antes de que exista el segundo, trámites que se resuelvan en días y no en trimestres, y una cultura jurídica que trate el fracaso como una etapa y no como una condena.
Cuando en agosto propuse doce tablas para la próxima España, dediqué una de ellas a un país de empresarios. Lo que añado ahora es más modesto y más urgente: no hay que convencer a los jóvenes que ya quieren emprender. Se trata de no desanimarlos.
Y hay que decírselo con la misma claridad a quienes viven de una nómina pública, y lo digo desde dentro: la apuesta por el emprendimiento no es una amenaza contra ellos, sino su mejor garantía.
La nómina del funcionario, la pensión del jubilado y la sanidad de todos se pagan con una riqueza que alguien tiene que crear antes.
Un Estado que multiplica las nóminas públicas mientras encoge la base de quienes emprenden hace lo mismo que el rentista que se come el capital: vivir bien una temporada. La seguridad que no se financia con dinamismo no es seguridad. Es un plazo.
Por eso la elección no es ideológica, aunque se la vaya a disfrazar de ideología. No se trata de más o menos Estado en abstracto, sino de a qué España sirve el Estado: a la que espera o a la que empieza.
Un gobierno puede seguir ofreciendo seguridad como único producto político, que es la forma más cómoda de administrar un país resignado. O puede apostar con decisión, y sin complejos, por la España dinámica, creativa y emprendedora que asoma en esas encuestas. Lo primero da votos durante unos años. Lo segundo es la única salida que tenemos.
El tercer personaje
Machado cerró su poema con un augurio sombrío: una de las dos Españas había de helar el corazón del españolito que venía al mundo.
Durante un siglo lo hemos leído como la profecía de una guerra entre bandos, y la historia se encargó de darle la razón de la peor manera posible. Pero hay otra forma de helar un corazón, más lenta y más silenciosa que un frente de batalla. Consiste en enseñar a un joven que quería vivir que lo sensato es resignarse.
Esta vez el peligro no es que una España congele a la otra en una trinchera. Es que la resignación acabe congelando a la España que quiere vivir, a fuerza de trabas, de recelos y de sensatez mal entendida. Machado dejó escrito que aquel español ya empezaba a vivir.
Ha pasado más de un siglo y sigue empezando. Ya va siendo hora de que alguien, desde el poder, le deje terminar la frase.