Opinión | El juego destructivo: dos maneras de jugar, en el césped y en el palco

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Estados Unidos y analista y consultor internacional, contrapone el triunfo de España ante Argentina con los métodos de Trump y Sánchez y reivindica el mérito. En la foto, el presidente estadounidense, Donald Trump, y el suizo, presidente de la FIFA, Giovanni Infantino, entregando la Copa del Mundo a Rodri Hernández, capitán de la selección española, campeona del mundo.

20 / 07 / 2026 05:44

«Es difícil apostar contra Lionel Messi»Donald Trump, horas antes de la final.

Ningún finalista de un Mundial había terminado los 90 minutos reglamentarios sin intentar un solo disparo.

Argentina lo hizo este domingo en Nueva Jersey. No es una anécdota estadística: es la radiografía de una manera de entender el juego.

España venció por uno a cero, con un gol de Ferrán Torres en la prórroga, y conquistó su segunda estrella dieciséis años después de la primera.

Pero el marcador es casi lo de menos. Lo que se vio en East Rutherford fue el contraste entre dos maneras de jugar.

Y, en el palco, unos metros por encima del césped, una semejanza de método entre dos maneras de gobernar que ninguno de sus protagonistas estaría dispuesto a admitir.

El presidente estadounidense, Donald Trump –que no entiende nada de fútbol, el «soccer», como es conocido en los Estados Unidos– apostó antes de la final por Lionel Messi. La cara del jugador argentino refleja el dolor y la decepción de la derrota ante España.

Dos maneras de jugar

Empecemos por el césped. Argentina llegó como vigente campeona del mundo y jugó como lo que ya no es.

Un equipo con pocas ideas, replegado sobre su área, marrullero y faltón: la simulación amonestada de Enzo Fernández, que acabó expulsado en el descuento por una segunda entrada tan innecesaria como reveladora; las faltas administradas con oficio para trocear el partido; el propio Scaloni amonestado por protestar; el juego ajeno destruido a conciencia, a falta de juego propio que oponerle.

Nada de esto es ilegítimo, digámoslo antes de que nadie se rasgue las vestiduras. El cerrojo es una estrategia tan vieja como el fútbol y perfectamente racional para quien se sabe inferior: cuando no puedes construir, destruyes.

Pero la paradoja queda para la historia: durante 90 minutos, el equipo de Messi renunció incluso a disparar.

España jugó a lo contrario.

Un equipo ágil, fuerte en todas sus líneas, creativo y ordenado hasta la obsesión: presión alta, posesión paciente, diecinueve remates, laterales que atacan y delanteros que defienden, un colectivo donde la jerarquía la dicta el rendimiento y no el nombre.

España tampoco fue siempre brillante —el gol se le resistió más de cien minutos—, pero incluso cuando no lo encontraba persistió en la idea con la que había llegado hasta allí: seguir fabricando juego.

Llegó a la final invicta en 37 partidos, con un solo gol encajado en todo el torneo, y la ganó como había ganado todo lo anterior.

Ahí está el resultado. Hasta el anfitrión, que horas antes había confesado que era difícil apostar contra Messi, comprobó que apostar por el pasado es siempre la apuesta más cómoda y, a veces, la equivocada.

Sobre el césped, un hombre de 39 años cerraba una era; un chico de 19 la abría. El relevo no necesitó ceremonia: lo dictó el reglamento del tiempo, el único que nadie puede recurrir.

Los Reyes, la princesa de Asturias y la infanta Sofía bajaron al césped a compartir con el equipo el éxito de haber conseguido la Copa del Mundo de selecciones de futbol.

El palco

Subamos ahora al palco, porque la noche ofreció un espejo que sería un desperdicio no mirar.

Allí coincidieron, a pocos metros el uno del otro, Donald Trump y Pedro Sánchez.

Casi todo los separa: el continente, el signo político, la retórica y el tamaño del poder que administran. Pero quien observe ciertos métodos, y no solo los discursos, encontrará semejanzas que ninguno de los dos toleraría escuchar.

Ambos construyen buena parte de su legitimidad contra un enemigo: el juez se deslegitima cuando falla en contra; la prensa crítica se presenta como enemiga o interesada; el adversario se convierte en enemigo y el país, en dos hinchadas sometidas a un plebiscito permanente; las instituciones se ocupan o se bloquean según convenga; y el dirigente acaba identificándose con la voluntad popular, de modo que cada límite, cada crítica y cada contrapeso se convierte en una agresión del adversario.

No son fenómenos equivalentes, ni lo son los daños que pueden causar. Pero la semejanza de método existe.

Pedro Sánchez y Donald Trump en una foto tomada en la cumbre que la OTAN celebró en La Haya. Jorge Carrera explica el paralelismo político entre ambos mandatarios.

Hasta la relación de cada uno con su propio calendario delata cierto aire de familia, aunque las diferencias de naturaleza y gravedad sean evidentes: explorar la constitucionalidad de un tercer mandato —posibilidad que, según la prensa americana, ha examinado el inquilino de la Casa Blanca— bordea el límite constitucional; apurar una legislatura hasta su último día, como calculan en Moncloa según la prensa española, es perfectamente legítimo.

Lo que ambos gestos comparten es la voluntad de convertir el límite temporal en una variable política.

El suyo es, en definitiva, un juego más destructivo que constructivo: bloquear antes que acordar, deslegitimar antes que convencer, atrincherarse antes que suceder.

Es el cerrojo aplicado a la vida pública, y produce lo que produce el cerrojo: cero disparos a puerta. Este domingo, los dos aplaudieron —era inevitable, y en el caso del español absolutamente sincero— a un equipo que representa exactamente lo contrario de su manera de ejercer el oficio.

Las horas bajas

De por qué el fútbol español ha llegado a jugar así me ocupé hace pocos días en estas páginas, cuando sostuve que es el mercado más transparente que ha construido este país: tanto juegas, tanto vales, sin apellidos, sin padrinos y sin rescates.

No repetiré aquel argumento.

Me limito a constatar que este domingo ese mercado pagó su dividendo en forma de estrella, y a extraer la consecuencia que entonces dejé pendiente: sabemos exactamente qué reglas producen excelencia. Lo que no sabemos es por qué solo se las aplicamos al balón.

Porque no se trata de una carencia de talento ni de una maldición cultural: es una elección de reglas. Donde el rendimiento se mide en público y el bloqueo se paga en el acto,

España produce excelencia en serie; donde la permanencia no cuesta nada, produce atrincheramiento. La diferencia no está en los españoles. Está en los incentivos que les ponemos delante.

Por eso conviene decir con claridad lo que este triunfo no es.

El seleccionador Luis de la Fuente consiguió crear un sentido de equipo que ha sido el secreto del éxito de la selección española en esta edición de la Copa del Mundo.

La segunda estrella no encumbra a la España oficial, y sería un fraude que la vida política del país —que atraviesa una de sus horas más bajas, con el descrédito institucional como clima, la crispación como método y el escándalo como paisaje— intentara envolverse en esta bandera.

Lo harán, naturalmente: apropiarse del éxito ajeno es la forma más barata de simular uno propio. Pero la selección no ganó gracias al país oficial. Ganó gracias a un ecosistema que se construyó de espaldas a sus vicios.

Los sistemas se retratan en sus incentivos, no en sus discursos. Y los de la vida institucional española premian exactamente lo contrario de lo que este domingo se coronó en Nueva Jersey: la permanencia sobre el relevo, la lealtad sobre el talento, el bloqueo sobre la renovación —cinco años permaneció caducado, en el caso más sonado, el Consejo General del Poder Judicial—.

La conclusión es tan incómoda como inevitable: no es que no sepamos hacer las cosas de manera excelente. Es que solo las hacemos donde las reglas nos obligan.

El revulsivo

Lo que el triunfo sí puede ser —lo que debería ser— es un revulsivo.

España acaba de demostrarse a sí misma, ante 80.000 testigos y medio planeta, que sabe hacer las cosas de manera excelente cuando las reglas premian el mérito y sancionan la permanencia injustificada.

La gran transformación que necesitamos como país y como sociedad no exige inventar nada exótico: exige trasladar a la vida pública la manera de jugar que acaba de hacernos campeones del mundo.

Apertura donde hay cooptación; escrutinio donde hay opacidad; construcción donde hay cerrojo; relevo donde hay atrincheramiento.

Queda la última escena de la noche, que vale por todo el argumento.

Rodri Hernández —capitán, mejor jugador del torneo— recibió la copa de manos de Gianni Infantino y de Donald Trump y la levantó hacia el cielo de Nueva Jersey.

El hombre que había apostado por el pasado entregaba el trofeo al equipo que fabricó su futuro; los maestros del juego destructivo aplaudían mientras el juego constructivo celebraba desde abajo. Así se reparte siempre.

Las copas no suben a los palcos: se ganan en el césped.

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