Opinión | Dos caballos y un jinete: Marruecos quiere cabalgar a la vez a Washington y a Bruselas

Jorge Carrera Doménech, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington D. C., consultor y analista internacional, explica en esta columna cómo Marruecos ha logrado mantener un delicado equilibrio entre Estados Unidos, que le proporciona respaldo político y militar, y la Unión Europea, de la que depende económicamente, montando dos caballos. El autor analiza las palancas comerciales, financieras y energéticas de las que dispone Europa y plantea qué ocurriría si Rabat tuviera que elegir entre sus dos grandes aliados.

21 / 09 / 2026 05:39

«Los hombres olvidan antes la muerte de su padre que la pérdida de su patrimonio» — Nicolás Maquiavelo, «El Príncipe», capítulo XVII.

El 1 de agosto, dos días después de que decenas de miles de personas se lanzaran al agua en Ceuta, Marruecos bautizó como «Donald Trump» la autopista que une Tiznit con Dajla, 1.055 kilómetros que atraviesan el Sáhara Occidental de norte a sur.

Es una obra de ingeniería y, sobre todo, de semiótica: el nombre del presidente americano sobre el asfalto que Rabat considera suyo y que Washington reconoce como tal desde diciembre de 2020.

Pero conviene mirar lo que circula por esa autopista. Los coches que la recorren se ensamblan en Tánger y Kenitra con capital francés; el cableado que llevan dentro se vende a España; el peaje se paga con dírhams que llegan cada mes desde París, Bruselas y Barcelona en forma de remesas.

El letrero es americano. La carretera, como casi todo lo que vale en la economía marroquí, es europea.

Ahí está, condensado en un topónimo, el problema que esta columna quiere plantear.

La Autopista Donald Trump marca el grado de relación que el gigante estadounidense mantiene con nuestro vecino africano en el sur.

Marruecos ha decidido cabalgar dos caballos a la vez: el de Washington, que le da legitimidad y armas, y el de Bruselas, que le da mercado, capital y remesas.

Si lo consigue, habrá que quitarse el sombrero, porque montar dos monturas exige un equilibrio que pocas cancillerías del mundo dominan.

Pero si un día tiene que elegir, y la geopolítica acaba obligando a elegir a quienes creían que nunca tendrían que hacerlo, Europa tiene argumentos muy potentes. Lo que no tiene, de momento, es la voluntad de recordarlo.

Lo que da Washington: un pasaporte, no una nómina

Empecemos por ser justos con el caballo americano, que es un purasangre.

Estados Unidos ofrece a Rabat lo que ninguna capital europea le ha dado: el reconocimiento formal de su soberanía sobre el Sáhara, proclamado por Trump en diciembre de 2020 a cambio de la normalización con Israel y ratificado por carta al rey en agosto de 2025 y de nuevo este verano.

Ofrece también el estatuto de aliado principal extra-OTAN, que Marruecos ostenta desde 2004; las maniobras African Lion, el mayor ejercicio militar anual del mando americano en África, que este año integraron a las fuerzas marroquíes en la red táctica Link-16 de la Alianza; y una hoja de ruta de defensa a diez años firmada el 15 de abril que amplía la cooperación militar y cibernética.

Y cuando en abril de 2025 la Casa Blanca repartió aranceles al mundo entero, a Marruecos le tocó el 10% de base, frente al 30% de Argelia y el 28% de Túnez.

Nadie regala un arancel bajo a quien no aprecia.

Ahora miremos la balanza. El comercio bilateral entre Estados Unidos y Marruecos ascendió en 2025 a unos 7.400 millones de dólares, con 5.500 de exportaciones americanas y 1.900 de importaciones: un superávit de 3.700 millones a favor de Washington.

Es decir, Estados Unidos vende a Marruecos casi tres veces lo que le compra, y el acuerdo de libre comercio vigente desde 2006 ha multiplicado el déficit marroquí en lugar de reducirlo.

En inversión, la fuente marroquí, el Office des Changes, atribuye a Estados Unidos unos 2.000 millones de dírhams de flujos brutos en 2024, frente a los más de 13.500 millones de Francia.

No hay diáspora marroquí en América que envíe dinero a casa: apenas el 2,6% de los marroquíes del exterior vive en el continente, frente al 85% que vive en Europa. Y no hay turismo americano capaz de llenar un hotel de Agadir en temporada baja.

El caballo americano, en suma, es el que da el pasaporte: reconoce, protege, arma y legitima. Pero no da de comer. Esa distinción, que un lector jurista captará enseguida, es la que separa el título de la posesión.

Lo que da Europa: la cuenta de resultados entera

El caballo europeo es menos vistoso y bastante más pesado. En 2024, el 71,4% de las exportaciones marroquíes fueron a parar a la Unión Europea. Más de la mitad del stock de inversión extranjera en Marruecos es europeo; Francia sola posee entre el 27% y el 31%, según se mida, con más de mil filiales y unos 152.000 empleados.

Los 122.000 millones de dírhams que la diáspora envió a Marruecos en 2025, alrededor del 8,5% de su PIB, salen en su inmensa mayoría de Francia, España, Italia, Bélgica y Países Bajos; sólo desde España, 1.589 millones de euros el año pasado.

De los cerca de 20 millones de turistas que Marruecos recibió en 2025, 5,2 millones eran franceses y más de 4 millones españoles: cerca de la mitad del total entre dos países.

España es, dentro de ese conjunto, un caso singular: su capital es modesto, pero su mercado es decisivo. Es el primer socio comercial de Marruecos, con el 18% de su comercio exterior y 22.757 millones de euros de intercambio en 2025; absorbe en torno al 20% de los automóviles que Marruecos exporta; es el primer comprador de su textil, con Inditex sosteniendo 348 fábricas y 94.563 trabajadores marroquíes en 2023, y de sus frutas y hortalizas.

Y hay una dependencia que se menciona poco porque a nadie le gusta mencionarla: desde que Argelia cerró el gasoducto Magreb-Europa en 2021, todo el gas que Marruecos importa llega regasificado desde España a través de ese mismo tubo, en sentido inverso, y los dos cables submarinos del Estrecho cubren una parte sustancial de su demanda eléctrica.

El país que baña con inmigrantes los espigones de Ceuta enciende la luz, en buena medida, con electrones españoles.

A todo ello se añade el dinero público, del que ya he dado cuenta en estas páginas: entre 3.500 y 4.000 millones de euros en donaciones europeas y españolas en la última década, más de 4.000 millones en préstamos del Banco Europeo de Inversiones y más de 1.200 millones en créditos españoles comprometidos desde 2019, casi todos después del giro de Sánchez sobre el Sáhara.

Y a todo ello se añade un dato que conviene tener presente cuando se escuchan las cifras triunfales del «milagro marroquí»: según el Policy Center for the New South, un think tank de Rabat, entre el 40% y el 44% del coste de los materiales de la automoción marroquí es importado, y sólo dos de sus dieciocho proveedores de primer nivel son marroquíes.

El milagro es de ensamblaje. Se ensambla en Marruecos lo que Europa diseña, financia, suministra y compra. Si Europa deja de comprar, no hay milagro; si Washington deja de reconocer, hay un disgusto.

Las palancas que existen y nunca se accionan

Llegados aquí, la objeción es obvia: si la dependencia es tan abrumadora, ¿por qué Marruecos actúa como si no existiera? ¿Por qué relaja la vigilancia de su costa cuando le conviene, deja que el Parlamento Europeo apruebe resoluciones sobre el uso de menores como instrumento de presión y responde, por boca de su ministro de Exteriores, que Marruecos no será «ni el policía ni el conserje de Europa»?

La respuesta no está en Rabat. Está en Bruselas, y es jurídica antes que política.

El Acuerdo de Asociación entre la Unión y Marruecos, en vigor desde el año 2000, contiene en su artículo 2 una cláusula de «elementos esenciales» —el respeto de los principios democráticos y de los derechos humanos— y una cláusula de no ejecución que permite adoptar «medidas apropiadas» ante su incumplimiento.

Es la misma arquitectura que la Unión repite en decenas de acuerdos y que, en su versión del Acuerdo de Cotonú, ha activado en más de una ocasión contra Estados africanos de menor peso.

Nunca la ha invocado contra Marruecos, ni en 2021 ni este verano. El Código de Visados, reformado en 2019, permite en su artículo 25 bis endurecer la expedición de visados Schengen a los nacionales de un país que no coopere en la readmisión de sus propios ciudadanos; se aplicó a Gambia en 2021.

Con Marruecos, cuya cooperación en la readmisión de sus nacionales lleva años siendo el eterno asunto pendiente de cada cumbre bilateral, tampoco.

El Reglamento de crisis e instrumentalización del Pacto de Migración y Asilo, aprobado en 2024 porque Lukashenko convirtió personas en munición contra Polonia y Lituania, no distingue en su letra entre un tercer país del este y otro del sur; en su aplicación, hasta hoy, sí.

Y el Instrumento Anticoerción, el reglamento de diciembre de 2023 que faculta a la Unión para responder con aranceles y restricciones a quien la presione para forzar una decisión política, tiene un límite que ilustra mejor que nada la mentalidad de quien lo redactó: sólo cubre la coerción ejercida mediante medidas comerciales o de inversión.

La coerción ejercida con seres humanos no tiene instrumento.

Añádase lo que documentó el Tribunal de Cuentas Europeo en 2019: de 562 millones de apoyo presupuestario contratados con Marruecos entre 2014 y 2018 se habían pagado 206, sólo se había alcanzado el 40% de los objetivos, y los desembolsos continuaron durante los 3 años en que el diálogo político estuvo suspendido por las sentencias sobre el Sáhara.

Se paga por la relación, no por los resultados; y una subvención que se paga pase lo que pase deja de ser una palanca para convertirse en una renta. Rabat lo sabe. Por eso puede permitirse el lujo de cabalgar dos caballos: uno de ellos no se ha enterado todavía de que lleva jinete.

Lo que puede hacer España sola, y lo que no

Al lector español le interesará la parte nacional del expediente, y aquí conviene ser exacto para no alimentar ni la fantasía ni la resignación. España no tiene el poder inversor que a veces se atribuye: Francia tiene tres veces más capital en Marruecos. Lo que tiene es mercado, energía, crédito y calendario.

El mercado lo hacen 15.000 empresas exportadoras y 5.000 importadoras, y la interdependencia corta en ambos sentidos: el cableado de Kenitra alimenta a las plantas españolas de automoción y las hortalizas de Agadir llenan nuestros supermercados en invierno; cerrar ese grifo dañaría a las dos orillas, y Rabat cuenta con ello.

La energía es la palanca que nadie en su sano juicio accionaría, pero cuya existencia forma parte del cálculo del vecino, porque los Estados no negocian sólo con lo que usan sino con lo que podrían usar.

El crédito es lo más interesante: los 754 millones del FIEM para los trenes de CAF, los 250 para la desaladora de Casablanca o el protocolo de 800 millones de 2023 son financiación pública española que traslada al contribuyente el riesgo país marroquí; son, por definición, condicionables, y nadie los ha condicionado a nada.

Y el calendario: Marruecos organiza con España y Portugal el Mundial de 2030, aspira a la final en un estadio de 115.000 plazas que aún no existe y da la batalla por hecha —esta misma semana su federación anunció la sede en un mitin y la FIFA tuvo que recordar que la decisión «se tomará en su debido momento»—.

Un coanfitrión que necesita al otro para su mayor operación de prestigio en medio siglo tiene menos margen del que aparenta.

Ninguno de esos elementos es una palanca coercitiva en sentido propio, y ahí está el límite español: los instrumentos coercitivos reales —el comercio, los visados, la cláusula del acuerdo de asociación— son competencia de la Unión.

Como escribí hace un mes, España afronta con palancas nacionales un problema de escala imperial. Su tarea no es sustituir a Bruselas, que no puede, sino obligar a Bruselas a mirar al sur con la misma doctrina con que mira al este.

El caballo que no come

Volvamos a la pregunta que da título a esta columna. Cabalgar dos monturas es un arte antiguo y respetable: lo practicó Tito con Moscú y Washington, lo practica hoy la India, lo intenta Turquía con resultados discutibles.

Funciona mientras se cumplen dos condiciones: que ninguno de los dos caballos exija exclusividad, y que el jinete no confunda el que le da prestigio con el que le da de comer.

Marruecos cumple hoy la primera, porque Estados Unidos no le pide que rompa con Europa y Europa no le pide nada. La segunda es la que la geopolítica pondrá a prueba.

Porque el día de elegir, si llega, no lo provocará Rabat ni Bruselas: lo provocará Washington.

Bastará con que la Administración americana, enfrentada con un Gobierno español que le niega el uso de Rota y Morón para sus operaciones en Irán, pida a su aliado extra-OTAN algo que Europa no pueda tolerar; bastará una crisis en el Estrecho en la que Marruecos deba decidir qué bandera prefiere ver en su costa.

Ese día, el purasangre americano podrá ofrecer a Marruecos reconocimiento, armas y ejercicios; no podrá comprarle un solo coche de Tánger, acoger a un solo emigrante de Nador ni llenar una sola habitación de Marrakech.

Washington da a Marruecos su título de propiedad sobre el Sáhara; Europa le da la cuenta de resultados con la que paga la hipoteca. Y Maquiavelo, que conocía a los príncipes mejor que sus confesores, dejó escrito qué pérdida se perdona menos.

Nuestro vaticinio es doble. Primero: Bruselas cerrará antes de fin de año la «asociación estratégica» con Rabat que ya anuncia, calcada del paquete egipcio de 7.400 millones, y la cerrará sin cláusula operativa de suspensión, sin condicionalidad migratoria verificable y sin que nadie haya mencionado el artículo 2 del acuerdo de asociación; será, una vez más, el cheque.

Segundo: Marruecos seguirá cabalgando los dos caballos, porque nadie le obliga a bajarse de ninguno, y cada crisis del Estrecho le saldrá gratis o a cuenta de los demás.

Escribí hace unos días, a propósito de Trump en Moscú, que en la mesa de negociación no se juzga la fuerza que se tiene sino la que se muestra.

La lección vale aquí invertida. Europa tiene sobre Marruecos más fuerza de la que nunca ha mostrado, y la ha convertido, a fuerza de no usarla, en una subvención. A Marruecos, si logra sostenerse sobre dos monturas, habrá que reconocerle el mérito.

A Europa, que va montada en la que tira del carro, habría que preguntarle

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