«Los hombres solo aceptan el cambio en la necesidad, y solo ven la necesidad en la crisis» — Jean Monnet, Memorias (1976).
El 7 de julio, a las ocho de la mañana, Pamplona abrirá los corrales de Santo Domingo y una multitud correrá delante de seis toros de lidia.
El encierro, que el mundo suele leer como una ceremonia de temeridad española, es en realidad una lección de cálculo.
El corredor experto no pretende vencer al toro, ni siquiera correr más que él. Pretende algo más modesto y más difícil: llegar vivo a la valla.
Esa misma mañana, en Ankara, se abrirán las puertas del complejo presidencial de Beştepe para la cumbre de la OTAN.
Allí tampoco se entrará para vencer a nada. Buena parte de la dirigencia europea acudirá con un objetivo más pobre: llegar a su propia valla, la de enero de 2029, cuando termine el mandato de Donald Trump.
Conviene decirlo pronto, porque es el nervio de todo lo demás. La cuestión de Ankara no será si Europa consigue evitar una bronca con Trump; probablemente la evitará o símplemente la soportará.
La cuestión será si vuelve a confundir esa supervivencia táctica con una estrategia. Porque el problema europeo no es aguantar a Trump hasta 2029, o hasta donde llegue.
El problema es que la pregunta que él formula a martillazos —por qué debe seguir pagando Estados Unidos la seguridad de un continente próspero que no quiere pagársela— seguirá viva cuando Trump se haya ido.
Un hegemón que llega cojeando
Conviene mirar bien al encierro antes de describir la carrera, porque el de Ankara no es el de hace un año.
El Trump que llegará a Beştepe no es el que en su día ordenó operaciones sobre Oriente Próximo sin consultar a sus aliados europeos y exigió a la Alianza el cinco por ciento del PIB como quien presenta una factura. Es un Trump que cojea.
El 17 de junio firmó en el palacio de Versalles, con el presidente iraní Masud Pezeshkian, un memorando de 14 puntos que abre un plazo de 60 días para negociar el fin de una guerra iniciada el 28 de febrero. Las dos firmas se realizaron de forma digital y remota.
Estados Unidos presentó la campaña como la vía para doblegar por la fuerza el programa nuclear iraní y ha terminado aceptando un marco que aplaza, sine die, justamente ese desenlace.
Que la firma se rubricara en Versalles, donde en 1919 se selló la paz que incubó la guerra siguiente, es una de esas ironías que la historia reparte sin pedir permiso. Las paces que dejan a la vez a un vencido que no se siente derrotado y a un aliado que se siente traicionado rara vez son estables.
Tampoco en casa llega fuerte. A comienzos de junio, la Cámara de Representantes aprobó una resolución para limitar sus poderes de guerra en Irán, un desaire institucional infrecuente, y en su propio campo no faltan voces republicanas que reprochan al acuerdo demasiada indulgencia con Teherán.
El presidente que presidirá en Ankara el reparto de cargas de la Alianza es, en su propia casa, un presidente discutido.
Y detrás del toro herido entra en la plaza un segundo actor que no corre: cobra. Israel ha combatido esta guerra junto a Washington y considera que Versalles le ha quedado corto.
No es una hipótesis: apenas dos días después de la firma, los ataques israelíes en el sur del Líbano obligaron a aplazar las conversaciones técnicas que Estados Unidos e Irán debían celebrar en Suiza, y forzaron un alto el fuego con Hezbolá tan precario que nació ya violado.
La factura israelí tiene contenido preciso: un acuerdo final más duro con Teherán y manos libres en el Líbano, de donde Israel se niega a retirarse pese a que el propio entendimiento lo contempla.
Un aliado decepcionado, capaz de descarrilar en cuarenta y ocho horas la diplomacia de su propio protector, es en cualquier mesa el invitado más peligroso. Y ese invitado estará, de un modo u otro, sobrevolando Ankara.
El maestro de ceremonias
El escenario no es inocente. Europa irá a discutir su dependencia a la capital de un aliado, la Turquía de Erdoğan, que hace tiempo decidió actuar por su cuenta: compró sistemas antiaéreos a Moscú, bloqueó ampliaciones de la Alianza para arrancar concesiones y negocia a la vez con todos los bandos sin pedir permiso a nadie.
Que la cumbre se celebre en Ankara, en el septuagésimo cuarto aniversario del ingreso turco en la OTAN, añade una ironía silenciosa: el anfitrión es la prueba viviente de que dentro de la Alianza caben las autonomías nacionales, siempre que exista voluntad de ejercerlas.
Evitar que ese cuadro —un hegemón cojo, un aliado que cobra— acabe, como se dice en castellano con expresión de origen taurino, como el rosario de la aurora, será tarea del secretario general.
Mark Rutte se ha especializado en una función muy precisa: traducir la presión estadounidense al idioma del consenso atlántico y devolvérsela a los europeos como si fuera decisión propia.
En La Haya, hace un año, bautizó como «salto cuántico» el compromiso que en realidad había impuesto Washington: elevar el gasto en defensa al cinco por ciento del PIB.
Conviene la letra pequeña, porque Ankara es su primera prueba real. Frente al 2 por ciento pactado en Gales en 2014, la Declaración de La Haya fija un 3,5 por ciento del PIB en defensa estricta y hasta un 1,5 por ciento adicional en gastos de seguridad —infraestructuras críticas, ciberdefensa, resiliencia, base industrial—, con revisión en 2029 y meta en 2035.
Todos menos uno: España obtuvo una exención singular —vendida en Madrid como exención y aceptada por los demás con visible incomodidad— que el resto aceptó a regañadientes.
En Ankara, cada capital debe presentar su plan nacional para llegar a esa cifra.
Y aquí está la trampa, que no es contable sino conceptual. La propia Declaración autoriza a computar dentro del objetivo las contribuciones directas a la defensa de Ucrania; no hay, por tanto, fraude que denunciar, sino algo más sutil: un número que puede crecer sin que crezca la capacidad.
El SIPRI lo ha advertido con sobriedad: la sostenibilidad fiscal del cinco por ciento es dudosa, la definición del 1,5 por ciento es elástica y la industria europea difícilmente absorberá un alza tan rápida.
La distancia que importa no es la que separa el 2 por ciento del 5, sino la que separa el gasto computable de la capacidad militar real y autónoma. Y en esa distancia —no en la cifra— se juega Europa su independencia.
El precedente, además, invita a la cautela. El objetivo del 2 por ciento fijado en Gales en 2014 tardó más de una década en cumplirse de forma generalizada, y solo bajo el shock de la guerra de Ucrania.
Pretender que el más que doble se alcance en diez años, en economías tensionadas por la deuda y el envejecimiento, exige una fe que la propia historia de la Alianza no respalda.
Entre la declaración y la capacidad media siempre una distancia, y en esa distancia lleva Europa instalada desde que existe la promesa del reparto de cargas.
El papel de Rutte consistirá en presentar esa aritmética como un triunfo de la unidad aliada, mantener halagado a un presidente que necesita una victoria y evitar que las fricciones rompan la foto de familia.
Es la tarea de un maestro de ceremonias, no la de un estratega. Y describe con exactitud el lugar que la OTAN ocupa hoy: el de una organización que administra la dependencia en lugar de discutir cómo superarla.
La apuesta por el calendario
La clase dirigente europea, acomodada desde hace décadas bajo el paraguas defensivo estadounidense, no acude a Ankara a tomar decisiones estratégicas.
Acude a administrar el miedo durante los metros que faltan hasta la valla. Su cálculo, rara vez confesado pero transparente en cada gesto, es ofrecer a Washington las ramas de olivo necesarias —un plan de gasto presentable, alguna concesión comercial, algún silencio oportuno— para aguantar sin choque frontal hasta que el reloj haga su trabajo y otro inquilino ocupe la Casa Blanca. No transformar la relación: sobrevivir a ella.
No es casual que buena parte del trabajo previo a la cumbre haya consistido, según los propios analistas atlantistas, en preparar gestos conciliadores con que suavizar el trato con el presidente americano.
Llamémoslo por su nombre: gestión de una dependencia, no diseño de una salida. Europa va a Ankara a negociar las condiciones de su tutela, no a discutir si sigue siendo tutelada. Y un continente que invierte su mejor diplomacia en administrar bien su subordinación ha renunciado, sin decirlo, a dejar de estar subordinado.
He defendido en estas páginas, hace meses, que esa apuesta descansa sobre un error de diagnóstico, y la cumbre obliga a repetir la advertencia justo cuando la pone a prueba. La retirada estadounidense de la garantía europea no es un capricho de Trump: es una tendencia estructural que lo precede y le sobrevivirá.
La pregunta de fondo anida también en el Partido Demócrata, se alimenta del giro estratégico hacia el Pacífico y no se irá con el calendario electoral.
Apostar por el fin del mandato es confundir el clima con el tiempo: tratar como un chaparrón pasajero lo que es un cambio de estación.
Y hay un coste que esa apuesta nunca contabiliza, el del tiempo perdido: aunque en 2029 cambiara el tono en Washington, los años de inacción no se recuperarían, y ni el flanco oriental ruso ni el frente sur mediterráneo se toman una pausa para acompasarse a las urnas americanas.
La ironía es de las que duelen. Durante años, el argumento europeo para no emanciparse fue el miedo a una América demasiado fuerte: cómo desafiar al hegemón que nos protege.
Ahora el hegemón llega cojeando, rebatido en su propio Congreso, sin haber ganado su guerra, y Europa sigue inmóvil. El miedo europeo ya no es a la fuerza de América: es al precio de dejar de depender de ella.
La coartada de la imposibilidad
Sería injusto no atender al mejor argumento de quienes defienden la espera, porque lo tienen. Europa no puede emanciparse de la noche a la mañana: veintisiete Estados sin mando unificado, sin cultura estratégica común, sin más paraguas nuclear propio que el francés y con industrias de defensa fragmentadas no sustituyen a la OTAN por decreto.
La autonomía estratégica, dirán, es una quimera, y entretener al hegemón hasta tiempos mejores no es cobardía, sino prudencia.
El argumento es serio, pero confunde el punto de llegada con el de partida. Nadie sensato propone un ejército europeo operativo mañana ni la sustitución inmediata del escudo nuclear americano.
Lo que sí cabe exigir es otra cosa, y mucho más modesta: compras conjuntas en lugar de veintisiete contratos paralelos, una base industrial planificada en común, interoperabilidad real, mando político capaz de decidir, capacidad propia de despliegue y una doctrina seria para el flanco sur.
Nada de eso requiere esperar a 2029. Y la emancipación no es un acto, sino un proceso; un proceso que no se inicia nunca no fracasa por imposible: se abandona por comodidad.
La coartada de la imposibilidad es, en el fondo, la más elegante de las renuncias.
Tampoco se parte de cero. Los instrumentos existen ya en embrión —fondos europeos de adquisición conjunta, programas de industria de defensa común, mecanismos de financiación del rearme— pero languidecen por falta de voluntad política, no de diseño. Lo que falta no es el plano: es la decisión de habitarlo.
Por eso la espera no es neutral. Cada cumbre que se gasta en sobrevivir es una cumbre que esos embriones pasan sin crecer, y cada año de tutela bien administrada es un año en que la tutela se vuelve más difícil de abandonar.
Europa probablemente saldrá viva de Ankara. Presentará sus planes de gasto, sonreirá para la foto, dejará que Rutte administre el espectáculo y confiará en que la valla de 2029 llegue antes que los cuernos.
Es muy posible que acierte: la cumbre terminará sin sangre, con algún que otro exabrupto de Trump, con un comunicado de unidad y un par de titulares tranquilizadores del lado europeo.
Pero esa no es la carrera que cuenta.
La que cuenta no consiste en sobrevivir a Trump, sino en prepararse para una América que, con él o sin él, ya no quiere pagar indefinidamente la seguridad de Europa.
Y en esa carrera el toro ni siquiera es el más rápido: lo peligroso no es el animal herido que entra en la plaza, sino la multitud que sigue corriendo delante de él, convencida de que el muro llegará antes que las astas.
Europa tiene todos los números para ganar la carrera de este año. Y para perder, un año más, la única que de verdad importa.