Este artículo, sobre la entrada de migrantes en Ceuta, no lo he enfocado desde el lado jurídico sino desde la mirada humanitaria universal de la Iglesia Católica.
No voy a entrar, pues, en el examen de la normativa legal y jurisprudencial española y europea, ya bien expuesta por diversos columnistas en estas páginas de Confilegal.
Con motivo de la reciente propuesta de regulación de emigrantes por el Gobierno, la Iglesia, que la venía pidiendo desde hace años, ha expuesto, de modo claro y firme, su punto de vista sobre el problema de las migraciones, que no solo es aplicable al caso español, pues es una visión con alcance mundial.
Escribe el obispo de Mallorca, Sebastià Taltavull, en el semanario Catalunya Cristiana del 19 de julio de 2026, unas palabras que expresan perfectamente el pensamiento de la Iglesia sobre el tema, en un artículo titulado «Posar cor i ulls a la migració», que, traducido, es «Poner corazón y ojos a la migración».
Haremos un examen del mismo.
Comienza el artículo recordando que las palabras de Jesús «era forastero y me acogieron» siempre tocarán nuestra conciencia de ciudadanos del mundo y nos harán descubrir que todos somos humanos y compartimos la misma dignidad humana.
En Magnífica Humanitas, el papa León XIV dice que la situación de los migrantes y refugiados exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que les obligan a marchar y vaya más allá de la gestión de flujos.
Y añade que de aquí nace una exigencia doble: ofrecer vías seguras y legales de acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie haya de abandonar su tierra por falta de paz, seguridad y condiciones dignas de vida o por efecto de la crisis climática.
Aquí añado que cabe recordar las numerosas guerras que asolan África, aunque no se hable de ellas, como las del Congo, Chad, Mali, etc., y, en Sudán y Nigeria, una terrible persecución de cristianos que lleva a Ignatius Ayau Kaigama, arzobispo de Abuya, en Nigeria, a decir «que todos los cristianos son candidatos a dar testimonio de su fe». Sin olvidar las zonas golpeadas por cambios climáticos que causan inundaciones extremas o sequías, como sucede, entre otros países, en Mozambique, Somalia o Etiopía.
Continúa Sebastià Taltavull diciendo que hemos de poner el corazón y los ojos en la emigración, con empatía y respuestas de acogida valiente, aunque eso suponga incomprensiones personales y rechazo social.
El papa León XIV en Lampedusa
Como dijo recientemente, en su viaje a Lampedusa, el papa León XIV, «los muertos en el Mediterráneo —como añadimos, acaba de suceder en Ceuta— son víctimas de decisiones tomadas y omitidas: el desinterés por el bien común y la corrupción en los países de procedencia, un sistema económico mundial que genera pobreza y exclusión, los cálculos criminales de quienes se lucran a costa del drama de los otros y, finalmente, el paso lento y difícil de una mera gestión de emergencias que dé paso a políticas orgánicas compartidas».
Como dice Fra Xavier Gómez, obispo de Sant Feliu de Llobregat, el bien común deja de ser común cuando excluye a alguien por su origen, pasaporte o situación administrativa.
Como dice también Abilio Martínez Varea, obispo de Ciudad Real, «se da la contradicción de que, de una parte, dependemos de las personas migrantes para mantener la economía y, de otra, toleramos que vivan en unas condiciones no dignas ni humanas».
Y, para no extenderme más, dos comentarios.
Uno: el Pacto Europeo de Migración y Asilo, que entró en vigor el pasado 12 de junio de 2026, significa más fronteras, más dificultades y menos derechos para los migrantes.
Finalmente, recordar que el drama de la migración lo expuso magistralmente el papa Francisco en su autobiografía, publicada poco antes de su muerte, en 2025, pues lo vivieron personalmente sus padres en su viaje como migrantes desde Italia a Argentina, a comienzos del siglo XIX.
Invito a leerlo para comprender el drama humano de la migración.