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In Memoriam | Ángel Galán, el policía que convirtió la investigación criminal en un arte: adiós a un amigo irrepetible

Adiós a Ángel Galán, histórico investigador policial y fundador del Instituto de Probática, amigo del director de Confilegal. Un homenaje personal.

20/09/2026 03:09

Hay noticias que impactan como un gancho a la mandíbula y dejan a uno casi sin sentido. Así me dejó ayer la noticia de que Ángel Galán —mi amigo Ángel Galán, el superpolicía, como yo le llamaba— había fallecido. Apenas 48 horas antes había hablado con él por teléfono. Estaba ingresado en un hospital. Su voz ya no era la suya, pero me aseguraba que le iban a dar el alta.

Mi amistad con Ángel Galán se remontaba a 1987, treinta y nueve años atrás. Yo trabajaba como reportero para la revista Panorama, y él, como policía, para el Centro Superior de Información de la Defensa (CESID), el servicio de inteligencia que en 2002 pasó a llamarse CNI.

Recuerdo perfectamente la circunstancia de nuestro primer encuentro. Fue en el chalet de estilo moruno que Enrique Ballester tenía en La Moraleja, una urbanización del norte de Madrid.

Corría el rumor de que Ballester —empresario vinculado al PSOE y al entorno de Felipe González (presidente del Gobierno desde 1982), que había desempeñado un papel muy relevante en las relaciones comerciales y políticas con Argelia— iba a sustituir al entonces jefe del CESID, el general Emilio Alonso Manglano.

Eso iba a ser una auténtica novedad: un civil al frente de los servicios de inteligencia. Novedad que nunca se produjo. Alonso Manglano seguiría mandando hasta 1995.

Ese día fui a hacer una entrevista a Ballester. Y allí estaba Ángel. Supongo que Ballester contaba con él para la renovación del servicio de inteligencia; si no, ¿para qué iba a estar presente en aquella conversación? También quería evaluarme como periodista: saber si tenía alguna intención oculta, si era un «submarino» de Alonso Manglano. Cosas del espionaje.

Lo que nunca esperamos, ni él ni yo, es que de aquel encuentro naciera una relación que duró hasta ayer, hasta el 19 de septiembre de 2026.

Ángel, en aquel entonces, era ya un depurado experto en inteligencia y contrainteligencia, especialmente en el área de Oriente Próximo y el mundo árabe. Un espía. Recuerdo que un día, al quedar, se presentó con un regalo bajo el brazo: un libro titulado Alamut, del autor esloveno Vladimir Bartol.

«El gran problema que podría tener el mundo es el Islam, si alguna vez sucediera algo parecido a lo que cuenta Bartol en Alamut». Fueron palabras que pronunció muchos años antes de que emergiera el yihadismo terrorista, Bin Laden, el atentado de las Torres Gemelas en 2001 y todo lo que vino después.

Fue un libro premonitorio: Bartol lo escribió en 1938. Sabbah, el protagonista principal, era el jefe de los llamados hashishim, palabra que pasó al español como «asesino» —o «secta de los asesinos»—, porque el grupo que comandaba utilizaba el asesinato político como estrategia. Tenía su centro neurálgico en Alamut, una fortaleza al norte de Persia, en el siglo XI de nuestra era.

«Desde allí preparaba a sus “kamikazes” para matar a los líderes políticos del momento», me contó Ángel. «Bartol cuenta cómo se organiza cualquier grupo fanático, llámese fascismo, nazismo, comunismo o islamismo radical, como está ocurriendo actualmente. Léelo».

Y pasó lo que pasó después. «Siento haber acertado», me dijo durante una comida, años más tarde, cuando salió el tema a colación.

Una mente brillante

Ángel no era como la «bruja» Lola. Poseía una mente brillante para la investigación, para conectar puntos en apariencia sin relación y encontrarles un sentido, y el don especial para calar a las personas, para descubrir su verdadera naturaleza más allá de las apariencias.

Entró en la Policía como inspector a principios de los años setenta, tras licenciarse en Ciencias Económicas y Empresariales por la Universidad Autónoma de Madrid, cuando la actual Policía Nacional ni había sido pensada.

Entonces solo existían el Cuerpo General de Policía —especializado en la investigación— y la Policía Armada, un cuerpo militar dedicado a la seguridad: los «grises», apodados así por el color de sus uniformes.

Un origen del que Ángel se sentía muy orgulloso. «Éramos menos de siete mil funcionarios entre todas sus categorías, desde subinspector alumno hasta comisario principal. Fue una magnífica escuela», me contaba en nuestras conversaciones.

Al Cuerpo General de Policía le cambiaron después el nombre por el de Cuerpo Superior de Policía, y en 1986 lo fusionaron con la Policía Armada, que perdió así su naturaleza de cuerpo militar.

Ambos pasaron a llamarse Cuerpo Nacional de Policía, una fusión en la que, según él, salieron perdiendo los investigadores. «Se ha perdido el oficio de saber investigar», me decía muchas veces. «Ahora todo es seguridad».

Baleares, la Unidad de Documentación y la UDEV

A finales de los años noventa, siendo ya comisario –y habiendo dejado el CESID muchos años atrás–, Ángel fue destinado como inspector de Servicios a la Jefatura Superior de Policía de Baleares, donde era el segundo mando en el escalafón, tras el jefe superior, Eduardo Pérez Extremera.

Durante ese periodo participó activamente en el desarrollo de la Policía de Proximidad, un proyecto impulsado por el entonces director general de la Policía, Juan Cotino, cuya responsabilidad operativa asumió en Baleares.

Entre 2000 y 2002, antes de incorporarse a la UDEV, pasó a dirigir la Unidad de Documentación de la Policía Nacional, desde donde impulsó la modernización de los sistemas de identificación y documentación de los ciudadanos españoles.

De 2002 a 2008 fue comisario jefe de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV Central), de la Comisaría General de Policía Judicial.

Fue una época que disfrutó mucho. Precisamente en 2002 dirigió la operación que permitió recuperar la colección de arte que la banda de Ángel Suárez Flores, alias Casper, había robado a Esther Koplowitz un año antes, en agosto de 2001.

Eran 19 pinturas de autores como Goya, Brueghel, Sorolla y Juan Gris, con un valor estimado de 30 millones de euros. Gracias a la colaboración con el FBI y otros cuerpos policiales internacionales, lograron detectar un intento de venta de una de las obras en el mercado clandestino: el hilo que condujo al éxito de la operación.

Durante su jefatura impulsó una Sección de Delitos contra las Personas y grupos especializados en desapariciones inquietantes y homicidios sin esclarecer. Creó un modelo itinerante de equipos de homicidios y desapariciones que se desplazaban por el territorio para aportar nuevas líneas de investigación, revisar pruebas y reforzar las plantillas locales.

Galán defendía que estos equipos debían estar integrados por profesionales capaces de trabajar durante largos periodos sin resultados inmediatos.

Un innovador en la investigación

También consideraba esencial que los investigadores contaran con una dirección experimentada, capaz de protegerlos de las presiones mediáticas y administrativas que podían producirse durante las investigaciones de mayor repercusión pública.

Fue un auténtico innovador: de haber nacido en Estados Unidos, estoy seguro de que habría inspirado alguna serie de éxito al estilo de CSI.

El propio Galán reconoció que, cuando llegó a la UDEV en 2002, desconocía la verdadera dimensión del problema de las personas desaparecidas en España.

Comprobó que había numerosas investigaciones sin cadáver en las que las circunstancias de la desaparición apuntaban a un posible homicidio.

Aquella situación le llevó a reclamar a la Dirección General de la Policía y a la Comisaría General de Policía Judicial una mayor atención institucional y la formación de investigadores especializados.

Su planteamiento consistía en que las desapariciones potencialmente criminales debían abordarse desde el principio mediante una metodología que permitiera reconstruir los últimos movimientos de la persona desaparecida, examinar su entorno personal y preservar los indicios materiales.

Esta preocupación terminaría convirtiéndose en una constante de su trayectoria profesional, incluso después de abandonar el servicio activo.

Durante su etapa en la UDEV intervino en investigaciones de gran repercusión pública, especialmente en Galicia. Entre ellas destacan la muerte de Déborah Fernández-Cervera, la desaparición de María José Arcos y el asesinato de un hombre de apellido Salgado en el garaje de su finca.

Otra de las investigaciones de aquel periodo fue la recuperación de numerosas piezas arqueológicas procedentes del expolio de yacimientos latinoamericanos. En mayo de 2008, cuando todavía dirigía la UDEV, Ángel dio cuenta de las piezas recuperadas en una operación contra una trama que había introducido en España objetos arqueológicos procedentes de Colombia, Ecuador y Perú.

Jefe Superior de Policía de Extremadura

Ángel fue nombrado jefe superior de Policía de Extremadura por el entonces ministro del Interior Alfredo Pérez Rubalcaba el 29 de julio de 2008. Dejó entonces su puesto al frente de la UDEV para dirigir la estructura territorial de la Policía Nacional en esa comunidad autónoma.

Al asumir el cargo, fijó como prioridades la lucha contra el pequeño tráfico de drogas y el refuerzo de la presencia policial en las calles. Diez meses después, en junio de 2009, destacó los resultados de las actuaciones contra puntos de venta de estupefacientes y la puesta en marcha de grupos policiales motorizados en Badajoz, Cáceres y Mérida, orientados a mejorar la seguridad ciudadana y la proximidad de los agentes.

Pese a sus responsabilidades de mando, Ángel mantuvo una implicación directa en investigaciones de homicidio. Participaba personalmente, me contó, en diversas investigaciones: el doble asesinato de un matrimonio en Cáceres en 2008, para el que pidió apoyo especializado desde Madrid, y un crimen en Badajoz en 2010 que concluyó con la detención de un padre y su hija.

También dirigió el esclarecimiento del asesinato de un anciano en Badajoz, mediante un equipo reducido y coordinado con el juzgado y la Fiscalía, un caso que, según su versión, se resolvió en unas tres semanas.

Lo llevaba en la sangre.

Ángel permaneció en ese destino hasta 2012, cuando fue cesado y pasó a depender de la Dirección Adjunta Operativa. Se jubiló un año después.

Instituto de Probática e Investigación Criminal

El final de su actividad profesional no significó que Ángel dejara lo que más amaba; al contrario: poco después fundó el Instituto de Probática e Investigación Criminal. Su objetivo era transmitir el conocimiento acumulado durante décadas de investigación policial a profesionales del ámbito jurídico, policial y forense.

Desde el Instituto organizó cursos sobre investigación criminal, obtención y valoración de indicios, reconstrucción de hechos, interrogatorios y desapariciones.

«Yo no conozco a jueces que sepan interrogar. A los jueces, fiscales y abogados nadie les ha enseñado a interrogar, y no conocen lo que es una investigación. Es un hecho silenciado, pero es una realidad», me dijo en 2015, en una entrevista que le hice.

«Un investigador es un genio individual», afirmaba.

«Ese desconocimiento de cómo funciona la investigación, de cómo extraer información a un sospechoso, resta mucha eficacia a jueces, fiscales y abogados, y permite que personas que deberían estar en la cárcel estén en la calle», explicó entonces. «Ahora puedo decirlo con libertad. Antes, no».

Recuerdo que en 2014 participó en Unidad de Análisis Policial, el programa de Antena 3 presentado por Carolina Sellés, que reunía a un equipo multidisciplinar de especialistas para examinar expedientes criminales abiertos, reconstruir los hechos y analizar las pruebas y los posibles perfiles de los autores.

Entre sus colaboradores figuraban el criminólogo Vicente Garrido, la médico forense Carmen Baena, la psicóloga forense Patricia Fernández de Lanza, el escritor Lorenzo Silva y la periodista Mayka Navarro.

En 2019 Ángel publicó un gran libro, Introducción a la investigación de desaparecidos, en el que resumía su experiencia profesional. Con él quiso proporcionar herramientas para investigar desapariciones, analizar el comportamiento de las personas implicadas, identificar contradicciones en los testimonios y reconstruir los últimos movimientos conocidos de las víctimas.

También abordaba las dificultades que plantea la investigación de posibles homicidios cuando no se ha localizado el cadáver.

Ángel era un «buda». Uno de los grandes —y más respetados— investigadores criminales de nuestra historia moderna. Pero para mí, sobre todo, era el amigo con el que llevaba 39 años hablando de todo: de libros premonitorios, de asesinos que se llamaban a sí mismos «secta», de jueces que no saben interrogar y de policías que sí saben investigar. El amigo que hace 48 horas me aseguraba, con una voz que ya no reconocía, que le iban a dar el alta.

No fue así. Pero prefiero quedarme con el superpolicía de siempre: el que conectaba puntos donde nadie más los veía, el que enseñó lo que había aprendido a quien quiso escucharlo y el que, hasta el final, siguió llevándolo en la sangre.

Deja un vacío enorme en quienes lo conocimos, y muy especialmente en Celsa, su mujer, a la que adoraba, y en sus hijos, Ángel y Javier, con quienes quiero compartir mi abrazo y mi cariño en este momento tan difícil.

Descansa en paz, Ángel.

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