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Opinión | Pisando hormigueros: Por qué Israel y EE.UU. no pueden ganar esta guerra

Jorge Carrera explica por qué Israel y EEUU no pueden ganar esta guerra y enumera las razones.

05/03/2026 04:03

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Llevamos cuatro días de la Operación «Epic Fury». Los portaaviones Abraham Lincoln y Gerald R. Ford dominan el Golfo. Más de 2.000 impactos israelíes y estadounidenses han caído sobre 24 de las 31 provincias iraníes.

El líder supremo, Alí Jamenei, está muerto. Su esposa también. El cuartel general del Consejo Supremo de Seguridad Nacional ha sido destruido. La flota iraní en el Golfo de Omán ha sufrido daños severos.

Las instalaciones nucleares de Natanz presentan daños confirmados por satélite. Donald Trump ha anunciado que la guerra durará entre cuatro y cinco semanas.

Y sin embargo, la coalición estadounidense-israelí no puede ganar esta guerra.

No porque carezca de potencia de fuego. La tiene, y de sobra. Sino porque no ha definido —ni puede definir— qué significa ganar.

Qué es ganar una guerra

Ganar una guerra no es arrasar un país. Destruir infraestructuras, degradar capacidades militares, eliminar líderes: todo eso es hacer daño, no ganar.

Ganar una guerra exige un resultado político verificable. Y ese resultado solo puede adoptar tres formas.

La primera es la rendición del adversario. El enemigo acepta las condiciones del vencedor, firma un instrumento de capitulación y se somete a un nuevo orden. Japón en 1945. Alemania en 1945.

La rendición presupone que existe una autoridad con legitimidad para rendirse y un aparato estatal que ejecute la capitulación.

En Irán, con el liderazgo decapitado pero la Guardia Revolucionaria intacta como estructura, no existe interlocutor para una rendición y, lo que es más determinante, no existe voluntad alguna de rendirse.

La segunda es la instauración de un nuevo régimen. El vencedor derroca al gobierno existente e impone o acompaña la construcción de un nuevo orden institucional -por cierto, la implosión del régimen, de producirse, no es garantía ni mucho menos, de un régimen acomodaticio-.

Esto exige presencia terrestre, control territorial, inversión política durante años y, sobre todo, una alternativa creíble de gobierno.

Afganistán en 2001, Irak en 2003. Ambos casos son la prueba viva de que la destrucción aérea y la decapitación del liderazgo no producen por sí solas un cambio de régimen funcional. Producen vacíos de poder que se llenan con el caos.

La tercera es un acuerdo negociado bajo coacción. El adversario, debilitado pero no derrotado, acepta limitaciones sustanciales a cambio de la cesación de hostilidades.

Esto exige que la presión sea insostenible para el atacado y que el atacante ofrezca una salida aceptable. Kosovo en 1999, tras 78 días de bombardeo, suele citarse como ejemplo de éxito aéreo, pero la realidad es más compleja: lo que cambió el cálculo de Milošević fue la amenaza creíble de invasión terrestre combinada con la retirada del apoyo diplomático ruso.

Ni la invasión terrestre ni el abandono de los aliados de Irán son hoy un escenario probable.

Lo que no está ocurriendo

El senador Mark Warner lo ha formulado con precisión quirúrgica: primero era la capacidad nuclear, después los misiles balísticos, luego el cambio de régimen, ahora el hundimiento de la flota iraní.

Nadie sabe cuál de esos objetivos, de cumplirse, significaría que la guerra ha terminado.

Esta confusión no es un accidente comunicativo. Es el reflejo exacto de una guerra sin teoría de la victoria. El propio secretario de Defensa Pete Hegseth dice que no es una guerra de cambio de régimen.

El propio Trump pide a los iraníes que tomen el control de su gobierno. Rubio la presenta como un ataque preventivo.

Son tres narrativas incompatibles que revelan la ausencia de un estado final definido.

Y la razón es simple: no existe un estado final alcanzable por medios exclusivamente aéreos.

No va a haber rendición. Irán ha respondido con oleadas de misiles y drones contra Israel, contra bases estadounidenses en Bahréin, Kuwait, Qatar, Emiratos, Jordania y Arabia Saudí.

Ha puesto en juego 230 drones e iniciado operaciones navales. Ha alcanzado edificios en Tel Aviv.

Ha golpeado la sede de la Quinta Flota en Bahréin. Esto no es el comportamiento de un Estado que se prepara para capitular.

Es el comportamiento de un Estado que ha asumido que resistir es su única victoria posible.

No va a haber cambio de régimen funcional. Como ha señalado Brookings con meridiana claridad, la eliminación de Jamenei puede producir una lucha interna de poder, pero la Guardia Revolucionaria no es una pirámide construida en torno a un hombre: es una institución dispersa con múltiples centros de poder.

Alí Larijani, excomandante de la IRGC, ya dirige el Consejo Interino. Los sucesores estaban designados antes del primer impacto.

La IRGC controla el Basij, las redes de contrabando que evaden sanciones y sectores estratégicos de la economía. No hay oposición unificada dentro de Irán. No hay liderazgo alternativo organizado.

Los que podrían liderar están en prisión, en el exilio, o han sido sistemáticamente neutralizados durante décadas.

No va a haber invasión terrestre. Irán tiene 1.648.195 km², 88 millones de habitantes, una geografía montañosa y hostil, y unas fuerzas armadas que, degradadas o no, garantizan una resistencia convencional prolongada.

Desplegar las tropas necesarias para una ocupación significativa requeriría una movilización a la escala de Irak 2003 como mínimo, e Irak tenía una tercera parte de la población iraní y una quinta parte de su superficie.

Trump lo sabe. Netanyahu lo sabe. No hay apetito político, no hay consenso parlamentario, no hay opinión pública favorable. Las encuestas muestran consistentemente que los estadounidenses se oponen a una guerra con Irán.

La lógica del que resiste

La asimetría fundamental de este conflicto es que Estados Unidos e Israel necesitan un resultado político para declarar victoria, mientras que Irán solo necesita no colapsar.

Cada día que pasa sin que el régimen iraní se desmorone, la ecuación se deteriora para la coalición atacante. No porque Irán esté ganando en términos militares convencionales —está sufriendo enormemente—, sino porque el coste de la operación se acumula sin producir el resultado político que la justificaría.

Los precios del petróleo suben. El tráfico aéreo en la región se ha detenido. Los flujos marítimos por el estrecho de Ormuz se ralentizan.

Seis soldados estadounidenses han muerto. Las bases norteamericanas en todo el Golfo están bajo ataque recurrente.

Los estados del Golfo, que deberían ser la retaguardia segura de la operación, están recibiendo misiles iraníes en sus aeropuertos y puertos.

Qatar ha tenido que derribar misiles dirigidos a su aeropuerto. Un trabajador ha muerto en Bahréin. Kuwait ha sufrido impactos. La guerra se ha regionalizado en cuatro días.

Y mientras tanto, la Guardia Revolucionaria anuncia que sus fuerzas terrestres han entrado en operaciones de combate. El conflicto, lejos de reducirse, se expande.

La salida inevitable

La guerra no puede durar indefinidamente porque sus costes son asimétricos en la dirección equivocada para el atacante.

Irán puede absorber destrucción durante semanas: es un régimen autoritario sin elecciones a la vista, con una población acostumbrada a décadas de sanciones y aislamiento, y ahora con la legitimación adicional que proporciona ser objeto de un ataque extranjero masivo.

Paradójicamente, los bombardeos que Trump esperaba que provocasen una revuelta popular están consolidando un efecto de cohesión nacional que dificulta cualquier insurrección.

Estados Unidos, en cambio, tiene elecciones legislativas en noviembre. Tiene una economía que apenas crecía un 1,4% a finales de 2025.

Tiene un déficit fiscal estratosférico -al que ahora Trump está dando buenas razones para seguir volando-. Tiene aliados en el Golfo que están pagando un precio que no habían anticipado.

Y tiene una opinión pública que no ha autorizado esta guerra y que exigirá explicaciones si los costes siguen subiendo sin un resultado visible.

La salida, por tanto, es predecible. En un horizonte de semanas —no de meses—, Estados Unidos detendrá las operaciones ofensivas.

Declarará que ha destruido la capacidad nuclear iraní (que la AIEA no ha confirmado que existiera como programa armamentístico).

Declarará que ha degradado irreversiblemente las capacidades balísticas y navales de Irán. Declarará que ha infligido un castigo monumental al régimen. Y presentará el resultado como una victoria.

Pero no lo será.

Porque el régimen iraní seguirá en pie. Porque no habrá firma de capitulación. Porque no habrá nuevo gobierno prooccidental en Teherán.

Porque la Guardia Revolucionaria seguirá controlando el país. Y porque, en el mejor de los casos para Washington, el resultado será exactamente el que un general de brigada israelí en la reserva ha descrito como el escenario alternativo: un gobierno superviviente, militarmente debilitado, pero políticamente intacto y con la legitimidad reforzada del que ha resistido.

La lección no aprendida

Un académico de relaciones internacionales lo ha formulado con la precisión que merece: la destrucción no es lo mismo que el éxito político.

El poder aéreo puede arrasar infraestructuras de un gobierno, pero no puede construir el orden político que debe reemplazarlo.

Esta lección se enseñó en Afganistán, se repitió en Irak, se confirmó en Libia. Irán, con su ejército sofisticado, su capacidad casi nuclear, sus redes de proxies regionales y un régimen ahora martirizado por el ataque extranjero, no será la excepción.

Estados Unidos confunde sistemáticamente su capacidad inigualable de destrucción desde el aire con la capacidad de dictar resultados políticos. Son cosas radicalmente distintas. Y esa confusión es el núcleo de su fracaso estratégico recurrente.

Irán se parece más a un hormiguero que a una fortaleza. Se puede pisar un hormiguero. Se puede inundar. Se puede cubrir de tierra. Al día siguiente, las hormigas siguen ahí. Han reconstruido las galerías, han reorganizado las rutas, han reemplazado a la reina.

Porque un hormiguero no es un edificio que se derrumba: es una red viva que se adapta. Y contra las redes, las bombas son un instrumento espectacularmente inútil.

La pregunta que Washington no ha respondido —la única que importa— es: ¿qué viene después?

Mientras no tenga respuesta, lo que está haciendo en Irán no es ganar una guerra. Es pisar hormigueros.

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