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Opinión | Cuando el ejemplo del directivo destruye todo el sistema de cumplimiento

El Compliance fracasa cuando el liderazgo incumple las reglas. Javier Puyol analiza cómo el ejemplo directivo moldea la cultura ética.

15/06/2026 03:06

Uno de los errores más graves y persistentes dentro de la teoría y de la práctica del Compliance contemporáneo, consiste en asumir que el riesgo corporativo se controla exclusivamente mediante estructuras normativas, procedimientos internos, canales de denuncia, auditorías, certificaciones o herramientas tecnológicas.

Esta visión excesivamente formalista del cumplimiento normativo ha demostrado ser insuficiente en innumerables escándalos empresariales nacionales e internacionales.

Empresas dotadas de sofisticados programas de Compliance, certificaciones internacionales, códigos éticos extensos, y complejos sistemas de control interno han terminado involucradas en fraudes masivos, en una corrupción estructural, en una manipulación contable, en delitos medioambientales, en vulneraciones sistemáticas de derechos fundamentales, en prácticas anticompetitivas, en acoso laboral institucionalizado, o en graves incidentes de protección de datos.

La explicación de esta aparente contradicción reside en una realidad organizacional profundamente humana, que consiste en que ningún sistema de cumplimiento puede sobrevivir, cuando quienes ejercen el poder destruyen diariamente, mediante su comportamiento, la legitimidad de las reglas que formalmente proclaman.

El núcleo del Compliance no está en el documento, sino en la conducta

El verdadero núcleo del Compliance no se encuentra en el documento, sino en la conducta.

No reside únicamente en el procedimiento, sino en la ejemplaridad.

No depende exclusivamente de la arquitectura normativa, sino de la coherencia ética de quienes dirigen la organización.

Cuando el directivo incumple las reglas, las relativiza, las instrumentaliza, las ridiculiza, o simplemente transmite, que determinados resultados justifican excepciones permanentes, el sistema de cumplimiento deja de operar como un mecanismo preventivo, y se transforma en una estructura meramente decorativa.

Las organizaciones aprenden conductualmente mucho más rápido de lo que aprenden jurídicamente.

El empleado medio puede desconocer numerosos aspectos técnicos del modelo de Compliance, pero comprende perfectamente, qué conductas generan reconocimiento, protección, ascenso, o impunidad.

Esa observación cotidiana constituye el auténtico proceso de aprendizaje ético corporativo.

El trabajador no interioriza realmente el contenido del código ético; interioriza el comportamiento efectivo del poder.

El poder jerárquico tiene capacidad criminógena

Por ello, el comportamiento del directivo posee una capacidad criminógena extraordinaria dentro de cualquier organización.

El poder jerárquico no solo organiza recursos económicos o procesos operativos; organiza percepciones morales, redefine límites psicológicos, y establece la frontera práctica entre lo permitido y lo prohibido.

El directivo actúa como un generador permanente de señales culturales.

Cada excepción que impone, cada irregularidad que tolera, cada presión indebida que ejerce, y cada incoherencia que protagoniza produce un efecto expansivo sobre el conjunto de la organización.

La importancia de este fenómeno ha sido reconocida progresivamente tanto por la doctrina del Compliance, como por los estándares internacionales de gobernanza corporativa.

El concepto de “tone at the top” no constituye una mera recomendación estética o reputacional, sino una exigencia estructural de eficacia del sistema de cumplimiento.

La propia ISO 37301 insiste en la necesidad de liderazgo visible, compromiso real de la alta dirección, y el alineamiento entre cultura organizacional y cumplimiento normativo.

De igual modo, la ISO 37001 en materia antisoborno identifica expresamente la implicación efectiva del órgano de gobierno y de la alta dirección como condición indispensable para la eficacia del sistema.

Ello obedece a una razón evidente, en donde el incumplimiento desde la cúspide destruye la credibilidad de toda la estructura preventiva.

«Cuando un alto responsable manipula indicadores, fuerza aprobaciones, omite controles, favorece relaciones personales, elude procedimientos de contratación, tolera conflictos de interés o presiona para alcanzar objetivos incompatibles con las reglas internas, transmite un mensaje mucho más poderoso que cualquier política corporativa, entonces, el sistema es flexible para quienes ostentan poder».

La experiencia demuestra, que los sistemas de cumplimiento rara vez colapsan de manera repentina.

Lo habitual es que se produzca una degradación progresiva y silenciosa mediante un proceso de erosión cultural acumulativa.

Inicialmente, aparecen pequeñas excepciones aparentemente justificadas por razones comerciales, estratégicas, o de urgencia operativa.

Posteriormente esas excepciones comienzan a repetirse.

Más tarde dejan de percibirse como anomalías.

Finalmente terminan integrándose en la normalidad operativa de la organización.

La erosión silenciosa: cómo se normaliza la desviación

Este fenómeno ha sido ampliamente estudiado por la sociología organizacional y por la criminología corporativa bajo la idea de “normalización de la desviación”.

Las conductas inicialmente excepcionales pierden progresivamente su carácter problemático debido a su reiteración y tolerancia institucional.

Lo peligroso no es únicamente la conducta ilícita concreta, sino el proceso psicológico mediante el cual la organización deja de percibirla como irregular.

El ejemplo del directivo acelera extraordinariamente este proceso.

Cuando un alto responsable manipula indicadores, fuerza aprobaciones, omite controles, favorece relaciones personales, elude procedimientos de contratación, tolera conflictos de interés o presiona para alcanzar objetivos incompatibles con las reglas internas, transmite un mensaje mucho más poderoso que cualquier política corporativa, entonces, el sistema es flexible para quienes ostentan poder.

A partir de ese momento surge una de las patologías organizacionales más destructivas: la dualidad entre sistema formal y sistema real.

El sistema formal es el que aparece documentado en manuales, protocolos, códigos éticos, mapas de riesgos y políticas corporativas.

El sistema real es el conjunto de comportamientos efectivamente aceptados, tolerados o incentivados dentro de la organización.

Cuando ambos sistemas divergen, el Compliance deja de funcionar como mecanismo de integridad, y se convierte en un instrumento de representación institucional.

Sistema formal frente a sistema real: las dos éticas de la empresa

La organización aprende entonces que existe una ética oficial dirigida hacia reguladores, auditores, accionistas y opinión pública, y una ética real basada en resultados, lealtades internas y relaciones de poder.

Este desdoblamiento cultural constituye el verdadero inicio de la destrucción del Compliance.

Desde una perspectiva psicológica, el fenómeno resulta todavía más profundo.

Los seres humanos desarrollan sus patrones conductuales dentro de estructuras sociales mediante mecanismos de observación, imitación y adaptación.

Las organizaciones funcionan esencialmente como ecosistemas de aprendizaje conductual.

El empleado observa constantemente qué comportamientos generan reconocimiento, y cuáles generan marginación.

Cuando percibe, que los directivos incumplen sin consecuencias, comienza a reinterpretar cognitivamente el significado de las normas.

Las reglas dejan de percibirse como límites éticos reales, y pasan a interpretarse como herramientas estratégicas sujetas a conveniencia.

Surge entonces la racionalización corporativa del incumplimiento.

Las personas empiezan a justificar conductas ilícitas bajo argumentos como “todo el mundo lo hace”, “es imposible alcanzar los objetivos respetando todas las reglas”, “la dirección lo sabe”, “si no lo hacemos perderemos competitividad” o “lo importante son los resultados”.

Estas racionalizaciones poseen una enorme importancia criminológica, porque reducen la percepción subjetiva de ilicitud.

El delito corporativo raramente se construye sobre la percepción individual de estar realizando una conducta gravemente inmoral.

Con mucha frecuencia, surge dentro de entornos organizacionales donde la desviación ha sido psicológicamente normalizada.

Cuando el Compliance se convierte en herramienta de poder

El problema se agrava todavía más, cuando el directivo utiliza el propio sistema de Compliance como herramienta instrumental de poder.

Este fenómeno es particularmente frecuente en organizaciones donde el cumplimiento se aplica selectivamente.

Determinados empleados son investigados rigurosamente, mientras ciertos directivos permanecen informalmente inmunizados frente a cualquier control real.

El sistema deja entonces de ser universal y se convierte en jerárquico.

Nada destruye más rápidamente la cultura de cumplimiento que la percepción de doble rasero.

 Cuando los trabajadores comprenden, que las normas solo se aplican a quienes carecen de poder, desaparece completamente la legitimidad institucional del sistema.

El Compliance se percibe entonces no como una garantía de integridad, sino como una estructura política utilizada para controlar subordinados y proteger élites internas.

El silencio organizacional y el cinismo corporativo

La percepción de impunidad directiva produce además un efecto devastador sobre los mecanismos de denuncia interna.

Los canales de denuncia dejan de ser considerados instrumentos de protección, y pasan a interpretarse como mecanismos inútiles o incluso peligrosos.

El trabajador entiende, que denunciar a un directivo puede implicar represalias, aislamiento profesional, bloqueo de carrera o estigmatización interna.

Aparece así el fenómeno del silenciamiento organizacional.

El silencio corporativo constituye uno de los mayores factores de riesgo dentro de cualquier organización.

Numerosos escándalos empresariales no se producen porque nadie conociera las irregularidades, sino porque las personas percibieron que hablar carecía de utilidad o implicaba un riesgo personal excesivo.

Cuando el ejemplo del liderazgo destruye la confianza institucional, el sistema pierde su capacidad de autocorrección.

Desde la perspectiva del derecho penal corporativo, y de la responsabilidad de las personas jurídicas, esta cuestión posee una relevancia extraordinaria.

La evolución jurisprudencial y doctrinal en materia de Compliance penal ha desplazado progresivamente el análisis desde la mera existencia formal del modelo hacia su eficacia real.

Los programas de cumplimiento no se valoran únicamente por lo que dicen, sino por cómo funcionan realmente dentro de la organización.

En consecuencia, el comportamiento de la alta dirección se convierte en un elemento decisivo para determinar si el sistema posee auténtica capacidad preventiva, o si constituye simplemente un modelo cosmético.

Un programa de Compliance, donde la dirección incumple sistemáticamente las reglas internas difícilmente podrá considerarse eficaz desde la perspectiva de la cultura de cumplimiento exigible.

La razón es evidente.

El verdadero riesgo corporativo no surge únicamente de la posibilidad abstracta de que un empleado incumpla la ley.

Surge sobre todo de la existencia de estructuras organizacionales que facilitan, toleran, o incentivan el incumplimiento.

Cuando el liderazgo transmite, que determinados resultados justifican vulnerar controles, la organización desarrolla una arquitectura criminógena.

Por ello, las organizaciones más peligrosas no son necesariamente aquellas donde existen órdenes directas de delinquir, sino aquellas donde el entorno cultural induce indirectamente a incumplir mediante presión económica extrema, objetivos imposibles, incentivos perversos, liderazgo autoritario o tolerancia selectiva hacia determinadas prácticas.

En muchos casos, el directivo ni siquiera necesita ordenar expresamente una conducta ilícita; basta con crear un contexto donde el cumplimiento resulte incompatible con la supervivencia profesional.

Si los objetivos comerciales solo pueden alcanzarse mediante irregularidades y simultáneamente la dirección exige resultados sin admitir explicaciones, la organización termina generando incumplimiento estructural.

Este fenómeno resulta particularmente visible en ámbitos como la corrupción privada, el fraude financiero, el falseamiento contable, el acoso laboral, la protección de datos, o la ciberseguridad.

 En todos estos ámbitos el comportamiento del liderazgo condiciona radicalmente la eficacia del sistema preventivo.

En materia de acoso laboral, por ejemplo, muchas organizaciones mantienen políticas aparentemente avanzadas de tolerancia cero, mientras conservan en puestos de poder a directivos humillantes, agresivos, o psicológicamente abusivos debido a sus resultados económicos.

El mensaje real que recibe la organización es inequívoco: el beneficio prevalece sobre la dignidad humana.

En materia de protección de datos ocurre algo similar cuando determinados directivos eluden medidas de seguridad, exigen accesos indebidos, comparten credenciales o incumplen protocolos internos bajo la idea de que su posición jerárquica justifica excepciones operativas.

Ninguna cultura de seguridad puede consolidarse cuando quienes ostentan poder desprecian las reglas básicas que exigen a los demás.

En materia de corrupción y conflictos de interés, la conducta del liderazgo resulta todavía más determinante.

Ningún empleado creerá realmente en las políticas antisoborno si percibe favoritismos, relaciones opacas con terceros, contratación dirigida o utilización estratégica de influencias por parte de quienes dirigen la organización.

El problema central es que el poder posee un enorme efecto legitimador.

 Las conductas de la dirección tienden a reinterpretarse culturalmente como aceptables, aunque contradigan formalmente las normas internas.

La organización asume inconscientemente que si quienes diseñan las reglas no las respetan, dichas reglas carecen de auténtico valor obligatorio.

A partir de ese momento aparece el cinismo corporativo.

El trabajador deja de creer en los valores institucionales, y comienza a percibir el Compliance como una representación vacía destinada exclusivamente a satisfacer exigencias externas.

El cinismo organizacional es uno de los mayores indicadores de deterioro ético porque destruye la adhesión voluntaria al sistema.

Las organizaciones cínicas no funcionan mediante integridad, sino mediante el miedo, el oportunismo, y la adaptación estratégica.

Las personas cumplen únicamente cuando existe riesgo de sanción inmediata.

Desaparece el compromiso ético interno, y el sistema se vuelve extraordinariamente frágil.

Por ello, la verdadera fortaleza de un modelo de cumplimiento no se mide exclusivamente por la sofisticación de sus controles, sino por la capacidad del sistema para controlar efectivamente a quienes ejercen el poder.

Un Compliance incapaz de supervisar a la alta dirección, constituye, en realidad, un sistema estructuralmente defectuoso.

La independencia del Compliance Officer, la autonomía de las investigaciones internas, la existencia de auditorías externas, la protección efectiva del denunciante, la supervisión real del consejo de administración, y la aplicación universal de las medidas disciplinarias constituyen mecanismos esenciales, precisamente, porque intentan evitar la captura del sistema por parte del liderazgo.

Las organizaciones éticamente maduras comprenden, que el mayor riesgo no suele encontrarse en el último nivel operativo de la empresa, sino en la posibilidad de que el propio poder destruya internamente la legitimidad de las reglas.

Por ello desarrollan culturas donde, incluso, los máximos responsables aceptan la existencia de límites, controles y consecuencias.

«Tone at the top»: la coherencia como exigencia estructural

El liderazgo ético no exige perfección moral absoluta, sino que exige coherencia.

Es decir, exige una ejemplaridad visible, un sometimiento real a las mismas normas, que se exigen al resto de la organización, y también exige comprender, que el directivo no solo administra recursos económicos, sino que modela continuamente la arquitectura moral de la empresa.

Cuando el ejemplo del liderazgo es coherente, el sistema de cumplimiento adquiere legitimidad cultural.

Cuando el ejemplo del liderazgo es destructivo, ningún protocolo, auditoría, certificación, o canal de denuncia puede salvar realmente la organización.

Porque, en última instancia, las empresas no terminan comportándose conforme a lo que proclaman sus códigos éticos, sino conforme a aquello que sus líderes demuestran diariamente que verdaderamente importa.

Uno de los mayores errores conceptuales en materia de Compliance consiste en creer, que los sistemas de cumplimiento fracasan exclusivamente por ausencia de normas, de controles, de procedimientos, o de recursos tecnológicos.

La experiencia demuestra exactamente lo contrario.

Numerosas organizaciones disponen de modelos de Compliance sofisticados, códigos éticos técnicamente impecables, canales de denuncia avanzados, matrices de riesgo complejas, programas formativos recurrentes y estructuras documentales aparentemente sólidas, y aun así terminan involucradas en escándalos de corrupción, fraudes corporativos, manipulación contable, acoso laboral, conflictos de interés, prácticas anticompetitivas, o vulneraciones sistemáticas de derechos fundamentales.

La razón profunda de este fenómeno reside en un elemento frecuentemente infravalorado, que no es otro que el comportamiento real de la alta dirección.

El sistema de cumplimiento no se destruye normalmente por la falta de normas, sino por la contradicción entre las normas proclamadas, y las conductas efectivamente toleradas, o protagonizadas por quienes ejercen el poder dentro de la organización.

Cuando el directivo incumple, relativiza, instrumentaliza, o desprecia las reglas, que públicamente exige a los demás, el sistema entero pierde legitimidad moral, credibilidad operativa, y capacidad preventiva.

El mensaje que recibe la organización deja de ser jurídico, y pasa a ser conductual: “las normas solo vinculan a quienes no tienen poder”.

La conducta del directivo posee una capacidad expansiva extraordinaria dentro de cualquier estructura organizativa.

El poder jerárquico no solo decide objetivos económicos; también modela percepciones éticas, define incentivos psicológicos, y establece los verdaderos límites de lo permitido.

 Los empleados observan permanentemente el comportamiento de quienes dirigen la organización, y a partir de esa observación, construyen el mapa real de riesgos internos.

En consecuencia, cuando existe una diferencia entre el discurso ético oficial y la práctica cotidiana de los directivos, la organización aprende rápidamente cuál es la cultura auténtica de la empresa.

En términos criminológicos y organizacionales, el comportamiento del directivo actúa como un mecanismo de autorización moral implícita.

Si la dirección manipula gastos, altera indicadores, ejerce una presión indebida, humilla a subordinados, favorece intereses personales, ignora conflictos de interés, incumple controles internos, o utiliza información privilegiada, los empleados interiorizan que la norma no constituye un límite real, sino una herramienta selectiva utilizada según conveniencia.

La consecuencia inmediata es la erosión progresiva de la cultura de cumplimiento, y la aparición de una cultura informal basada en la supervivencia, la obediencia jerárquica y la impunidad funcional.

Dualidad entre sistema formal y sistema real

En este contexto aparece uno de los fenómenos más peligrosos dentro del Compliance contemporáneo: la dualidad entre sistema formal y sistema real.

El sistema formal es el conjunto de políticas, procedimientos, protocolos y declaraciones institucionales, que la empresa exhibe frente a reguladores, auditores, inversores o terceros.

El sistema real es el conjunto de prácticas efectivamente aceptadas dentro de la organización.

Cuando ambos sistemas divergen, el Compliance deja de ser un mecanismo de prevención, y se convierte en una estructura de simulación reputacional.

La destrucción del sistema de cumplimiento por el ejemplo del directivo suele comenzar de forma silenciosa y progresiva.

No suele producirse mediante una decisión explícita de incumplir la ley, sino mediante pequeñas excepciones normalizadas.

El directivo solicita “flexibilizar” un procedimiento por razones comerciales.

Posteriormente exige acelerar contrataciones sin controles.

Más tarde impone objetivos imposibles de alcanzar respetando plenamente las reglas.

Finalmente termina premiando resultados obtenidos mediante prácticas irregulares.

La organización aprende entonces una lección devastadora: el resultado importa más que la integridad del proceso.

Este fenómeno tiene un enorme componente psicológico.

El empleado no interpreta únicamente lo que la dirección dice; interpreta sobre todo aquello que la dirección tolera, premia o castiga.

Si un comercial obtiene beneficios extraordinarios mediante conductas dudosas, y recibe con ello, un reconocimiento público, bonus económicos o ascensos, el sistema de incentivos reales queda completamente redefinido.

La ética deja de ser un valor operativo, y pasa a convertirse en un obstáculo competitivo interno.

Desde la perspectiva del comportamiento organizacional, el ejemplo negativo del directivo produce múltiples efectos destructivos simultáneos.

En primer lugar, genera desmoralización ética entre los empleados íntegros, que perciben que el cumplimiento carece de valor real.

En segundo lugar, provoca silenciamiento organizacional, ya que los trabajadores entienden que denunciar irregularidades puede resultar inútil o incluso peligroso.

En tercer lugar, fomenta la adaptación oportunista, donde las personas comienzan a imitar las conductas dominantes para garantizar su supervivencia profesional.

Y de manera final, produce una progresiva normalización de la desviación, fenómeno mediante el cual, las prácticas inicialmente excepcionales pasan a considerarse rutinarias.

La normalización de la desviación constituye uno de los procesos más peligrosos dentro de cualquier organización.

Las conductas ilícitas rara vez aparecen de manera abrupta.

Habitualmente evolucionan mediante micro transgresiones acumulativas, que dejan de percibirse como problemáticas debido a su reiteración cotidiana.

El directivo que inicialmente “solo” altera un pequeño dato estadístico para mejorar un informe, termina legitimando indirectamente manipulaciones más graves.

El problema fundamental es que las organizaciones desarrollan memoria conductual.

Impacto destructivo del mal ejemplo

Lo que ayer era excepcional hoy se convierte en estándar operativo.

El impacto destructivo del mal ejemplo directivo resulta todavía más intenso en organizaciones altamente jerarquizadas.

Cuanto mayor es la concentración del poder, mayor es la capacidad del líder para redefinir la cultura corporativa.

En muchas empresas, especialmente aquellas con liderazgo personalista, o estructuras excesivamente verticales, el comportamiento ético del máximo ejecutivo actúa como un auténtico sistema operativo moral.

Si ese liderazgo se contamina, la totalidad del ecosistema organizacional comienza a deteriorarse.

En términos de Compliance penal, esta cuestión posee una relevancia extraordinaria.

Los tribunales y autoridades regulatorias valoran cada vez más la autenticidad cultural de los programas de cumplimiento.

Ya no resulta suficiente acreditar la mera existencia documental de protocolos o manuales.

Lo verdaderamente determinante es demostrar, que la alta dirección respeta efectivamente el modelo implantado.

Cuando los máximos responsables incumplen las reglas internas, o generan contextos de presión incompatibles con el cumplimiento, el programa pierde credibilidad jurídica, y puede ser considerado ineficaz o meramente cosmético.

El denominado “tone at the top” no constituye una simple expresión doctrinal o una recomendación de soft law.

Representa el núcleo estructural de cualquier sistema de integridad corporativa.

El tono ético de la dirección condiciona la interpretación práctica de todas las políticas internas.

Una sola conducta contradictoria de un alto directivo puede neutralizar años de inversión en cultura de cumplimiento.

Un mensaje corporativo sobre tolerancia cero frente a la corrupción, pierde todo valor si los empleados observan favoritismos, pagos opacos, o la utilización abusiva de relaciones personales por parte de quienes dirigen la empresa.

Especialmente destructiva resulta la utilización instrumental del Compliance por parte de determinados directivos.

En algunas organizaciones, el sistema de cumplimiento se transforma en un mecanismo selectivo de control interno utilizado contra subordinados o rivales corporativos, mientras la alta dirección permanece informalmente excluida de cualquier supervisión efectiva.

Este fenómeno genera una percepción profundamente tóxica: el Compliance deja de ser una garantía de integridad para convertirse en una herramienta de poder.

La organización aprende entonces que las reglas no son universales, sino jerárquicas.

 Los trabajadores de niveles inferiores son investigados, monitorizados y sancionados, mientras determinados directivos operan bajo esquemas de inmunidad informal.

Este doble estándar destruye completamente la confianza institucional.

Ningún sistema de cumplimiento puede sobrevivir cuando existe la percepción de que el poder equivale a impunidad.

En numerosas investigaciones internas complejas aparece además otro fenómeno recurrente: la captura del sistema de Compliance por la dirección.

Formalmente existe una independencia del Compliance Officer, pero materialmente las decisiones relevantes quedan condicionadas por intereses políticos internos, la dependencia económica, el temor reputacional, o incluso, por las propias presiones jerárquicas.

El resultado es la aparición de un Compliance defensivo, diseñado no para detectar irregularidades reales, sino para proteger a la dirección frente a riesgos externos.

En estos escenarios, las investigaciones internas se manipulan, se limitan o se orientan estratégicamente.

Las denuncias contra determinados directivos son archivadas prematuramente, las auditorías se delimitan artificialmente, los informes se redactan de forma ambigua, y las medidas disciplinarias se aplican selectivamente.

El sistema continúa existiendo documentalmente, pero ha perdido completamente su función preventiva.

La destrucción del Compliance por el ejemplo directivo también posee una dimensión emocional y antropológica profunda.

Las organizaciones funcionan mediante mecanismos de imitación social.

Las personas necesitan coherencia entre el discurso institucional y la experiencia cotidiana.

En última instancia, el mayor riesgo de Compliance no suele encontrarse en el último nivel operativo de la empresa, sino en la capacidad destructiva del mal ejemplo ejercido desde la cúspide del poder.

Una sola conducta incoherente de la dirección puede neutralizar miles de horas de formación, cientos de controles internos y complejos sistemas documentales.

Porque las organizaciones no terminan comportándose conforme a lo que escriben en sus códigos éticos, sino conforme a aquello que sus líderes demuestran a diario, que realmente importa.

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