«Y tantas veces quise detenerme, alargar la mano a través del cristal, y conectar» — Ronald Reagan, discurso de despedida a la nación, 11 de enero de 1989.
La noche del 3 de julio, en las Black Hills de Dakota del Sur, el granizo obligó al público a buscar refugio antes de que empezara la fiesta.
Cuando escampó, el presidente de los Estados Unidos habló al pie de los cuatro rostros de granito del monte Rushmore, protegido —como en sus actos al aire libre desde el atentado de Butler— por un grueso cristal antibalas.
Desde esa urna transparente proclamó: «mañana celebramos 250 años de gloriosa independencia y 250 años de majestuosa libertad americana».
La escena condensa el momento americano mejor que cualquier editorial: la nación más poderosa de la tierra celebra su libertad a través de un vidrio blindado, con el hombre más protegido del planeta anunciando desde dentro de la vitrina que no hay nada igual en el mundo.
Que el cristal sea un protocolo razonable —lo es, y volveremos sobre ello— no le quita ni un gramo de elocuencia. Las imágenes, en política, dicen lo que los discursos callan. Y aquella imagen decía mucho.
El discurso que restaba
El discurso duró algo menos de media hora y fue, en su primera mitad, exactamente lo que el guión ceremonial pedía.
Los cuatro presidentes esculpidos a su espalda fueron «hombres de acción, hombres de ambición, hombres de audacia, hombres de destino».
El nacimiento y la supervivencia de la nación americana, «sencillamente, lo mejor y más increíble que ha ocurrido en este planeta por manos humanas».
La Casa Blanca había prometido un tono «optimista e inspirador» que respondería a la vieja pregunta de qué significa ser americano; también había prometido, en la misma nota, una «feroz réplica al comunismo».
Conviene retener la yuxtaposición, porque el discurso la cumplió al pie de la letra.
Quien siguió la retransmisión percibió, además, algo que las crónicas apenas recogen: un discurso sin chispa, leído en su mayor parte, dirigido casi exclusivamente al área emocional de un público que respondía casi por inercia, con aplausos cada vez más desmayados a medida que avanzaba la noche, mientras sonaban al final, para variar, los Village People.
Cuando el orador se apartaba del texto, la improvisación rezumaba pobreza de recursos. Y entre las líneas escritas había perlas de factura reveladora: «en América hablamos inglés porque esa es la lengua de nuestra fundación; durante mil años ha sido la lengua de la libertad».
Aplausos. Dos matices, señor presidente: en esas tierras se habló español antes que inglés —San Agustín se fundó en 1565, cuarenta y dos años antes de Jamestown—, y hace mil años el inglés era la lengua de una isla a punto de ser conquistada, no la de la libertad.
La segunda mitad de la arenga hizo el giro. Existe, dijo el presidente, «un resurgimiento de la amenaza comunista en nuestra tierra, incluidos los recién llegados a nuestro país, que abrazan ideas totalmente opuestas a nuestro modo de vida».
El comunismo —una etiqueta que viene aplicando a candidatos demócratas de cara a las elecciones de noviembre— fue declarado «amenaza mortal para la libertad americana», «enemigo de la Constitución» y «enemigo del 4 de julio de 1776».
Y en la víspera del aniversario, el orador hizo jurar que los ciudadanos de los Estados Unidos «vencerán al comunismo rápidamente», antes de deslizarse hacia las elecciones legislativas, la supresión del filibuster senatorial y su proyecto de ley electoral.
«El cristal blindado no es el problema; es un síntoma legítimo de un país violento consigo mismo. El problema es lo que se dijo detrás del cristal».
Que nadie busque aquí simpatía alguna por el comunismo: quien firma estas líneas lo ha combatido toda su vida en el único terreno donde se combaten las ideas, que es precisamente el de las ideas.
Por eso el espectáculo resulta desolador. Resucitar al enemigo de los años cincuenta —«puede usted ser comunista o puede ser patriota; no puede ser ambas cosas», «el partido comunista está compuesto de inmigrantes ilegales, criminales y todos los que no quieren trabajar»— no es anticomunismo: es taxidermia.
Un lenguaje trasnochado, de guerra fría de baratillo, en boca de un hombre que necesita un enemigo porque sin enemigo no sabe explicar qué ofrece.
Aquí está el corazón del problema, y no es de estilo sino de gramática política.
La Declaración de 1776 fue un acto de suma: trece colonias dispares que se constituyen en un «nosotros» —we hold these truths— frente a un rey exterior.
El discurso de la víspera del 250 aniversario fue un acto de resta: un «nosotros» que se define expulsando de sí a una parte de los propios compatriotas y señalando a los recién llegados como vector de la amenaza.
Se puede discutir cuánta retórica electoral hay en ello —mucha— y cuánta convicción. Lo que no admite discusión es la aritmética: un cumpleaños fundacional que se celebra designando enemigos internos no está sumando. Está restando.

Un aniversario sin porvenir
Con todo, lo más revelador del discurso no fue lo que dijo, sino lo que no contenía. Todo él estaba conjugado en pasado: la independencia gloriosa, los inventos, las guerras ganadas, la grandeza consumada, el «somos lo mejor que le ha pasado a este planeta».
En una celebración de esa especie tiene todo el sentido mirar hacia atrás; nadie pide un plan quinquenal entre fuegos artificiales.
Pero más allá del inventario de glorias no había idea alguna sobre la continuidad del proyecto. Ni una palabra sobre el papel de los Estados Unidos ante los grandes desafíos del mundo: nada sobre la rivalidad con China, nada sobre la revolución de la inteligencia artificial que sus propias empresas lideran, nada sobre el orden internacional que Washington construyó y que su propia administración está desmontando pieza a pieza. El siglo próximo, sencillamente, no compareció.
El inventario, además, rozó la autoparodia.
América inventó la bombilla, el teléfono, el avión, la televisión, el microchip, internet, el GPS, el teléfono inteligente y —guiño a la ola de calor que abrasaba el país— el aire acondicionado; plantó su bandera en la Luna; e inventó también el béisbol, el baloncesto, el fútbol americano, el voleibol, la NASCAR y el rodeo.
«Lo inventamos todo», resumió. Y en medio del recuento de premios Nobel americanos, el inciso inevitable: «bueno, a mí no me han dado ninguno; todavía no me lo han dado; no pasa nada».
Una queja más. La única frase de todo el discurso conjugada en futuro fue adjetival, no sustantiva: seguiremos construyendo el país «más grande, mejor y más fuerte que nunca», y «América nunca será un país comunista».
Eso no es un proyecto de nación: es un adjetivo en futuro.
La paradoja es exquisita, porque los hombres de granito que presidían la escena solo sabían hablar de futuro. La Constitución se redactó, según su propio preámbulo, para asegurar los beneficios de la libertad «para nosotros y para nuestra posteridad».
Benjamin Franklin, al salir de la Convención de Filadelfia, definió la criatura con la advertencia más famosa de la historia constitucional americana: una república, si sabéis conservarla. Todo el edificio fundacional era proyecto, apuesta, porvenir: un experimento que se conmemora renovando la apuesta, no embalsamándola.
Los aniversarios miran atrás, cierto; pero las naciones vivas usan el pasado como trampolín. Los que lo usan como refugio suelen estar diciendo, sin saberlo, que ya no saben mirar adelante.
La omisión no es inocua, porque el mundo escuchaba.
Los aliados que dependen de la garantía americana, los adversarios que miden cada silencio, los cientos de millones de personas para quienes la palabra «América» todavía funciona como promesa: todos buscaban en ese discurso una pista sobre qué quiere ser Estados Unidos en su tercer siglo, y todos recibieron la misma respuesta: un catálogo de lo que ya fue.
Las potencias también comunican por omisión, y una superpotencia que en su cumpleaños más solemne no dedica un minuto a su papel en el mundo está transmitiendo, quiera o no, un repliegue del alma antes que del músculo.
No es una exigencia imposible para el género ceremonial.
En 1962, ante una universidad de Texas y sin más pretexto que una ceremonia académica, John F. Kennedy convirtió un discurso protocolario en la carrera a la Luna: elegimos ir, dijo, no porque sea fácil sino porque es difícil.
Aquello era un país fuerte hablando de lo que quería ser. El de Rushmore fue un país fuerte hablando exclusivamente de lo que fue. Cuando una potencia solo sabe conjugar su grandeza en pretérito, la pregunta ya no es retórica: es de diagnóstico.
«El 83 % de los adultos estadounidenses cree que el país se ha alejado de los ideales sobre los que fue fundado hace dos siglos y medio»
El quinto rostro
Sería inexacto, sin embargo, decir que la velada careció por completo de idea de futuro.
Hubo una, y orbitó toda la noche: la perpetuación de una persona. Horas antes del discurso, el presidente publicó en sus redes un vídeo con un monte Rushmore dorado en el que su propio rostro aparecía cincelado junto al de Lincoln, mientras una voz en off —la suya— prometía: «seré el mejor presidente durante muchos, muchos años».
No fue una ocurrencia aislada. Una portavoz de la Casa Blanca declaró ese mismo día que «no habría mejor adición al icónico monte Rushmore» que el 45.º y 47.º presidente; el secretario de Interior, que supervisa los parques nacionales, ha asegurado que «ciertamente» hay sitio en la montaña; y en el Congreso duerme una proposición de ley para ordenar la talla, sin recorrido en el Senado pero perfectamente real.
El escultor Gutzon Borglum zanjó la cuestión en 1936: la composición de la roca es fija y dudaba de que fuera posible alterarla para incluir una quinta cabeza. La piedra, a veces, tiene mejor criterio que la política.
Pero el episodio importa menos por su viabilidad geológica que por lo que revela. Los fundadores diseñaron toda la arquitectura constitucional —mandatos tasados, contrapesos, veto, impeachment— para limitar al hombre y agrandar la obra.
La víspera del 250 aniversario se empleó, minuciosamente, para lo contrario: agrandar al hombre hasta la escala del monumento. El único porvenir que el discurso y su liturgia supieron imaginar fue un rostro más en el granito.

El país al otro lado del cristal
Al otro lado del vidrio escuchaba un país que ya no se reconoce en el retrato oficial.
Una encuesta de Marist para PBS News y NPR, publicada esta misma semana, lo mide con crudeza: el 83 % de los adultos estadounidenses cree que el país se ha alejado de los ideales sobre los que fue fundado hace dos siglos y medio; un 47 % cree que se ha alejado «mucho»; solo un 16 % cree que aún los representa.
Y sin embargo, el 65 % se declara orgulloso de ser americano. El matiz es todo: ese pueblo no ha dejado de querer a su país; ha dejado de reconocerlo. Otro sondeo, del centro AP-NORC, completa el cuadro: el orgullo por la democracia propia ha caído del 42 % al 28 % en una década, y apenas un tercio cree que el sueño americano siga existiendo.
La víspera dejó, además, un contrapunto de una ironía histórica considerable.
Mientras el presidente advertía contra los recién llegados desde Dakota del Sur, León XIV —el primer papa americano— aceptaba la Medalla de la Libertad del National Constitution Center y recordaba que los ideales fundacionales hicieron de América un sinónimo de libertad precisamente mientras «abría sus puertas a sucesivas oleadas de inmigrantes», y que la promesa fundacional es una obra en marcha que cada generación debe custodiar.
Un pontífice, desde Roma, recordándole a la república lo que la república decía de sí misma. Ya conté en «Dime cómo celebras» la coreografía partida de este aniversario —las celebraciones rivales, la fiesta convertida en prueba de lealtad—; el discurso de Rushmore le puso la banda sonora.
Y aquí es donde la nostalgia deja de ser sentimental para volverse analítica.
Quien firma esta columna añora aquel país capaz de liderar en democracia, en libertades, en oportunidades; el que exportaba libertad no por la fuerza de sus portaaviones sino por la del ejemplo.
Ronald Reagan, en su despedida de 1989, describió la ciudad en la colina con murallas cuyas puertas estaban «abiertas a cualquiera con la voluntad y el corazón de llegar hasta aquí».
En Rushmore, los que llegaron aparecieron como vector de la amenaza. Entre las puertas abiertas y el cristal sellado median 37 años y algo más difícil de medir: la confianza de una nación en su propia idea.
La objeción honesta
Seamos justos con la otra orilla, porque sus objeciones no son triviales.
Primera: el cristal no es vanidad ni paranoia. Este presidente sobrevivió en 2024 a dos intentos de asesinato, en uno de los cuales una bala le hirió en la oreja; reprocharle la jaula sería indecente, y la violencia política americana ha golpeado en las dos direcciones.
Segunda: todos los presidentes politizan los aniversarios; no inventó él el género, y sus predecesores tampoco oficiaron liturgias neutrales.
Tercera: un cumpleaños no es un discurso programático; pedir geoestrategia a unos fuegos artificiales es confundir el género con el mitin de un think tank.
Las tres objeciones son atendibles, y la primera, además, justa.
Pero se responden solas.
Precisamente porque el género ceremonial lo permite todo, lo que se elige decir en él es puro revelado: Kennedy convirtió una ceremonia universitaria en un programa espacial; Lincoln convirtió la inauguración de un cementerio en la refundación moral de la república en 272 palabras.
Nada en el protocolo de seguridad obligaba a designar enemigos entre los compatriotas, ni a jurar victorias sobre ellos, ni a omitir el porvenir. El cristal blindado no es el problema; es un síntoma legítimo de un país violento consigo mismo. El problema es lo que se dijo detrás del cristal.
Desde la admiración
Escribo esto desde la admiración, no desde la hostilidad.
Admiración por el pueblo de los Estados Unidos: por su energía cívica inagotable, por su capacidad histórica de corregirse —ninguna democracia ha rectificado tantas veces ni tan a fondo—, por ese modelo genuinamente democrático y liberal que durante décadas fue el faro al que miraban los que en media Europa, y desde luego en España, aprendimos qué era una constitución viva.
Ese pueblo sigue ahí: es el 65 % que se declara orgulloso mientras el 83 % constata el extravío. Los dos datos no se contradicen; se explican mutuamente.
Por eso mismo, la preocupación es profunda.
Un país que celebra su cumpleaños fundacional restando compatriotas, sin una sola idea sobre su propio porvenir y coqueteando con tallar el rostro del gobernante en la montaña de sus fundadores, ha tomado una deriva que puede terminar haciéndole mucho daño; sobre todo, a sí mismo. Las repúblicas rara vez mueren de un disparo. Se van encerrando en vitrinas.
Hubo, es justo decirlo, un instante que valió por todo el simbolismo de la noche: hacia el final, en un arranque casi heroico, el presidente sacó el cuerpo unos segundos fuera del cristal blindado. Luego volvió adentro. La jaula no terminó esa noche; seguirá ahí. Es la imagen exacta de unos Estados Unidos a la defensiva, y a quien admira el genuino modelo americano esa imagen le duele.
Reagan confesó al despedirse cuántas veces quiso alargar la mano a través del cristal de la limusina presidencial, y conectar. En Rushmore, el gesto duró unos segundos. Después, el cristal volvió a cerrarse.