Portada / Firmas

Opinión | Perder despacio: la escalada calibrada de Trump no es una estratégia, es la administración de una derrota

La escalada de Trump contra Irán amenaza con agotar el arsenal de EE.UU. y convertir la guerra de Ormuz en una trampa política.

22/07/2026 03:07

«El objeto mismo de la guerra es la victoria, no la indecisión prolongada. En la guerra no hay sustituto para la victoria» Douglas MacArthur, discurso ante el Congreso, 19 de abril de 1951.

La guerra vive sus días más violentos desde febrero.

La aviación estadounidense ha bombardeado Irán hasta nueve noches consecutivas —140 objetivos en una sola de ellas— y ha ampliado la campaña a puentes, instalaciones energéticas y la torre de control de un puerto clave.

Irán ha respondido contra los vecinos aliados de Washington —incluido Qatar, que ejerce de mediador—. Ha atacado una base aérea en Jordania —con militares estadounidenses muertos—, petroleros emiratíes y una planta de energía y desalinización en Kuwait, además de sembrar minas en el estrecho.

La Guardia Revolucionaria proclama Ormuz «completamente cerrado»; Washington ha reimpuesto el bloqueo naval; al menos 16 militares estadounidenses han muerto ya, y la Cámara tramita otros 95.000 millones de gasto bélico.

Del memorando de junio escribimos aquí que era un aplazamiento con escenografía. Nos quedamos cortos: era un entreacto.

Esta columna, sin embargo, no va a contar la guerra: el parte diario lo sirven las agencias. Va a decir lo que viene, y lo que viene cabe en tres frases.

La nueva estrategia de Washington —escalar poco, por dosis medidas, a ver si Teherán cede— no funcionará, por la misma razón por la que no funcionó el memorando.

Dentro de la lógica que él mismo ha elegido, a Trump solo le quedarán dos salidas: seguir consumiendo un arsenal menguante para perder, o rendirse.

Y cualquiera de las dos le fabricará un final político que no se parece en nada al que tenía pensado.

La estrategia del termostato

Obsérvese la secuencia de julio, porque en ella está cifrada la doctrina.

El día 7, tras los ataques a tres buques, Trump dio la tregua por terminada; el día 8 matizó que no habría acción militar prolongada. Desde entonces la campaña se intensifica noche tras noche mientras la Casa Blanca descarta la guerra total.

La oscilación no es incoherencia: es el método. Golpear lo bastante fuerte para que duela; declararlo limitado para no comprometerse; subir el termostato grado a grado confiando en que en algún punto de la escala el adversario prefiera negociar a seguir sudando.

Hasta el peaje entró en la lógica: Trump llegó a proponer un peaje del 20 % por el tránsito seguro del estrecho y retiró la propuesta a las 48 horas, no sin dejar dicho lo esencial: ya no se discutía la legitimidad del peaje, solo su titularidad.

El método arrastra, además, un problema de credibilidad. La coerción gradual solo funciona si el adversario cree que el siguiente escalón llegará, y Teherán lleva cinco meses archivando anuncios incumplidos: en marzo, Trump predijo que la guerra duraría 4 semanas y proclamó «demolido» al ejército iraní.

Ese ejército demolido controló el estrecho toda la primavera, arrancó en junio un memorando que celebró como un trofeo y ha vuelto a cerrar el paso en julio. Cuando las amenazas máximas ya se pronunciaron y no ocurrieron, las intermedias se descuentan solas.

El último ciclo es el ejemplo de manual.

A mediados de julio, Trump anunció en televisión que «la semana que viene llegan las centrales eléctricas»: tumbaría toda la red iraní si Teherán no negociaba.

La aviación llegó a golpear instalaciones energéticas; Irán activó la contraamenaza que mantiene en vigor desde marzo —a un ataque contra su red eléctrica responderá contra la energía y las desalinizadoras del Golfo— y la ejecutó en dosis de demostración en Kuwait y Baréin.

Para unos Estados que beben casi exclusivamente agua desalinizada, y que hospedan las bases estadounidenses, eso es una amenaza existencial, y sus gobiernos ruegan a Washington que evite la escalada.

El resultado consta en los partes de la última ronda: vigilancia, logística, depósitos subterráneos. Ni una central. El grado exacto que el otro no puede permitirse lo ha encontrado Teherán: el agua potable de los aliados americanos, convertida en seguro contra la escalada.

La escalada calibrada tiene pedigrí —fue, con otros nombres, la doctrina de McNamara en Vietnam— y un defecto insalvable: solo funciona contra un adversario al que la atrición debilite.

Irán ha construido su estrategia sobre lo contrario: ensanchar el tablero y encarecer la guerra hasta hacerla insostenible para quien la libra desde 10.000 kilómetros.

A quien apuesta por el desgaste no se le disuade administrándole desgaste: se le alimenta. Cada dron de unos miles de dólares obliga a responder con municiones que cuestan millones y tardan años en reponerse. La aritmética del intercambio la fija siempre el que gasta menos.

Y hay algo más: la escalada calibrada no es una alternativa al memorando fracasado, sino su continuación por otros medios.

Aquel aplazaba lo esencial —quién administra el estrecho— confiando en que el tiempo lo resolviera; esta aplaza lo esencial —la elección entre la guerra total y la retirada— confiando en que Irán lo resuelva cediendo. Teherán descarta la negociación directa mientras deja que los mediadores le acerquen propuestas: la puerta entornada de quien sabe que el tiempo corre a su favor.

La estadística naval remacha quién decide en el paso: de los 8 buques que cruzaron el estrecho el jueves, 7 usaron la ruta que administra Irán.

La indecisión, elevada a doctrina, se ha topado con alguien que sí ha decidido.

Donald Trump afronta una guerra de desgaste contra Irán en el estrecho de Ormuz, atrapado entre una escalada militar que consume el arsenal estadounidense y una retirada con un elevado coste político, explica Jorge Carrera. Foto: Confilegal.

La aritmética que ya conocíamos

Escribimos en marzo, cuando esta guerra empezaba, que su dilema más inquietante no era cuánto costaba sino qué consumía: el escudo se gastaba más deprisa que la espada.

Cuatro meses después, la advertencia es contabilidad. Mark Cancian, del CSIS, calculaba a mediados de julio que, al ritmo de los últimos días, los arsenales quedarán lo bastante mermados como para aumentar significativamente el riesgo estratégico en el Indo-Pacífico; el propio CSIS estima en años, no en meses, la reposición de los inventarios.

Y el colchón del primer cierre ya no existe: la Agencia Internacional de la Energía acordó entonces la mayor liberación de reservas de su historia —400 millones de barriles—, un cartucho que solo se dispara una vez.

Dicho sin eufemismos: la escalada plena ya no es una opción que Trump se reserva; es una capacidad que se le agota. El termostato no tiene tantos grados como aparenta.

La Administración tiene su respuesta, y conviene exponerla con su mejor cara porque no es estúpida: es preferible ganar decisivamente la guerra presente a reservar capacidades para una futura que quizá nunca llegue; Irán llegó al conflicto en su momento de mayor debilidad en décadas; y Estados Unidos, exportador neto de energía, gana con el crudo caro parte de lo que pierde China, primer importador mundial.

El razonamiento es coherente, pero descansa sobre una premisa que cinco meses de campaña no han validado: que la guerra presente se puede ganar.

A Irán ya no le hace falta la salva masiva. Le basta el dron suelto, la mina barata, el disparo de advertencia. No necesita la victoria. Le basta, exactamente, la indecisión prolongada.

Vietnam sin selva

Conviene decir primero lo que una derrota americana en Ormuz no significaría: no alteraría sustancialmente el balance mundial de poder, porque ese balance ya se alteró.

La unipolaridad estaba amortizada antes de la primera bomba; perdida o empatada esta guerra, Estados Unidos seguirá siendo potencia de primer orden, con una armada incomparable, la principal moneda de reserva y uno de los mayores mercados del mundo. El terremoto no será exterior. Será interno.

El precedente no es Irak ni Afganistán, guerras perdidas a cámara lenta.

Es Vietnam: una guerra cuyo objeto se disolvió por el camino, librada por una superpotencia incapaz de convertir su superioridad de fuego en resultado político, y cuya pregunta letal —para qué— llegó a casa antes que el final militar.

Con una diferencia que juega contra Washington: la velocidad de transmisión. Aquella guerra llegaba a los hogares por el telediario y las oficinas de reclutamiento; esta llega cada semana por el surtidor, con el Brent de nuevo sobre los 90 dólares y sin reservas que amortigüen.

Los 16 muertos son, para una guerra, una cifra pequeña; para una promesa —la de que no habría más ataúdes por guerras ajenas—, una cifra enorme.

Y los 95.000 mil millones en trámite meten la guerra en la contabilidad doméstica: cada distrito sabrá lo que cuesta Ormuz antes de las legislativas de noviembre.

Trump tiene incentivos para prolongar la indecisión, porque decidir —en cualquier sentido— tiene un precio que no quiere pagar.

La advertencia ya no procede solo de la izquierda antibelicista: el Cato Institute, referente del liberalismo no intervencionista, sostiene que sus errores de juicio sobre Irán superan a los de Bush en Irak y reclama una desescalada inmediata. Pero la indecisión también factura.

Seguir consumiendo el arsenal compra meses de guerra a cambio de hipotecar la disuasión frente a China: perder igualmente, solo que más pobre.

Retirarse —por segunda vez, ahora sin escenografía posible— tendría un coste inmediato y con nombre propio.

Nuestro vaticinio: intentará lo primero hasta que la aritmética electoral le imponga lo segundo. En cualquiera de los dos casos, el hombre que planeaba retirarse como el presidente que acabó con las guerras eternas difícilmente evitará pasar a la historia como el que empezó una y no supo terminarla.

La cuenta de los socios

La factura intermedia la paga Kiev. Zelenski lo ha dicho sin rodeos: la intensidad de los combates en Oriente Medio determinará cuánta defensa antiaérea recibe Ucrania, porque «las armas adecuadas son nuestro salvavidas».

Cada interceptor disparado sobre el Golfo es uno que no volará sobre Járkov, y aquel aplazamiento sine die de entregas a los aliados europeos del que escribimos en primavera es ya política de hecho.

El beneficiario no dispara: Moscú, que según fuentes estadounidenses provee inteligencia a Teherán, cobra dos veces —lo que Irán recibe y lo que Ucrania deja de recibir— sin gastar un misil.

Y queda Israel, cuya cuenta es la más severa.

La guerra se libró en buena medida por prioridades de seguridad israelíes —Mearsheimer lo sostiene desde el principio—, pero sus costes se reparten de forma desigual: los misiles los ha recibido Israel en su territorio —muertos, miles de heridos, temporadas de refugio—, y su crecimiento récord es el de una economía de guerra.

La asimetría decisiva es geográfica: Estados Unidos puede perder esta guerra y marcharse; Israel la pierde y se queda.

Si Washington acaba pactando o retirándose —y hará una de las dos cosas—, Israel quedará como vecino permanente de un régimen que habrá sobrevivido al asalto de la primera potencia militar del planeta, y que extraerá de ahí una autoridad regional que ningún acuerdo de Abraham podrá disputarle. La derrota americana se administrará a 10.000 kilómetros; la israelí se verá desde el balcón.

El sustituto de la victoria

MacArthur pronunció la frase que encabeza esta columna en abril de 1951, ante el Congreso, recién destituido por Truman por querer ampliar una guerra limitada.

Con perspectiva, la historia les dio la razón a los dos, y en esa paradoja está la clave.

Truman acertó al contener la guerra: Corea demostró que un conflicto limitado puede comprar, sin victoria total, un resultado estratégico aceptable —la supervivencia de Corea del Sur lo atestigua desde hace más de siete décadas—.

Y MacArthur acertó en lo profundo: una guerra sin objetivo político definido se enquista durante generaciones —el armisticio que nunca fue paz sigue vigilando el paralelo 38—, y Vietnam, que careció de propósito reconocible, se cobró una presidencia y una época.

La guerra limitada no es el error; el error es la guerra sin propósito.

La de Ormuz pertenece a esa segunda familia: nadie en Washington ha explicado todavía qué resultado político compraría un mes más de bombardeos. Es la indecisión de Corea sin una Corea del Sur que la redima.

En Ormuz, entre tanto, el estrecho sigue cerrado, el arsenal sigue bajando y el contador de ataúdes sigue subiendo. Perder despacio sigue siendo perder. Solo que se paga a plazos, y con intereses.

Noticias relacionadas