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Opinión | Alcántara: cabalgando hacia la Eternidad

El Regimiento Alcántara sacrificó a casi todos sus jinetes en Annual para salvar miles de vidas y preservar para siempre el honor de España.

25/07/2026 03:07

Hay hombres que ganan batallas. Y hay hombres que, perdiendo la vida, salvan para siempre el honor de una nación. Los jinetes del Regimiento Alcántara pertenecen a esa segunda estirpe.

Hay episodios de nuestra historia que no pertenecen únicamente a los libros militares. Pertenecen a la conciencia de una nación.

Es una lección permanente sobre el significado del honor, del deber y del sacrificio. Una lección que, más de un siglo después, sigue conmoviendo porque habla de lo mejor que puede ofrecer un ser humano cuando todo parece perdido.

Julio de 1921.

Annual se desplomaba.

El Ejército español se batía en retirada entre el desconcierto, la sed, el miedo y la muerte. Miles de soldados buscaban desesperadamente una salida mientras las fuerzas de Abd el-Krim cerraban el cerco. El desastre era absoluto.

Y entonces apareció el Regimiento Alcántara.

El teniente coronel Fernando Primo de Rivera comprendió inmediatamente que la única forma de salvar a la columna era sacrificar a su propio regimiento. No había otra alternativa. No prometió victorias. No ocultó la verdad. Sabía que estaba enviando a sus hombres hacia una muerte casi segura.

Solo pronunció una frase: «Ha llegado el momento de sacrificarse por la Patria».

Y ninguno retrocedió.

Pocos la han contado con tanta intensidad como Arturo Pérez-Reverte en uno de los textos más sobrecogedores escritos sobre aquella jornada.

Siete cargas —y una octava casi imposible—, sable en mano, una tras otra, contra miles de combatientes rifeños atrincherados en torno al río Igán.

Cada vez regresaban menos jinetes. Cada vez quedaban más cuerpos sobre la tierra abrasada del Rif, más hombres heridos, más caballos abatidos.

Hasta que los animales ya no pudieron galopar. Entonces avanzaron al paso. Y cuando tampoco pudieron hacerlo montados, continuaron combatiendo a pie, al arma blanca.

No cargaban para conquistar una posición.

Ni para ganar una batalla.

Ni siquiera para sobrevivir.

Cabalgaban para comprar unos minutos.

Minutos que significaban miles de vidas.

Aquellos hombres sabían perfectamente cuál era su destino. Cada acometida contra el enemigo aumentaba sus propias bajas pero permitía que la interminable columna de soldados españoles, miles en desbandada, siguiera alejándose del infierno.

No luchaban por una medalla.

Luchaban para que otros pudieran volver a casa.

Quizá esa sea la forma más pura del heroísmo: dar la vida por personas cuyo nombre ni siquiera se conoce.

La imagen resulta casi insoportable.

Cuando ya no bastaban los escuadrones, cargaron también los veterinarios, el médico, los herradores, el capellán e incluso los muchachos de la banda de música, adolescentes de apenas catorce o quince años. Murieron casi todos.

Al terminar aquella jornada, de los 691 hombres del Regimiento apenas permanecían en pie unas pocas decenas.

No quedaba un regimiento, quedaba una leyenda.

España tardó demasiado en agradecer aquel sacrificio.

Noventa y un años.

Hubo que esperar hasta 2012 para que el Estado concediera al Regimiento de Alcántara la Cruz Laureada de San Fernando Colectiva, la máxima recompensa militar al valor heroico.

No fue una concesión generosa. Fue el cumplimiento tardío de una deuda moral que una nación tenía contraída con quienes lo habían entregado todo sin pedir absolutamente nada a cambio.

Vivimos tiempos en los que palabras como honor, deber, servicio o patriotismo suelen pronunciarse con prevención, cuando no con ironía. Como si fueran conceptos viejos, incompatibles con una sociedad moderna.

Y, sin embargo, el Alcántara demuestra exactamente lo contrario.

Porque aquellos jinetes no murieron por una ideología.

Ni por un partido.

Ni por un gobierno.

Murieron por sus compañeros.

Por cumplir la palabra dada.

Por no abandonar a quienes dependían de ellos.

Eso es el deber.

Y el deber nunca pasa de moda.

Las sociedades necesitan leyes, instituciones y tribunales. Pero también necesitan ejemplos. Necesitan referentes morales que recuerden que existen momentos en los que el interés personal debe ceder ante el bien de los demás. Sin esa reserva ética, ninguna nación permanece mucho tiempo unida.

Por eso la historia del Alcántara no pertenece solo al Ejército.

Pertenece a todos los españoles.

Porque la memoria colectiva no se construye únicamente con victorias. También se forja con sacrificios.

Las naciones no sobreviven únicamente gracias a su Constitución, a sus instituciones y al imperio de la ley. También sobreviven porque conservan una memoria compartida.

Porque saben quiénes fueron los hombres que, cuando todo parecía perdido, estuvieron dispuestos a morir para que otros pudieran seguir viviendo.

Hay triunfos militares que engrandecen a un ejército.

Pero existen derrotas heroicas que engrandecen para siempre a una nación.

Mientras un niño aprenda quiénes fueron aquellos jinetes; mientras un soldado pronuncie con orgullo el nombre de Alcántara; mientras un español sienta un nudo en la garganta al imaginar a aquellos jinetes que, agotados sus caballos y agotadas sus fuerzas, todavía cargaban una vez más hacia el fuego enemigo para salvar la vida de otros, el Regimiento no habrá desaparecido. Seguirá cabalgando.

Porque hay hombres que mueren dos veces: cuando cae su cuerpo y cuando su patria los olvida.

Los jinetes del Alcántara solo murieron una. Mientras España conserve memoria de ellos, seguirán cabalgando hacia la eternidad.

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