Opinión | El farol y el perímetro: Rusia ha ido de farol en todo lo que no era suyo; Kaliningrado es suyo

Jorge Carrera, abogado, exmagistrado, exjuez de enlace de España en Washington D.C., consultor y analista internacional, analiza por qué Kaliningrado representa una línea roja distinta para Moscú y uno de los puntos de mayor riesgo de escalada nuclear en Europa. Imagen: Confilegal.

4 / 10 / 2026 05:40

Actualizado el 04 / 10 / 2026 08:16

«Cuando la integridad territorial de nuestro país se vea amenazada, utilizaremos sin duda todos los medios a nuestro alcance para proteger a Rusia y a nuestro pueblo. Esto no es un farol» — Vladímir Putin, discurso de movilización parcial, 21 de septiembre de 2022.

El 30 de septiembre de 2026, mientras la Alianza Atlántica se disponía a recoger en Münster el Premio de la Paz de Westfalia, su portavoz confirmaba la recepción de un documento remitido por Moscú.

Su contenido lo habían adelantado las embajadas rusas en Londres, Bruselas y Dublín: si los países de la OTAN intentan aislar Kaliningrado del resto de Rusia, Moscú estará dispuesta a emplear todo su arsenal, incluidas las armas nucleares.

Dmitri Peskov añadió el comentario jurídico. La legislación rusa, recordó, contempla la respuesta nuclear frente a acciones que bloqueen una parte del territorio nacional, y era natural que los diplomáticos rusos recordaran esos documentos a las «cabezas calientes» de Europa.

La OTAN contestó que es una alianza defensiva y que ninguno de sus ejercicios amenaza parte alguna de Rusia. Mark Rutte, por su cuenta, dijo que no considera real la amenaza.

La pregunta se formuló en todas las cancillerías con las mismas palabras: ¿va de farol? Es legítima y está mal planteada.

Cuatro años y medio de guerra en Ucrania han producido material más que suficiente para responderla, pero la respuesta no es un sí ni un no. Es un mapa.

Cuatro años de líneas rojas que se borraron solas

Conviene empezar por el mejor argumento de quienes sostienen que Moscú farolea, porque es muy bueno. El 21 de septiembre de 2022, al anunciar la movilización parcial, Putin advirtió de que defendería la integridad territorial de Rusia con todos los medios a su alcance y remató con la frase que pretendía cerrar el debate: «esto no es un farol».

Lo dijo en el mismo discurso en que anunciaba que aceptaría la incorporación de las regiones ucranianas ocupadas, de modo que la garantía nuclear se extendía, por decreto, a territorio ajeno.

Desde entonces, casi cada entrega occidental vino precedida de su correspondiente advertencia: los lanzacohetes, los carros de combate, los cazas, los misiles de largo alcance contra objetivos en Rusia. Todas se produjeron. Ninguna advertencia se cumplió.

Y luego llegó la prueba definitiva. El 6 de agosto de 2024, tropas ucranianas cruzaron la frontera y penetraron en la región de Kursk: la primera captura de territorio ruso por un ejército extranjero desde la Segunda Guerra Mundial.

No hablamos de Crimea ni del Donbás, cuya condición rusa solo reconoce Moscú, sino de suelo ruso que nadie discute.

Ucrania llegó a controlar más de mil kilómetros cuadrados, y el Estado Mayor ruso no dio por concluida la reconquista hasta el 26 de abril de 2025, con la ayuda de soldados norcoreanos.

Entre medias, el 19 de noviembre de 2024, Putin aprobó una nueva doctrina nuclear que ampliaba los supuestos de empleo. Casi nueve meses de ocupación extranjera y una doctrina endurecida no produjeron otra respuesta que la convencional.

La conclusión de esa escuela es razonable. La retórica nuclear rusa sirve para negociar, para fatigar a las opiniones públicas occidentales y para que Occidente se disuada a sí mismo, que es la forma más barata de disuasión que existe.

Rutte no habla por hablar cuando la desestima: habla con cuatro años de historial en la mano.

Otoño de 2022: la vez que Washington no estuvo tan seguro

Hay, sin embargo, un episodio que esa escuela suele omitir. Entre finales del verano y el otoño de 2022, según contaron después dos altos cargos a la CNN, la Administración Biden empezó a prepararse «rigurosamente» para un posible ataque nuclear ruso en Ucrania.

El Consejo de Seguridad Nacional encadenó reuniones para elaborar planes de contingencia. Las líneas rusas en Jersón amenazaban con hundirse y miles de soldados corrían el riesgo de quedar cercados.

La inteligencia occidental interceptó conversaciones de mandos rusos que discutían abiertamente esa posibilidad, mientras Moscú propagaba la fábula de una bomba sucia ucraniana que parecía preparar la coartada.

Nunca se detectó movimiento alguno de las fuerzas nucleares, pero uno de aquellos funcionarios admitió que, tratándose de un arma táctica de baja potencia, no tenían la certeza de que lo hubieran sabido. Según las mismas fuentes, la presión de Pekín y de Nueva Delhi ayudó a desactivar la crisis. Ya conté en agosto qué papel desempeñó entonces el canal de los espías.

Lo instructivo del episodio no es que la catástrofe se evitara, sino qué estuvo a punto de provocarla. No fue un arma occidental ni una línea roja pisoteada: fue la perspectiva de un desastre militar sin remedio convencional. El riesgo no lo dispara la provocación; lo dispara la desesperación. Y Rusia, aquel noviembre, pudo retirarse de Jersón con sus propios medios, es decir, encontró una salida que no exigía apretar ningún botón.

Extensión y perímetro

Ahí está la clave que la pregunta del farol oculta.

Rusia ha formulado dos amenazas nucleares que se parecen en el tono y difieren en todo lo demás. La primera es extendida: pretende cubrir con el paraguas atómico la conquista de Ucrania y disuadir la ayuda que esta recibe.

Esa ha sido un farol, y un farol documentado. La segunda es perimetral: protege el territorio que Rusia considera propio y, sobre todo, la continuidad del Estado.

Esa no se ha puesto a prueba nunca.

Se objetará que Kursk la puso a prueba y que no pasó nada. La objeción merece una respuesta jurídica, porque la doctrina de noviembre de 2024 está redactada con cuidado.

No autoriza el arma nuclear frente a cualquier agresión convencional, sino frente a la que cree «una amenaza crítica» para la soberanía o la integridad territorial de Rusia o de Bielorrusia.

Lo decisivo es el adjetivo. Kursk fue una afrenta, no una amenaza crítica: Moscú tenía medios para revertirla y la revirtió. Crítico, en el lenguaje de los estados mayores, es lo que no tiene remedio convencional.

Kaliningrado encaja en esa definición como ningún otro lugar de Europa.

Es un enclave sin conexión terrestre con Rusia, encajado entre Polonia y Lituania y rodeado por la Alianza desde que ambos países ingresaron en ella en 2004.

Alberga la flota del Báltico, un puerto libre de hielo todo el año y una de las mayores concentraciones militares del continente.

Un bloqueo aéreo y marítimo es, por definición, algo que Moscú no puede romper por medios convencionales sin una guerra abierta con la OTAN que perdería.

En ese escenario la credibilidad de la amenaza no procede de la retórica del Kremlin, sino de la estructura de la situación: sería la única carta que le quedaría. Rusia ha ido de farol en todo lo que no era suyo. Kaliningrado es suyo.

Berlín al revés

La historia ofrece un precedente casi exacto, solo que con los papeles cambiados. El 24 de junio de 1948, las fuerzas soviéticas cortaron los accesos por carretera, ferrocarril y vía fluvial a los sectores occidentales de Berlín.

Los aliados tenían cuatro opciones: abandonar la ciudad, renunciar a la reforma monetaria, forzar el paso con una columna blindada o abastecerla por aire.

El general LeMay era partidario de una respuesta agresiva; el general Clay, gobernador militar de la zona estadounidense, la vetó.

Clay creía que los soviéticos iban de farol, porque no querían cargar con el inicio de una tercera guerra mundial, y acertó. Pero no lo comprobó con tanques.

Lo comprobó con aviones de carga, que obligaban al bloqueador a disparar primero si quería escalar. El peso de la escalada quedó del otro lado, y Stalin levantó el bloqueo en mayo de 1949.

Aquel verano dejó además un detalle que conviene recordar a quien hable hoy de faroles. Para respaldar el puente aéreo, Estados Unidos desplegó en Inglaterra grupos de bombarderos B-29 que la prensa presentó como capaces de portar la bomba atómica. Ninguno lo era.

Los primeros aparatos adaptados no llegaron hasta abril de 1949, y es probable que Moscú lo supiera por sus espías. El primer gran farol nuclear de la Guerra Fría fue occidental, y se jugó para defender un enclave.

El espejo de Berlín enseña dos cosas. La primera, que los enclaves los defiende con más resolución quien más tiene que perder en ellos.

La segunda, que en 1948 el defensor encontró una salida que no pasaba por disparar. Kaliningrado no la tendría: un bloqueo que fuera también aéreo, como el que denuncia Moscú, cerraría precisamente el puente que salvó Berlín.

Al Kremlin solo le quedarían la retirada humillante o la escalada. Por eso, en ese único lugar, conviene tomarse en serio a quien en tantos otros ha faroleado.

Nadie en la OTAN planea tal cosa, y la Alianza lo ha dicho con claridad. Pero las palabras también son movimientos.

En mayo, el ministro lituano de Exteriores, Kęstutis Budrys, declaró a la Neue Zürcher Zeitung que había que mostrar a los rusos la capacidad de penetrar su «pequeña fortaleza» de Kaliningrado.

El 11 de septiembre, el polaco Radosław Sikorski sugirió ejercicios aliados cerca del enclave para presionar a Moscú.

Y Reuters ha confirmado que en agosto decenas de aviones aliados sobrevolaron sus alrededores en un ejercicio no anunciado para tantear sus radares.

Cada gesto, por separado, es defendible, y nadie tiene más títulos para inquietarse por Rusia que quienes viven a su lado. Juntos componen, vistos desde Moscú, algo muy parecido a un ensayo.

El peligro no es el farol, es la lección

Europa ha aprendido en Ucrania que Rusia farolea. La lección es correcta y, mal administrada, peligrosa, porque invita a extrapolar. Quien ha visto caer sin consecuencias una docena de líneas rojas tiende a pensar que todas valen lo mismo, y es justamente esa confianza la que vuelve peligrosa la única que no es de atrezo.

Las crisis nucleares que más cerca estuvieron del abismo no nacieron de una decisión, sino de un malentendido.

En noviembre de 1983, un ejercicio de mando de la OTAN, Able Archer, fue interpretado por parte de la cúpula soviética como posible tapadera de un primer ataque, y Occidente solo supo años después lo cerca que había estado.

Un ejercicio junto a un enclave, en un clima en el que cada parte cree que la otra farolea, es la receta clásica de aquel error.

A ello se suma que la red de seguridad ha desaparecido. El 5 de febrero de 2026 expiró el New START, y Washington y Moscú entraron en el primer periodo desde 1972 sin un marco jurídicamente vinculante sobre sus arsenales estratégicos.

Trump ni siquiera recogió la propuesta rusa de respetar voluntariamente los límites mientras se negociaba otro. Sin tratados, sin inspecciones y sin canales regulares, el margen para corregir una lectura equivocada se estrecha hasta quedar en manos de los espías.

Nada de esto contradice lo que he defendido en estas páginas: Europa debe rearmarse y construir una disuasión propia, porque la garantía norteamericana se ha convertido en una mercancía negociable.

Pero disuadir no es acorralar. En junio de 1963, ocho meses después de haberse asomado al abismo, Kennedy advirtió en la American University de que las potencias nucleares deben evitar las confrontaciones que pongan al adversario ante la elección entre una retirada humillante y la guerra nuclear.

Un bloqueo de Kaliningrado sería el ejemplo de manual. Disuadir es decirle a Moscú lo que no puede hacer. Asediar es decirle que ya no puede hacer nada más.

¿Es entonces un ataque nuclear ruso contra Europa una posibilidad real? Como acto deliberado, por iniciativa propia, contra un continente que no lo amenaza, no lo es, y quien lo presente así hace propaganda, en una dirección o en otra.

Como desenlace de una escalada que deje a Rusia sin salida convencional, sí: improbable, pero real. Y, a diferencia del miedo difuso que se vende en las tertulias, ese riesgo tiene coordenadas.

La ciudad de Kant

Kaliningrado se llamó Königsberg hasta 1946. En esa ciudad vivió y murió Immanuel Kant, que allí publicó en 1795 su proyecto de paz perpetua y cuya tumba sigue junto a la catedral.

Entre los artículos preliminares de aquel tratado imaginario figura uno que parece escrito para este otoño: ningún Estado en guerra debe permitirse hostilidades que hagan imposible la confianza recíproca en la paz futura.

Kant pensaba en asesinos a sueldo y envenenadores; nosotros podríamos pensar en ejercicios no anunciados y en notas diplomáticas con amenazas atómicas.

Rusia ha ido de farol en todo lo que no era suyo, y Europa ha hecho bien en no doblegarse. Pero Kaliningrado es suyo, y es la ciudad de Kant.

Sería una ironía demasiado cara descubrir que el único farol que no lo era se jugó junto a la tumba del hombre que escribió la paz perpetua.

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