No hay verano en el que a la persona dedicada al derecho no le recuerden, a diario, su quehacer profesional.
Es igual que se esté de vacaciones: su condición jurídica es su alargada sombra, que le acompaña a la barra del bar, a la terraza, al paseo por el puerto o la montaña, a la cancha de tenis o a la mesa de ese idílico restaurante en que ha quedado con los suyos a degustar unos exquisitos calamares en su tinta.
Ese irrefrenable ardor de consulta de cualquier asunto legal vence en muchos casos al necesario respeto al reparador asueto anual, porque los que así proceden tal vez consideran que el jurista no lo deja de ser nunca.
O que no merece descansar, vaya usted a saber.
El caso es que uno se pasa agosto con la toga puesta, sin que sirva invitar a los interesados a pedir cita en el despacho a partir de septiembre, en el caso de los letrados.
A un querido colega, cuando bajaba a tomar un café a media mañana durante el año judicial, se le juntaban de inmediato caballeros y damas muy saludadores con la intención aviesa de preguntarle cuestiones jurídicas sin necesidad de hacerlo donde procedía.
Acostumbraba a dejarles una tarjeta con sus datos, para ver si algún día se animaban a llamar y concertar hora de consulta.
Por cierto, hubo un tiempo en que no pudo entregar esa tarjetita, porque la imprenta local, en un gesto impagable de profesionalidad, quiso destacar la calidad de mi buen amigo poniendo entre comillas la palabra abogado debajo de su nombre, como si se tratara de un cantaor flamenco.
«Cliente no cliente»
El caso es que sobre este peculiar “cliente no cliente” estival se han ensayado algunas fórmulas, no siempre efectivas.
La más común consiste en atajar su ansia de raíz, lo que tantas veces supone un mal trago.
Aunque se haga con educación, el apuro no te lo quita nadie, algo que no apetece demasiado en esta época.
Otra alternativa es salirse por peteneras, haciendo uso del sentido del humor con frases del tipo “pero ¿cómo andas pensando esas cosas en días tan buenos como este?”…
Cada quien tendrá su manual o librillo para desembarazarse de estas inquietas almas de cántaro agosteñas, que sin querer te impiden desconectar de lo que tienes todo el año entre manos.
Porque ha de saberse que, tal vez por la folganza anual, la demanda de información jurídica se dispara en buena parte de la población, que parece aquejada de súbita querulancia por las sucesivas olas de calor que nos aquejan.
Lo que está claro es que el estío del jurista se las debe ver con ese generalizado incremento de desasosiego legal o jurisprudencial entre el personal, lo que contrasta con las enormes ganas del jurista de olvidarse de ello durante unas pocas semanas.
Ojalá estas letras puedan servir de aviso a navegantes para aquellos que, a partir del primero de agosto, tengan en mente dar la vara al hombre o mujer de leyes que se encontrarán en su lugar de vacaciones.
Salvo cuestiones urgentes o inaplazables, supongo que les será fácil de comprender que hay tiempo en el año de sobra para poder ocuparse de estos temas y permitir que estas jornadas caniculares sean propicias para la imprescindible interrupción del quehacer laboral, que tan necesaria es para los que deben lidiar con problemas jurídicos meses, meses y más meses.