Hace casi tres mil años, Homero contó la historia de un guerrero que tardó diez años en recorrer una distancia que, en línea recta, no debería haberle llevado más de unas semanas.
Cuando por fin llega a Ítaca, Ulises no se presenta ante los suyos abiertamente. Se disfraza. Miente sobre su identidad. Pone a prueba a su propio hijo, Telémaco, a su anciano padre, Laertes, y a su esposa, Penélope, antes de revelarse.
Y cuando finalmente estalla, lo hace con una violencia que ni siquiera los códigos de honor de la época terminan de justificar.
Durante las últimas tres décadas, un grupo de psiquiatras, clasicistas y estudiosos de la literatura ha planteado una pregunta que roza el anacronismo pero que se resiste a desaparecer: ¿describió Homero, sin saberlo, lo que hoy reconoceríamos como un trastorno de estrés postraumático?
La pregunta ha ganado una actualidad inesperada este verano. El estreno, el pasado 17 de julio, de La Odisea (The Odyssey en su título original), la superproducción de Christopher Nolan con Matt Damon en el papel de Ulises, ha devuelto el poema homérico al centro de la conversación cultural.
Rodada en formato IMAX en localizaciones de Marruecos, Grecia, Italia, Escocia, Islandia y Malta, la película ha superado ya los 1.000 millones de dólares en taquilla mundial y acumula un 96% de aprobación en Rotten Tomatoes, la puntuación más alta que ha obtenido Nolan en toda su carrera.
Ese renovado interés popular por el personaje —y por su tormentoso regreso a casa— ofrece una buena ocasión para retomar una discusión que, en realidad, lleva planteándose desde los años noventa.

La cautela necesaria
Conviene empezar por la advertencia. Diagnosticar retrospectivamente a un personaje literario —y más aún a uno de estatus semilegendario, narrado y remendado oralmente durante generaciones antes de fijarse por escrito— no es un ejercicio clínico, sino interpretativo.
El Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT o PSTD, en inglés) es una categoría que nació oficialmente en 1980, cuando la tercera edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III) –la guía oficial de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría– incorporó por primera vez el término.
El TEPT es un trastorno basado en el miedo caracterizado por la reexperiencia del trauma pasado, la evitación de cualquier cosa que desencadene recuerdos de ese trauma, cambios negativos en el estado de ánimo y el pensamiento, y estar constantemente en guardia.
En buena medida impulsada por la observación clínica de veteranos de la guerra de Vietnam, proyectar esa categoría sobre un texto griego arcaico implica trasladar un marco conceptual del siglo XX a una cultura que explicaba el sufrimiento humano a través de la voluntad divina, el destino y el honor, no de la psicopatología individual.
La investigadora Adrienne White, en un trabajo académico dedicado específicamente al estrés postraumático en la Grecia arcaica y clásica, ha señalado con precisión el problema metodológico.
Desde la publicación de «Achilles in Vietnam: Combat Trauma and the Undoing of Character» (Aquiles en Vietnam: Trauma de combate y la destrucción del carácter) en 1994, los clasicistas han buscado con entusiasmo creciente pruebas de estrés postraumático en el mundo antiguo, a veces sin abordar con suficiente rigor las dificultades de aplicar definiciones psiquiátricas modernas a una civilización que pensaba el trauma en términos completamente distintos.
Dicho esto —y sin renunciar a esa cautela—, el texto homérico ofrece un material sorprendentemente denso para el paralelismo.

Lo que dice el texto
Varios episodios de «La Odisea» se repiten en la literatura sobre este tema:
Hipervigilancia y desconfianza sistemática. Ulises no revela su identidad a nadie al desembarcar en Ítaca, ni siquiera de forma inmediata a Penélope.
Se presenta como mendigo, observa, calcula, pone a prueba a cada persona con la que se cruza —su hijo Telémaco, su viejo criado Eumeo, su propia esposa— antes de bajar la guardia. Es un patrón de comportamiento defensivo que cualquier clínico reconocería hoy sin dificultad.
Culpa del superviviente. Pierde a la totalidad de su tripulación durante el viaje de regreso, y el poema le aplica de forma insistente el epíteto polytlas, «el que mucho sufrió» o «el sufridor», como si esa carga formara parte constitutiva de su identidad.
Dificultad para narrar sin reexperimentar. En la corte de los feacios, cuando el aedo Demódoco canta episodios de la guerra de Troya, Ulises llora y se cubre el rostro.
Homero compara explícitamente su llanto con el de una mujer que ve morir a su marido en batalla —una imagen que se acerca notablemente a lo que hoy se describiría como una intrusión de memoria traumática, activada involuntariamente por un estímulo externo.
Estallido de violencia desproporcionada. La matanza de los pretendientes en el canto final resulta excesiva incluso dentro de la lógica de venganza propia de la época, y se ha leído como un episodio de descontrol emocional tras años de contención forzada.
El viaje como evitación. Que un trayecto geográficamente sencillo se prolongue una década se ha interpretado como metáfora de una imposibilidad más profunda: la de «volver a casa» psicológicamente, no solo físicamente.

El psiquiatra que releyó a Homero
La figura central en la construcción académica de esta lectura es Jonathan Shay, psiquiatra estadounidense formado en Harvard y en la Universidad de Pensilvania, donde se doctoró en neurociencia antes de reorientar su carrera hacia el tratamiento del estrés postraumático.
Desde 1987 trabajó como psiquiatra en la clínica ambulatoria de Asuntos de Veteranos de Boston, atendiendo exclusivamente a excombatientes con heridas psicológicas graves, en su mayoría veteranos de Vietnam.
De ese trabajo clínico nacieron dos libros que cruzan la psiquiatría con la filología: Achilles in Vietnam: Combat Trauma and the Undoing of Character (1994), centrado en la Ilíada, y Odysseus in America: Combat Trauma and the Trials of Homecoming (Odiseo en América: Trauma de combate y las pruebas del regreso a casa), de 2002, dedicado por completo al recorrido de Ulises.

Este segundo volumen, prologado conjuntamente por los senadores John McCain y Max Cleland —ambos veteranos de guerra—, sostiene que el poema homérico no solo retrata el combate, sino sobre todo las dificultades del regreso: la desconfianza hacia las instituciones civiles, la dificultad para reconectar con la familia, la tentación de la violencia como único lenguaje disponible.
Shay no escribió estos libros como un ejercicio de crítica literaria, sino como una herramienta clínica.
Su tesis, resumida, es que los propios veteranos con los que trabajaba reconocían su experiencia en el texto de Homero con una precisión que la terminología médica contemporánea no siempre lograba transmitir, y que ese reconocimiento tenía, en sí mismo, valor terapéutico.

Del diván al escenario
Esta lectura no se quedó en el ámbito académico o clínico. El director teatral Bryan Doerries fundó en 2008 Theater of War Productions, una compañía que organiza lecturas dramatizadas de tragedias griegas —principalmente el Áyax y el Filoctetes de Sófocles— ante audiencias de militares, veteranos y sus familias, seguidas de coloquios abiertos sobre el impacto psicológico de la guerra.
El proyecto, que ha llegado a bases militares en Kuwait, Catar y Guantánamo, y a escenarios como el Castillo de Edimburgo o el Southbank Centre de Londres, parte de una premisa muy cercana a la de Shay: que el teatro griego servía originalmente a los ciudadanos-soldado atenienses como un espacio comunitario para reconocer públicamente el coste psicológico del combate, algo que las sociedades contemporáneas rara vez ofrecen a quienes regresan de una guerra.

Las objeciones
No todos los clasicistas comparten el entusiasmo por esta lectura.
La objeción de fondo, más allá del riesgo genérico de anacronismo, tiene una dimensión casi filosófica: en Homero, el sufrimiento de Ulises se atribuye a la cólera de Poseidón, a la voluntad del destino, a la intervención de los dioses.
Reformular ese sufrimiento como patología individual —como algo que ocurre dentro de Ulises y no a través de fuerzas externas que actúan sobre él— altera el sentido original del relato, que es en buena medida una reflexión sobre la relación entre el ser humano y lo divino, no sobre neurobiología del trauma.
Hay además un problema de evidencia: no existe forma de verificar si los patrones de comportamiento que hoy leemos como síntomas responden a una observación realista de la experiencia del regreso de la guerra —transmitida oralmente por generaciones de guerreros y aedos— o si son, simplemente, recursos narrativos convencionales del género épico.
Un diagnóstico que no lo es
La lectura de Shay, con todas sus limitaciones metodológicas, tiene un mérito que trasciende la discusión filológica.
Porque ha sido tomada en serio no solo por especialistas en Homero, sino por profesionales de salud mental que trabajan a diario con veteranos de guerra.
Eso sugiere algo que quizá importa más que la cuestión del diagnóstico retrospectivo: que el poema, sea o no clínicamente preciso, capta con una fidelidad notable algo verdadero sobre la experiencia humana del regreso de la violencia organizada, y que esa verdad ha permanecido reconocible durante veintiocho siglos, desde las llanuras de Troya hasta las clínicas de veteranos de Boston.