Portada / Firmas

El ministro no tiene quién le escriba (carta a Fernando Grande-Marlaska Gómez )

Una carta personal a Fernando Grande-Marlaska que repasa tres décadas de amistad y cuestiona el coste de su trayectoria política como ministro.

04/09/2026 09:09

La epistolografía como género —tan ilustre entre nuestros vecinos franceses— nunca ha gozado entre nosotros de excesivo predicamento, lo que es raro si se tiene en cuenta que se nos suele considerar, nacionalmente, como individualistas acérrimos.

Pero se olvida que nuestro supuesto, y acaso más que cierto, individualismo se acompaña constantemente —y para todo lo íntimo— de un pertinaz pudor, cuando no de una auténtica mojigatería.

Con esta epístola al ministro del Interior no pretendo emular a don Juan Valera, que merece pasar a la historia de la literatura sólo por sus sabrosísimas cartas; o las de Pérez de Ayala (por decir otro ejemplo notorio), que no están faltas de gracia ni de facundia.

Pero quizá las más relevantes, e impúdicas, son las cartas que a un amigo escribió Juan Gil-Albert, que hizo de su vida fértil materia para su obra literaria, y tiene en su haber (lo digo por el impudor) el primer tratado hispánico sobre el homoerotismo, Heracles, libro bellísimo y sincero.

Pues no te extrañe, por ello, querido Fernando, ahora que tú pareces muy animado a escribir cartas, que seas el destinatario de esta mía, que es más bien el recuento de una intimidad vivida hace más de 30 años, cuando nos conocimos en Bilbao.

«Te pregunto, Fernando, sobre todo por aquellos viejos tiempos en el Bocho, si te ha merecido la pena haber destinado los mejores años de tu vida a una causa que nunca fue la tuya y con unos compañeros de viaje que tampoco eran de los tuyos, y ante el clamor en los medios de comunicación que dan cuenta de tu desprestigio».

Ambos compartimos, como sin duda recordarás, al lado del trabajo en la instrucción judicial, anhelos, inquietudes y esperanzas en aquellos difíciles tiempos marcados por el odio y la violencia cotidiana.

Años después nos volvimos a encontrar en la capital de España, tú en un juzgado de la Audiencia Nacional y yo en el Gabinete del ministro de Justicia.

Y mantuvimos el contacto hasta que inopinadamente se perdió cuando fuiste nombrado ministro del Interior.

Si hubieras tenido la ocasión de escucharme, te habría desaconsejado que aceptaras tal proposición para abandonar tu brillante carrera judicial, que entonces estabas completando con una vocalía en el CGPJ.

Desconozco qué ruidosos encantos de sirenas rompieron tus oídos sin tomar antes las precauciones que sí adoptó el héroe Ulises, alertado por la diosa Circe.

La realidad es que ahora que estás llegando al final de la larga travesía que emprendiste en junio de 2018, no vas a encontrar una Ítaca en donde descansar ni una Penélope que te reciba con los brazos abiertos.

Me pregunto, te pregunto, Fernando, sobre todo por aquellos viejos tiempos en el Bocho, si te ha merecido la pena haber destinado los mejores años de tu vida a una causa que nunca fue la tuya y con unos compañeros de viaje que tampoco eran de los tuyos, y ante el clamor en los medios de comunicación que dan cuenta de tu desprestigio.

No pretendo que me respondas nunca. Sólo quiero que sepas, con estas líneas, que aún puedes disponer de mi amistad renovada y de mi solidaridad permanente, a pesar de los pesares y por muy acerada que haya llegado a ser mi crítica a tu labor gubernamental y a la de tus compañeros.

Noticias relacionadas