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Opinión | No insulten a los caballas ni a la solidaridad con Ceuta

Ceuta reclama seguridad, normalidad y respeto ante la crisis migratoria, frente a quienes califican de racista la solidaridad con los caballas.

08/09/2026 03:09

La avalancha migratoria, invasión civil y no militar, acaecida el 30 y 31 de julio en Ceuta, con miles de personas inmigrantes y otras sin esa condición, coincidió con la festividad del Día del Trono en Marruecos, fecha de acceso del rey marroquí que incluye indultos, como en años anteriores, este año a 1.788 personas con 66 excarcelaciones o sin ingreso en prisión, en un contexto de reivindicación de la marroquinidad de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, como bien han manifestado públicamente tres ministros del Gobierno alauita, lo que ha generado una gran crisis multidimensional cuyo alcance estamos aún lejos de conocer.

La conmoción ceutí fue acompañada de una incomprensible inacción institucional, tanto a nivel preventivo y de detección, durante y con posterioridad, donde se nos trasladó que se volvía a una normalidad ficticia en la ciudad autónoma.

A ello se sumó la perplejidad del conjunto de la sociedad española y las reacciones críticas en Europa y en otros países occidentales.

La indignación de los “caballas”, denominación de identidad de orgullo y cariño por todos reconocida, dio pie a su reacción de protesta y a la solidaridad que se extendieron por todo el país, no exenta de oportunismos minoritarios que buscaban una radicalización que no encontraron y que fue rechazada desde el primer momento por los ceutíes, y a la par se produjo una descalificación injuriosa de la movilización de protesta y solidaridad, calificándola de xenófoba, incluso racista (¿?), desde posiciones radicalizadas que la impugnaban. Todos lo pudimos observar.

Tan pronto se produjo la reacción reivindicativa que señalaba la inacción, en especial en redes sociales, institucional, aparecieron discursos de división social.

Es sabido que cuando la solidaridad crece, también arrecia la ira de la intolerancia o indecencia ética de quien interpreta que va contra sus intereses político-ideológicos.

Sin embargo, los ceutíes lo que reivindicaban era una acción institucional y garantías de seguridad para no perder sus libertades, encontrando en las limitadas fuerzas y cuerpos de seguridad, junto a algún efectivo militar, todo muy escaso, su principal apoyo frente a la realidad dramática que están viviendo.

La invasión planificada, organizada y ejecutada alcanzó una dimensión cuantitativa de cerca de 90.000 personas, de las que retornaron al día siguiente, tras llamada desde Marruecos, 73.200 personas, según datos de Interior, quedando más de 15.000 en la ciudad, según las autoridades ceutíes, sin contar la otra entrada ilegal, en Melilla, que pudo superar las 2.000 personas, según fuentes sociales de la ciudad. Esta dimensión invasiva nunca es espontánea.

Tras buscar culpables, ya sea con el señalamiento de la sentencia del Tribunal Supremo, las mafias o desdibujar responsabilidad de autoría con las consabidas “redes sociales”, como si no hubiera organizaciones detrás de ellas, y exonerar al “socio confiable” marroquí, se dio paso a un discurso conspiranoico rusofóbico, israelófobo y yanquifóbico que generó daños añadidos, divulgado por extremistas de diferente signo y por algún alto cargo, todo especulativo y sin probar, pues esa es la finalidad deslegitimadora de esta propaganda ideológica.

Lo hacía la dictadura franquista cuando culpaba de las manifestaciones democráticas a soviéticos, judíos y masones, como también ha sucedido en muchos países y en la historia; en esto, mira por dónde, han confluido extremoizquierdistas y neofascistas, cada uno con su énfasis particular.

Mientras tanto, Ceuta, en una situación insostenible, continuaba reclamando una intervención que reparara el daño, reclamando un retorno de los inmigrantes para volver a una verdadera normalidad, porque la publicitada oficialmente no es “normalidad”.

Y aquí coinciden en Ceuta todos los representantes políticos, los que gobiernan y la oposición, incluidos la formación política musulmana y los socialistas. Unidad de representantes políticos digna de valorar, base sobre la que vino a sustentar la solidaridad transversal de la ciudadanía española que aunó a amplísimos sectores sociales de nuestro país en apoyo a los caballas.

NI LOS CABALLAS SON RACISTAS, NI LA SOLIDARIDAD ES XENÓFOBA

Sucede con frecuencia que, ante un progreso humanista movilizado —en este caso con una elevada identidad española—, emerge una reacción demonizadora que trata de frenarlo o deslegitimarlo.

Primero, poniendo el foco en el lenguaje y calificando de “racista” el término “invasión”, pese a estar evidenciado por los hechos y ser acorde con la RAE. Es aquello de “mirar al dedo que señala a la luna” en vez de entrar en el fondo del problema.

Y el problema es la suspensión de libertades y derechos de la ciudadanía ceutí.

Quien organizó esta operación utilizó para ello a un gran número de inmigrantes en situación de vulnerabilidad, como es el caso de los subsaharianos, y a otros procedentes de Marruecos, un país con suficientes recursos, como demuestran sus capacidades militares y las ayudas hispano-europeas, entre otros datos.

En segundo lugar, se produjo una magnificación de las acciones de grupos ultras, los de verdad. Episodios marginales e impresentables fueron sobredimensionados para descalificar las movilizaciones de protesta, como hicieron algunos políticos y medios de comunicación.

Las primeras acciones solidarias conllevaron descalificaciones injuriosas, buscando quizás que las gentes, ante la acusación estigmatizadora y el temor a ser etiquetadas de racistas o xenófobas, se quedaran en casa.

Peligrosa táctica porque puede tener un efecto contrario de afirmación en gentes inconscientes. No obstante, ni sucedió ni va a suceder, primero porque Ceuta es la ciudad de las cuatro culturas, ilustrada y bastión de la tolerancia, donde esos comportamientos son más que residuales.

Incluso con la sempiterna presión marroquí al ser línea de frontera, frente a la que ha construido convivencia e integración; es decir, los caballas son muy antirracistas, no hace falta que vengan los wokes a enseñarles, y pese a su indignación por los hechos y los intereses de los grupos ultras de agitar y usar la situación, los ceutíes no han renunciado a su personalidad humanista y democrática. Mucho respeto porque con esto no se juega.

En segundo lugar y a la par, porque han situado el problema donde verdaderamente está el problema, en las administraciones de los dos países que no han cumplido con compromisos internacionales.

Los ceutíes y la solidaridad tienen todo el derecho a cuestionarlo a la luz de la realidad de los hechos. Por tanto, que nadie espere un crecimiento del racismo, la xenofobia o de la islamofobia.

Lo acreditan los propios musulmanes ceutíes que afirman su españolidad democrática y constitucional, situándose en una vanguardia digna de elogio al reclamar, por encima de una confluencia de identidad religiosa, la reivindicación de retorno de los que han venido ilegalmente, así como la defensa, con rotundidad, de que Ceuta es España. Nada que ver con las corrientes del integrismo islamista, absolutamente rechazables.

Por consiguiente, esto es una mala noticia para los seguidores del “rey con baraka”, para el “izquierdismo acosador” y para los “ultras racistas”, que tanto la identidad española compartida y la unidad ceutí permiten el reencuentro de una izquierda y derecha constitucional, de una diversidad religiosa (cristiana, judía, musulmana e hindú) configuradora de cuatro culturas, junto a otras minorías sociales existentes, que conviven en respeto y tolerancia, confluyendo junto a una solidaridad nacional en compartir una identidad democrática digna de alabar. Pero hay que poner orden en la situación.

La frivolidad, por interés ideológico-político, con la que se ha calificado de racistas a manifestaciones de reivindicación y apoyo a Ceuta, elevando actos marginales de grupúsculos ultras que vociferan en las calles, en un estadio de fútbol o en una concentración minoritaria, no debe confundir a nadie y menos opacar la rotundidad de la masiva respuesta solidaria de millones de españoles convocados por los alcaldes, incluidos alcaldes socialistas, en cuyo manifiesto único y leído en todas las concentraciones decía: “(…) lo hacemos defendiendo, al mismo tiempo, una convivencia basada en el respeto. Rechazamos cualquier forma de odio, racismo o enfrentamiento. El respeto a los derechos humanos y la dignidad de las personas pasa necesariamente por defender la legalidad, la seguridad y nuestras fronteras”, lo que no deja lugar a dudas.

ASUMIR LA INVASIÓN NO ES LA SOLUCIÓN

Ceuta está al límite y reclama intervención urgente, no deshumanizada para con los inmigrantes, que contemple el respeto de las libertades y derechos fundamentales de los ceutíes, para que sus niños y mujeres, y todos en general que viven en temor y en suspensión de libertad deambulatoria, un confinamiento forzado, puedan poner fin a una situación de vulnerabilidad colectiva.

Y claro que hay gentes con comportamientos execrables, de delincuencia o agresiones sexuales e identificados como yihadistas entre la masa migratoria, lo que no quiere decir que esas características se deban imputar a todos los inmigrantes.

Esa generalización ya es xenofobia.

Las contradicciones emergen y es de salud democrática abordarlas en debate sin complejos, donde sobran buenismos e ideologizaciones interesadas.

Ni todo es delincuencia, ni todo es racismo, aunque hay delincuencia disfrazada en la colectividad migratoria y hay conductas racistas disfrazadas en la solidaridad con Ceuta.

Y que se demonice a unos u otros con estereotipos y prejuicios es un camino sin salida, e inquietante si alcanzan a medios de comunicación, a dirigentes políticos, influencers y provoca confrontación en un asunto de Estado e interés general.

La desinformación se produce al sobredimensionar conductas puntuales y minimizar comportamientos generales. También con mentiras, bulos y otros mecanismos.

Los comportamientos delincuenciales deben tener respuesta en términos de acción policial y actuación de los tribunales.

Las conductas racistas, igualmente, y para esto conviene acudir a la Fiscalía de delitos de odio a presentar denuncias concretas y aconsejamos a quienes ven racismo por todas partes que, en vez de impulsar la confrontación social, presenten denuncia contra los grupúsculos que promueven el odio racista y operan infiltrándose en la protesta legítima; el artículo 515.4 del Código Penal prohíbe organizaciones ilícitas para incitar al odio, la discriminación, hostilidad y violencia por este motivo.

Mientras tanto, dejen en paz a los caballas y a la solidaridad con Ceuta, porque su hacer es encomiable. Al igual que deben dejar trabajar con tranquilidad a la magistrada de la Audiencia Nacional, María Tardón, y a la Fiscalía que imputa graves delitos, entre ellos homicidio imprudente, en su labor independiente instructora del caso, cuya importante tarea de dar luz a todas las responsabilidades implícitas está fuera de toda duda.

También una petición añadida de prudencia a los medios de comunicación para evitar radicalizar, inducir sesgos políticos, requiriéndoles apuntar en la única dirección correcta, la solidaridad real con el pueblo ceutí y la humanidad con los inmigrantes, como hace el presidente Juan Jesús Vivas y la asamblea ceutí, encarnando con rigor y compromiso, moderación y humanidad, que les ha supuesto el reconocimiento de toda España.

Y finalmente, siempre en primer lugar, hay que escuchar a los ceutíes que nos recuerdan sus derechos lesionados y el deseo de vuelta a la normalidad, lo que sin duda pasa por el retorno de la mayoría de los inmigrantes, conforme a la ley y, si esta es insuficiente, deberá cambiarse con urgencia, como lo plantea la Directiva Europea de Retorno.

Conviene recordar que el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular, firmado en Marrakech el 10 y 11 de diciembre de 2018 por 150 países, entre ellos España y el anfitrión, Marruecos, ha sido gravemente incumplido a la luz de las más de 80 personas que fallecieron intentando entrar por mar, al igual que por el desorden e irregularidad de la entrada masiva.

No olvidemos que el presidente del Consejo de Europa, Antonio Costa, ha señalado el uso instrumental de la inmigración por Marruecos, hecho que también se produce en la frontera de Bielorrusia con Polonia y de Grecia con Turquía; también conviene recordar las palabras de la ministra de Defensa Robles, que calificó de “ataque híbrido” a esta acción invasiva y que el presidente del Gobierno señaló como “violación de la integridad territorial”, de soberanía nacional, descartándose un proceso circunstancial y espontáneo de necesidad migratoria.

Sobran proclamas agitadoras, influencers radicalizados, rentistas políticos, polarizadores, sean del signo que sean, y falta respeto a los ceutíes y a una solidaridad española ejemplar que no deshumaniza a los inmigrantes.

Hay que ir a los hechos, no a las ideologías, a apoyar las reivindicaciones justas de los caballas, y si el derecho no está a la altura, modifíquese, pues para eso está el Parlamento y el sentido común, porque la asunción de la invasión nunca será la solución.

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