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Opinión | El suplicante: Trump busca el Moscú un golpe de efecto para las elecciones de noviembre y Putin lo sabe

Trump busca un acuerdo con Putin antes de las elecciones, pero su urgencia electoral puede convertirse en la principal ventaja negociadora de Moscú.

09/09/2026 08:09

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«Los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben»Tucídides, Diálogo de los melios, «Historia de la guerra del Peloponeso», libro V.

El 25 de agosto, un C-17 de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos aterrizó en Moscú con el director de la CIA a bordo. John Ratcliffe pasó ocho horas en la capital rusa con los jefes del SVR y del FSB, Serguéi Narishkin y Alexánder Bortnikov, y volvió a subir al avión.

Trump calificó el viaje de «semirrutinario»; aventuré entonces en estas páginas que era más bien el reconocimiento del terreno para un plan de paz que necesitaría exhibir antes de las elecciones de medio mandato.

Once días después, el sábado 5 de septiembre, Steve Witkoff y Jared Kushner entraban en el Kremlin para tres horas de conversación con Vladímir Putin; el domingo estaban en Kiev, por primera vez, con Volodímir Zelenski y con los asesores de seguridad nacional de Londres, París y Berlín.

Entre una visita y otra, Moscú y Kiev acordaron no bombardearse las capitales durante tres días. Nada de esto prueba por sí solo la hipótesis, pero todo la refuerza. Y lo que más la refuerza es la prisa.

Dos guerras, una sola factura

Para entender lo que Trump ha ido a buscar a Moscú hay que empezar por lo que Trump no controla. Desde el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel iniciaron los ataques sobre Irán, la Casa Blanca libra una guerra que no estaba en el programa electoral y que ha hecho lo contrario de lo que prometía el candidato: el estrecho de Ormuz quedó cerrado en marzo, la gasolina pasó de menos de tres dólares el galón a los 4,14 con que los estadounidenses han vuelto de las vacaciones de Labor Day —nunca, según la Asociación Americana del Automóvil, había superado los cuatro dólares en esa fecha—, y el diésel marcó el 3 de septiembre un máximo histórico de 5,85.

El memorando de alto el fuego firmado con Teherán en junio duró lo que suelen durar los altos el fuego firmados con prisa; el 30 de agosto la aviación estadounidense volvía a golpear lanzaderas iraníes en el Estrecho y Teherán respondía contra objetivos en Jordania.

Y en esa guerra Rusia no es espectadora. Desde marzo, los servicios estadounidenses atribuyen a Moscú el suministro a Irán de imágenes de satélite y datos en tiempo real sobre buques y aeronaves americanas en el Golfo, y el envío por el Caspio de componentes de drones, munición y explosivos.

Hace una semana, el 1 de septiembre, en la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek, Putin recibió del presidente Pezeshkian un agradecimiento público «por sus posiciones en cada etapa» y respondió con una declaración de solidaridad con el pueblo iraní «en la lucha por sus intereses». No se puede decir más claro.

De modo que el presidente que iba a acabar la guerra de Ucrania en 24 horas acumula, a dos meses de las urnas, dos frentes abiertos y un mismo adversario detrás de ambos: en Ucrania, Moscú es el enemigo; en Irán, el proveedor del enemigo.

Para la mente transaccional de Trump eso no es una pesadilla sino una oportunidad: si un solo interlocutor sostiene los dos problemas, un solo acuerdo podría cerrarlos.

Que ese paquete Ucrania-Irán esté sobre la mesa es una hipótesis, no un hecho acreditado: nadie en Washington lo ha reconocido, y las versiones sobre lo que Ratcliffe llevó a Moscú difieren según el medio, desde una advertencia sobre el Báltico hasta, según NBC, la exigencia de que Rusia deje de compartir inteligencia con Teherán.

Pero los indicios apuntan en una dirección. El propio Ushakov, asesor de Putin, dejó caer tras la reunión del sábado que se habían discutido «con considerable detalle» cuestiones económicas y «grandes proyectos conjuntos, mutuamente beneficiosos, para Rusia y América».

Nadie habla de grandes proyectos conjuntos con quien no espera cobrar, y nadie cobra por un solo frente cuando puede facturar dos.

El precedente de 1972: la paz «al alcance de la mano»

La idea no es nueva. En la primavera de 1972, con la ofensiva norvietnamita en marcha, Nixon ordenó minar el puerto de Haiphong y, dos semanas después, viajó a Moscú para firmar con Brézhnev los acuerdos SALT. Kissinger lo llamó linkage: nada se negocia aislado, todo se enlaza, y el adversario principal se convierte en socio para gestionar los conflictos periféricos.

El 26 de octubre de aquel año, doce días antes de las elecciones presidenciales, el mismo Kissinger compareció en la Casa Blanca para pronunciar la frase que le persiguió el resto de su vida: la paz en Vietnam estaba «al alcance de la mano».

Nixon ganó en 49 Estados. Los acuerdos de París se firmaron el 27 de enero de 1973, después de doce días de bombardeos sobre Hanói en Navidad. Saigón cayó en abril de 1975.

Dos lecciones. El linkage funciona cuando el que enlaza tiene algo que el otro necesita y el otro le cree capaz de retirarlo: Brézhnev necesitaba el grano americano y respetaba a un Nixon que acababa de abrir China a sus espaldas.

Y un anuncio de paz calibrado sobre el calendario electoral compra votos e hipoteca la paz: lo que se proclama en octubre se paga en enero, y el que pagó fue el aliado.

Negociar desde la debilidad visible

Aquí está el nudo de esta columna: la fuerza de una posición negociadora no la fija quien negocia, sino la percepción que de ella tiene el que se sienta enfrente.

Y la del Kremlin se resume en tres datos que no son opinión. El promedio de Silver Bulletin situaba el 4 de septiembre el saldo neto de aprobación del presidente en casi 20 puntos negativos, a un paso de su mínimo; el de RealClearPolling daba el domingo a los demócratas una ventaja cercana a 6 puntos en la intención de voto al Congreso; y la gasolina está por encima de cuatro dólares.

Ninguna de esas cifras se traduce mecánicamente en escaños, pero la mayoría republicana en la Cámara se sostiene sobre un puñado de ellos. Putin no necesita a la CIA para leer eso. Le basta el periódico.

Un negociador que necesita algo antes de una fecha ha cedido, sin saberlo, la variable más valiosa de cualquier negociación, que es el tiempo. Todo abogado que haya cerrado un acuerdo la víspera de un juicio conoce el mecanismo: la parte con prisa paga la prisa. Putin, cuyo cálculo no se mide en trimestres, dispone de dos opciones.

Puede dar a Trump el golpe de efecto que busca —una cumbre a tres, la fotografía, el marco de un acuerdo— a cambio de concesiones que ninguna Administración anterior habría considerado, empezando por el reconocimiento de hecho del control ruso sobre el Donbás, exigencia que Kiev rechaza y que Zelenski, esta semana, ha remitido con elegancia «al nivel de los líderes». O puede dejar que la fecha pase.

La objeción a esta segunda opción merece afrontarse, porque parece contradecir la tesis de esta columna: si la prisa es lo que hace ceder a Trump, ¿por qué iba Putin a obtener más cuando la prisa haya pasado? Un Trump con la Cámara perdida tendrá menos capacidad de cumplir lo que prometa y un Congreso más hostil a cualquier alivio de sanciones; podría pensarse que a Putin le conviene cerrar ahora, mientras el interlocutor todavía manda.

Mi lectura es otra, y descansa en una distinción: lo que Trump necesita antes de noviembre no es la paz, sino su anuncio. Un anuncio es barato de conceder y no obliga a Moscú a nada; pero, una vez proclamado, convierte a quien lo proclamó en su rehén.

El presidente que haya anunciado en octubre que la paz está al alcance de la mano no podrá, en diciembre, admitir que no lo estaba: tendrá que entregarla, y el único que puede entregársela es Putin. La urgencia no desaparece con las urnas; cambia de acreedor. Antes de noviembre, Trump debe el anuncio a sus votantes; después, debe la paz a su propio anuncio.

A eso se suma lo que gana un presidente sin elecciones por delante: no capacidad, sino libertad. Bloqueado en casa, se refugia en el ámbito donde conserva mayor autonomía, que es la política exterior, y busca ahí el legado.

El legado tiene menos prisa, pero rebaja el coste de justamente aquellas concesiones que un candidato no podía permitirse ante sus votantes —el territorio ajeno, sobre todo—, porque un presidente que ya no se presenta puede presentarlas como estadismo.

Y su abanico de monedas se estrecha: sin Cámara, no podrá comprar el acuerdo con dinero para Kiev ni con alivios que exigen ley; le quedará, precisamente, lo que no cuesta un dólar al Congreso.

Y eso que no cuesta un dólar al Congreso es lo que Rusia más quiere. El reconocimiento político del terreno conquistado es una decisión suya. La reducción del compromiso militar con Kiev, en buena medida, también: puede no promover nuevas ayudas, administrar con lentitud sus facultades discrecionales y dejar que los paquetes vigentes se agoten.

No es una llave exclusiva —el Congreso apropia los fondos, y la Oficina de Rendición de Cuentas concluyó en 2020 que retener por razones políticas la ayuda ya aprobada para Ucrania vulneraba la ley de control de retenciones presupuestarias—, pero es un margen amplio, y Moscú lo conoce.

Lo que un Congreso hostil puede negar —alivio de sanciones, activos, dinero— sigue importándole a Rusia; solo que ha aprendido a esperar por ello. Putin no espera un acuerdo mejor; espera un Trump con menos que exigir y más que justificar.

Hay, sin embargo, un límite a ese cálculo. Un presidente debilitado puede ser más concesivo; un presidente políticamente incapacitado deja de ser útil.

Una Cámara demócrata podría abrir un tercer impeachment por mayoría simple, y aunque la destitución exige dos tercios de los senadores presentes y hoy parece remota, el mero proceso cambia el valor de Trump como contraparte: Brézhnev recibió con todos los honores al Nixon de junio de 1974, a semanas de los artículos de acusación, y le concedió acuerdos menores, no el SALT II que buscaba.

Putin tendrá que calcular, por tanto, hasta dónde le conviene dejar caer a su interlocutor: bastante para que ceda, no tanto como para que no pueda firmar. Y no debería despreciar otro riesgo: que Trump, perdida la Cámara, busque el golpe de efecto en Teherán en lugar de en Kiev y deje a Rusia sin la palanca del doble frente. La debilidad, en negociación, no es un estado: es una pendiente, y a Moscú le interesa saber dónde acaba.

Hay algo peor que la debilidad, que es la debilidad ofrecida como prenda. Si es cierta la versión de NBC, Ratcliffe llevó a Moscú una advertencia para que Rusia no comparta inteligencia con Irán. Una advertencia puede ser el primer acto de una disuasión creíble, si lleva consecuencias detrás; pero la que llega mientras quien la formula busca, según todos los indicios, alivio para sus dos frentes tiene poco de disuasión y mucho de confesión: quien la recibe acaba de descubrir el precio de su ayuda.

El linkage de Kissinger enlazaba el conflicto periférico a la relación principal para obtener ventaja; el de Trump enlazaría dos problemas propios a un mismo acreedor, que es la definición inversa.

Lo que puede firmar y lo que no

Al lector jurista le corresponde la parte ingrata: mirar qué puede entregar realmente cada uno de los que se sientan a esa mesa, porque una negociación en la que una parte promete lo que no es suyo se llama de otra manera. Lo que Trump puede ofrecer a Moscú tiene dueño repartido.

El levantamiento de sanciones no es una prerrogativa presidencial pura: la ley de 2017 que las codificó —la CAATSA, aprobada por mayorías abrumadoras y firmada por Trump a regañadientes— somete cualquier alivio sustancial a una revisión parlamentaria que permite al Congreso bloquearlo; no es un veto automático, pero sí una llave que el presidente no tiene en exclusiva. Los activos rusos inmovilizados, que en Euroclear superan los doscientos mil millones de euros, están bajo reglamentos de la Unión que Washington no vota.

Las garantías de seguridad para Ucrania son el punto más delicado. Estados Unidos puede asumir compromisos vinculantes por vías distintas del tratado sometido al Senado, y un acuerdo ejecutivo no se extingue por el relevo de quien lo firmó; el problema no es de validez sino de consistencia.

Una garantía que comprometa de verdad —tropas, dinero, una obligación de respuesta militar— exige respaldo legislativo y presupuestario que solo el Congreso puede dar, y un tratado requeriría dos tercios de los senadores presentes. Sin eso, lo que se ofrece a Kiev es una promesa presidencial, revocable por el siguiente presidente o vaciada por el siguiente Congreso; y Putin, que ha visto pasar a cinco presidentes americanos, lo sabe.

Del lado ruso, la asimetría es evidente, aunque no total: Putin no tiene que pedir permiso a ningún parlamento ni para un alto el fuego ni para reducir el apoyo a Teherán; otra cosa es que cumpla, y otra, más importante, que pueda decidir por Irán, que tiene sus propios cálculos y su propio estrecho. Ahí asoma una paradoja.

Los límites internos del Estado de Derecho son, en condiciones normales, un activo negociador: «no puedo conseguir que mi Congreso acepte esto» es la frase más útil de que dispone un negociador democrático. Lo que la prisa destruye es justamente esa defensa.

Quien necesita el acuerdo antes de una fecha no puede escudarse en su Parlamento, porque el otro sabe que el Parlamento es precisamente lo que teme; y entonces los límites internos dejan de ser un escudo y se convierten en una debilidad que hay que compensar con algo, y ese algo suele ser territorio ajeno.

En cuanto a Irán, un cese del intercambio de inteligencia sería muy difícil de verificar de forma independiente, y un compromiso así vale lo que valga la confianza entre las partes, que aquí es ninguna. Si lo que se pide a Moscú es que medie, mediará para figurar como potencia indispensable en Oriente Medio, que es precisamente el papel que la diplomacia americana lleva medio siglo negándole. Nixon abrió China para aislar a Moscú; Trump podría acabar abriendo el Golfo a Moscú para salvar unas elecciones.

Kiev, Europa y el reparto de la factura

Que Witkoff y Kushner pisaran el domingo por primera vez Kiev, después de más de un año negociando sobre Ucrania en Moscú, en Alaska y en Miami, es un cambio de forma que Zelenski ha sabido aprovechar: «llevábamos mucho tiempo esperando a Steve y a Jared».

Que lo hicieran con los asesores de seguridad británico, francés y alemán en la sala importa más todavía: «aquí estamos todos en el mismo lado», dijo, y la frase iba dirigida a los visitantes tanto como a la prensa. Kiev ha entendido que, cuando Washington tiene prisa, su única protección es no estar sola en la habitación.

Porque la lógica de 1972 tiene una constante: el que paga la paz electoral es el aliado. Si el paquete se cierra deprisa, alguien tendrá que aportar la parte del precio que Trump no puede sacar de su bolsillo jurídico, y ese alguien serán los ucranianos —en territorio— y los europeos —en activos congelados, en garantías que Washington no respaldará con presupuesto y en sanciones que Washington querrá aliviar—.

Europa tiene esta vez, por una vez, una palanca real: la caja de Euroclear y sus propias sanciones. Le corresponderá decidir si la usa para dar consistencia a un acuerdo o para dejar que otros firmen en su nombre.

Vengo advirtiendo en estas páginas de un vasallaje europeo que se disfraza de lealtad atlántica; pocas ocasiones como esta para comprobar si es un diagnóstico o un destino.

El vaticinio

Nuestro vaticinio es concreto. Antes del 3 de noviembre habrá un anuncio de marco de paz para Ucrania y, con alta probabilidad, la convocatoria de una cumbre a tres, porque Trump no puede llegar a las urnas sin ella y a Putin no le cuesta demasiado concederla: un marco no es un acuerdo y una convocatoria no es una firma.

Lo que no habrá, si los rusos se atienen a su propio manual, es una paz cerrada antes de las elecciones, por la misma razón por la que nadie cierra un trato cuando sabe que la otra parte volverá, y volverá con menos. El acuerdo, si llega, llegará después, con un presidente más débil, atado a su propio anuncio y todavía capaz de firmar —ese es el punto exacto que Moscú buscará—, y se pagará en la moneda de siempre.

Tucídides puso en boca de los atenienses la sentencia que encabeza esta columna para explicar a los melios por qué iban a ser aniquilados. Lo inquietante del momento no es que Estados Unidos haya dejado de ser fuerte, que no lo ha hecho; es que, por primera vez en mucho tiempo, se presenta en Moscú comportándose como si no lo fuera.

Y en esa mesa no se juzga la fuerza que se tiene, sino la que se muestra. Trump ha ido a Moscú a pedir. Putin ha tomado nota del verbo.

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