De penas y condenas

De penas y condenas

|
13/2/2015 00:00
|
Actualizado: 13/2/2015 00:00
|

Susana Gisbert Grifo. Fiscal

Hace nada he conocido un dato que me parece tremendo: más de la mitad de los españoles aceptan la cadena perpetua. Así, sin tapujos, sin ese eufemismo que ha empleado el prelegislador llamado prisión permanente revisable, que no consigue esconder lo que en realidad entraña: lo que todos conocemos por cadena perpetua o, lo que es lo mismo, la prisión para toda la vida. Un trasunto terrenal de la bíblica condenación eterna, ni más ni menos.

A mí personalmente me espanta este dato. En un Estado de Derecho, en una sociedad que presume de democrática y de respetuosa con los derechos humanos, nos encontramos con que se acepta como si tal cosa que se pueda condenar a alguien de por vida, sin ninguna opción a reinserción ni rehabilitación. Es decir, la pena como castigo, de una manera pura y dura. Como si la Constitución, ésa que todos dicen apoyar hasta sus últimas consecuencias, nunca hubiera existido.

Porque lo primero que me llama la atención es eso. Cómo unos dirigentes que afirman sacando pecho que defienden la Constitución por encima de todo, olvidan uno de los preceptos que forman parte de ella, ése que dice que las penas estarán orientadas a la reeducación y reinserción social. Porque no se necesita ser Einstein para percatarse que casa mal la rehabilitación con el encierro por siempre jamás, que es lo que supone esa nueva pena. O mejor dicho, esa vieja pena disfrazada de nueva.

Y, en directa relación con lo anterior está la segunda cosa que me llama la atención. Que es, ni más ni menos, que nadie, absolutamente nadie, pida la reforma de la Constitución en este sentido, como se reclama a voz en grito para muchas otras cuestiones. Porque habría que ser coherentes, y, ya que no se cree en absoluto en eso de la reinserción, visto lo visto, reclamar su reforma. Y decir que las penas tendrán carácter aflictivo y punto, porque lo que se esconde tras la medida no es otra cosa. Pero claro, eso resulta demasiado crudo y no puede decirse en voz alta. Y es mejor la hipocresía de mantenerlo e ignorarlo, como si la cosa no fuera por ahí, no vaya a ser que alguien nos saque los colores.

Esta pena no es otra cosa que la canalización de la venganza social, algo que nunca se debería permitir una sociedad civilizada. Porque ya hace mucho que se suponía superada la Ley del Talión, aunque de repente parezca haber resucitado. Y no es que yo no comprenda a las víctimas.

Entiendo que a alguien a quien le han matado a un ser querido pueda desear lo peor para el culpable, no sólo la cadena perpetua sino colgarle de los pulgares y someterlo a unas torturas tales que harían que el mismísimo Torquemada pareciera una ursulina. Pero para eso están quienes dirigen una nación, y el legislador. Para dotar a la comunidad de las mejores leyes posibles, sin dejarse llevar por otros intereses o deseos. Y también sin dejarse presionar ni utilizar la ley para callar bocas o evitar descontentos. Es lo que tiene dedicarse a eso.

Pero no parece que hayan ido por ahí los tiros y, a la vista del resultado de las encuestas, resulta que han encontrado algo que sea del gusto mayoritario. Y han contribuido a crear el clima adecuado para ello, aunque sea a costa de sembrar la confusión. Y ahí está la cuestión. Que parece haberles venido de perilla el florecimiento del terrorismo islámico para colarnos esta reforma como necesaria. Y a nadie con tres dedos de frente se le debería escapar que de eso, nada. Que a alguien dispuesto a autoinmolarse en pro de un incomprensible fanatismo le traerá sin cuidado si nuestro Código le va a sancionar con esa prisión permanente revisable, que ni sabe lo qué es ni creo que le importe. Pero les ha venido como anillo al dedo para justificar lo injustificable.

Y es que, por más que nos quieran vender otra cosa, la amenaza de semejante pena no hará desistir a nadie. ¿O alguien puede creer que quien esté dispuesto a matar a otro ser humano pueda cambiar de idea porque, en lugar de imponerle treinta años de prisión, le vayan a imponer más? ¿Es que acaso esos treinta años no serían suficientes para hacerle desistir? La respuesta es obvia.

De otra parte, otro de los argumentos con que los defensores de esta medida nos obsequian, es eso de evitar que haya crímenes que salgan gratis. Y así, se nos dice que si por un solo asesinato se pueden imponer treinta –o hasta cuarenta- años de prisión, si se cometen dos, o tres, o los que sean, el resto salen gratis.

Pero éste no deja de ser un argumento perverso y difícil de sostener, porque, llevándolo al extremo, cabría preguntarse que si matar a diez personas, por poner un ejemplo, merece esa prisión perpetua revisable, al que matara a veinte le seguirían saliendo varias muertes gratis. Como no pasáramos al siguiente escalón, que no me atrevo ni a escribir. Y así, sucesivamente. Insostenible.

Pero aún hay más. Se nos dirá que ese apellido que pretende hacer más asumible el término, el de “revisable”, introduce el elemento de una posible rehabilitación. Pero, de los términos de tal revisión difícilmente pueda sustentarse esta tesis. Y menos aún si cualquier eventual actividad supuestamente rehabilitadora tiene por objeto el premio de una eventual revisión, porque eso acabaría con el carácter voluntario que debe ser premisa de cualquier intento de rehabilitación. Y acabaría recordándonos a aquella vieja redención de penas por el trabajo propia de otra época que creíamos superada.

Pero, como decía, visto el resultado de las encuestas, alguien parece haber encontrado el momento adecuado para tener contento al personal, sobre todo cuando reclama venganza. Y no me vale la excusa del terrorismo, que por desgracia ya tenemos experiencia de eso en este país y nunca motivó una reforma de este calibre desde que estamos en democracia. Porque también podría ser excusa para perseguir otras cosas, como para esos genocidios cuya persecución habría quedado en “stand by” por la reforma de la justicia universal, sin ir más lejos.

En definitiva, me espanta que la gente quiera que exista esa pena que dio título a una película que todos conocemos, y más me espanta que se utilice ese sentimiento para articular una reforma que choca de pleno con más de uno de esos derechos proclamados en nuestra Constitución. Y no me atrevo siquiera a preguntarme que será lo siguiente, porque se me viene a la cabeza otro título de película. Y espero no llegar a verlo. Nunca.

Noticias Relacionadas: