La belleza de la prostituta Friné, «bala de plata» para ganar su caso en Atenas

La belleza de la prostituta Friné, «bala de plata» para ganar su caso en Atenas

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14/3/2015 00:00
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Actualizado: 14/3/2015 00:00
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Friné era una prostituta ateniense que había sido acusada de “impiedad”, un delito que consistía en no respetar los ritos que se debían realizar ante los dioses. Su defensor, Hipérides, utilizó una «bala de plata»: la desnudó ante el jurado (masculino) para que apreciaran la perfección de su belleza y así conseguir su absolución. Entonces, la igualdad entre hombres y mujeres era una quimera.

En la antigua Grecia regía una justicia popular… sin abogados. Como había ocurrido en Egipto, en Atenas se prohibía la intervención de terceros por temor de que la persona más hábil en el arte de la oratoria pudiera seducir a los jueces.  En Grecia el tribunal estaba compuesto por ciudadanos elegidos por sorteo y las partes debían defenderse a sí mismas, de acuerdo con la ley de Solón.

Para los griegos, el mejor sistema de descubrir la verdad entre dos personas era poniendo a una frente a la otra, dejando que cada una contara el asunto a su manera, aportando las pruebas que considerasen relevantes, sin permitir que un tercero interviniese.

Es lo que hoy denominamos careo.

Al jurado al que nos hemos referido lo denominaban Heliea y estaba compuesto por 6.000 ciudadanos varones, aunque normalmente sus miembros variaban según los temas a tratar. Para un proceso privado solían ser 201. Pero cuando era público su número variaba de 501 a 1501. 1501 jurados.

Todos eran elegidos por sorteo. Aquello debía ser inmanejable. Debía de serlo, pero era la consecuencia del ejercicio de la primera democracia libre y directa de la historia.

En detrimento del sistema hay que aclarar que la actividad de defensa era un puro ejercicio de elocuencia por el que se trataba más de conmover que de convencer. Y como no todos los que tenían problemas legales habían nacido con el don de la oratoria, solían contratar los servicios de los logógrafos jurídicos, antecedentes directos de los actuales abogados, quienes, tras estudiar los casos, les daban forma y redactaban un discurso que luego, sus clientes memorizaban para exponerlo ante el jurado popular.

Cuando el acusado era una mujer, por su condición, ésta podía requerir del servicio de un orador. A pesar de que Atenas era una democracia no había igualdad entre hombres y mujeres. Como hubiera dicho George Orwell con ironía y sarcasmo, «los hombres eran más iguales que las mujeres». 

Es lo que ocurrió en uno de los juicios más conocidos de la antigüedad: el juicio contra Friné, una bellísima prostituta que fue acusada del delito de “impiedad”.

Consistía en no respetar los ritos que se debían realizar por los dioses.

El lugar donde se celebraban los juicios era el Aerópago, un lugar considerado sagrado por los atenienses. Por ello, antes de cada audiencia, era regado con agua limpia con el fin de recordar a los jurados y a los litigantes que en él sólo debía entrar lo que era puro y nada más.

En aquél tiempo, aquello era considerado como algo muy grave.

El gran filósofo Sócrates se vio obligado a suicidarse por una acusación idéntica.

Friné fue defendida por Hipérides, uno de los grandes oradores del momento –y amante suyo.

Cuando terminó de hacer su discurso ante el jurado popular, un discurso trabajado y elaborado por Anaximenes de Lampsacus –el mejor escritor del momento para esos menesteres-, decidió utilizar su “bala de plata”.

Hipérides llevó a Friné ante los miembros del jurado, en el centro del Aerópago.

Eran todos hombres.

La belleza de Friné resplandeció.

Cuando todos tenían fijados sus ojos sobre ella, Hipérides le quitó la ropa y la dejó totalmente desnuda. Para todos los presentes, fue un gran impacto. 

Un momento que el pintor y escultor francés, Jean-Léon Gérôme, inmortalizó en su cuadro «Friné en el Aerópago», que ilustra este artículo.

Según dice la historia, Hipérides logró finalmente convencer a los miembros del jurado, apelando a su belleza y al amor, de que no podían, ni debían, privar al mundo de Friné.

Una belleza que se asemejaba a la de la misma diosa del amor, Afrodita.

Huelga decir que la “bala de plata” funcionó.

El impacto fue completo.

Friné fue absuelta por un jurado entregado a ella en su admiración. 

En nuestro tiempo, el tiempo de la conquista de la igualdad, ese recurso hubiera sido impensable. 

En Roma hacían lo mismo que en Grecia. 

En esto también los copiaron. Vertían agua sagrada en el foro donde se celebraba el juicio y se invocaba a las divinidades porque los juicios estaban fuertemente enraizados en la religión y, eran, por lo tanto una prolongación de ella.

Fue en Roma, de la que España fue provincia, donde nació el oficio de abogado.

A los patricios romanos les correspondía la obligación de defender a los suyos ante los tribunales, pero el desarrollo de la ciencia jurídica llevó a encomendar a personas expertas en Derecho tal cometido.

Fue entonces aparecieron los jurisconsultos, que eran los que evacuaban las consultas que se les hacían sobre cuestiones jurídicas, y los “oratores”, que eran los que informaban ante los tribunales.

De esa manera apareció en Roma, antecedente y fuente de la civilización occidental, un oficio vital hoy en día para beneficio de todos los ciudadanos.  

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