"IR DE CULO" era una declaración PÚBLICA de estar en BANCARROTA

«IR DE CULO» era una declaración PÚBLICA de estar en BANCARROTA

6 / 06 / 2015 00:00

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Desde la Edad Media en España había un tipo de iglesias, las iglesias juraderas. Éstas tenían un curioso privilegio, que permitía a un mercader o comerciante declararse en bancarrota.

Desde siempre, en las sociedades que ha creado el hombre el conocimiento de la verdad era una cuestión vital, y el juramento era una de las principales vías para llegar a ella.

En la Edad Media, por ejemplo, cuando un caballero juraba algo ponía a Dios por testigo de que lo que estaba diciendo era verdad.

Y eso tenía toda la validez del mundo. Por eso, las antiguas costumbres germánicas establecían que estos juramentos se llevaran a cabo en unas iglesias especialmente destinadas para tal fin que recibían el citado nombre de Iglesias juraderas.

En España eran famosas la de San Just i Pastor, en Barcelona, San Isidoro, en León, San Vicente, en Ávila, y, por supuesto, Santa Gadea, en Burgos.

La más conocida de todas quizá sea esta última, Santa Gadea porque fue allí donde Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, obligó al rey Alfonso VI de Castilla a jurar por su honor que no había tenido nada que ver con la muerte de su hermano.

Fue en el siglo XI. Y como todo el mundo recordará, al rey no le gustó nada que le obligaran a ello y desterró a Díaz de Vivar fuera de Castilla. Pero esa es otra historia.

La jura , que es como se llamaba a esta ceremonia, se celebraba poniendo la mano sobre los Evangelios y un cerrojo de hierro que simbolizaba el firme compromiso entre la verdad de su juramento y su responsabilidad en el más allá.

¿Qué tiene que ver todo esto con la frase “ir de culo”?

Pues muy fácil.

Algunas de estas Iglesias juraderas, como la barcelonesa de San Just i Pastor, poseían el curioso privilegio que permitía a un mercader o a un comerciante declararse en bancarrota.

Y que no le pasara nada.

El rito era siempre el mismo. El afectado se sentaba en el más alto de los tres escalones que separaban el altar de la nave y declaraba públicamente, en voz alta, que estaba en quiebra y que no podía pagar a sus acreedores.

A continuación, bajaba los tres escalones citados de culo, arrastrando las posaderas de un modo que se denominaba “els tres cops de cul”, los tres golpes de trasero.

¿Qué utilidad tenía esto?

Pues una muy simple evitar la cárcel, porque en aquellos tiempos la imposibilidad de pagar las deudas contraídas se pagaba con largas penas de prisión.

Eran tiempos muy duros.

Pero no nos engañemos, esta declaración pública no era nada fácil.

El arruinado seguía poseyendo su libertad, sí, pero suponía reconocer ante todos sus conciudadanos, amigos y familiares que era un fracasado.

Se quedaba sin la reputación y la confianza que, hasta ese momento, había disfrutado como miembro destacado y productivo de la comunidad.

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