Felicísimo Valbuena, consultor y periodista
El día 30 del pasado mes de Junio, decidí asistir a juicios de faltas del Juzgado de Instrucción nº 21 de Madrid.
Estaban programados 16 juicios de faltas, con una duración de diez minutos cada uno. Resultado: De los primeros 10, sólo se celebraron tres.
A pesar de esto, creo que el tiempo que pasé en el Juzgado fue muy productivo, porque vi una actuación excelente de un fiscal y, a la vez, experimenté de forma directa el olor a naftalina informativa de ese juzgado y que, al parecer, también es muy corriente en otros.
El fiscal es muy educado; saluda a cada acusado o testigo y domina el difícil arte de la espontaneidad cuando pregunta. Es decir, parece que está improvisando y, sin embargo, ha leído muy bien los documentos. Es un virtuoso de lo que los norteamericanos denominan “cross-examination”; parte de una respuesta del acusado o de un testigo y vuelve a preguntarle desde un ángulo distinto, pero con un tono muy tranquilo. Incluso, habla con un volumen de voz bajo, sin teatralizar. En unos casos, utiliza el razonamiento inductivo; en otros, el deductivo, pero sin asar lo que está cocido, porque el tiempo es escaso. Y tiene un gran sentido de la realidad, pues antes de presentar su propuesta de sanción, se asegura de que el acusado puede pagarla.
Este fiscal puede aparecer en los medios de comunicación y hacer un trabajo muy bueno, porque puede sintetizar su pensamiento en muy poco tiempo. Esto último es lo que los medios audiovisuales norteamericanos denominan “soundbites”, “bocados de sonido”, que un político o profesional ha de dominar si quiere salir en los medios. Si no, prescinden de él.
En cuanto al lenguaje corporal, sabe trazar con sus manos los llamados “ideógrafos”, es decir, el viaje de un concepto desde el pasado hasta al futuro; utiliza kinetógrafos cuando pregunta por una acción que un testigo ha presenciado; no abunda en los apuntadores, pues son movimientos de acusación, y a él no le hacen falta, como un edificio seguro no necesita que lo apuntalen.
Es sobrio cuando expresa alguna emoción, sin aumentarla ni disminuirla. Demuestra imparcialidad y no muestra que va a por el acusado por encima de todo. No necesita emplear la figura retórica de la “corrección”, conducta que es típica de los inseguros cuando quieren quedar como el aceite, flotando por encima de las partes, de los testigos o de los peritos.
… pero anónimo, gracias a las nulas facilidades que ofrecen algunas partes del sistema judicial español
Hasta aquí, mis notas sobre lo que observé. Después, una de las partes de un juicio prometió que me iba a enviar una copia del DVD que le enviarán, si lo solicita, cuando le entreguen la sentencia.
Mi sorpresa fue cuando le pregunté a un señor que se llama Ángel y que pide los carnets de identidad a quienes van a intervenir en un juicio, cómo se llamaba el fiscal. Él me respondió que no me lo podía decir. Y por la forma en que me miró, parecía que yo le había pedido la fórmula de la Coca-Cola. “¿Dónde puedo enterarme de la identidad del fiscal?·. Me dijo que bajase a la planta 1, donde estaban los fiscales. Cuando pregunté en esa planta, me miraron extrañados, como si fuera un extraterrestre. “Hace ya tiempo que los fiscales están en un edificio azul, en Capitán Haya”.
Llego al edificio y la funcionaria de información me dice que sólo puedo acceder a la identidad del fiscal si voy acompañado de un abogado.
Me vuelvo a casa recordando que, hace años, escribí un estudio sobre El proceso, de Kafka, y que allí el gran escritor checo no se planteaba ese problema. Identificaba a los personaje fundamentales y planteaba otros asuntos.
Kafka, Otto Preminger, Hitchcock, Brian de Palma como muestras de cómo funciona el sistema en Norteamérica
Lo que ocurre aquí, en ciertos sectores del sistema judicial español, es absurdo. ¡Ay, lo que Kafka hubiera escrito sobre esta situación! Algo parecido a los repetidos intentos fallidos del agrimensor K por acceder a las autoridades que, desde El castillo, rigen los destinos del pueblo.
Ante esa experiencia del absurdo, que hace perder tanto el tiempo, recuerdo algunas películas norteamericanas:
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Año 1940. “Mi mujer favorita” (Garson Kanin). Después de los títulos de créditos, en el primer plano vemos la puerta de una sala de juicios en la que está escrito: Juez Walgter Leyson.
Año 1942. “Roxie Hart”. (William Wellman). Juez Cannon.
Año 1946: “El cartero siempre llama dos veces”.El juez identifica al fiscal Kyle Sackett y al defensor, Artur Keats. Cuando los dos se acercan a hablar en voz baja con el juez, vemos al portanombres de éste.
Año 1960: “Anatomía de un asesinato” (Otto Preminger). Lo primero que hace el fiscal es identificarse. Lo mismo hacen el fiscal y al abogado defensor.
Año 1962: “Yo lo vi todo” (episodio que dirigió Alfred Hitchcock para la televisión). El primer juez lleva un portanombres: Judge R. Martin. El segundo juez se dirige al fiscal por su nombre: Mr. Anderson. Y al acusado que se defiende a sí mismo: Mr. Barnes.
Año 1993: “Atrapado por su pasado”(Brian de Palma). El juez dice que le quedan 56 vistas. Tiene un portanombres: Judge Feinstein.
Es decir, que el sistema judicial español lleva demasiado retraso respecto del norteamericano y de la mayor parte de los sistemas judiciales de nuestro entorno europeo. Y eso que no he lanzado el sedal al río de películas judiciales anteriores a 1940. ¿Es aventurado afirmar que a muchos de los miembros de nuestro sistema les faltan los cimientos comunicativos para convertirse en un poder que la sociedad respete?. Estamos pagando nuestros impuestos ¿y no tenemos derecho a saber la identidad de quien representa al Ministerio Fiscal? Y eso que yo conocía la identidad de quien presidía las vistas- dña. Concepción Rodríguez Acevedo-. Y si no lo hubiera sabido, ¿qué me habría respondido Ángel? ¿Que tampoco podía decírmelo?
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El Juzgado de Instrucción 21 está a mucha distancia de un juzgado no sólo norteamericano sino también de nuestros países vecinos. Sólo hace falta leer “Los errores judiciales”, de René Floriot, para darnos cuenta de que, a pesar de esos errores, los jueces daban más facilidades hace ya muchos años al periodismo y a los científicos.
Falta protocolo, estilo y sobra olor a naftalina para combatir polillas imaginarias. ¿Qué es eso de que Ángel tutee a algunos abogados en el pasillo delante de todos? Es lógico que tutee a algunos cuando toma unas cañas con ellos, pero no en los pasillos.
Y hay que vestir mejor el puesto que uno desempeña. Ya que muchos de los acusados y testigos en los juicios de faltas no son un modelo de elegancia, y ya que tampoco le podemos exigir a Ángel que sea un Petronio, un árbitro de la elegancia, al menos los contribuyentes esperamos de cualquier Ángel de cualquier Juzgado que vista según las funciones que desempeña. ¡Ah, el lenguaje no verbal de los objetos, que tanta importancia tiene en la vida!
Lo que escribo de este Juzgado puede aplicarse a otros. Y un buen día puede llegar en que los jueces españoles aparezcan tan caricaturizados como en muchas películas norteamericanas. Recordemos dos de las citadas: “Mi mujer favorita” y “Roxie Hart”.
Como estoy decidido a averiguar la identidad del Fiscal, lo primero que hago es irme a la página web del Consejo General del Poder Judicial. Ya sé que los fiscales no dependen del CGPJ sino de la Fiscalía General del Estado, que es como llamar al Real Madrid para saber algún dato del Atlético de Madrid, pero me parece lógico.
Al fin y al cabo, la Fiscalía General del Estado también es poder judicial, como bien oí repetir muchas veces a Cándido Conde-Pumpido cuando era su máximo responsable. No pierdo nada por probar. Como solemos decir los periodistas, el no ya lo tengo.
Mando un correo electrónico explicando quién soy y lo que estoy haciendo, que quiero publicar varias columnas sobre el sistema judicial español y les pregunto si me pueden facilitar la identidad del fiscal. No recibí respuesta alguna.
Y hay que darla. Esta es una obligación que siempre establezco cuando doy clases de comunicación institucional. El silencio no es posible, porque sus sueldos los pagan nuestros impuestos.
Afortunadamente, el mundo judicial no se acaba en esa Oficina de Prensa, ni en dña. Concepción Rodríguez Acebedo, jueza del Juzgado de Instrucción nº 21 de Madrid, ni con Ángel, que pertenece al mismo Juzgado.
Como ocurre con los periodistas de investigación, no me resulta hercúleo el trabajo de hacerme con el correo electrónico de don Fernando Noya Fernández, director de Comunicación de la Fiscalía General del Estado.
Le expongo mi necesidad de conocer la identidad del fiscal para realizar mi trabajo.
Y me responde en cuatro líneas.
Ha transmitido mi petición a la Fiscalía de Madrid, que cuenta con cerca de trescientos profesionales. En cuanto tenga respuesta, me la harán llegar.
Suele haber cierto criterio restrictivo a la hora de facilitar identidades de funcionarios, pero en este caso por el que me intereso, cree que no debería haber ningún problema en facilitarlo.
¿Ven qué fácil es la cosa?
Don Fernando es un excelente profesional. Justifica su sueldo. Los contribuyentes debemos estar contentos con él. Su carta no necesita naftalina para combatir el olor de lo antiguo.
Los contribuyentes pagamos para facilitar el trabajo de periodistas y científicos.
Volvamos al Juzgado 21. El otro día me fijé en que solo tiene una cámara, que graba las actuaciones de las partes, acusados, testigos, peritos y público. Bueno, ¿por qué esa jueza, y me supongo que muchos otros jueces, gozan del privilegio de la invisibilidad? Ya he escrito varias veces sobre este asunto y seguiré escribiendo cuantas veces sean necesarias.
En el canal de televisión Crimen & Investigación, he observado que sus Señorías sí dejan que graben los juicios. ¿Por qué no en otros? ¿O es que las productoras de televisión son mucho más iguales que los contribuyentes?
No se trata ya de que algún aspecto del sistema judicial no facilite el trabajo periodístico. No. Es que está impidiendo la investigación científica.
Supongamos que, como he comprobado en algunas vistas, un juez o una jueza, muestra el siguiente lenguaje corporal: Acaba sus intervenciones sosteniendo durante algunos segundos la boca abierta; se toca continuamente la cara; se ajusta una y otra vez las gafas; introduce sus índices en los oídos; se rasca la parte alta del brazo; se tapa la boca con el puño; frecuentemente se echa el pelo hacia atrás; mira con el mentón hundido, los labios apretados y el ceño y la frente fruncidos.
Y así sucesivamente, una batería de lo que los investigadores en Comunicación No Verbal denominan “autoadaptadores”. Un juez o jueza que los emplea de esa manera, distrae muchísimo al personal. Pues bien, sólo puedo escribir sobre el paralenguaje de esos presidentes de vistas, es decir, sobre lo relacionado con su voz y sobre el contenido.
Por ejemplo, los signos de dominio que exhibe regularmente: “Yo no le he preguntado eso”. “¿Me entiende lo que quiero decir?”. “Aquí soy yo quien dictamina si una pregunta es capciosa o no”. Y sobre los razonamientos defectuosos. ¡Qué enorme diferencia con los juicios norteamericanos. Aconsejo ver “Anatomía de un asesinato”, ¡de 1960! Para comprobar la antigualla que es el comportamiento de ni se sabe cuántos jueces. Pedro ¿en qué país vivimos, Lesmes?
Antes, el CGPJ ofrecía unos cursos para que los jueces corrigiesen esos clamorosos defectos. Desde que llegó D. Carlos Lesmes a la Presidencia del CGPJ ese servicio desapareció.
Aunque un equipo esté investigando sobre una muestra de jueces y quiera presentar sus conclusiones en un Congreso internacional, no puede hacerlo, porque el/la juez/a no facilita la grabación de él/ella. Incluso, si ponemos por escrito nuestras observaciones sobre el lenguaje corporal de un/a juez/a, fruto de un seguimiento regular, podemos vernos en apuros judiciales, porque el/la juez/a puede acusarnos de lo que quieran, sabiendo que sólo podemos probar la banda verbal y el paralenguaje. ¿Suponen ustedes que Lesmes se plantea estos problemas? Yo, no.
¿Por qué es tan necesaria una cámara que grabe a un/a juez/a?
Como ya he escrito en otras ocasiones:
La cámara que capta a los jueces evita que éstos sean maleducados con las partes, que menosprecien a unos y a otros, que hagan gestos de todo tipo expresando corporalmente que están cansados y que, «señores letrados, vayan terminando, que tengo otras cosas que hacer». No pocos meten presión ya desde el principio y ponen cara de resignación, de aburrimiento y de desprecio cuando ven que es inevitable el intercambio argumental prolongado. Los contribuyentes queremos ver todo eso con estos ojos que han de desaparecer algún día. Queremos vivir para observar los comportamientos de Sus Señorías.
Las cámaras evitan que los jueces se sientan dioses que están por encima del resto de los mortales. Como decía José Luis L. Aranguren: «Yo nunca llamaré “Magnífico” a un Rector, por muy magnífico que sea».
Y quienes pagamos a los jueces hemos de tener presente siempre el artículo 117 de la Constitución: «La justicia emana del pueblo».
El origen de su legitimidad, por lo tanto, somos los ciudadanos. No pueden actuar al margen de nuestros intereses. Por mucho que hayan sacado una oposición y que supuestamente tengan el trabajo asegurado de por vida.
Como servidores públicos deben responder a lo que se espera de ellos: respeto, educación, neutralidad e imparcialidad para todos. Esto es, Justicia para todos.
La grabación de sus señorías en juicio es, por lo tanto, esencial para cumplir esos objetivos y preservar la confianza pública en el sistema.”
Conclusión
He tenido la fortuna de vez actuar a un buen fiscal que, por ahora, me sigue resultando anónimo pero, como decía un personaje de Dashiell Hammett: “No sabemos eso ahora, pero lo sabremos más tarde”. Espero que, más tarde también, todos los contribuyentes, investigadores y periodistas tengamos acceso a la grabación de las actuaciones de los jueces.