Carlos Santos: «En la TRANSICIÓN HUBO JUECES, FISCALES Y SECRETARIOS JUDICIALES que SE JUGARON SUS CARRERAS y su libertad por la democracia»

Carlos Santos: «En la TRANSICIÓN HUBO JUECES, FISCALES Y SECRETARIOS JUDICIALES que SE JUGARON SUS CARRERAS y su libertad por la democracia»

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05/10/2015 00:00
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Actualizado: 05/10/2015 00:00
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En un tiempo, como éste, en el que algunos ponen en duda la Transición, Carlos Santos, uno de los periodistas de referencia de este país, la reivindica de forma directa. Recordando de dónde venimos. Y lo hace en su libro “333 historias de la Transición”, donde cuenta aquello que muchos desconocen o que han olvidado. Empezando por el papel que jugaron jueces, fiscales y secretarios judiciales.

TEXTO E IMAGEN: CARLOS BERBELL Y YOLANDA RODRÍGUEZ. 

Este verano ha sido la voz del fin de semana de «No es un día cualquiera», en Radio Nacional de España (RNE). Desde 2012 ha codirigido «Los Clásicos», y antes fue la segunda voz del programa «En días como hoy», que presentaba y dirigía Juan Ramón Lucas. Desde 1999, la Casa de la Radio, de RNE, ha sido su casa de verdad. 

Pero circunscribir a Carlos Santos en éste último periodo radiofónico es no conocerle. Porque son 38 años de profesión a sus espaldas. Fue subdirector de «Las Mañanas», de Canal Sur Radio, presentador de informativos en Canal Sur TV, editor de Cambio 16, director de «La Voz de Almería», cronista parlamentario de Diario 16 y corresponsal en Madrid de Mundo Diario.

Vivió la «Transición» en primera persona. Es verdad que, como dice él, era un jovenzuelo. Pero valora en lo que vale aquel periodo de nuestra historia reciente que ahora algunos quieren denostar, por motivos diversos.

«A veces tengo esa impresión de que está como de moda la crítica a «la Transición», de oídas. Porque quien sepa lo que es una guerra civil, o una dictadura, aunque sólo porque lo haya leído en los libros de historia, tiene que saber valorar lo que significa un histórico tránsito entre una dictadura a una democracia equiparable a las más avanzadas del mundo», afirma con rotundidad.  

«Esto último no lo puede discutir absolutamente nadie. La democracia española está entre las dos docenas –por poner una cifra generosa- de democracias más sólidas de la tierra. Eso lo hicimos los españoles. No lo hicieron tres o cuatro políticos clandestinamente. Esto fue el resultado de un largo proceso de evolución social, económica, política, incluso sexual. Este país pasó del blanco y negro más horrible de una dictadura al color natural de cualquier democracia europea. Esto lo hizo una generación entera de personas. Merecen el máximo respeto», añade.

Por eso, cuando La Esfera de los Libros le propuso hacer un libro como éste, lo aceptó de inmediato. 

«333 Historias de la Transición» es un ejercicio de recuperación de la memoria histórica, de poner en valor lo que hicimos los españoles. Nada menos que pasar de una dictadura a una democracia en paz.

Para vivir en «libertad sin ira», para pasar página de una dictadura que parecía no tener fin. 

Un proceso en el que un grupo pequeño de juristas jugaron un importante papel. Todo ellos formaban parte de lo que después se conoció como Justicia Democrática.

«LA DEMOCRACIA ESPAÑOLA ESTÁ ENTRE LAS DOS DOCENAS DE DEMOCRACIAS MÁS SOLIDAS DE LA TIERRA»

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¿Qué era ese grupo?

Fue una de las manifestaciones de decencia que hubo entre el funcionariado español. Que hubo muchas. Se llamaba Justicia Democrática y la integraban jueces, fiscales y secretarios judiciales. Era una organización clandestina que nació en los últimos años del franquismo. La integraban personas como Paco Huet, Clemente Auger, Jesús Vicente Chamorro, Antonio Carretero, Juanjo Martínez Zato o Fernando Ledesma, por citar a algunos. Conspiraban constantemente, contando con el apoyo de juristas como el catedrático Manuel Jiménez de Parga, que luego fue presidente del Tribunal Constitucional, del que se decía que era «de derechas pero demócrata». 

Casi todos ellos estaban destinados en Barcelona. Ninguno tenía opción de trabajar en el Tribunal de Orden Público, el conocido TOP, o en los tribunales laborales, que eran los destinos mejor pagados, que se quedaban los afines al régimen. 

Eran cuatro gatos, pero su trabajo, callado y secreto, fue esencial para el éxito de la democracia. En enero de 1977 celebraron su primer y único Congreso. Eran todavía clandestinos. Se disolvieron en 1978. Fueron la semilla que luego dio paso a las actuales asociaciones, la Asociación Profesinal de la Magistratura, Jueces para la Democracia, Francisco de Vitoria, la Unión Progresista de Fiscales, la Asociación de Fiscales… 

El Tribunal de Orden Público era el tribunal político por antonomasia de la dictadura. ¿Cuánto tiempo funcionó?

El TOP fue la expresión del franquismo en la justicia. Se lo inventan en 1964, asumiendo las competencias del Tribunal Especial de Masonería y Comunismo. Era un mecanismo para meter en la cárcel a aquellos que criticaban a la dictadura. A los disidentes. 

Al primer tío que metieron en la cárcel fue a Timoteo Buendía, un albañíl que estaba en un bar madrileño, viendo la tele. Estaba borracho. Al ver a Franco dijo «me cago en Franco, me cago en Franco».

Le cayeron diez años de cárcel. 

El último condenado fue Francisco Meseguer, impresor de Barcelona. El 20 de diciembre de 1976 le cayeron cuatro años y dos meses por tener un revólver en casa. 

¿Cuándo fue suprimido?

Lo suprimió el primer gobierno democrático, en enero de 1977. En total, dictó 3.788 sentencias, de las que 2.810 terminaron en condenas. Si descontamos vacaciones y festivos, sale una condena al día. Todas por delitos políticos. 

En la dictadura, ¿la tortura era común?

La palabra tortura, de tanto repetirla, parece que carece de sentido, pero cuando le sacan un ojo a alguien de tu familia toma todo el sentido del mundo. O cuando le queman un testículo a un compañero de tu clase, también cobra un sentido tremendo. Claro que era lo común por aquel entonces. 

Hay que saber lo que es el mundo, lo que es una dictadura, lo que es una guerra civil, para poder valorar lo que se hizo en los años 70, que encima se hizo con un mínimo coste en vidas, porque hubo violencia, muerte y hubo miedo.

El miedo era una de las constantes.

El miedo al pasado. A que se repitiera. Y el miedo al futuro, a lo que pudiera ocurrir. Miedo a que te saltaran un ojo en una manifestación. O a que te quitaran la vida como le pasaba casi a diario a alguna persona.

El miedo al pasado. El miedo al futuro. El miedo al cambio.

Había un montón de miedos. Y en medio de todos eso miedos, el anhelo de lograr construir un sistema democrático decente equiparable a los más sólidos de la tierra sin ninguna discusión. Pues eso, hay que decirlo alto y claro, tiene mucho mérito.

«LA PALABRA TORTURA, DE TANTO REPETIRLA, PARECE QUE CARECE DE SENTIDO, PERO CUANDO LE SACAN UN OJO A ALGUIEN DE TU FAMILIA TOMA TODO EL SENTIDO DEL MUNDO»

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La canción «Libertad sin ira», ¿es una síntesis de esto que explica?

Sí que lo es. Y se debe a Juan Tomás de Salas, el editor de Cambio 16. Juan Tomás iba a sacar Diario 16 y la encargó para la campaña publicitaria del periódico. «Libertad sin ira» representa su pensamiento. El espiritu de concordia, de paz, de mirar hacia el futuro. La letra la escribió Rafael Baladés, creativo de la agencia Delvico, pionero de la «publicidad emocional». La música se la encargó Juan Tomás a dos grandes compositores: Pablo Herrero y José Luis Armenteros, que en su día tocaron con «Los Relámpagos». Suyas son canciones tan populares como «Cuéntame», de Fórmula V, o «Libre», de Nino Bravo. 

Jarcha tuvo un debate interno por la canción. Porque ellos defendían un andalucismo progresista y no lo veían claro. Algunos de sus componentes consideraban que era una aventura comercial. Al final, la cantaron y se convirtió en un éxito instantaneo.

Ahora, cuando pones «Libertad sin ira» en cualquier buscador de internet, te aparece Jarcha, pero en realidad era puro espíritu Salas. Juan Tomás estuvo predicando eso desde que sale Cambio 16 hasta el final de sus días.

¿»Libertad sin ira» contribuyó a finiquitar la censura fonográfica?

¡Y de qué forma!. En la primera página del primer número de Diario 16, el 18 de octubre de 1976, apareció un recuadro titulado ‘Prohibida Libertad sin ira’. El periódico contaba que el entonces director general de Televisión, Rafael Ansón, había prohibido, 9 días antes, la emisión de la canción en todas las cadenas de radio y televisión del país. 

Lalo Azcona, que entonces tenía 25 años y presentaba el telediario de los tres, se llevó a Jarcha a tocar «Libertad sin ira», en directo. Eso sí, con autorización de la superioridad. La censura tardó todavía un año en desaparecer, pero ese fue el principio del fin: la emisión de «Libertad sin ira» en el informativo del mediodía. 

Por su libro, queda claro que la dictadura, en su fase final, no maneja bien la comunicación. ¿El proceso de Burgos fue un buen ejemplo de ello, una operación en la que se pretendía una cosa, el escarmiento, y se obtuvo lo contrario?

Ese fue uno de los grandes errores del franquismo en su fase terminal. 

En Capitanía General de Burgos un tribunal militar enjuició a 16 jóvenes vascos por asesinato y pertenencia a organización terrorista. Entre los acusados había tres mujeres y dos curas. Todos ellos muy jóvenes. Se les acusaba de la muerte del policía Melitón Manzanas, el guardia civil Pardines y el taxista Fermín Monasterio.

La idea del régimen era la de convertir el juicio contra los procesados en un gran espectáculo ejemplarizante. Pero consiguió lo contrario. Porque dio a ETA una visibilidad que no había tenido hasta ese momento y transformó el consejo de guerra en un espectáculo mundial contra la dictadura.

Lo mismo le pasó con el proceso 1001, que querían hacer un castigo ejemplar, y de hecho se lo dieron, pero la publicidad que obtuvieron fue incréible.  Aunque si no llega a ser porque se muere Franco y por las primeras amnistías, hubieran pasado toda su juventud en la cárcel. 

«’LIBERTAD SIN IRA’ FUE UN ENCARGO DE JUAN TOMÁS DE SALAS PARA CONMEMORAR LA SALIDA DE DIARIO 16. REPRESENTABA SU PENSAMIENTO, EL ESPÍRITU DE CONCORDIA, DE MIRAR HACIA EL FUTURO; NO FUE UNA COMPOSICIÓN DE JARCHA»

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¿Por qué se denominó «Proceso 1.001»?

Fue el número que se le dio en TOP. El juicio tuvo lugar en diciembre de 1973. En el banquillo se sentaron diez dirigentes de Comisiones Obreras que habían sido detenidos un año y medio antes, en junio de 1972, en el convento de los Mártires Oblatos, en Pozuelo de Alarcón, un pueblo a las afueras de Madrid. Entre los acusados estaban Marcelino Camacho, el líder de CC.OO., y el abogado Nicolás Sartorius. 

CC.OO. había llevado a cabo la política de entrismo, promoida por el PCE, que consistía en infiltrarse en el tejido laboral a través de las elecciones convocadas por los sindicatos verticales para defender los derechos sindicales y también las libertades públicas. 

La sentencia del TOP fue brutal. Las condenas fueron de doce a veinte años de cárcel para cada uno. La amnistía general les devolvió la libertad dos años y pico después.

En el libro cuenta que hubo conversiones ideológicas claras, como por ejemplo la de Jaime Miralles. 

Así es. En Madrid había una calle que se llamaba Hermanos Miralles, que eran sus tres hermanos.

Los tres habían muerto en la guerra, combatiendo con las tropas de Franco que eran las que habían dado el golpe de Estado y son las que ganaron al final. Para el franquismo eran unos mártires. 

Jaime se metió también a militar, pero un día lo mandaron a hacer un recado al Valle de los Caídos. Entonces estaba construyéndose el gigantesco mausoleo. Por presos de guerra. El dictador ya empezaba a ser llamado caudillo y a ser objeto de idolatría. 

Al joven militar, cuyos hermanos habían muerto en combate, aquello le pareció insorportable e injusto. Y se dijo, «Yo he hecho la guerra para que mi país viva mejor, para que la gente viva mejor, no he hecho la guerra para idolatrar un caudillo”.

Desde ese mismo día decidió darse de baja en el Ejército. No le resultó nada fácil. Tardó un año y medio, y tuvo que hacer trampas. Un cuñado suyo le tuvo que provocar una gravísima deshidratación para que le dieran baja médica y dejar de ser militar. 

Desde ese momento, en su familia había tradición monárquica, se puso en contacto con monárquicos que a su vez tenían relación con Don Juan de Borbón en el exilio. A partir de entonces, toda su vida la dedico a defender la libertad.

Jaime Miralles era padre de diez hijos, era abogado y trabajaba como funcionario en la Diputación de Madrid. Era un hombre honrado. Puso en riesgo su patrimonio. Puso en riesgo el futuro de sus diez hijos, simplemente por el bien común.

Esto lo hizo a principios de los años 60.

Y participó en el llamado «contubernio de Munich»… 

Y participó en el «contubernio de Múnich», que es como lo denominó el régimen. Era 1962. Fueron 112 personas, profesionales, funcionarios…, los que se reunieron en Munich, en la República Federal Alemana. Había de todo menos comunistas. Eran gentes del interior y del exilio. Fue la primera vez, desde el final de la guerra civil, que se reunían gentes de ambos lados para hablar de la situación de entonces y del futuro. Aquello fue muy importante porque imperaba el espíritu de reconciliación entre ellos.

«EN 1962, 112 PERSONAS, PROFESIONALES, FUNCIONARIOS…, GENTES DEL INTERIOR Y DEL EXILIO, SE REUNIERON POR PRIMERA VEZ DESDE LA GUERRA CIVIL PARA HABLAR DE LA SITUACIÓN DE ENTONCES Y DEL FUTURO»

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Luego los fueron deteniendo, según volvían a España. 

Uno detrás de otro. Arruinaron su carrera, pusieron en riesgo sus vidas, su integridad física, su patrimonio. Eran gente generosa y lo hacían por el bien común. No era para que después los pusieran en la lista de un partido. En absoluto. 

Eso fue importantísimo. El hecho de que personas provenientes de la izquierda clandestina más radical y personas procedentes de familias del poder, de repente decidieran por un sentido de la justicia trabajar por el bien común…

¿Qué pasó con Jaime Miralles?

Jaime Miralles fue detenido cuando volvió a España y desterrado a Fuerteventura. Como era lógico, lo despidieron por inasistencia, o algo así. Cuando cumplió la pena de destierro, Miralles se fue a los tribunales para recuperar su puesto de trabajo. Y ganó el juicio. 

También había jueces decentes, hay que decirlo. Y había unas leyes que aplicar. 

Y había muchos abogados decentes también. Gente como Miralles. A punta pala. No había una provincia en España que no los tuviera. Ahí [señala su libro, que está sobre la mesa] doy nombres de algunos. En Barcelona Albert Fina, en Santander, Claudio Murilla, en Almería D arío Fernández…

No se olvida usted, en el libro, de los temidos «sociales»… ¿Qué eran los sociales?

La policía política del régimen. Los pertenecientes a la Brigada Político Social. Eran muy temidos. Algunos tenían motes como Billy el Niño, en Madrid, o Paco el Jirafa, en Granada. 

Pero también estaban los del Servicio de Información de la Dirección General de Seguridad, un servicio secreto especializado en delitos politíco-sociales y los del Servicio de Información de la Guardia Civil, el SIGC. Todos se dedicaban a cazar disidentes. 

La transición, por lo tanto, no fue un paseo de rosas…

Claro. Había un miedo constante.

Y eso es lo que las nuevas generaciones no entienden

Mi libro permite comprender muy bien las cosas. Había un elemento superior que era el miedo a que se repitiera la historia, que es lo que hemos olvidado. Eso estaba claro y eso te lo dice gente de todos los bandos. Desde Carrillo a hasta Torcuato Fernández-Miranda todos tenían claro lo que Jaime decía en una frase.«A la guerra solo vas una vez y porque no sabes lo que es».

Y quienes tenían el recuerdo de la guerra o de los efectos de la guerra, desde su infancia, no querían que se repitiera. Y quienes la habían hecho físicamente tampoco.

Eso es muy importante, en la transición se termina la guerra.

«HABÍA UN ELEMENTO SUPERIOR, QUE ERA EL MIEDO A QUE SE REPITIERA LA HISTORIA. TODOS TENÍAN CLARO LO QUE JAIME DECÍA EN UNA FRASE: ‘A LA GUERRA SÓLO VAS UNA VEZ Y PORQUE NO SABES LO QUE ES»

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Algunos dicen que la «Transición» no fue tan importante como algunos afirman…

Yo creo que eso no lo puede decir nadie con seriedad, porque además hay cifras. Hay datos de resultados electorales claros donde se expresa la gente votando.

Es muy interesante el dato del referéndum de Suárez. Cuando Suárez convoca el referéndum de reforma política en diciembre del año 76, la izquierda clandestina, en algún caso ya tolerada, dice que predican la abstención.

Y la derecha del franquismo, de correaje y cinturón -porque  había otro franquismo que hacía todo lo posible por sobrevivir y adaptarse a las circunstancias-, piden el no.

El no sacó un porcentaje insignificante de votos y la abstención de la izquierda debió de quedarse en un seis por ciento, si es que se llegó. Porque hubo una participación enorme.

Más del 75 por ciento. 

Yo en aquella época me movía en círculos de gente que pedía la abstención. Toda la gente a la que yo conocía se abstuvo, pero éramos una gota de agua. Cuatro universitarios.

La inmensa mayoría de la gente votó.

Cuento ahí el caso de una persona que voto dos veces. Estaba empadronado en Barcelona y en Madrid, y como no había informática…

¿Coló?

Sí. Lo hizo dos veces. Una en Barcelona y otra en Madrid. Era una persona progresista, implicada en la presencia de la democracia. De ahí que la expresión «no vayamos a joderla» fuera utilizada por mucha gente que miraba con muchísima simpatía la evolución democrática de España y que luego, votarían el resto de su vida a la izquierda. Porque estaban implicados en partidos de izquierda. Pero votaron porque, ‘no vayamos a joderla’.

Ese temor estaba ahí y fue masivo. Eso también te indica que había una masa ingente de españoles que esperaban era una evolución. Por eso apoyaron a UCD, que era un partido emanado en buena parte del franquismo, en dos legislaturas.  

Sin embargo, no votaron al partido de Fraga, que era puro franquismo, fundado por siete ministros de Franco.

Esa formación política tuvo muy pocos votos en esa primera etapa.

La gente decidió el tipo de tránsito que quería.

«HABÍA UNA MASA INGENTE DE ESPAÑOLES QUE ESPERABAN UNA EVOLUCIÓN. POR ESO APOYARON A UCD, QUE ERA UN PARTIDO EN BUENA PARTE DEL FRANQUISMO, EN DOS LEGISLATURAS»

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Estaban cansados de la dictadura.

Claro. Le estaban cogiendo gusto a la libertad.

Y a lo largo de esos años dicen que hubo cambios de chaqueta, pues claro que los hubo. Menos mal. De repente, hubo demócratas de toda la vida. Pues menos mal.

Es que si no hubiéramos seguido toda la vida sacudiéndonos…  

Efectivamente hubo mucha gente que de repente se convirtieron en demócratas de toda la vida y hubo también muchos revolucionarios que decidieron que ya no querían saltar palacios de inviernos.

Los que estaban en partidos maoístas, en partidos trostkistas, querían una revolución y esas personas que querían una revolución y que arriesgaban sus vidas o su patrimonio, o su integridad física por perseguir esa revolución, ocho años después estaban entusiasmados porque había ganado las elecciones el PSOE.

Aunque no lo hubieran votado. Estaban entusiasmados.

Ocho años más tarde todos aquellos partidos desaparecieron del mapa. Desaparecieron completamente porque sólo los votaban seiscientas personas.

¿Esto que quiere decir?, que hubo cambio.

Luego, hay otro dato cuantificable e inequívoco, de que aunque se dejaron candados cerrados, se dejaron las llaves para abrirlos.

La llave es el voto democrático.

El dato más significativo es que en 1982 el partido del Gobierno, la UCD, se queda con doce diputados. Es decir, los ciudadanos borran de la faz de la tierra al partido que ha pilotado la transición. 

Pasa de 166 o 167 diputados a 12.

¡¿Qué más quieres?!, ¡¿que encima los corran a gorrazos?!. ¿Qué más quieres si puedes echarlos del poder?.

«A LO LARGO DE ESOS AÑOS DICEN QUE HUBO CAMIBOS DE CHAQUETA. ¡PUES CLARO QUE LOS HUBO! MENOS MAL. ¡PUES MENOS MAL!  

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Hagamos un recordatorio, sobre todo, para aquellos que no vivieron la Transición. Antes  no había libertad de expresión, no podías decir lo que querías.

Antes no podías ni darle un beso a tu novia.

En la calle.

En la calle. Porque te ponían una fortísima multa que era de 250 pesetas que era un sueldo.

Y por publicar lo que tu pensabas también ibas a la cárcel.

Por supuesto. Claro.

Tampoco había un límite de 72 horas en comisaría, podías estar días o meses.

Al final, había un montón de trampas. Había el Tribunal de Orden Público que te condenaba por tener una ideología diferente. E ibas a prisión. No era una broma. 

Y ‘te inflaban a hostias’…

Claro.

En el colegio tenías que estudiar religión y formación del espíritu nacional.

En el colegio había que cantar el Cara al Sol por las mañanas.

En muchísimos colegios hasta muy tarde. Hasta fechas digamos, muy relativamente cercanas a la fecha de la muerte de Franco.

Es que al escribir este libro no he podido impedir mirar para atrás e incluso a lo que yo viví en mi más lejana infancia, es decir, lo que sufrieron mis padres.

Lo que fue terrible fue lo que sufrieron los años 40, 50 y 60. Eso fue terrible. Una puñetera dictadura, y los perdedores de la guerra se morían de hambre.

Lo que despertó el sentido crítico, por ejemplo de personas, como el cardenal Vicente Enrique y Tarancón desde que era un chaval.

Al cardenal Tarancón lo hacen obispo con 27 años por un error de la burocracia franquista, porque los obispos los elegía el régimen.

El Gobierno tenía la potestad de elegir a los obispos. Proponía los candidatos al Vaticano y el  Vaticano decidía cual.

Por algún error, porque era un chico de buena familia, con 27 años, de Castellón de la Plana, de familia bien, meten a Tarancón. Era un perseguido de los rojos y lo hacen obispo con 27 años. 

Y en su primera intervención pública con 27 años dice que había que revisar ese mecanismo y que no tenía que ser el régimen el que eligiera a los obispos y que eso había que quitarlo. 

Tres años después, en el año 50, se hace la llamada ‘Pastoral del pan’, denunciando la corrupción. Es una denuncia de la corrupción que hoy tendría que ser de lectura obligatoria para todos aquellos que ocupan un escaño en el Parlamento o tienen un puesto en la administración pública, o una representación  política.

Debería ser de lectura obligatoria la pastoral del pan que escribe el obispo de Solsona, que era un pequeño obispado y futuro cardenal Tarancón, con 27 años.

«AL ESCRIBIR ESTE LIBRO NO HE PODIDO DEJAR DE MIRAR ATRÁS, EN REFLEXIONAR SOBRE LO QUE SUFRIERON MIS PADRES. FUE TERRIBLE LO QUE NUESTROS COMPATRIOTAS SUFRIERON LOS AÑOS 40, 50 Y 60. ERA UNA PUÑETERA DICTADURA Y LOS PERDEDORES SE MORÍAN DE HAMBRE»

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Una pastoral contra la corrupción. 

A Tarancón le ponía enfermo ver que la corrupción afectaba no ya a las grandes concesiones de industrias de empresas mineras de arancel, a empresas de importación y exportación que eran los grandes negocios, no. Afectaba también a la miserable ración de comida que se les daba a los que no tenían nada, Había millones y millones de personas con cartillas de racionamiento.

Entonces, con la materia prima de esas cartillas de racionamiento, que estaban destinadas a personas que no tenían nada, hacían trapicheo y las vendían en el mercado negro.

Y eso le ponía enfermo.

Como a cualquier persona con sensibilidad actual que tenemos ahora muchísimo para todo tipo de maltrato a cualquier animal de cualquier especie, no digamos a la humana, ¿qué hacemos?

Él empezó a moverse por los despachos -¡cómo es posible esto!-, le daban portazos y escribió la ‘Pastoral del pan’. Tendría que ser hoy de lectura obligatoria. Eso fue en los años 50. Total, que se quedó 18 o 20 años castigado en Solsona.

Franco no se atrevió a quitarlo, porque Franco no se atrevía con la Iglesia. ¡Cualquiera castigaba a un obispo!, pero lo dejó ahí de por vida.

Lo que pasa, que luego llegó el Concilio Vaticano II y Pablo VI, que los ponía enfermos. Se dieron cuenta de quién era el enemigo. 

Monseñor Tarancón jugó un gran papel en la Transición. 

¿Por qué decidió escribir este libro?

La ocurrencia fue de la editorial La Esfera de los Libros. De pronto se dieron cuenta de que yo era uno de los andaban corriendo por allí, por los pasillos del poder –yo era un crío en los años 70-. Lo que he intentado hacer es un ejercicio de honradez intelectual y de memoria histórica. Pero no de mi propia memoria.

No me gustan los libros de periodistas y de políticos. Lo que he intentado hacer es un ejercicio de memoria colectiva. Por eso, este libro lo hubieran podido firmar conmigo más de  50 personas que aparecen ahí. Una detrás de otra. En el capítulo de agradecimientos. A las que he pedido que me regalen sus propios recuerdos y su propia visión de los hechos.

Suma esto a los 38 años que llevo como periodista político, pero esa parte de la cuestión, la del periodista político que ha estado en permanente contacto con fuentes, la he dejado un poco de lado.

Y mis notas, en cierto modo, también las he dejado de lado. Me interesaba mucho hacer un ejercicio de memoria colectiva porque de lo que se trataba era justamente de escribir lo que no se ha contado en otros libros sobre la época, que es ese espíritu de un proceso histórico que fue un proceso coral.

«LA TRANSICIÓN NO LA HICIERON 4 o 5 PERSONAS EN UNOS DESPACHOS, SINO CIENTOS DE MILES DE PERSONAS EN LAS CALLES, EN LAS AULAS, EN LAS IGLESIAS, EN LOS CUARTELES, EN LAS CAMAS E, INCLUSO, EN LOS BARES»

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