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Opinión | Derribado antes de despegar: el caza europeo de sexta generación cae sin que nadie le disparara

El FCAS, el caza europeo de sexta generación, ha muerto antes de volar. Francia, Alemania y España repiten el divorcio de 1985 entre Rafale y Eurofighter.

11/06/2026 03:06

«Airbus no quiere trabajar con Dassault, y punto. Tomo nota»Éric Trappier, consejero delegado de Dassault Aviation, rueda de prensa, marzo de 2026.

Hay comunicados que entierran proyectos de envergadura imperial con sintaxis de acta notarial.

El que difundió el Elíseo el pasado lunes informaba de que el presidente Macron y el canciller Merz «expresaron su pesar por el hecho de que los socios industriales no hayan sido capaces de alcanzar un acuerdo sobre la continuidad del proyecto».

Pesar. Socios industriales. Continuidad. Tres eufemismos administrativos para certificar la defunción del FCAS, el Futuro Sistema de Combate Aéreo: el programa que estaba llamado a ser la mayor empresa de defensa jamás acometida en común por países europeos, el caza de sexta generación en el que Francia, Alemania y España llevaban casi 9 años de trabajo y un horizonte de unos 100.000 millones de euros comprometido, y que debía garantizar la soberanía del cielo europeo hasta bien entrada la segunda mitad del siglo.

Cuando un avión se estrella, una comisión técnica reconstruye el siniestro: examina los restos, descarta hipótesis, escucha la caja negra y emite un informe.

Apliquemos el método, porque pocas veces habrá resultado tan esclarecedor. La primera peculiaridad de este accidente es que la aeronave cayó antes de existir: no llegó a volar ni un prototipo.

La segunda es más inquietante: la caja negra no contiene los últimos minutos de vuelo, sino los últimos cuarenta años, y la conversación que ha derribado al FCAS está grabada, casi palabra por palabra, desde 1985.

La autopsia: ningún impacto externo

Primero, los hechos. El FCAS nació en julio de 2017, anunciado por Emmanuel Macron y Angela Merkel como símbolo de la unidad europea tras el Brexit y como apuesta de independencia tecnológica frente al F-35 norteamericano.

España se incorporó en 2019 como tercer socio de pleno derecho, con un tercio exacto de la financiación y de la carga industrial. La arquitectura empresarial reprodujo la política: Dassault por Francia, Airbus por Alemania, Indra por España.

El objetivo no era un avión, sino un «sistema de sistemas»: un caza de nueva generación operando con enjambres de drones y conectado a una nube de combate, llamado a sustituir a partir de 2040 a los Rafale franceses y a los Eurofighter alemanes y españoles.

Bélgica esperaba en la puerta. Sobre el papel, Europa había alineado por fin las tres cosas que siempre le faltan a la vez: dinero, tecnología y voluntad política declarada al máximo nivel.

Segundo, el descarte de hipótesis. ¿Murió por falta de presupuesto? No: la fase de demostración en curso estaba contratada por unos 3.500 millones de euros a repartir por igual entre los tres socios, y el programa colapsó precisamente cuando Europa, por fin, nada en dinero de defensa.

¿Murió por falta de amenaza? Tampoco: cae con una guerra de alta intensidad en el este del continente y con un presidente norteamericano que subasta cada mañana su compromiso con la seguridad europea. ¿Murió por un fallo tecnológico? No consta ninguno: el programa nunca llegó tan lejos.

Murió por el asiento del piloto. Dassault sostenía que debía asumir el control del avión por ser la única empresa europea con experiencia completa en el diseño integral de cazas; Airbus se negaba a aceptar un papel subordinado en un proyecto financiado a tercios.

Cuando en febrero Guillaume Faury, consejero delegado de Airbus, propuso fabricar dos versiones del aparato, la disputa escaló; en marzo, Dassault acusó a Airbus de torpedear el programa y Éric Trappier pronunció el certificado de defunción que encabeza esta columna.

En junio, Macron y Merz se limitaron a firmarlo. De todo el sistema de sistemas solo sobrevive el desarrollo de la nube de combate. Léase despacio, porque la frase no tiene desperdicio: del avión europeo, a día de hoy, queda la nube.

Seamos justos con París, porque el argumento francés es más serio que una vanidad corporativa. Francia es la única potencia nuclear de la Unión y su disuasión aérea descansa sobre el Rafale: el avión que lo sustituya deberá portar el arma atómica y operar desde el futuro portaaviones, obedeciendo únicamente al presidente de la República.

«Soberana, francesa hasta la médula», definió Macron esa disuasión en marzo de 2025. Para el Elíseo, la autoridad de diseño sobre el caza no es una preferencia industrial: es doctrina nuclear.

Y hay una asimetría que explica la distinta temperatura de cada capital: Alemania encargó F-35 como solución puente y España amplió su flota de Eurofighter con el programa Halcón; Francia, en cambio, no tenía plan B encarrilado y equivalente. Dependía por entero del FCAS, y quien más depende de un proyecto es quien más exige controlarlo.

Ahí reside la verdadera naturaleza del siniestro, y conviene formularla con precisión: no es que una parte tuviera razón y la otra no; es que las dos la tenían dentro de su propia lógica.

Una soberanía nuclear indelegable frente a una negativa, perfectamente legítima, a financiar un tercio de un avión gobernado por otro.

El error no estaba en los litigantes, sino en el contrato: una sociedad a tres en la que la pregunta decisiva —quién manda cuando los socios discrepan— quedó sin respuesta desde la firma de 2017.

A los juristas el caso nos resulta familiar: las sociedades no mueren por discrepar; mueren por no haber pactado cómo discrepar. Dos soberanías legítimas no suman una soberanía común: la yuxtaponen. Y un caza no se construye por yuxtaposición. Europa, tampoco.

La caja negra graba en 1985

Ahora, la grabación. En 1983, cinco naciones europeas —Reino Unido, Francia, Alemania, Italia y España— acordaron desarrollar juntas el caza europeo del futuro, el Future European Fighter Aircraft.

Francia quería un avión más ligero y embarcable para sus portaaviones; los demás, un interceptor de superioridad aérea.

Pero el desacuerdo de fondo no era aerodinámico, sino jerárquico: París exigía el liderazgo industrial y de diseño del proyecto común, invocando la experiencia de Dassault.

Nadie cedió. En 1985 Francia se levantó de la mesa y construyó en solitario el Rafale; los otros cuatro siguieron adelante y construyeron el Eurofighter.

El resultado de aquella ruptura merece contemplarse sin pestañear, porque es el espejo exacto de lo que viene.

Europa acabó pagando dos veces el mismo avión: dos cazas nacidos del mismo requerimiento operativo, financiados por contribuyentes europeos, que llevan décadas compitiendo entre sí en prácticamente todos los concursos de exportación del planeta.

Rafale contra Eurofighter en India, en Suiza, en el Golfo: Europa contra Europa, con presiones diplomáticas cruzadas y precios a la baja, para regocijo de los compradores y de la competencia norteamericana.

Y mientras los dos gallos europeos se disputaban el corral de la cuarta generación y media, Lockheed Martin colocaba el F-35 —quinta generación— en una docena de países del propio continente.

La rima de 2026 no necesita subrayado: la misma empresa, la misma exigencia, el mismo desenlace. Hay, eso sí, una diferencia, y agrava el cuadro.

En 1985 la ruptura se produjo a tiempo de que cada bando construyera su aparato, y de aquel divorcio salieron al menos dos cazas excelentes. En 2026 la ruptura llega tras casi una década de estudios, con miles de millones gastados y nada en la pista. La secuela es peor que el original: esta vez Europa no ha producido dos aviones, sino ninguno.

El reloj de los demás

Conviene levantar la vista del cráter y mirar los relojes ajenos. El GCAP —el programa rival que desarrollan Reino Unido, Italia y Japón— tiene fecha de entrada en servicio prevista en 2035, cinco años antes del horizonte que manejaba el FCAS.

Estados Unidos adjudicó en marzo de 2025 a Boeing el desarrollo del F-47, su caza tripulado de sexta generación. China hizo volar a finales de diciembre de 2024 dos aparentes prototipos furtivos sin deriva —bautizados por los analistas como J-36 y J-50— cuyas imágenes circularon de inmediato. Todos los actores de la carrera tienen prototipo, contrato o calendario. Europa continental tiene un comunicado de pésame.

Las consecuencias inmediatas ya se mueven. Airbus busca socios alternativos, y en el sector se mencionan el grupo sueco Saab y el propio GCAP como vías posibles; según trascendió en la prensa especializada, el canciller Merz llegó a sondear a Giorgia Meloni sobre una eventual incorporación al programa anglo-italo-japonés cuando el FCAS agonizaba.

Repárese en lo que eso significa: la alternativa realista al fracaso del proyecto continental pasa por Londres y por Tokio. El caza concebido para emancipar a Europa de Washington podría acabar dependiendo del Reino Unido que se marchó de la Unión y del Japón que jamás perteneció a ella. La geografía tiene sentido del humor.

Y aquí, la paradoja temporal que convierte el episodio en síntoma.

Escribí en estas páginas, hace unos meses, que Europa no era un continente indefenso sino un continente que había delegado su defensa por comodidad política, no por incapacidad material.

El año 2026 parecía darme la razón por el lado bueno: el mecanismo SAFE moviliza 150.000 millones de euros en créditos de defensa, los presupuestos militares europeos baten récords y numerosos Estados miembros han activado la cláusula de escape fiscal para rearmarse sin penalización.

El dinero, por fin, existe. El FCAS obliga a afinar el diagnóstico, y el resultado es menos tranquilizador: el problema europeo no era solo la comodidad de delegar; es la incapacidad de mandar. Un continente puede comprar aviones con dinero. Lo que el dinero no compra es la decisión de quién pilota.

España: pagar la cabina, viajar en bodega

España merece capítulo propio, porque ha estado sentada a las dos mesas —la de 1983 y la de 2019— y en ninguna de las dos rupturas tuvo voz en el desenlace.

En los años ochenta participó en el programa de los cinco y, tras la marcha francesa, siguió con el Eurofighter. En 2019 entró en el FCAS como socio igualitario: un tercio de la financiación, un tercio de la carga de trabajo, e Indra designada coordinadora nacional por el Gobierno.

Indra se concentró en los sensores y en la nube de combate, y se mantuvo escrupulosamente al margen de la pelea entre Dassault y Airbus.

Una prudencia que, vista desde el desenlace, resulta indistinguible de la irrelevancia: cuando dos socios se disputan la empresa común, el tercero que calla no arbitra; mira.

El epílogo español es de una elocuencia cruel. Madrid se enteró del divorcio por un comunicado redactado en París sobre una decisión pactada entre el Elíseo y la Cancillería.

La ministra de Defensa, Margarita Robles, calificó la ruptura de «fracaso sin ninguna duda», y hay que agradecerle una franqueza infrecuente en el ramo; pero el veredicto llega de quien no tuvo mano en el volante.

Las opciones que ahora se barajan para España —acompañar a Airbus hacia Saab, llamar a la puerta del GCAP— volverán a decidirse, como todo en esta historia, en despachos ajenos.

Sostuve hace unas semanas que España financiaba programas concebidos para guerras que no son la suya. La realidad ha querido enmendarme con sorna: España financiaba un programa que no era para guerra alguna, porque el avión no iba a existir.

Del caza solo queda la nube

El ministro de Defensa belga, Theo Francken —cuyo país aguardaba turno para incorporarse al programa—, firmó el epitafio más honesto: «La brecha entre Dassault y Airbus era demasiado grande. Para quienes sueñan con un Ejército europeo único, es un despertar doloroso».

Tiene razón, y conviene precisar el diagnóstico, que no es el obvio. El FCAS no demuestra que Europa no pueda defenderse: demuestra que la soberanía militar no se compra con partidas presupuestarias. Es, antes que nada, un acto de subordinación: del interés particular al mando común, del ego industrial al propósito compartido.

Exactamente lo que se le exige a un piloto cuando se integra en una escuadrilla. Europa ha aprobado, en dos años, todos los exámenes de tesorería del rearme.

El de subordinación lo lleva suspendiendo desde 1985.

El primer caza europeo de sexta generación ha sido derribado antes de despegar. El informe del siniestro no hallará misil, ni radar hostil, ni fatiga de materiales: hallará dos consejos de administración y cuarenta años de jurisprudencia sobre el mismo pleito.

Y consignará un detalle final que ningún guionista se habría atrevido a escribir: de aquel avión llamado a custodiar el cielo de Europa solo ha sobrevivido, literalmente, una nube.

Europa, vuelve a ser Europa.

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