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Opinión | Ganar todas las batallas, perder la seguridad: por qué la hegemonía israelí ha tocado el límite de lo que la fuerza puede comprar

Israel ganó la guerra sobre el terreno, pero el acuerdo entre EE.UU. e Irán evidencia una derrota estratégica que cuestiona su seguridad futura.

27/06/2026 03:06

«Israel y Estados Unidos han sido lo bastante insensatos como para iniciar una guerra como esta, que ha tenido consecuencias catastróficas para ambos países»John J. Mearsheimer, The New Arab, abril de 2026.

Hay derrotas que llegan con estruendo de artillería y derrotas que llegan envueltas en un comunicado de victoria. La de Israel pertenece al segundo género.

En los días que siguieron a la firma del memorando entre Estados Unidos e Irán, el Estado que acababa de exhibir la superioridad militar más aplastante de su historia —que había golpeado Natanz, perseguido a la cúpula del régimen iraní, degradado la estructura de mando de Hezbolá— escuchó cómo su propia clase política, de un extremo al otro del arco, llamaba catástrofe al desenlace.

No fueron sus enemigos quienes lo dijeron. Fue Ehud Barak, exprimer ministro y exministro de Defensa: «Irán salió más fuerte; Israel, más débil. Esa es la responsabilidad estratégica de Netanyahu. Fracasó.»

Y no fue solo Barak. Yair Lapid, el hombre que lo desafiará en las urnas este otoño, describió a Netanyahu «débil, enfermo, aislado e impotente» mientras Estados Unidos e Irán pactaban «por encima de la cabeza de Israel».

Avigdor Liberman, antiguo aliado convertido en crítico, habló sin rodeos de «una catástrofe desde la perspectiva de Israel».

Hasta los halcones de su propia coalición arremetieron contra el acuerdo, aunque por el motivo inverso: por cerrar la guerra antes de tiempo.

Cuando una parte muy amplia del arco político israelí —gobierno y oposición, palomas y halcones— lee un triunfo militar como una derrota estratégica, la disonancia ha dejado de ser ruido partidista: es un diagnóstico.

La prensa lo resumió sin piedad: Netanyahu sale de esta guerra más solo en casa, en la región y, cada vez más, frente a Washington.

A falta de conocer todos los detalles del memorando, el efecto político ya es visible: en Israel, el acuerdo se ha recibido menos como cierre de una guerra que como constatación de una pérdida de control estratégico.

Conviene detenerse en la rareza de la escena, porque encierra el problema entero. Un país no suele salir de una guerra que ha ganado sobre el terreno con la convicción de haberla perdido en el mapa.

Los bombardeos funcionaron; eso nunca estuvo realmente en duda. Lo que está en duda —y es la única pregunta que importa— es qué compraron.

Antes de interpretar, hay que fijar los hechos. El 17 de junio de 2026, Estados Unidos e Irán rubricaron un memorando que pretendía poner fin a la guerra abierta entre ambos y abría una ventana de sesenta días de negociación.

Israel no figura entre las partes: su propio primer ministro tuvo que aclarar que su país «no es parte» del acuerdo. En el Líbano, la tregua con Hezbolá se sostiene en precario, condicionada por Teherán a que Israel cese sus ataques.

Y en el horizonte de 2028 expira el acuerdo decenal de asistencia militar estadounidense, cuyo sucesor se negocia ya. Sobre ese esqueleto de fechas y datos —no sobre la retórica— debe leerse lo que sigue.

Porque el verdadero damnificado de aquella firma no fue el texto que dejaba a Israel fuera, sino la doctrina entera sobre la que ha edificado su seguridad durante una generación. Y esa doctrina acaba de chocar contra su límite.

La aritmética del triunfo y la aritmética de la seguridad

Hagamos el balance militar con honestidad, sin la rebaja interesada de quienes necesitan minimizar el poder israelí.

La campaña fue, en términos tácticos, una demostración de fuerza sin contrapeso regional. Israel atacó instalaciones nucleares, intentó la decapitación del poder iraní, mantuvo a Hezbolá contra las cuerdas en el Líbano.

Netanyahu proclamó que los golpes habían eliminado «dos amenazas existenciales» —el programa nuclear y los misiles balísticos iraníes—. En el plano de la pura capacidad de destruir, la afirmación no es ridícula.

Y conviene darle a esa defensa su versión más fuerte, no la caricatura, porque solo así la tesis que sigue se sostiene. Israel puede alegar, con argumentos serios, que la campaña arrojó resultados estratégicos y no meramente tácticos: que retrasó el programa nuclear iraní, que erosionó de manera apreciable las capacidades de Hezbolá, que exhibió un alcance operativo —ataques en profundidad, intentos de decapitación— capaz de redefinir el cálculo de cualquier adversario regional, y que fue esa presión la que terminó sentando a Teherán a la mesa.

Es la lectura más solvente del balance, y hay que concederla entera antes de discutirla. Solo después de concederla aparece la pregunta que ningún logro táctico responde por sí solo: ¿se traduce todo eso en seguridad duradera?

El problema es que la seguridad de un Estado no se mide en el plano de la capacidad de destruir. Aquí reside el núcleo de lo que John Mearsheimer lleva años advirtiendo, y lo que da sentido a su diagnóstico de que Israel tiene un problema grave.

El realismo enseña que los Estados buscan seguridad acumulando poder; pero enseña también que existe un punto a partir del cual más poder ya no produce más seguridad, sino más enemigos, más resentimiento y más dependencia de que la fuerza no deje nunca de aplicarse. Israel ha llegado a ese punto.

Puede ganar todos los combates y ser, al término de cada uno, un poco menos seguro, porque la seguridad es una condición política, y la política no se rinde ante la aviación.

Barak lo formuló desde dentro con la sequedad del militar: Irán más fuerte, Israel más débil. La paradoja solo lo es para quien confunde el dominio del aire con el control del futuro.

Un Estado que destruye el programa nuclear de su rival pero lo deja en pie —más decidido que nunca a dotarse del arma que justifique no volver a pasar por esto— no ha eliminado una amenaza: la ha aplazado y la ha radicalizado.

La fuerza compra tiempo. No compra paz. Y confundir lo uno con lo otro es, precisamente, el problema grave.

El día que el patrón eligió sus propios intereses

Hay, sin embargo, una segunda lección en el memorando, más incómoda todavía para Jerusalén que la primera. Durante décadas, la doctrina israelí descansó sobre un supuesto que se daba por inquebrantable: que los intereses de Estados Unidos y los de Israel eran, en último término, el mismo interés. La firma demostró que no.

Washington pactó una paz separada por encima de la cabeza de su aliado. Terminó la guerra aun a costa de cerrarle a Israel las opciones que este quería mantener abiertas en el Líbano.

Y el presidente que había ido a esa guerra —porque, como ha señalado Mearsheimer sin eufemismos, «Trump fue a la guerra por Israel»— se refirió a Netanyahu como «un tipo muy difícil» y lo presionó en público por la conducta de su Ejército.

Hace meses sostuve en estas páginas que Netanyahu había vendido a Trump una victoria rápida que no existía. La factura de aquella venta ha llegado, y la paga la alianza.

Seamos justos también con la posición contraria, porque es sólida. Dirá el escéptico que estas grietas son cíclicas y se cierran solas: días después de llamar «difícil» a Netanyahu, Trump lo ensalzaba como «primer ministro guerrero» y reivindicaba la «gran relación» entre ambos países.

Dirá, además —y el propio Mearsheimer lo concede—, que el lobby proisraelí conserva un poder enorme sobre la política exterior estadounidense, gobierne quien gobierne.

La relación ha sobrevivido a fricciones peores que esta. Todo cierto.

Pero hay una diferencia entre una riña y un precedente. La riña se olvida; el precedente queda. Y lo que toda cancillería de la región ha visto —El Cairo, Riad, Ankara, Teherán— es que, cuando el coste se hizo bastante alto, Washington pasó por encima de Jerusalén y firmó.

Mearsheimer distingue con precisión los dos planos en que opera la influencia israelí en Estados Unidos: el de la política, donde sigue siendo formidable, y el del discurso, donde el apoyo a Israel «nunca ha sido tan bajo» —ni siquiera entre evangélicos o republicanos jóvenes— y seguirá cayendo.

El primer plano sostiene a Israel hoy. El segundo decide su mañana. Y el memorando ha acelerado el deterioro del segundo. La guerra, vaticinó el propio Mearsheimer, «envenenará» la relación durante un tiempo. El veneno ya circula.

La supremacía rehén de la contención ajena

Si la dependencia del patrón es la primera servidumbre de Israel, la segunda es más humillante todavía, porque lo ata a la voluntad de su enemigo más débil.

Tras el alto el fuego, Irán impuso como condición que Hezbolá quedara protegido de los ataques israelíes. Netanyahu respondió que sus tropas permanecerían en las «zonas de seguridad» del sur del Líbano «todo el tiempo que haga falta».

Estados Unidos, entretanto, trasladó a Teherán que Israel no intensificaría sus golpes y que ahora «le toca a Hezbolá parar».

Daniel Shapiro, exembajador estadounidense en Israel, describió la trampa con una claridad que debería helar a cualquier estratega: a Hezbolá «le basta con meter un cohete en una localidad del norte de Israel» para que la presión política interna sobre Netanyahu se dispare.

Dicho de otro modo: la potencia militar más abrumadora de Oriente Próximo tiene su libertad de acción en manos de quien puede lanzar un único cohete.

Quien puede lanzar ese cohete no controla Israel, pero sí puede condicionar su política. Y quien puede mover a Hezbolá es, en última instancia, Teherán.

El calendario agrava la pinza. Israel afronta elecciones este otoño, y el norte rural —blanco habitual de los cohetes de Hezbolá— ha sido tradicionalmente granero de votos del Likud.

Cada proyectil que cruza la frontera no es solo una cuestión de seguridad: es una papeleta en contra. Netanyahu necesita, por aritmética electoral, seguir golpeando en el Líbano; y necesita, por aritmética de la alianza, dejar de hacerlo. Las dos aritméticas son incompatibles, y ninguna de las dos depende ya enteramente de él.

Esta es la sustancia exacta de ganar todas las batallas y perder la seguridad. El hegemón queda atrapado en una pinza de la que no puede salir por la fuerza: no puede dejar de combatir, porque detenerse se parece demasiado a la derrota que niega; y no puede seguir combatiendo, porque el patrón se lo prohíbe y el adversario sabe que un solo proyectil reabre la crisis.

La supremacía que depende de la contención del débil y de la tolerancia del fuerte no es supremacía: es un rehén con buena artillería.

Del cliente al socio: la emancipación a destiempo

Existe un segundo memorando, y su ironía completa el cuadro. Mientras el primero dejaba a Israel fuera, en Washington se negocia desde hace meses el sucesor del acuerdo de asistencia militar que expira en 2028. Netanyahu lo ha enmarcado con una frase reveladora: «Ha llegado el momento de pasar de receptor de ayuda a socio».

Su propuesta consiste en reducir gradualmente la ayuda financiera estadounidense a lo largo de la próxima década y transitar hacia una asociación recíproca.

Leída en frío, la aspiración es legítima e incluso admirable: un país maduro que quiere dejar de ser cliente para convertirse en igual, en coproductor de su propia defensa.

Es la lectura generosa, y hay que ofrecerla: instituciones tan próximas al aparato de seguridad como la Foundation for Defense of Democracies han advertido, de hecho, contra una retirada precipitada de la ayuda. No hay aquí un farol evidente.

Pero el momento lo dice todo. Se reclama el ascenso de cliente a socio en el instante exacto en que el patrón acaba de tratar a Israel, precisamente, como a un cliente al que se gestiona: excluido de la mesa, presionado en público, pasado por alto en la firma. Y el jurista sabe que las cláusulas no se leen solas, sino contra los hechos que las rodean.

No se renegocian los términos de una tutela desde la posición de quien acaba de ser desautorizado por su tutor. La retórica de la asociación describe una soberanía; la estructura de la dependencia describe otra cosa.

La ayuda financiera puede reducirse en diez años; el veto estadounidense en el Consejo de Seguridad, los interceptores que cubren el cielo israelí, la cobertura diplomática que convierte cada operación en defendible ante el mundo, no se sustituyen en ese plazo ni en el doble. Llamar emancipación a la dependencia no la disuelve: solo la disfraza.

El límite de la fuerza

Conviene precisar, para cerrar, qué es y qué no es el problema grave de Israel, porque la precisión es aquí lo único que separa el análisis del panfleto. No es que Israel haya perdido una guerra: no la ha perdido. No es que su Ejército sea débil: es el más fuerte de la región por un margen que nadie discute. El problema es de otra naturaleza, y por eso es más serio: Israel ha alcanzado el límite de lo que la fuerza puede comprar.

Durante una generación, la gran apuesta de la estrategia israelí fue que una superioridad militar suficiente acabaría produciendo, por acumulación, seguridad: que si se golpeaba lo bastante fuerte y lo bastante a menudo, los enemigos terminarían por resignarse y la paz llegaría como subproducto de la disuasión.

El memorando es el momento en que esa apuesta vence y el resultado vuelve en contra. Israel golpeó tan fuerte como podía soñar, y salió de ello más aislado de su patrón, más dependiente de la contención de su enemigo y más solo en la región y en el mundo. La fuerza llegó a su techo, y debajo del techo no había seguridad: había otra guerra aplazada.

Ese es, despojado de ideología, el grave problema que Mearsheimer diagnostica y que sectores amplios del arco político israelí, de Barak a Lapid, han gritado a su manera.

Un Estado que puede ganar todos los combates y no consigue convertir ni uno solo en paz duradera no tiene un problema militar. Tiene un problema estratégico, que es el único que las bombas no resuelven, porque son precisamente las bombas las que lo alimentan.

Israel ha ganado todas las batallas. Esa fue siempre la parte fácil. La difícil —convertir la fuerza en seguridad— está hoy, después de esta guerra, más lejos que cuando empezó. Las bombas funcionaron. La seguridad, no.

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