Portada / Firmas

Opinión | El incendiario que vende extintores: Ormuz, tercer asalto, cuando prolongar la guerra es negocio

EE. UU. e Irán reavivan la crisis en Ormuz mientras un acuerdo ambiguo deriva en una pugna por el control del estrecho y la energía mundial.

14/07/2026 03:07

«Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant (Donde hacen un desierto, lo llaman paz)» – Calgaco, en Tácito, Agricola, XXX

En la madrugada del 12 de julio, la Armada de la Guardia Revolucionaria iraní declaró cerrado el estrecho de Ormuz después de efectuar lo que describió como un disparo de advertencia contra un buque que intentaba cruzarlo por una ruta «no autorizada».

Horas más tarde, el Mando Central estadounidense anunciaba su tercera oleada de ataques en una semana: en torno a 140 objetivos militares iraníes golpeados en las provincias costeras del sur, de Bushehr a Bandar Abbas.

Entre ambos comunicados quedaba un portacontenedores de bandera chipriota dañado, un tripulante desaparecido y otra tripulación obligada a abandonar su barco en una de las aguas más vigiladas del planeta.

La Guardia Revolucionaria denunció la injerencia de potencias extranjeras; Washington, un ataque flagrante contra la navegación. El galimatías de rutas, escoltas y represalias había vuelto a convertirse en fuego real.

Nada de esto debería sorprender a quien haya leído la letra del memorando que Estados Unidos e Irán firmaron el 17 de junio.

Escribimos entonces, en esta misma serie, que aquel principio de acuerdo no era un acuerdo sino un aplazamiento con escenografía: un documento que dejaba sin resolver precisamente aquello que había que resolver.

No ha hecho falta esperar mucho para comprobarlo. El 6 y el 7 de julio, tres buques fueron atacados en el estrecho —entre ellos un metanero catarí que hubo de ser evacuado con el cuarto de máquinas en llamas—; el día 7, el presidente Donald Trump dio la tregua por terminada; el 8, matizó que el intercambio de golpes no derivaría en una acción militar prolongada.

Del 17 de junio al 6 de julio: el memorando no aguantó ni tres semanas antes de que sus firmantes volvieran a dispararse.

El contrato que aplazó lo esencial

Cualquier estudiante de primero de Derecho aprende a desconfiar de los acuerdos que aplazan la definición de su objeto esencial.

Una obligación cuyo contenido nadie puede precisar es, llegado el incumplimiento, una obligación extraordinariamente difícil de exigir.

El memorando de junio encomienda a Irán poner «sus mejores esfuerzos» en garantizar la navegación segura por el estrecho: una obligación de medios, no de resultado.

Las rutas concretas de tránsito quedaron sin definir. La administración futura de la vía marítima se remitió a conversaciones entre Irán, Omán y los países del Golfo, conforme al Derecho internacional aplicable y a los derechos soberanos de los Estados ribereños: una fórmula que cada parte puede leer en el sentido exactamente contrario al de la otra.

Y el paso franco de los buques se garantizó durante los primeros 60 días. Del día sexagésimo primero en adelante, silencio.

David Goldwyn, que fue enviado especial del Departamento de Estado para asuntos energéticos internacionales, lo ha resumido sin adornos: el problema de fondo es que el memorando de entendimiento no alcanzó entendimiento alguno sobre la gestión del tráfico marítimo; sencillamente aparcó la cuestión.

Sobre ese aparcamiento se han levantado dos realidades incompatibles. Irán ha establecido de facto un régimen de autorizaciones: quien quiera cruzar, que pida permiso y, llegado el caso, que pague.

Estados Unidos ha organizado exactamente lo contrario: un corredor escoltado pegado a la costa omaní, bautizado informalmente como la Southern Highway, por el que el Mando Central presume de haber facilitado el tránsito de más de 800 buques mercantes y 380 millones de barriles de crudo desde primeros de mayo, sin pedir permiso a nadie.

Cada parte sostiene que el memorando ratifica su posición.

Teherán invoca sus derechos soberanos de Estado ribereño y considera cada tránsito no autorizado una violación del texto. Washington invoca la libertad de navegación.

En términos de Derecho del Mar, la posición estadounidense cuenta con el argumento más sólido: el paso en tránsito por los estrechos internacionales no puede quedar sometido a la autorización unilateral del Estado ribereño.

Estratégicamente, eso importa menos de lo que debiera: el Derecho no escolta petroleros.

La consecuencia práctica la mide Lloyd’s List: desde el 7 de julio, ningún buque de gran tonelaje ha cruzado el corredor sur con los transpondedores encendidos.

La ambigüedad constructiva funciona cuando ambas partes quieren cerrar un acuerdo; cuando ambas quieren conservar la palanca, se convierte en una cláusula de continuación de la guerra por otros medios.

La hipótesis del incendiario

Hasta aquí, la crónica. Ahora, la pregunta incómoda: cui prodest (a quien beneficia). La Agencia Internacional de la Energía califica lo ocurrido desde febrero como la mayor disrupción de suministro de la historia del mercado petrolero: más de mil millones de barriles de pérdidas acumuladas y el crudo físico rozando los 150 dólares en el pico de abril.

Una catástrofe, sin duda. Pero las catástrofes, como los concursos de acreedores, tienen siempre una lista de perjudicados y otra lista, más discreta, de beneficiados.

Repásese la segunda lista.

Mientras los índices europeos y asiáticos del gas se disparaban —el TTF holandés llegó a situarse un 35% por encima de los niveles de preguerra—, el Henry Hub estadounidense llegó a bajar.

Los exportadores norteamericanos de gas licuado están cobrando fletes y primas extraordinarias; el Departamento de Energía ha ampliado autorizaciones de exportación y este mismo año entran en servicio nuevos trenes de licuefacción en la costa del Golfo de México.

La propia AIE constata que los productores de fuera de Oriente Próximo han elevado sus exportaciones a niveles récord en respuesta a la crisis. Y nadie produce más hidrocarburos fuera del estrecho de Ormuz que Estados Unidos.

Sigamos.

Europa, que dedicó tres años a amputarse el gasoducto ruso, ha batido este año su récord de importación de gas licuado ruso del proyecto ártico de Yamal —unos 3.000 millones de libras (3.518 millones de euros) entre enero y abril, según los datos de transporte marítimo analizados por la organización Urgewald— por puro miedo a las rutas de Oriente Próximo.

China recibe por el estrecho un tercio de su petróleo: cada semana de crisis es presión directa sobre la arteria energética de Pekín sin necesidad de aprobar una sola sanción. Los aliados del Golfo que no pueden esquivar Ormuz —Irak, Kuwait, Catar, Emiratos— ven desplomarse sus ingresos de exportación, y con ellos los compromisos multimillonarios de inversión que habían firmado con Washington; pero su debilidad es también su dependencia. Rusia ingresa más por el barril caro, es cierto; también observa cómo sufre su principal cliente y cómo el mercado mundial del gas licuado, del que esperaba vivir, se reorganiza alrededor de las terminales americanas.

Compóngase el cuadro completo y emerge una fotografía perturbadora: un mundo más pobre, más caro y más inseguro es también un mundo más dependiente de la energía americana y de la escolta americana. El propio Trump ha llegado a insinuar públicamente que, de no ser por la presión de su opinión pública, prolongaría la guerra y se quedaría con el petróleo iraní.

Su secretario de Energía ha declarado que la Armada mantendrá abierto el estrecho con acuerdo o sin él. Obsérvese el matiz: mantener abierto el estrecho ha dejado de ser un problema por resolver para convertirse en una misión permanente. Y las misiones permanentes, en Washington, tienen presupuesto permanente.

La tesis de la torpeza

Seamos honestos con el contraargumento, porque existe y es serio.

Si esto es una estrategia, es una estrategia carísima en casa. El galón de gasolina supera los cuatro dólares y medio en Estados Unidos, frente a menos de tres antes de la guerra.

La inflación ha repuntado. Un 60% de los votantes considera, según Quinnipiac, que la acción militar contra Irán no mereció la pena, y otros sondeos de junio sitúan en apenas un 18% a quienes creen que Estados Unidos ha logrado sus objetivos.

La aprobación de Trump ha caído al 42% entre votantes registrados —su mínimo de este mandato en la serie de NBC—, dos de cada tres independientes desaprueban su gestión y los demócratas aventajan a los republicanos en cinco puntos en la papeleta genérica, cuando les basta ganar tres escaños netos para arrebatarles la Cámara de Representantes.

Una estrategia que te cuesta el Congreso es una estrategia peculiar.

La resolución del dilema no exige elegir entre el genio maquiavélico y el aprendiz de brujo.

No hace falta un plan maestro cuando todos los incentivos estructurales empujan en la misma dirección. La operación de febrero buscaba una descapitación rápida y produjo una guerra de desgaste; aquel error inicial fue torpeza, y así lo escribimos en su momento.

Pero una vez declarado el incendio, distintos centros de poder e intereses americanos han ido descubriendo motivos para no apagarlo del todo: los exportadores facturan, la Armada justifica despliegues y presupuestos, los halcones obtienen su presión máxima sobre Teherán sin invasión terrestre, y la Casa Blanca dispone de un escenario exterior que administrar a voluntad. Llamémoslo estrategia por racionalización: Washington no diseñó el incendio, pero ha aprendido a cobrar por el humo.

Enfrente opera una lógica especular. Para Irán, el control de Ormuz vale hoy más que su programa nuclear: es la única palanca de disuasión que le queda después de perder a su Guía Supremo, a buena parte de su cúpula militar y la inmunidad de su territorio.

Ceder el estrecho es quedarse desnudo. Para Estados Unidos, consentir que un Estado ribereño administre y cobre por un estrecho internacional sentaría un precedente que Pekín anotaría para Malaca y Moscú para los estrechos daneses.

Ninguno de los dos puede ceder; ambos obtienen réditos a corto plazo del pulso. Vista así, la ambigüedad del memorando no fue un defecto de redacción: fue el único texto compatible con dos estrategias de prolongación.

Europa paga dos veces

En esta partida, Europa no juega: paga.

Paga la energía: el gas de referencia europeo ronda los 50 euros por megavatio-hora, con unos almacenes que llegaron a estar al 30% de su capacidad tras un invierno duro y una Comisión urgiendo a llenarlos antes de que la siguiente escalada los encarezca todavía más.

Y paga la humillación estratégica de haber roto con el gas ruso por gasoducto para volver a comprarlo, licuado y con sobreprecio, por la puerta de atrás del Ártico.

Pero la factura más onerosa no es monetaria. Sin capacidad naval propia para escoltar sus rutas de aprovisionamiento, la seguridad energética europea depende de la V Flota estadounidense: es decir, del mismo actor que —por diseño o por rentabilización sobrevenida— se beneficia de la crisis.

La dependencia gestionada por el beneficiario de la dependencia: difícilmente cabe imaginar una posición negociadora más débil. Lo hemos sostenido en piezas anteriores y los hechos lo van convirtiendo en obviedad aritmética: la autonomía estratégica europea no es una preferencia ideológica, es la única póliza de seguro disponible contra un mundo en el que el guardián del grifo y el dueño del extintor son la misma persona.

La victoria de noviembre

Queda el calendario, que en política americana lo es casi todo.

Trump no gana con esta guerra: la está pagando en las encuestas. Precisamente por eso tiene incentivos para prolongarla. Atrapado entre una retirada que confirmaría el fracaso y una escalada terrestre que su opinión pública no tolera, su salida políticamente más rentable sería fabricar una victoria negociada antes del 3 de noviembre.

Cada semana de presión —las sanciones petroleras reimpuestas, los 140 objetivos golpeados, el corredor escoltado— no busca resolver el conflicto sino acumular fichas para el canje final: un acuerdo presentable como histórico en octubre, a tiempo para las urnas.

El riesgo de ese cálculo es que enfrente hay otro reloj. El de Teherán no marca ciclos electorales: marca supervivencia de régimen, y ese reloj puede permitirse esperar a que el adversario llegue a noviembre con las manos vacías.

Mientras tanto, en las 21 millas más caras del planeta, los petroleros que aún se atreven cruzan de noche y con los transpondedores apagados. Conviene retener esa imagen, porque retrata el orden internacional de 2026 mejor que cualquier comunicado: el comercio del mundo navegando a oscuras por un desierto de agua que dos capitales, cada una por sus razones, insisten en llamar paz.

Noticias relacionadas