Hace tan solo unas horas hemos conocido la triste noticia del fallecimiento de Javier Delgado. Todavía no damos crédito a la novedad; tal vez porque hay tristezas que en la vida no podemos aceptar. Y ésta es, sin duda, una de ellas.
En los últimos tiempos, una salud que iba mermando poco a poco parecía pronosticar tal desenlace.
Pero nos resistíamos a creerlo, porque nunca estamos preparados para asumir este trance en una persona querida, excepcional y de esas que son, literalmente, irremplazables. Javier lo era, porque era verdaderamente bueno: en el mejor sentido de la palabra, bueno.
Fue conocido no solo por varias generaciones de juristas.
Lo más importante es que fue admirado, fue respetado, fue querido. Muy querido, y esto es un auténtico tesoro en todo tiempo, pero más importante tal vez, en estos tiempos.
Destacó especialmente en el estudio del Derecho Administrativo, si bien, su paso por el Tribunal Constitucional le llevó a una inmersión en esta parcela del Derecho que afloraría luego siempre en sus análisis jurídicos.
Quienes tuvimos la fortuna de conocerle pudimos comprobar que realizaba esta visión del Derecho muy en particular a la hora de reconducir la interpretación y el discurso a los principios generales del Derecho, una de sus parcelas favoritas, y sobre la que disertó -por ejemplo- en su discurso de recepción del Doctorado Honoris Causa por la Universidad Isabel la Católica. Que brillantez! De verdad aquello fue una “lección magistral”.
Pero a la vez que brillante, Javier destacaba por otra cualidad envidiable y que tanto se echa en falta actualmente: la humildad.
En muy pocas personas puede reconocerse el inmenso grado de bondad que irradiaba. El gesto que mejor le definía era esa sonrisa bondadosa con la que te recibía cuando sometías a su autoridad una consulta.
Te escuchaba con bondad, te atendía; comprendía perfectamente lo que para ti era un grave o complejo problema, y finalmente, te ofrecía la solución adecuada con una naturalidad que solo pueden ejercer los más grandes.
Es difícil condensar una semblanza de Javier en pocas líneas, y más aún en un momento tan reciente desde que esta mañana el calendario jurídico quedó teñido de tristeza.
Una personalidad tan colmada de virtudes (en su sentido filosófico puro) no resulta fácil de encerrar en una breve descripción. Pero seguramente a él le hubiese gustado que no me extendiese mucho en la tarea. La sencillez era otra de sus envidiables características.
A riesgo de contradecir ese seguro deseo de sencillez, no puedo omitir en este humilde intento de síntesis de cualidades de un personaje como fue -y siempre seguirá siendo- Javier Delgado, una breve referencia a su extensa cultura, que sin duda sirvió de base sólida a su elevada formación jurídica y a su sentido ponderado y preciso del concepto de Justicia.
Por todo ello se ganó el respeto unánime y sincero de toda la comunidad jurídica. Todo el aplauso.
Fue, sin género de duda, un ejemplo excepcional y permanente para todos. Atesoró un cúmulo de virtudes que hacen de su fallecimiento una pérdida de esas que verdaderamente pueden calificarse como irreparables.
Pero a la vez, nos recuerda que de vez en cuando, el destino nos ofrece el inmenso regalo en que consiste la oportunidad de conocer a personas como Javier; aprender de su ejemplo, y rendirle, por siempre, el homenaje que merecen los verdaderamente grandes!
Descanse en paz.