Cuando un melillense o un caballa mira hacia la Península, no mira hacia otro país: mira hacia otra parte de su casa. Ese vínculo no puede depender de un titular, una crisis o un aniversario.
Nadie debería demostrar cada mañana que pertenece a su propia nación, ni preguntarse si, llegada la dificultad, los demás estarán a su lado.
Ni Melilla ni Ceuta necesitan que le recordemos que es España. Necesitan saber que España se acuerda de ellas. Quien mira a Melilla y ve únicamente una frontera no ha comprendido todavía lo esencial.
La vinculación española de Melilla se remonta a la expedición de Pedro de Estopiñán de 1497. Más de cinco siglos no caben en una consigna.
Son generaciones, memoria y continuidad. En esa historia permanece el recuerdo de quienes resistieron el sitio de 1774 y 1775, civiles y militares cuya defensa de la ciudad culminó con el levantamiento del asedio en marzo de 1775.
Honrarlos no exige vivir pendientes de antiguas batallas. Exige comprender cuánto debemos a quienes nos precedieron y procurar que el porvenir que entreguemos esté a la altura de aquel legado.
Habla la historia
También hablan los documentos. El convenio hispano-marroquí de 24 de agosto de 1859 empleó la expresión de la «plaza española de Melilla» al acordar la cesión del territorio próximo.
El artículo quinto del Tratado de Paz y Amistad de 26 de abril de 1860 confirmó aquellas cesiones. No hicieron española a una ciudad que ya lo era: partieron de esa realidad. Melilla no está pendiente de que alguien le conceda una pertenencia que la historia y el Derecho ya reconocen.
La Constitución no deja a Melilla en los márgenes de nuestra comunidad política. Su artículo 2 une patria común y solidaridad; el artículo 1 del Estatuto de Autonomía, aprobado por la Ley Orgánica 2/1995, de 13 de marzo, la reconoce como «parte integrante de la Nación española».
Importa leer ambas afirmaciones juntas. La unidad dice que somos un mismo país; la solidaridad nos obliga a comportarnos como tal. No hay una España principal y otra accesoria. Ningún kilómetro de mar rebaja la dignidad de un ciudadano.
Esa pertenencia no exige uniformidad. El propio Estatuto promueve el respeto a la pluralidad cultural melillense. Ninguna creencia hace a un español menos español y ningún apellido lo convierte en más dueño de la patria que su vecino. La bandera común debe cobijarlos a todos. Defender a Melilla es defender esa convivencia.
Proteger Melilla
Defender Melilla tampoco obliga a escoger entre firmeza y humanidad. España debe proteger su territorio y hacerlo sin renunciar al Estado de Derecho. La dignidad de quien llega a la frontera no disminuye la de quien vive junto a ella. Podemos exigir respeto y ofrecerlo.
Pero la soberanía no se agota en una declaración solemne. Debe hacerse reconocible en la consulta de un médico, en una escuela, en unas comunicaciones fiables y en la posibilidad de encontrar trabajo.
Un joven melillense ha de poder marcharse por curiosidad o por ambición, no porque quedarse signifique renunciar a un porvenir.
La patria también está en esa elección. Y el mejor homenaje a quienes defendieron la ciudad ayer es dar razones para vivir en ella mañana.
Gratitud a las Fuerzas Armadas,a los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado y a la Abogacía de Melilla
Por eso nuestra gratitud debe alcanzar a quienes la sirven desde las Fuerzas Armadas y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad, desde la sanidad, la enseñanza y la Justicia. También a quienes abren cada mañana un negocio, cuidan de una familia o sostienen a un vecino.
El deber de proteger Melilla corresponde a España entera. No podemos descargar sobre sus habitantes la obligación de mantener en solitario aquello que nos pertenece y nos compromete a todos.
Entre esas vidas de servicio está la de Blas Imbroda, que ha cumplido veinticinco años al frente del Colegio de Abogados de Melilla.
A él y a sus compañeros, el reconocimiento de la Abogacía de Madrid. Su tarea recuerda que una nación se defiende también procurando que nadie quede indefenso. Nuestra cercanía ha de traducirse en cooperación, no quedarse en cortesía.
El compromiso con Melilla debe quedar por encima de la disputa partidista. Cabe discrepar sobre muchas políticas, pero no cabe hacer de sus ciudadanos un argumento que se utiliza y se guarda hasta la siguiente controversia.
Madrid, como el resto de España, tiene que escuchar a Melilla o a Ceuta también cuando no ocupan las portadas. Escucharlas sin paternalismo: no como a quien solicita un favor, sino como a quien reclama lo que le corresponde.
Los melillenses no nos deben una prueba diaria de lealtad. Somos los demás quienes debemos estar a la altura de la suya.
Que un niño de Melilla pueda crecer sin escuchar que vive en una excepción; que sus padres no sientan que la distancia los deja solos; que sus mayores sepan que su memoria cuenta en la historia de todos. Eso es también defender España.
Hay un abrazo que España le debe a Melilla, y que debe llegar antes de que Melilla tenga que pedirlo. Un abrazo hecho de seguridad, oportunidades, respeto y presencia. La historia nos vincula, el Derecho nos ampara y el afecto nos obliga.
Melilla es España. Que nunca tenga que sentirse lejos.