No se habla de otra cosa en la carrera judicial. ¿Quién es el juez que ofrece sus servicios sexuales por Internet? ¿Quién es el juez-prostituto? No han sido ni uno, ni dos, ni tres los jueces que nos han llamado para ver si conocíamos la identidad del publicitado, sino muchos más. «Ni idea», ha sido nuestra contestación. «La noticia es de la edición catalana de El País», les hemos recordado, pero ya ha trascendido a toda España en este mundo de los jueces y juezas, todos tan ordenaditos y serios.
Según cuenta Rebeca Carranco, la autora de la crónica que titula «Los secretos de un juez», se enteró del asunto por medio de una amiga, «cotilla de profesión». «Me mostró unas fotos claras y contundentes que afectaban a un juez», cuenta.
«Después de verlas me pasé semanas dándole vueltas. Quizá algo más que semanas. Quizá dos o tres meses. Quizá incluso más tiempo, de manera algo obsesiva. No había lugar a duda, ese juez ofrecía servicios sexuales, a quien pudiese pagarlos, en un foro público, mostrándose en unas fotos en las que cualquiera podía reconocerle. ‘Cada uno hace con su vida lo que quiere’; ‘en la guerra y en el sexo todo se vale’; ‘si es voluntario, ¿qué más da?’; ‘nuestra educación judeocristiana pesa como una losa'», cuenta que le dio al cacumen.
«Mi amiga y yo nos repetimos, la una a la otra, como un mantra, todas las consignas posibles para desactivar nuestros prejuicios y olvidarnos del tema. Pero cuanto más hablábamos de ello, más matices encontrábamos al asunto: ‘¿Qué puede pasar si esa información cae en manos de la persona no adecuada?‘; ‘¿podrían extorsionar al juez para que dictase sentencias injustas?’ E íbamos más allá: ‘¿Por qué lo hace?’; ‘¿necesita dinero para algo?’; ‘¿está en riesgo su salud?’; ‘¿y si se enteran sus jefes?, ¿está su carrera acabada?‘», añade la autora.
Las preguntas, la verdad, es que fueron acertadas. Uno se puede imaginar la cara del presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, Carlos Lesmes, recibiendo la noticia: «Se llama fulano de tal, está destinado en tal juzgado y tiene tantos años». Sí, el juez en cuestión disciplinariamente lo tendría muy difícil, y más con los «perros guardianes» de los medios encima del asunto.
Lo que está claro, es que al juez «le pone el riesgo», ¿no?
«Ambas nos vimos envueltas en la adicción al F5. Cada día, visitábamos la red a la caza de novedades», continúa contando Rebeca Carranco. «Nos convertimos en espías de la vida privada de un funcionario público. A mi amiga además le estaba ocasionando algún que otro problema conyugal. A mí me arrebataba demasiadas horas de sueño. Así que decidimos parar. Dejamos de pensar en la historia, dejamos de hablar de él y fingimos olvidarlo».
SE VIO CON EL JUEZ
Como era lógico, la periodista no pudo resistirlo. Un día se levantó y tomó la decisión de ir a verlo, aunque dice que sin el objetivo de publicarlo, pero sí. Por eso lo ha hecho. Los periodistas somos así, cabras que siempre tiran al monte. Vivimos de esto. En lo más profundo de su mente sabía que publicaría algo, de la forma que fuera. Sólo necesitaba que sus jefes se convencieran de la veracidad de lo que contaba.
«Indudablemente tenía interés», se afirma a sí misma inocentemente.
«Un juez que en entre otros temas lleva causas por explotación sexual se prostituye. ¿Pero era ético contarlo? En una noticia (esto no es una noticia, es una crónica) no se puede adulterar la realidad. Sería un linchamiento», se repite. Pero continúa relatando: «Quedé con el juez en una cafetería de un pueblo escondido. Estaba relajado. Empezamos a charlar, hablamos de política, de la crisis, de las navidades, hasta que saqué a bocajarro el tema, y le enseñé las fotos… ‘Creo que eres tú’, le dije».
«‘Es solo una fantasía, nunca lo he llevado a cabo’, empezó él, sereno, incluso aliviado. ‘Sabía que un día me encontrarían y ese día es hoy’. Luego habló de la muy desconocida prostitución masculina, y de qué se siente al hacerlo. Quiénes son las mujeres que pagan, cómo fue su primera vez…».
«Le pregunté si sus compañeros lo sabían. Me dijo que nadie le había dicho nada. Mientras hablaba, jugaba con una copa de balón llena de cerveza. La pasaba de una mano a otra, acelerado, y cada vez detallaba más desde cuándo, cómo y dónde lo hacía. Le señalé lo delicado del asunto, lo que podía pasar si alguien publicaba esa información con nombres y apellidos, que por otra parte estaba en la red, pública. Ni siquiera hacía falta una confirmación. Al final se le cayó la copa, que se hizo añicos, y la poca cerveza que quedaba resbaló por la mesa», relata la periodista.
«Le propuse contarlo todo en El País, que escribiese una tribuna sobre un tema tan delicado como la prostitución: ¿existen las personas que la ejercen libremente? Él además sería una voz autorizada porque había visto pasar por su sala a decenas de víctimas de explotación sexual. Podía hacer un dibujo certero de la realidad».
Como es lógico, el supuesto «juez-prostituto» se negó. Y digo supuesto porque, a la vista de los indicios, no había nada que probara que hubiera dado el salto de la exhibición pública en la red -que debe ser muy excitante dado el carácter del joven- a los hechos.
«No quiso. Ni siquiera tenía claro que él, que aparentemente solo jugaba, lo hiciese de manera absolutamente libre. Así que me dijo que lo quitaría todo. Yo me quedé con la insatisfacción de la incomprensión, de no saber qué le movía, de desconocer si había algo más oculto que le condicionaba como juez».
Según la periodista, que no cuenta ni cuándo ni dónde sucedió esto, pero se asume que en Cataluña, porque lo ha publicado la edición de su periódico en esa comunidad autónoma, nunca volvió a saber de él. «Mi amiga y yo vivimos hoy sin sobresaltos una vida gris. Ella ha dejado de tener problemas conyugales, y yo pierdo las noches con cosas muchos menos interesantes. Pero la duda sigue ahí. Usted lector, al que jamás podríamos interpelar en una noticia (pero esto no es noticia, es crónica): ¿cree que deberíamos haberlo contado?», termina la periodista la crónica con una pregunta que más que una pregunta es un recurso retórico. Porque lo han publicado.
¿Quién es el supuesto juez-prostituto?
En Cataluña hay 800 jueces y magistrados, de los que el 55,2 por ciento son mujeres. Eso quiere decir que el número de jueces y magistrados hombres es de 358.
Uno de ellos tiene que ser.
Y en el CGPJ ya se están preguntando ¿quién?