“Si Stalin iba a un concierto y no le gustaba cómo había tocado un violinista, ordenaba su detención y no se volvía a saber nada de él, como sucedió cuando se detuvo a una orquesta de jazz al completo después de un concierto en el Cine Modern bajo la arbitraria acusación de ser enemigos del pueblo por haber interpretado mal una nota”, relata Reyes Monforte, autora de uno de los grandes “best sellers” del momento, “Una pasión rusa”.
Un libro que revela cómo funcionaba la justicia bolchevique en un año tan emblemático como éste, en el centenario del triunfo de la Revolución Soviética.
“Se detuvo a personas por bajar el volumen de la radio mientras Stalin daba un discurso, a jugadores de hockey sobre hielo por fallar una jugada o a maestros por enseñar genética, cuando Stalin consideraba que toda diferencia hereditaria era antisocialista”, cuenta la escritora.
“La Justicia en la Unión Soviética de Stalin fue un farsa auténtica”, añade con firmeza.
La escritora ha llegado a conocer en profundidad, a través de la investigación realizada para elaborar su libro, cómo funcionaba de verdad el llamado sistema de Justicia de la desaparecida Unión Soviética bajo Iosif Stalin, “el Padrecito de todos los pueblos”, como era conocido entre sus conciudadanos.
En su libro narra la historia personal de Lina Prokófiev, la esposa española del conocido compositor ruso, Serguei Prokófiev, que fue detenida por el KGB, el servicio secreto político soviético, falsamente acusada de ser una espía extranjera y condenada.
“Era siempre el mismo procedimiento rutinario. Echaban mano del artículo 58 del Código Penal de 1926, incluido en su parte especial. Es un artículo que tipificaba los delitos”, continúa explicando Reyes Monforte.
“Constaba de diez puntos. El primero decía que cualquier acción orientada a debilitar el poder bolchevique era considerado contrarrevolucionario. Pero siempre optaban por el más cómodo, el del espionaje”, agrega.
La tortura era la forma de interrogar más común
Los jueces instructores interrogaban a los sospechosos torturándolos e intimidándolos de las formas más variadas. Hasta conseguir que firmaran su confesión.
Luego, esos mismos jueces los condenaban en juicios secretos, que no llegaban a durar ni los quince minutos.
“Aquella justicia era un puro paripé. Los jueces tenían que cumplir un cupo de confesiones y condenas, para mantener su estatus profesional y económico. Daba lo mismo si los acusados habían cometido delitos o no. Daba lo mismo si eran verdad las acusaciones o no”, sigue relatando la escritora.
Pero es que había más.
“La confesión era un mero formulario. El 206. Al firmarlo el reo se comprometía a no desvelar los métodos que habían empleado contra él durante la instrucción de su caso. Si lo hacía podía ser acusado de un nuevo delito, podía ser detenido, llevado a las mazmorras de la Lubianka, los cuarteles generales del KGB en Moscú, y volver a ser torturado por haber contado la verdad”, continúa explicando la escritora.
“En mi libro recupero lo que solían decir esos jueces de instrucción a los detenidos. Explicaciones como: ‘¿Por qué vamos a matarlo? Aquí nos tomamos la justicia muy en serio. Además, el cautivo puede gritar, el muerto no’. O como: «La instrucción y el juicio no son más que formas jurídicas que ya no pueden cambiar su destino, trazado de antemano. Si hay que fusilarlo, aunque sea usted inocente, lo fusilaremos de todos modos. Y si es necesario absolverlo, por más culpa que tenga usted, quedará limpio y le absolveremos”.
Carreteras con masa de hormigón a base de cadáveres
Los condenados eran enviados a uno de los cientos de campos de trabajos forzados que había en los lugares más inhóspitos y duros de la Unión Soviética: el Gulag.
“Ser condenado a uno de los campos del Gulag era una muerte casi segura. Allí la vida no tenía ningún valor”, continúa contando Monforte.
Los cadáveres, la mayor parte de las veces, eran enterrados, aunque en ocasiones los restos, los huesos, las vísceras, se mezclaban con la masa de hormigón para pavimentar carreteras, especialmente cuando los materiales escaseaban, que era casi siempre.
“Así sucedió con la carretera de Kolymá, la llamada Carretera de los Huesos, que va desde Yakutia, en la República de Sajá, la región más fría del planeta, y Magadán, en el Océano Pacífico. Fueron más de 2.000 kilómetros. El terreno era muy pantanoso. Debido a la humedad y al barro, el asfalto se arruinaba. Los restos humanos de los presos sirvieron para soldar la mezcla”, revela la escritora.
No sabe cuántos restos de personas forman parte de esa carretera: “Algunos hablan de entre dos y tres millones de cadáveres, pero no hay datos precisos porque la oficialidad brilla por su ausencia”.
Muchos comunistas españoles terminaron en el Gulag.
“Habían luchado en la guerra civil española y también en la Segunda Guerra Mundial, con el Ejército Soviético. La paranoia de Stalin, que veía enemigos por todas partes, hizo que fueran condenados por fascistas o por ser espías encubiertos del régimen de Franco”.
Stalin, según Reyes Monforte, fue tan letal para el ser humano como Adolf Hitler.
¿Mató más personas que Hitler?
“Nunca se sabrá. Todas las averiguaciones posteriores así lo atestiguan, aunque solo fuera porque el Terror Rojo de Stalin duró más años. No se trata de comparar infamias, sino de evitar restar importancia a la crueldad genocida de estos dos personajes. Conocimos lo que hicieron los nazis bajo su mando porque cuando las tropas estadounidenses entraron en los campos de exterminio, llegaron con cámaras de cine y de fotos, para contar al mundo lo que iban encontrando», relata Monforte.
«Pero con Stalin nunca lo sabremos con certeza porque se encargaron de no dejar documentos y no permitir la entrada de nadie en sus campos cuando el 25 de enero de 1960 el sistema del gulag fue desmantelado por la orden número 20 del Ministerio del Interior. Los archivos soviéticos se abrieron parcialmente por primera vez en la década de los 90”, señala.
¿Y el papel jugado por los intelectuales de izquierda?
Monforte recuerda al poeta y novelista comunista francés, Louis Aragon, cuando en 1933 alababa el Gulag por ‘representar la educación del hombre por el hombre’; a Dubois reconociendo que “Stalin no pedía ni adulación ni venganza. Era razonable y conciliador”; o a Bertolt Brecht, sobre las purgas de millones de rusos a manos de Stalin: “cuanto más inocentes son, más merecen morir”
“No pudieron, o no quisieron ver, que aquello era el programa de exterminio más longevo sufragado por un Estado en tiempos de paz”, dice Monforte.
Como tampoco quisieron verlo el poeta español Rafael Alberti, que cuando murió Stalin escribió de él “Padre y maestro y camarada: quiero llorar, quiero cantar. Que el agua clara me ilumine, que tu alma clara me ilumine esta noche que te vas”.
O Pablo Neruda, que también escribió “Stalin Avanza. Y así, con blusa blanca, con gorra gris de obrero. Stalin, con su paso tranquilo entró en la Historia, acompañado de Lenin y el viento”.
“Por todo esto pasó Lina Prokófiev, nacida en la madrileña calle de Bárbara de Braganza en 1897 con el nombre de Lina Codina Nemiskaya. Una mujer de una pieza que sobrevivió a la peor pesadilla que el hombre pudo haber inventado jamás para atormentar a sus semejantes”, concluye la autora.