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Una opinión «políticamente incorrecta» en el Día del Padre

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El día del Padre es uno de los días emocionalmente más ambiguos. Sin obviar a los que sostienen que no es más que una invención de los grandes almacenes, al igual que ocurre con San Valentín o el día de la Madre, es imposible sustraerse a la carga familiar que subyace bajo la celebración de este día.

No en vano, cada vez se observan más centros escolares en los que ya no se realizan esas clásicas manualidades realizadas con vasos de yogur, y que uno no sabe ni dónde poner.

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Es fácil suponer en qué consiste esa ambigüedad a la que me he referido, puesto que somos mamíferos que nacen totalmente dependientes de los cuidados paternos, todos nosotros contamos con un padre, aunque solo sea desde una perspectiva biológica, por tanto, todos somos hijos y, muchos de ellos acaban siendo padres.

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Sin embargo, el devenir de la vida conduce a que haya muchos hijos sin padres, padres sin hijos y familias en las que ambas figuras existen, pero no coexisten.

Y aquí es donde los sentimientos y las emociones nos hacen afrontar un día como este con mayor o menor entusiasmo.

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Incluso con zozobra.

Los supuestos más tristes y dramáticos son aquellos en los que se pierde al padre por fallecimiento, qué duda cabe.

Y aunque nuestra propia naturaleza nos aboque a la muerte, cuando ésta es prematura el dolor es mucho más intenso y la pérdida más profunda.

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En estos casos es difícil que un día como este no afecte negativamente.

Por otro lado, nos encontramos con las crisis de pareja.

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Se le suele atribuir a Napoleón Bonaparte la mítica frase de que “en el amor y en la guerra todo vale”.

Lamentablemente, hay muchas personas que consideran que dicha afirmación es válida y la aplican sin remordimientos.  

Y, tristemente, hay ocasiones en las que una crisis de pareja es la perfecta combinación de ambos elementos: el amor y la guerra.

Se hace acopio de todo el arsenal con el que es posible contar para batir al enemigo y las cargas de profundidad no hacen más que ir cayendo, de modo que se aceptan y asumen las bajas y las consecuencias paralelas que todo enfrentamiento bélico implica.

Por el camino caen mujeres y niños, los que históricamente han sido considerados la población civil más digna de protección.

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Pero también caen los hombres.

Cuya caída puede ser incluso mayor dada esa especie de inmortalidad a la que parece que deban ir atados y de la que, lógicamente, carecen.

Toda ruptura sentimental conlleva dolor, ya sea en uno de los componentes de la pareja, ya sea en ambos.

Puede ser más o menos llevadero, más o menos duradero, pero doler, dolerá.

Les dolerá a ellos, pero si han tenido descendencia, también les afectará a los hijos, independientemente de su edad y de lo bien que pueda desarrollarse la separación, observar cómo cambia la situación fáctica y afectiva de los padres es un hecho objetivamente impactante, que requiere de mucho tacto y altas dosis de transigencia para que esa afección pueda llegar a superarse o tolerarse.

Hace un tiempo escribí un decálogo de lo que considero que no debe hacerse ante este tipo de situaciones porque los menores acaban perjudicados, pero qué duda cabe que sus padres también sufrirán.

Y lo peor de todo es que es altamente probable que se acabe convirtiendo en un sufrimiento a largo plazo al que se va haciendo frente como gravosas letras de una hipoteca, sin propósito de mejora y ante un descorazonador futuro.

Tanto mis hermanos como yo hemos sido invitados de excepción a esta tragedia griega cuya catarsis nunca llega, personalmente es un día que me sigue deprimiendo.

En mi vida profesional he sido testigo directo de familias desquebrajadas con padres implorando ver a sus hijos, madres desconsoladas rogando que cese todo contacto y niños destrozados con un corazón imposible de restañar.

Probablemente quede feo poner de relieve en un día como hoy que hay padres que no consiguen estar a la altura de la alta responsabilidad que pesa sobre ellos desde el momento en el que se vislumbran la primera ecografía.

Pero al igual que nadie expía sus pecados por el mero hecho de fallecer y de que es posible guardar muy malos recuerdos de quien ya no está, por muy muerto que esté, también es posible acordarnos, precisamente en un día como hoy de esos padres más célebres por el incumplimiento de sus obligaciones que por su satisfacción.

Supongo que sus hijos hoy tendrán poca motivación para acercarse a un centro comercial y comprar una corbata.

Paralelamente, también tengo muy presentes esos padres encorajinados porque de modo totalmente gratuito se les priva del ejercicio de estas obligaciones y, consecuentemente, el disfrute de los derechos que llevan aparejados.

Esos padres que deben luchar denodadamente por obtener el favor de sus hijos y tener que demostrar lo que debería ser consustancial con la decisión de procrear: que están capacitados para hacerse cargo de ellos.

Probablemente estos padres tampoco tengan hoy muchos motivos de celebración.

Lamento resultar aguafiestas o políticamente incorrecta.

Lamento que la tozuda realidad nuble mis ansias de meterme en los grupos de WhatsApp y felicitar a todos esos amigos y compañeros que hoy celebran su día.

Siento no poder contagiarme del espíritu festivo que debería invadirme en uno de los días más importantes de mi tierra, Valencia.

La ambigüedad de este día, y la conciencia de saber que hay muchos padres sufriendo ausencias y muchos hijos padeciendo separaciones, embarga la prudencia que debería tener para no escribir esto.

Ruego que me disculpen por ello.